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miércoles, 31 de enero de 2018

SOLO

Un apunte sobre un libro al que volveremos en profundidad. Merece la pena.

Solo

Richard Byrd

Traducción de Lidia Pelayo Alonso
Volcano
Madrid, 2017
280 páginas

Tras narrar las jornadas de preparación de la base avanzada, hablarnos de sus compañeros de equipo, quienes pasarían el invierno acompañándose unos a otros y más al norte, con mejores condiciones, Byrd afronta las primeras semanas de una manera que nos sorprende. Uno espera encontrar a un narrador de la conquista polar en el que lo épico se impusiera. Pero Byrd resulta ser un hombre lírico, un hijo más de Thoreau. Más próximo a Muir que a Amundsen, a Annie Dillard que a Reinhold Messner. Byrd pertenece a la estirpe de los aventureros para los que la libertad es un deseo patológico, de los que, como Theissiger en el desierto, estaban dispuestos a pasar por las pruebas más duras con tal de vivir la naturaleza de una forma salvaje, extrema y hermosa.
Y así se muestra reflexivo, introspectivo, sentimental, frente a lo que presuponemos que es un desafío contra el terror. La emoción que busca, la define él mejor que nadie: a medio camino entre la paz y la euforia. Mientras observa, se sabe parte del universo, es lírico y mantiene la cabeza en su sitio por el simple deseo de negarse a obsesionarse con la soledad, de negarse a que nada le perturbe. Hasta que un accidente, debido a una mala previsión, rompe la armonía sujeta con alfileres. A partir de ese momento, se impone la tenacidad animal de resistir. Y resiste.
Cuando el almirante Richard E. Byrd partió en su segunda expedición a la Antártida, en 1934, ya era considerado un héroe por haber pilotado los primeros vuelos sobre los polos Norte y Sur. Su plan para esta última aventura era pasar seis meses solo en el continente helado recopilando datos meteorológicos y, sobre todo, complacer su deseo de «saborear la paz, la tranquilidad y la soledad lo suficiente para descubrir lo buenos que son en realidad».
Pero pronto todo comenzó a ir mal. Aislado en su cabaña, en medio de la omnipresente noche antártica, soportando una temperatura media de 50º bajo cero, y sin esperanza de ser rescatado hasta la primavera, Byrd comenzó una lucha agónica por salvar su vida. Solo es el estremecedor relato, en primera persona, de aquellos días.

LA CORONACIÓN DEL EVEREST

La coronación del Everest
Jan Morris
Traducción de Esther Cruz
Gallo Nero
Madrid, 2015
257 páginas



Por mucho que uno se ponga una corona regia, una medalla de un premio Nobel o de un récord alpinístico, somos casi idénticos a la mosca del vinagre. A esa conclusión llegaron los científicos que descifraron el genoma. Aunque a la hora de la verdad, nuestros actos no son iguales a los de las moscas, ni siquiera son iguales entre sí. No es lo mismo una proeza en sepia protagonizada por pasión al alcanzar la cumbre de una montaña, que una victoria contra un gigante en el valle de Elah, porque el tramposo de David poseía un arma capaz de matar a más larga distancia que la musculatura de Goliat. En la épica del alpinismo, esas aventuras que ya solo podemos añorar en los tonos apagados de la melancolía, no había rivales a los que asesinar. Pero sí motivos para trepar a lo más alto.
Jan Morris (1926), todavía James Morris cuando escribió este texto, antes de su cambio de sexo, los describe en La coronación del Everest, que es, tal vez, el mejor relato de una gran expedición que se haya escrito nunca. Al menos el mejor en lo que se refiere a experiencia literaria. Morris mide perfectamente los pasos que debe dar en su narración, cuándo debe posponer el desenlace, cuándo debe mantenerse al margen como observadora, cuándo debe comparar esa experiencia con la que había vivido en sus años urbanos, cuándo debe incidir en la personalidad de cada miembro de la expedición que en 1953 ascendió, por primera vez al monte Everest. Todo con un estilo limpio, pero atractivo, sin renunciar a la metáfora o a la comparación para enriquecer el texto. Morris fue un literato que acompañó a la expedición, un periodista sin apenas experiencia en montaña, lo cual no le impidió trepar hasta el Campo III, incluso un poco más arriba, y hacerse a la idea de lo que supone la vida del montañero. Da fe de corresponsal, pero también de los sonidos, las visiones, los esfuerzos y la potencia necesaria, producto de la pasión.
¿Por qué ascender al Everest? ¿Porque está ahí? Morris sugiere que si esa respuesta de Mallory tuvo lugar fue para evitar que nadie volviera a preguntarle. A fin de cuentas, el monte estaría ahí a la semana siguiente. Pero acalla a los inoportunos asistentes a las ruedas de prensa sin dejar atrás un poco de misticismo. Hillary, la segunda persona por la que Morris demuestra más admiración, tras el sherpa Tenzing, dijo que escalaba por diversión. Un motivo inobjetable, honrado y simple. Aunque uno puede preguntarse qué es la diversión.
Para Morris parece ser la carrera por evitar que otro corresponsal transmita la noticia del éxito de la expedición antes que él. Ese motivo da empuje a la narración, junto con la épica perdida y la conciencia de estar participando de una epopeya que no volverá a repetirse.
Mención especial para los amantes de la montaña merece el párrafo en el que Morris reflexiona sobre las razones de los montañeros: “Creo que su razón para escalar es parte orgullo, porque no se atreven a admitir debilidad; parte ambición, porque la cálida caricia de la gloria envuelve a todo escalador exitoso, aunque únicamente llegue a alcanzar una cima menor y poco reputada, solo y sin honores; parte esteticismo, porque su deporte los lleva a sitios preciosos; parte misticismo, porque se regodean sensualmente en un desafío espiritual; y parte masoquismo, porque en realidad disfrutan de las incomodidades que atraviesan (…). Entre estas razones, era la última la que me parecía más convincente conforme luchábamos por subir la montaña”.

Y nosotros con ellos. Porque Jan Morris consigue que el lector sea partícipe de la aventura, porque Jan Morris sabe lo que es la épica, pero también sabe lo que es la literatura en pleno estado de ebullición.

Fuente: La línea del horizonte

LA CIUDAD SOLITARIA

La ciudad solitaria
Aventuras en el arte de estar solo
Alivia Laing
Traducción de Catalina Martínez Muñoz
Capitán Swing
Madrid, 2017
280 páginas

“La soledad es personal y es también política”. Entendemos que política, aquí, está reflejando su significado más depurado: la polis, la ciudad, su gobierno y nuestra intervención en ella. “La soledad es colectiva: es una ciudad”. Olivia Laing (Reino Unido, 1977) recurre a la metáfora: uno mismo se basta para ser ciudad, uno mismo contiene tanto como la suma de los individuos en el enjambre que configura la ciudad. “En cuanto a cómo habitarla, no hay reglas y tampoco ninguna necesidad de sentir vergüenza; lo que hay que hacer es recordar que la persecución de la felicidad individual no está por encima de nuestras obligaciones para con los demás ni nos exime de ellas”. Laing nos habla no del derecho a la felicidad, sino del derecho a buscar la felicidad, en la ciudad que uno es y en la que uno habita, junto con otros individuos que comparten sus amistades o su soledad. “Estamos juntos en esta acumulación de cicatrices, en este mundo de objetos, en este refugio físico y temporal que con frecuencia se parece al infierno”. Juntos no es lo mismo que unidos. Los cuerpos están juntos, las almas o las memorias, están unidas y sí, ese infierno al que se refiere es la soledad urbana, que es el centro de interés que atraviesa este libro escrito en un tono idóneo, a mitad de camino de la confidencia y el ensayo. “Lo importante es la bondad; lo importante es la solidaridad. Lo importante es que estemos alerta y abiertos, porque si algo hemos aprendido de lo ocurrido en el pasado es que el tiempo de los sentimientos no durará demasiado”. Así termina el libro, con esa hermosa metáfora para separar la vida de la muerte: el tiempo de los sentimientos.
El sentimiento del que nos hablará Laing no será la soledad, sino todo lo que rodea, abriga o apelmaza la soledad. Sobre lo que supone social y psicológicamente la soledad, cuando el tiempo se hace tan eterno que tenemos ganas de que termine. Y está el arte, o los artistas, los solitarios, los marginales, que son por los que ella se siente atraída, a partir de la dificultad de su adaptación a la ciudad por excelencia, a Nueva York. El arte que sirve para convivir con la soledad, o sea, para adaptarnos. La cuestión es ¿qué capacidad de adaptación tiene el solitario? Y ¿qué daño irreversible provocan la sociedad y sus estructuras en el solitario? Teniendo en cuenta los prejuicios y los lugares comunes, la soledad es una anomalía. O incluso peor que eso, la soledad es un fracaso.
Laing detecta en el solitario el peligro de borrar la empatía de sus pulmones, de inhibirse por afán de autoprotección. Pero no considera la soledad como algo único. Al igual que no existe la libertad, sino distintas formas de libertades, por desgracia muchas veces incompatibles, existen diferentes soledades y lo que las marca es el origen. Lo común a todas ellas es la hipervigilancia, el sistema de alerta activado frente a la amenaza social. Las personas que reúne en el libro tienen todas algo en común en su forma de soledad. Al margen de vivir en Nueva York, la metrópoli más neurótica, la más histérica y, por tanto, en buena medida la más atractiva, está una infancia difícil. Algunos de ellos no solo difícil, sino muy violenta, desgarradora, que nos rompe los intestinos cuando la leemos. Se trata de artistas marginales de los cuales Hopper y Warhol son los más conocidos. Ambos enmudecían constantemente, sobre todo frente al desengaño, que era proporcional al miedo a sentirse solos. Y no dominando el arte del diálogo, es complicado formar parte de la tribu.
Los otros nombres son Wojnarovic, que ya en su infancia ejercía la prostitución con otros hombres y se alimentaba de cigarrillos, Henry Dager, un celador sin conocidos con una obra monumental escrita y dibujada, Klaus Nomi, el andrógino que acompañó a David Bowie inspirándose en el teatro Kabuki, o Josh Harris, un emprendedor del mundo digital, que es quien consigue transformar el sentimiento contemporáneo de soledad. Laing entra en la vida de todos estos personajes a través de su experiencia propia, de lo complicado que le resultó adaptarse a la Gran Manzana. Y se centra en la cualidad que explotaron para sobrevivir, como la máscara de Wojnarovic, el inventarse un personaje, lo cual le otorgaba cierta libertad. O la fantasía de Dager, calificada como sadismo sexual e incluso pedófilo, pero que es la locura que le rescata de la otra locura, la social, al llevarla en secreto. Tanto ellos como Nomi cargan, a mayores, con el estigma de la culpa. En el caso de Nomi debido a la enfermedad que le causó la muerte, el SIDA, que en los años ochenta todavía se consideraba un castigo contra las aberraciones sexuales.
Pero ahí está, finalmente, la función social de internet, que explota Harris. Es un tipo creativo que sabe de la necesidad de tanta gente de tener otra vida al margen de la física. De esta manera, las redes sociales o las páginas de contactos se transforman en un oxímoron de los que hacen época: una ilusión real. Acogerse a ello es algo muy propio de las ciudades y de los solitarios. Y así Laing nos guía por lo concreto para hablar de lo abstracto, hasta llegar a ese maravilloso párrafo con el que concluye este libro:
“La soledad es personal y es también política. La soledad es colectiva: es una ciudad. En cuanto a cómo habitarla, no hay reglas y tampoco ninguna necesidad de sentir vergüenza; lo que hay que hacer es recordar que la persecución de la felicidad individual no está por encima de nuestras obligaciones para con los demás ni nos exime de ellas. Estamos juntos en esta acumulación de cicatrices, en este mundo de objetos, en este refugio físico y temporal que con frecuencia se parece al infierno. Lo importante es la bondad; lo importante es la solidaridad. Lo importante es que estemos alerta y abiertos, porque si algo hemos aprendido de lo ocurrido en el pasado es que el tiempo de los sentimientos no durará demasiado”.


 Fuente: Culturamas

LA CIUDAD DE LAS DESAPARICIONES

La ciudad de las desapariciones
Iain Sinclair
Taducción de Javier Calvo
Alpha Decay
Barcelona, 2015
284 páginas



En castellano, nada viene del latín nulla res nata, es decir, “ninguna cosa nacida”. Iain Sinclair (Londres, 1943) posee un proyecto literario en el que detalla todas las cosas de apariencia nacida pero no son nada. Lo cual significa que a lo que más se pueden parecer es a la basura. Y no es por culpa de que sus gafas estén sucias o, como  aparenta en momentos, porque tenga pus en los ojos. La falta está en la furia de poderes económicos que destrozan un lugar habitable, un lugar donde la gente podría conocerse, que es lo que le dota de humanidad, en un caos faraónico exterior e interior. Un caos programado, valga el oxímoron, para borrar la memoria, no sólo la histórica, y proyectar fortalezas faraónicas. Esta recopilación de textos se une en un nexo de denuncia, a partir de los recorridos del autor como paseante por Londres. Ese nexo es el que le otorga un cierto aire de novela de situación al tiempo que de novela itinerante. La labor de editor de Javier Calvo es encomiable, pero mucho más lo es su traducción. Sinclair es uno de esos escritores que no se permiten un descanso, un desfallecimiento en su prosa; cada frase debe superar en potencia a la anterior. De esta manera su lenguaje está en función del más difícil todavía: Sinclair es existencialista, pero también participa del realismo sucio, mostrándose no como un poeta o un narrador, sino como un intelectual empeñado en desentrañar la paradoja del azúcar que pudre los colmillos y las dentaduras blancas y perfectas.
La ciudad es sus detalles, en los que se detiene y que le llevan a asociaciones de una erudición extraída desde el principio de los tiempos. Se comporta como un psicogeógrafo que identifica el mal ancestral que unifica el mundo. Cada referencia simbólica es más terrible que la anterior. Sus obsesiones por los perros como entes maléficos o por la inutilidad esculpida en el planeta de las grandes obras, trasladan a los habitantes, que ya no son personas, de Londres cualquier tipo de monomanía neurótica. Especialmente a quienes gestionan la ciudad, psicópatas que no vigilan las consecuencias. Viajar con él por Londres es viajar con la claustrofobia más luciferina a cuestas: es imposible despegarse de lo posmoderno vacuo, de la rareza presuntuosa, de los sucesos atroces, de la decrepitud donde no ha crecido nada que mereciera la pena y ya ha caído en la más absoluta decadencia, en el deterioro: “me muero de ganas de que la maleza lo invada todo”, llega a confesar, deseando el postapocalipsis.
Esta revisión patética de las calles, violenta, dándose de bruces con lo antipoético bien pudiera ser no sólo una denuncia; sino también un miedo. Como si Sinclair no escribiera partiendo de sus deseos, sino de su pánico. Su memoria vaga libremente sorprendiéndose a sí misma con las asociaciones transformadas en un lenguaje forzado y potente, estrangulado, pero de una calidad que casi ningún autor contemporáneo iguala. Fiado a esa forma de mirar, Sinclair se transforma en un visionario al margen del mundo literario, uno de esos que ayudan a ser infeliz, pues llegando a esta punto de no retorno considera que debemos adaptarnos a esa injerencia de la infelicidad, dueña ya de una ciudad psicótica y ridícula por voluntad propia. Nos vemos abocados a interactuar con las mentiras, con el odio, con el desdén, pero también con el afán de ser mejores, para lo cual, sugiere, es lícita la mentira. En este paseo de un hombre confuso entre la confusión, la clave para descifrar el mensaje es la mierda mercantil incrustada en la antropología urbana. Pero William Blake o Thomas de Quincey nos ayudan, con su mordacidad, a hacer de este paso por Londres una experiencia literaria, una literatura de altísimo nivel que convive con la Mitología del Mal.


Fuente: Quimera

martes, 30 de enero de 2018

LA AVENTURA

La aventura
AA.VV.
La línea del horizonte
Madrid, 2016
287 páginas

Estas son algunas de las palabras que nos remiten a ideas difíciles de definir, pero sentimientos claros: justicia, libertad, igualdad, felicidad, amor y los contrarios: injusticia, cautividad, desigualdad, infelicidad y odio o indiferencia, según la corriente del pensamiento al uso. La ventaja de un diálogo o una divagación, o una sencilla glosa o interpretación a modo de relato de cualquiera de estas ideas, es que partimos de todo el universo a la vez. No sé a quién se le ocurrió que el universo tuviera la forma que tiene, caprichosa, al azar, pero sí que ese caos permite más creatividad que el orden. Creatividad también es una criatura sin definición clara, pero un sentimiento sin confusiones. La creatividad y el caos se caracterizan por ser impredecibles. Y la otra palabra que sugiere, pero no imita, que uno sabe cuándo está inmerso en ella, pero no siente necesidad de describir, es la aventura. Al igual que la creatividad, comparte la incertidumbre del futuro. Nadie sabe cómo terminará una aventura, al igual que nadie sabe qué se le impondrá a un artista, escritor o director de cine durante la creación.
La línea del horizonte, una editorial empeñada en sorprendernos, vuelve a la carga con este volumen en el que se recopilan textos de diferente procedencia sobre la aventura. Tal vez el más notable sea el de Georg Simmel (Berlín, 1858 – Estrasburgo, 1918), Para una psicología de la aventura, por el hecho de ser una referencia. Alguno de los autores lo menciona en más de una ocasión. Simmel compone un intuitivo ensayo sobre la trascendencia y el hambre del alma humana. Su único punto de anclaje, es que la incertidumbre es la sola certeza que tenemos. Tanto él como los demás autores, componen un mosaico del imaginario y los anhelos que suponen la aventura, vivida o leída. Pues la contemplación no es menos intensa que la acción. Por descontado, se celebra el sueño y se enuncia, de diversos modos, cómo la aventura nos ayuda a multiplicar nuestra existencia, alcanzar algo nuevo. Algo que también deseamos para los seres queridos.
Carlos Muñoz Gutiérrez, que da entrada al libro, nos recuerda lo complicado que es expresar, pensar, que equivale a resistir, sin lo cual no existe la aventura. El texto de Joseph Conrad, La geografía y algunos exploradores, vuelve a ser una ceremonia literaria, una celebración sobre la épica y los descubrimientos, sobre África y la navegación. Isabel Soler se engancha al academicismo, su especialidad, de los siglos del barroco, cuando la navegación era la metáfora de los peligros de la naturaleza desatada. Vladimir Jankélévitch distingue al aventurero lúdico del profesional, por el grado de riesgo de su proyecto de vida; para él, aventurado es un estilo de vida donde uno siempre es un principiante, y el aventurero alguien que sabe comenzar, pero no detener, las fuerzas ajenas de los acontecimientos. Javier Cacho resume la aventura polar, con su estilo siempre agradablemente divulgativo. Para Rafael Argullol lo que existe es la nostalgia de la aventura, antes de dar paso al otro gran texto de este libro, Para una antropología de la aventura, de David Le Breton. El ensayo es el más largo del volumen. Se trata la historia del viaje, la época en la que no existía cartografía ni documentos, siguiendo grandes ejemplos de grandes aventuras. Reconoce que parte del eurocentrismo, como la ciencia antropológica, e identifica la sed de aventuras con la sed de poder. Lo cual nos remite a la colonización. Pero el sentido de la aventura evoluciona hasta el lucimiento personal, pasando por la búsqueda de lo salvaje de aquellos que se mostraron insatisfechos. Y la insatisfacción es un concepto también occidental, que también se ha exportado a otras regiones del mundo. En lo que se refiere al estado moderno, lamenta la envidia que quienes participan de él, la envidia del núcleo del estado por la fantasía del aventurero y su psicología optimista. Aunque ahora lo que se impone es el imitador del aventurero, pues ha muerto ya lo salvaje y lo sagrado de lo salvaje. La aventura ya es un mito, una mirada que se aparta de la rutina. A pesar de quienes se empeñan en identificarla con la búsqueda del riesgo. Patricia Almárcegui nos recordará que ha sido una idea eminentemente masculina, y lo que supone ser mujer y viajar sola. Juan Pimentel se arrima, nuevamente, a la ilustración, y a Javier Reverte le queremos mucho. Sylvain Venayre identifica la aventura con la transición y nos reconforta recordándonos que tal vez no podamos pasar a la historia como aventureros, pero sí somos héroes de nuestra vida.

En definitiva, La aventura es un libro que podría, y debería, seguir creciendo. Una obra abierta al caos creativo. Una reivindicación, también, de una literatura de la que estamos muy necesitados. Basta de eso que llaman novelas urbanas, que no son más que agrupaciones de gente en un escenario en el que, por lo general, los reúne un cadáver. Lo que queremos es más incertidumbre, más épica, más sentirnos dueños de nuestros días y nuestras noches. El regalo de la aventura.

Fuente: Culturamas

LA AMÉRICA DE UNA PLANTA

La América de una planta
Ilf & Petrov
Traducción de Víctor Gallego Ballesteros
Acantilado
Barcelona, 2009
498 páginas


En septiembre de 1935, Iliá Ilf y Evgeni Petrov, dos periodistas del diario Pravda acostumbrados a escribir crónicas a cuatro manos en las que impera una buena dosis de sorna, se embarcan en un periplo de varios meses por la geografía de Estados Unidos. Su intención no es otra que la que acostumbra a confesar cualquier viajero y cualquier escritor: comprender. En este caso, comprender a una sociedad que ya se desmarca del resto del planeta por su culto al capitalismo, a la publicidad, al individualismo, a la plutocracia, al consumo, a la mecanización, a la búsqueda de beneficios económicos y a toda una serie de males tópicos que no han dejado de acuciarse, una sociedad a la que apenas le interesa, como relatan refiriéndose a la ciudad de Gallup, “los acontecimientos de Europa, Asia o África… Pero qué orgullosa está de que sus seis mil habitantes dispongan de agua fría y caliente, cuartos de baño, duchas, frigoríficos y papel higiénico en los retretes”. De este modo, en compañía de una anciana pareja de Nueva York, emprenden una travesía que se va convirtiendo en un Road Movie carente de trama, en una sucesión de episodios y encuentros que van trazando la cartografía del país, un mundo repleto de contrastes, “el triunfo del absurdo”, en el que se combinan lo más cotidiano con lo más extraordinario, en el que participan tanto los seres excepcionales como la clase media más vulgar, tanto los obreros, marginados y autoestopistas como el mismísimo Henry Ford.
Para impedir abarcar demasiado, ese escritor de tan buen tono como es Ilf & Petrov se centra en el registro de los acontecimientos que les suceden, no saliéndose de su ruta en ningún momento de una narración que transita en primera persona del plural, implicando así al lector en el viaje. Y la América que descubren está más próxima a Norman Rockwell que a Edward Hopper. Les llama poderosamente la atención la estupidez –“Más de una vez tuvimos ocasión de admirar esas manifestaciones de la técnica americana. Son los objetos fool-proof, a prueba de imbéciles”-, pero no cesan de encontrar pequeñas épicas en la vida mundana. Se cuestionan, con laconismo, la monotonía social y denuncian la inevitable decadencia de un sistema que expulsa al individuo, todo expresado a partir de detalles, de anécdotas, del conocimiento que van adquiriendo de primera mano y que expresan con un desenfado sin los prejuicios malsanos que impusieron a Charles Dickens la escritura de sus Notas de América. En buena medida, este libro se halla más próximo al sentido común que impera en Lo que vi en América, al “doble esfuerzo de humildad moral y energía imaginativa” que solicita Chesterton para evitar que al viajero se le estreche la mente, y también comparte, por momentos, la poesía narrativa de los libros que Stevenson le dedicó al país: El emigrante por gusto, Los colonos de Silverado y De praderas y bosques.
En la introducción al libro, de Alexandra Ilf, se reivindica la actualidad del mismo, una actualidad que pasa, precisamente, por la falta de puesta al día de la misma. Lo que en la obra es una lectura inteligente, honesta y sin tintes ideológicos del standard of life americano, constituido en la prioridad del pueblo y que ya ha colonizado el planeta, ayudará al lector a cuestionarse la verdad de tantos tópicos bien implantados desde mucho antes de que él tuviera uso de razón. Basta con acercarse, como hicieron ellos, a un espectáculo automovilístico en el que los espectadores rugen en medio de un mortal aburrimiento: “Para entretener al público habría sido necesario un accidente. Por lo demás, es la esperanza con que se acude a esos lugares”. O con interpretar las razones del tranvía que “sigue circulando, con su estrépito infernal… por la única razón de que es beneficioso para un solo hombre: el propietario de esta arcaica compañía”. Esa es la advertencia de este libro, su humildad moral, recordarnos que las formas de vida de ese país en movimiento, pernicioso y fantástico, se han extendido por todo el planeta.

 Fuente: Quimera

LA ACUSACIÓN

La acusación
Bandi
Traducción de Héctor Bofill y Hye Young Yu
Libros del Asteroide
Madrid, 2017
242 páginas

En un epílogo breve y en verso, Bandi, un escritor del que apenas sabemos que logró escapar de Corea del Norte, algo insólito, menciona la vida de autómata que allí se lleva y la indignación que solo puede expresarse al abandonar el críptico país. También confiesa que su intención no es hacer gran literatura, sino escribir con los huesos calados de sangre y de lágrimas. Áridas, rudas, dañadas, toscas… así califica él sus historias. Pero todo esto uno lo ha podido deducir durante la lectura de un libro cuyo interés es la descripción de la vida en Corea del Norte. Y esa descripción no es una película de terror, es, más bien, una invasión continua, pero da miedo. Hay un verbo que aparece constantemente como la condición a la que están sometidos los habitantes del país: obedecer. ¿Obedecer por qué, para qué o a quién? Da igual. Obedecer. Sí menciona al gran líder, pero más a un sistema en el que los funcionarios ocupan su lugar en una pirámide y ejercen las órdenes porque sí, aunque ello le suponga la vida a una persona. Porque la despersonalización, la conversión de la gente en grupo, en casta animal, es imprescindible para el éxito del sistema. Si no fuera cierto lo que narra, parece que asistimos a una escenificación del teatro del absurdo, algo más allá de Kafka, porque en las historias de Kafka uno tiene derecho a fruncir el ceño. Aquí lo primero a lo que hay que obedecer es a mantener una sonrisa perpetua, como los maniquíes.
Los relatos de viaje por Corea del Norte que hasta la fecha habíamos leído, reflejaban nada más que lo que se les permitía ver, una gloria amenazada por Estados Unidos. Excepto en uno de los capítulos de Hijos del monzón, de David Jiménez, en el que se refleja la historia de un niño que ha cruzado la frontera tras encontrar un punto ciego. Pero aquí asistimos a la temeridad de la herencia de los estigmas a lo largo de generaciones, por ejemplo. O se centra en el miedo que sienten los niños, a quienes se les intenta anular la curiosidad para convertirlos en autómatas. Y mientras el régimen se autoelogia en fiestas faraónicas, la paranoia de los norcoreanos se divide en dos: la de la extrema precaución o la de los que comulgan con el estilo de vida, si es que esa vida posee algún estilo. Que la administración no tenga alma, es algo que sucede en cualquier país. Pero que no exista un miembro de la administración que sortee el sistema para poner una tirita sin que el herido tenga los papeles oportunos, es un mal extremo. Algo que llega a su punto más alto cuando suceden las olas de frío y el pueblo, sencillamente, muere. Y sin derecho a llorar a los muertos, porque el llanto se considera un acto de sedición.

La humillación a que se somete a la gente es, por tanto, inadmisible, un delito de lesa vida. Será el estado el que escriba las biografías de sus ciudadanos, incluidas las bondades, escasas, en que ayuda a una anciana o a un hombre severamente lesionado. Las biografías de la gente pasan a ser un acto de propaganda. Una película como La invasión de los ladrones de cuerpos es un mal chiste comparado con los relatos de Bandi. Aquí la lucha tiene lugar hasta en los sueños, que no reparan. No existe ni siquiera un agente que muestre otra forma de humanidad que no sea la burla.

Fuente: Culturamas

K2

K2. Enterrados en el cielo
Peter Zuckerman y Amanda Padoan
Traducción de Ricardo García Pérez
Capitán Swing
Madrid, 2015
306 páginas



Rara es la ocasión en que la literatura de montaña, entendiendo por tal no la ambientada en valles y cimas, sino la cercana al alpinismo, la escalada o cualquier otra forma de arrojo con la que acuden ejércitos de personas a las cumbres, muestra las dos posibles vertientes de la pasión: la del amor a la montaña y a los hombres y mujeres de montaña, y la de amor por la literatura. K2. Enterrados en el cielo, es una de esas escasas ocasiones en que la emoción empuja a no cerrar el libro hasta el final. En un trabajo de colaboración perfecto, en el que no se notan las costuras de qué parte de la labor pone sobre la mesa cada uno, Peter Zuckerman, periodista, y Amanda Padoni, alpinista, han escrito una obra que aporta una nueva forma de entender la literatura de montaña. En primer lugar porque los protagonistas que pasan a primer plano no somos nosotros, porque nos proponen identificarnos más con los himalayistas de allí, con los sherpas y montañeros de Nepal y Pakistán. En segundo lugar, porque nos presentan esa parte de la aventura que generalmente se pasa por alto, y que es tan necesaria como la propia ascensión: la cultura del lugar, su pasado, casi un estudio antropológico. En tercer lugar porque siendo una crónica aparentemente destinada a los expertos en montaña, se las arreglan para que cada término técnico, cada elemento especializado del alpinismo, quede explicado de manera que nadie tenga que recurrir a un manual para entender las dificultades y los méritos de las maniobras de alta montaña.

A modo de antihéroes, dos sherpas (con minúscula, pues dicho término se ha extendido para designar a hombres del Karakórum o el Himalaya sin que pertenezcan a la etnia Sherpa) sobreviven a una de las jornadas más trágicas que han sucedido en el K2. En este caso durante la temporada alta del año 2008. Hasta once escaladores perdieron la vida, y pudieron ser más de no ser por los riesgos que corrieron Chhiring Dorje y Pasang Lama. Pero antes de la épica, hemos conocido su cuna, pobre, austera, aldeana; y también hemos aprendido a respetar su cultura. Luego nos hemos adentrado en la caótica ciudad de Katmandú, que es un retrato de un lugar construido con la consistencia de una casa de palillos y revocado de suciedad. Y contra todas estas trabas, hemos atendido a la educación sentimental de Chhiring y Pasang,  y a una forma diferente a la del occidental de hacer de la necesidad pasión. Luego comenzarán esas páginas que agarran al lector por las solapas y lo sumergen en los sucesos con una intensidad más propia del cine que de la literatura. Porque el libro está escrito con la exactitud que requiere el relato: no sobra ni una pieza y la dosificación de acontecimientos es una cadena sin ningún eslabón roto ni oxidado. Escrito con una pulcritud impecable, con fluidez, bien traducido por Ricardo García Pérez, y acompañado por un aparataje inusual de notas, aclaraciones y documentación, respetando, por encima de todo, los testimonios de los supervivientes y la memoria de los fallecidos, K2. Enterrados en el cielo será uno de los grandes libros épicos del año. Imprescindible para los amantes del alpinismo, pero necesario para entender que existen formas de pasión, muchas formas de pasión, para cualquier lector. Incluso para que alguien no habituado a la lectura comprenda por qué la vida con pasión es más vida.

Fuente: La línea del horizonte

ISLAS DES-CONOCIDAS

Islas des-conocidas
Un archipiélago de mitos, misterios, fantasmas y fraudes
Malachy Tallack
Traducción de Blanca Ribera y Jorge Rizzo
Ilustraciones d Katie Holmes
Geoplaneta
Barcelona, 2017
143 páginas

Después de libros tan maravillosos como Atlas de islas remotas (Nórdica y Capitán Swing) y Lugares fuera del mapa (Blackie Books) uno sigue deseando que aterricen en su mesa de trabajo más libros con ese espíritu. Este Islas des-conocidas no decepcionará al amante de aquellas dos obras, con el añadido de presentarse en formato de libro ilustrado, un hermoso ejemplar de buen gusto en el diseño, en la maquetación, el color y todo lo que tenga que ver con las artes visuales. Un libro para regalar y para regalarse, pero no para ser hojeado y guardado en la estantería de libros bonitos sin haber leído el texto. Cada pieza, cada isla, es una demostración literaria de las virtudes de la condensación y la reducción a lo que importa. Cada isla posee un valor añadido, añadido por el hombre o los hombres a lo largo de algún periodo histórico, como para merecerse ella sola un libro de este calado. El trabajo de Malachy Tallack es una puesta a punto perfecta de un motor en el que el combustible es geográfico, histórico, arqueológico, etnológico y etimológico, a lo que cabe añadir cierto saber periodístico narrativo, es decir, de género literario en el que interviene el fraude y esa versión del fraude que tanto amamos que se llama fantasía.
Las islas suelen representar continentes reducidos, autosuficientes. De ahí que o bien sean paraísos naturales, donde la convivencia con la primavera es permanente, o civilizaciones perfectas, donde el hombre ha sido capaz de crear la Polis mejor equilibrada. Partiendo de estos dos tipos de islas, Tallack da por supuesto que todas son reales por el mero hecho de que se pronuncian, de que tienen nombre, de que si existen en las culturas, aunque sea en forma de mito, eso les confiere realidad. Tal vez no verosimilitud, pero ese valor no siempre marca una diferencia de calidad literaria. Para ayudarse en la organización del trabajo, divide las islas en seis bloques, en los que presenta cuatro o cinco ejemplos de cada una de sus categorías. Los bloques van evolucionando de lo legendario a lo científico. De hecho, el primero es un grupo de islas culturales, que son un pueblo porque son parte de su imaginario, de lo que consideran sus orígenes, su ideal. Se trata de islas que son fuente y son destino, orígenes de rituales, por lo general vinculados a la muerte, hacia las que los espíritus viajan de manera que, en estos casos, el mar es un puente entre la vida y la muerte. No se puede ser más isla.
En el segundo bloque añade lo geográfico a lo mítico, de modo que se pegunta sobre la credibilidad de las mismas, o se da fe de cómo se ha cuestionado a lo largo de siglos. Durante esa temporada, a los cartógrafos les costaba no apuntarlas en los mapas porque aparecen en los límites de lo navegable. Alcanzarlas suponía una hazaña y cada cultura se apuntala sobre sus héroes. Tallack salta a una precisión más geográfica en las siguientes islas, sobre las que se debatió en los inicios de la ciencia moderna, cuando se exigía la certificación por varios cartógrafos. Estas islas salieron, con frecuencia, de la codicia. El parte podrían basarse en un hallazgo real, tangible, pero en cierta medida son un fraude que necesitó alguien que sostuvo su existencia, contra viento y marea, a partir de un solo avistamiento. Cabe la posibilidad de que fueran islas fugaces, que desaparecieran.
El salto será, pues, hacia las islas románticas, las islas que realmente pudieron existir y hundirse, islas confusas de las que nos cuesta renegar, como la Atlántida. La duda de su existencia surge por la aparición de una isla idéntica en distintas culturas. Triunfarán entre la gente en tiempos de hipótesis y del deseo de ciertos estados de hallarlas para incrementar su producto interior bruto. El siguiente grupo de islas será, pues, las islas tristes, las islas de los perdedores, de los individuos que vieron en ellas sueños de gloria, de desesperados por salir del arroyo, que anticipan las últimas islas, a las que lamentamos llegar, porque supone llegar a nuestra época, donde resulta imposible ocultar algo tan cartográfico como una isla. Serán islas perdidas, tal vez atolones que desaparecieron bajo el mar, jardines ocultos por culpa de algún movimiento de placas tectónicas, o icebergs de tal tamaño que uno pudo confundir con islas durante décadas. La sensación de pérdida se impone, el canto melancólico por los siglos en los que el hombre se enriquecía con la idea de que quedaba mucho sin explorar, el lamento de estar vigilados por los satélites y tener acceso a cualquier rincón a través de un teléfono móvil. Y la desaparición de la navegación como una ciencia para valientes, porque apenas existe la incertidumbre ni siquiera en el océano. Lo cual nos invita, una vez terminado el libro, a volver a empezar, porque siempre nos quedará el consuelo de la literatura.


 Fuente: La línea del horizonte

JAPÓN PERDIDO

Japón perdido
Alex Kerr
Traducción de Núria Molinés
Alpha Decay
Barcelona, 2017
290 páginas

Si los amantes de Japón son sensoriales, como afirma Alex Kerr en contraposición de los amantes de China, que son intelectuales, el problema es cómo construir un libro sensorial con la herramienta intelectual del lenguaje. ¿Cómo consigue que nos lleguen las sensaciones? La solución es tan sencilla que da envidia: este no es un libro de viajes ni una secuencia de ensayos, Japón perdido es un libro narrativo, esencialmente autobiográfico, una confesión de las filias de Kerr. Su admiración por Japón es sobre todo sublime. Existe un Japón sublime, que es cada vez más escaso. De ahí que este libro tenga también su punto de elegía. Ese Japón exquisito, delicado, que vemos representado con más frecuencia en las imágenes del pasado, es en el que Kerr desea vivir. Hasta el punto de aconsejar a sus amigos visitar Japón con tapones para los oídos, que se utilizarán durante la estancia en los templos del silencio. Todos conservamos la idea espiritual de las pagodas y los ambientes de meditación, pero la realidad es que no son impermeables al ruido del tráfico.
Kerr, que sabe que no se puede ser sublime sin interrupción, hasta el punto de confesar haber trabajado diez años para un promotor inmobiliario americano, comienza lamentando la pérdida de la naturaleza. Japón fue el primer país que tuvo leyes de protección de los bosques. Sin embargo, es un país en el que ocurren anécdotas como la que confiesa Kurosawa cuando le preguntaron por qué había elegido cierto plano en la película Ran: “Si abro el campo hacia la derecha”, contestó, “sale un aeropuerto. Si lo hubiera abierto hacia la izquierda, una autopista”.  De ahí que considerando que se ha perdido la gran guerra, quiera encontrar con la armonía del buen Japón en detalles, en instantes que todavía difieren de las convenciones occidentales: un suelo de madera, una pared de pergamino, un pescador lanzando la caña, un actor de teatro clásico… a la par que lamenta los atavismos de esa civilización, mayormente los sociales, como la imposibilidad de hacer amigos en la edad adulta o la educación sin emociones que se practica. Kerr lamenta la falta de interés por la herencia cultural y viene a sugerir que el país se está estrangulando a sí mismo. La sociedad laboral es piramidal y por tanto enferma.

Pero el libro no es un desgarro. Kerr hace toda una demostración de amor sano, amor por la sofisticación y la delicadeza, por los pequeños momentos en que las pequeñas plenitudes sirven para justificar haber vivido hasta entonces. De hecho, intuye cierto fracaso neoliberal porque las teorías de los Chicago Boys chocan contra fundamentos japoneses. Entre otras razones, porque en Japón se vigila hasta el extremo el impacto de cualquier cosa que venga del exterior. Todo esto lo expresa con el orgullo de haberlo aprendido desde niño, y así nos va explicando cuál ha sido su larguísima relación con Japón y con otros países de Asia. Asia, todos los sabemos, es la región simbólica del misticismo, de la espiritualidad, pero esa sensación debe vivirse. Y a Kerr, coleccionista de arte, le importa lo que ve en el camino, no llegar hasta el final. En este Japón perdido, Kerr consigue que el cariño por un pasado que todavía se puede rescatar, sea una ceremonia.

Fuente: Culturamas

INSULARIDAD

Insularidad
Ralph del Valle
Desnivel
Madrid, 2014
127 páginas



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“¿Por qué nos caemos?” “Para aprender a levantarnos”.
La pregunta y la respuesta padecen de ese maldito tono de libros de autoayuda, o de película de Hollywood. Y, sin embargo, sigue siendo el mejor de los criterios para darse cuenta de que si no aprendes, no vives.
Desnivel acaba de publicar un libro, Insularidad, de Ralph del Valle (Madrid, 1978), en el que se dibuja y colorea esa lección en un tono en el que no hay nada que quepa reprochársele. Sin seguir un orden del todo cronológico, a mitad del libro nos relata qué le llevo, a los doce años, a convertirse en un corredor de fondo, pero negándose a ser una estrella entre los corredores de fondo. Algo que él vive como un fracaso a una edad en la que la sensibilidad se confunde con la piedad, algo que le lleva al desconsuelo, a una autocompasión tan pueril que uno podría acabar arrepintiéndose, con el tiempo, de haberla padecido. Pero Ralph del Valle la relata sin pudor, sin vergüenza, aunque con un atisbo de rencor que ayuda a darle un poco de potencia al hecho. Y, sobre todo, a reconocernos en él. Nadie se ha librado, en algún momento de su vida, de ese rostro bermejo que es un grito que significa “quiero desaparecer”.
Aún así, no olvida esa deuda pendiente con su dignidad. Y durante algunas páginas en las que relata qué significa para él correr, da la impresión  de que pretende saldar deudas. La dignidad trata en buena medida sobre la imposibilidad de olvidarse de la vida. Que es lo que hacemos cuando todo va bien. Y para el autor todo va bien cuando calza sus zapatillas y sale a correr a 5 o 12 grados bajo cero. Pero la dignidad no es algo que se conquiste colgándose medallas. Eso apenas genera una sugestión de un sucedáneo de dignidad. La dignidad sale sola, no hay forma de obligarla a salir a base de conquistas. Ahí el autor gana, pues no se propone batir ningún récord. Cuando intenta mejorar sus marcas en una media maratón no está batallando por algo tan tópico como la superación personal, sino por sobreponerse, por darse cuenta de que hay algo en la vida que raya con la vida, y eso es lo que menos incordia de todo lo que vamos a encontrar en el paso por este planeta.
No hay mucha fuerza en su lírica, hay algo de compasión bien entendida, esa que significa padecer con los otros. Porque al reconocer cada sensación, cada momento del aprendizaje sensorial, reconoce la existencia y el valor de las demás personas. Ralph del Valle es un narrador sincero, pero además es un escritor dotado para la metáfora, para el ritmo de una prosa que no cansa. Eso ayuda, sobre todo en los momentos en que da la impresión de repetir alguna idea ya recibida en páginas anteriores. Un mal menor.
Insularidad es una demostración de que hoy, tal vez, sea el momento de hablar de la realidad y no de inventar más historias. No hay imposturas en el libro. Todo lo que sea correr se relaciona con una vida que va poco a poco enumerándose. Y a lo largo del texto, el protagonista va evolucionando. Al principio cree que corre para huir; después cree que corre para meditar o cree que corre para pensar mejor, lo cual sería una contradicción; más tarde cree que corre para reconocerse porque ahí están tantas y tantas sensaciones. En definitiva, Insularidad es una reflexión en la que hay algo de urgente: deberíamos leer este libro cuanto antes.

Fuente: La línea del horizonte

INDIAN CREEK

Indian Creek
Un invierno a solas en la naturaleza salvaje
Pete Fromm
Traducción de Carmen Torres García
Errata Naturae
Madrid, 2017
308 páginas

Boone es el nombre del perro, un Husky Siberiano, que crece junto a Pete Fromm (1958) a lo largo de los meses en que permanecen en un casi total aislamiento, en un mundo en el que todo está cubierto por la nieve. Todo. Al llegar la primavera, Boone se habrá convertido en un adulto capaz de valerse por sí mismo, de ser la mejor compañía para otros hombres y con un espíritu libre que en cualquier otra circunstancia le hubiera resultado imposible concebir. Porque Boone es Pete Fromm. Fromm proyecta en su animal de compañía lo que confiesa a lo largo de esta obra, en la que el alma de eremita busca su equilibrio. Y termina todo cuando la nieve se deshace, para transformarse en agua, que, como todos sabemos, es el líquido con el que nos bautizan.
En realidad, esta experiencia narrada sin hipérboles y con la poesía de las palabras justas, es un bautizo. El libro se centra en un episodio del que el autor, y nosotros con él, salimos renacidos. De hecho, algo tan impensable como se capaces de despedirnos de nuestro mejor amigo, lo hemos aprendido a lo largo de estos meses de liturgia. Porque hemos aprendido que si nos negáramos a despedirle, le ataríamos. Y por mucha lástima que sintamos, no se le puede negar a nadie la libertad que en algún momento ha tenido.
Indian Creek se gesta en un impulso juvenil: un muchacho que prefiere probarse en una experiencia extrema antes que atenerse a las convenciones del estudio y el trabajo. El motivo, Fromm no repara a la hora de reconocerlo, es que es un incrédulo respecto a sí mismo. No se conoce, no sabe de sus capacidades, de sus facultades de superación, vinculadas a la creatividad. Pero en lugar de seguir el camino del protagonista de Hacia rutas salvajes, que sirve más para llamar la atención y buscar la confrontación generacional, Fromm pacta esa estadía en las montañas, en invierno, vigilando el curso de un río en el que se hospedan crías de salmón, esperando a la temporada en que emigren hacia el mar. De hecho, ni siquiera se atreve a calificar como aventura esta empresa. Sencillamente, guarda los alimentos que considera imprescindibles, la ropa apropiada, se prepara para pasar meses sin enjabonarse y protege al cachorro como protege a la naturaleza. El hombre ha deformado al animal de compañía al igual que ha deformado los bosques, que ahora parecen, en buena medida, parques. Y reclama el derecho a que no se considere a los ermitaños como exiliados sociales.

A lo largo de los meses, el método de aprendizaje de lo práctico es el ensayo-error. El más duro, el de no padecer claustrofobia, el control del sistema nervioso, viene de la convivencia natural. En ningún momento trata de desfigurar al bosque y a la nieve para que le favorezcan. Es él quien se adapta. En ese sentido, el capítulo en que caza un alce representa la transfiguración del protagonista. Ahora sabe que será capaz de sobrevivir y de renacer. No se niega a sí mismo el orgullo, pero sí la arrogancia. Y reconoce en el perro la mayor de las virtudes que, a juicio de Conrad, es la lealtad. Durante este periodo, durante la lectura, surgirá el tema de la libertad, de si él es un hombre libre y en qué medida lo son los domingueros o los ermitaños. Un debate que la cultura americana, y tras ella la occidental, no ha sido capaz de resolver desde la llegada del Mayflower y el encuentro con el indio. Pero Fromm, por su parte, sí es capaz de reconocer cuál es el punto de inflexión. Fromm caza pidiendo perdón a las bestias a las que ha visto volar o brincar sobre la nieve. Y caza por necesidad. La presencia ruidosa de cazadores, desequilibra el planeta entero. Cuando aparecen en el texto, uno está deseando que se evaporen. Porque lo que deseamos que permanezca en nuestra retina, a través de los ojos de Fromm, es el salto de siete metros del puma, no su piel sin intestinos y sin alma. Es en el salto donde el puma guarda los veintiún gramos. Gracias, Fromm, por llevarnos al lugar al que no pudimos ir, al lugar donde el puma es el rey de la nieve.

Fuente: Culturamas

INGLESES

Ingleses
Ignacio Carrión
Renacimiento
Sevilla, 2016
238 páginas

Hubo un tiempo en el que los españoles que salían de España, generalmente hacia otro país europeo, no fuera a ser que en el resto del salvaje mundo les pasara algo, inevitablemente, en algún momento, decía que no hay nada mejor que la tortilla de patatas. “Como en España no se vive en ningún sitio”, decía. Y a continuación enumeraba las grandes aportaciones de España al mundo moderno: la charla en la barra del bar, el vino de Rioja, la enciclopedia Espasa, la transición, el sol del sur, las copas de Europa del Real Madrid y hasta las corridas de toros. Ese otoño, por fortuna, ya ha quedado atrás. Ahora lo sustituye otra forma de presumir: la muestra de fotografías delante de la Gran Muralla o el Taj Mahal, la anécdota que le sucedió mientras un sarasa de Nueva York le atendía comprando un bolso de Gucci a mitad de precio, la osadía que supuso comer un cuscús en la medina de Marrakech. Todo ello, eso sí, durante un viaje organizado en el que el guía les llevaba del hotel de cinco estrellas al autobús climatizado y del autobús climatizado al hotel de cinco estrellas. Lo único auténtico que pudieron ver fue un burro cargando con grava, muerto de hambre, cuya estampa vista a través del cristal del autobús tenía mucho aspecto cinematográfico. Prohibido tocar al dueño medio sarnoso, no fuera a ser que nos contagiara algo.
Ahora, al revisitar Inglaterra a través de los ojos de Ignacio Carrión (San Sebastián, 1938), resulta imposible no regresar a esa época de finales de los setenta y principios de los ochenta, a ese otoño en el que los primeros españoles osaban saltar en avión hacia un país muy extraño, tan extraño que se conducía por la izquierda, los policías no llevaban pistola y de comida mejor no hablar, que eso de los guisantes al vapor era para los terneros y no para nosotros. Si uno visita hoy Inglaterra, se dará cuenta de que, al margen de seguir conduciendo por la izquierda, en los demás aspectos la aceleración de la historia ha igualado mucho a todos los países de la vieja Europa. Incluida la cuna de Shakespeare. De ahí esa libertad con que podemos leer estas crónicas, que resultan tener algo de sueño, algo de fósil, de recuerdo apagado que regresa de pronto y que, sin duda, nos saca la sonrisa de antes a flote.

¿El concepto de moda? Eso era cosa de París. En Londres, la gente seguía siendo la misma desde los tiempos de Ana Bolena. Lo auténtico era lo muy inglés, la serie de televisión con aspecto teatral que se llevaba emitiendo veinte años o la mismísima Margaret Tatcher. Por no hablar de la reina de Inglaterra, que es inmune a la muerte. Lo de la democracia era un invento que venía de quién sabía dónde, pero que se adaptaba muy bien a las distinciones aristocráticas: nadie era tan demócrata como los lores. Todo, visto desde la perspectiva de los años, con el tono de caricatura bondadosa que exhibe Ignacio Carrión, para hablar, finalmente, de una membrana a medias permeable, pues los ingleses no se equivocan nunca. Y según ellos, tampoco nos equivocamos los demás, pero esto lo enuncian muy poco, pues apenas se daban cuenta de que había vida más allá de su isla. La vieja frase de “El continente aislado por culpa de un temporal”, resume mejor que ninguna el espíritu que traduce Carrión a flor de calle. Y Carrión tiene muy presente a quien dirige sus crónicas: a un español de clase media, lector del Diario 16, que observa Inglaterra con humor, y con cierto recelo hacia sus virtudes. Ese otoño ya ha pasado. Antes nos costaba ponernos en la piel de los ingleses por razones de lesa patria. Hoy por puro egoísmo. Tal vez resulte un enunciado reaccionario, pero en ese sentido, estábamos mejor antes, de ahí el valor sentimental de este Ingleses.

Fuente: Culturamas

INDIA

India
Chantal Maillard
Pre-textos
Valencia, 2014
836 páginas



Es posible que la diferencia que existe entre el turista y el viajero se asemeje mucho a la que distingue a la verdad científica de la verdad poética. El turista describe el mundo, que es el mismo oficio que ejerce la ciencia, confundiendo descripción con explicación. El viajero, por su parte, se pierde, se ve abocado a una desorientación imprescindible, “pues la propia pérdida es finalmente lo que nos salva de la solidez de nuestro personaje”. Y tal vez sea esa pérdida de solidez lo que distinga a la verdad poética. “¿Cuánto de lo que hacemos lo hacemos por hacerlo y cuánto para contarlo?... ¿Cuánto de auténtico viaje hay en nuestra vida y cuánto de turismo?”
Esta es la primera contribución de Chantal Maillard (Bruselas, 1951) a ese debate eterno en el que tratamos de definir la frontera entre el turista y el viajero. Todos pretendemos ser viajeros porque, a la postre, somos conscientes de que esta versión de intrusismo que es acudir a un lugar remoto para contemplar lo desconocido, supone, en mayor o menor intensidad, ejecutar el afán del turismo. A lo mejor la respuesta definitiva pasa por sacralizar menos el espíritu viajero. Y por reflejarnos en el espejo del aprendizaje, ese que evita que vayamos de los mismo a lo mismo, como indica la propia Maillard. Para lo cual crea el concepto de “desnacer”. Y así, desnaciendo,  se atreve a enfrentarse a unos lugares y unas culturas a las que el occidental acudió buscando la paz interior.
Esa forma de mirar con todo el cuerpo a la vez, esa impresión que tiene mucho que ver con la poesía, es la que la lleva a pertenecer a la India y a amar ese otro concepto del mundo. Lejos del genio arrogante de V.S. Naipaul, de la pasión histórica de Patrick French, Maillard demuestra cuál es la condición poética en cualquiera de las cuatro versiones de escritura que aquí aparecen: el diario, el verso, el ensayo y la reseña. Y en todas ellas debate sobre la condición neocolonial, sobre el orientalismo, del que reniega sin dolor, sin acritud.
“El caleidoscópico pensamiento de India no es la única asignatura pendiente de la cultura occidental. También lo es la humildad. A todos nos convendría volver los ojos hacia las fórmulas religiosas que enseñan a mirar hacia lo que realmente importa: nuestra común desnudez, nuestra indefensión antes las inclemencias de un mundo que parece no haber sido nunca el nuestro”.
El libro comienza con un diario en el que prima la divagación, la poesía como estrategia para acercarse a la sabiduría, que siempre será un término sin definición convincente: “Ser y conocer simultáneamente sólo es posible en el vacío porque en el vacío no hay nadie”. Y así se centra en su movimiento interior, que fluye al ritmo de los lugares que visita: a su paso por Benarés se vuelve apresurado y críptico, lleno de dudas; en Bangalore permite que se imponga cierto laconismo; y resulta más mimado cuando lo que le sucede, sucede en Jaisalmer. Pero siempre defiende los principios básicos que han compartido el saber oriental y hombres como Montaigne: “No hay ira en aquel que nada tiene que defender. Nada tiene que defender el que nada posee, ni a sí mismo. Poseerse a sí mismo es poseer un hueco insaciable”.
El mismo tipo de sabiduría que se encuentra en la poesía de las siguientes páginas. Dotada de un oído prodigioso, Maillard no cesa de crear imágenes en la que se combinan lo tangible y lo intangible, el cuerpo lírico y la naturaleza. Con una fluidez que da envidia, versa emociones que se encuentran en la ruta de la tradición India, pero también en los pasos de amor del Cantar de los Cantares:
“Para ser tú la más extraña y larga noche
te bastaría ser un barco
de nieve y naufragar en mí”.
En cuanto entra en el territorio del ensayo, comienza la indagación directa sobre la gramática de la experiencia estética. Y para ello completa unos capítulos híbridos, en los que la mística debate con la filosofía. La dialéctica se establece entre los filósofos de tradición oriental y la sabiduría popular y poligenésica de la India. Se habla del mundo como representación, pero también de la representación como un sentimiento. Se parte de la necesidad del conocimiento de uno mismo para emprender el viaje de aprender, porque una vez que consigues entender con todo el cuerpo, amas. Trae al frente el concepto de ecosofía, igualándolo al proyecto de creencias en Gaia, dentro de una mirada que atiende a las cosmovisiones.
Por último, las reseñas, publicadas en medios de comunicación nacionales, consiguen el fin que persigue cualquier crítico literario: que el lector acuda a las fuentes originales para leer los textos. De su lectura uno puede deducir el proyecto ético que a Maillard se le ha impuesto en la vida: la búsqueda de la serenidad. Y para ello valora el aprendizaje como lo esencial. Pero aprender no es acumular, sino ir soltando lastre: “Pocas doctrinas han sido tan maleables en sus formas como la budista. Se lo podía permitir, dada la simplicidad de su mensaje, algo que tan sólo pertenece a las grandes ideas, aquellas que no sólo sostienen una visión del mundo sino que la dejan abierta, también, a su transformación”.

India es, en definitiva, un libro muy hermoso.

Fuente: La línea del horizonte