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domingo, 22 de abril de 2018

FLOR DE HADAS EN EL BOLSILLO


Flor de hadas en el bolsillo
Juan Antonio Fernández Madrigal
El Transbordador
Málaga, 2018
236 páginas

Este libro es una defensa cerrada de la imaginación, y de la poesía como forma de imaginación. Porque durante los primeros cuadros y pequeñas historias, hasta el momento en que un detonante hace caer al narrador, Juan Antonio Fernández Madrigal (Córdoba, 1970) se muestra como un admirador de ambas. El punto de vista viene de un recurso conocido: un extraño cae en nuestra época y la describe. Con esto en las manos, se puede escribir Sin noticias de Gurb o los guiones de la serie Alf. En este caso, el viajero que aterriza viene de un sitio que se llama nomorfa, así, con minúscula, y que se supone que es el futuro. Este planeta ya destrozado, hasta el punto de haber perdido el derecho al nombre propio. Nomorfa puede ser un acrónimo de no-forma o, lo que viene a ser lo mismo, el uso de la negación y el término griego morfo. No viene de amorfo o deforme, sino de nomorfa. Y el viaje lo hace gracias a algo conocido como flor de hadas que a lo que nos remite es tanto al polvo mágico de Campanilla, el hada de Peter Pan, como a un nombre de una nueva droga de diseño, algo que ayuda a ver el mundo lleno de unicornios.
Pero lo interesante es que la prosa, muy poética, que Fernández Madrigal utiliza está al servicio de la captura de tesoros efímeros. Los pocos que podríamos hallar y que, en buena medida, como la carta robada, están delante de nuestras narices. Tiene que venir un alien del tiempo para descubrir que estamos dentro de las fechas en que podemos reaccionar y preservar el bien de la fantasía. A modo de dietario, en cada pieza reconocemos influencias de lo más sorprendente, sobre todo por lo bien integradas que están en las imágenes: sabemos de Lewis Carroll es uno de los padres del autor, como lo es Borges; pero también los padres de Borges y en algún momento Omar Jayam y un poco de sufismo, junto con El Principito y Lao Tsé. Hay ingenio, sí, pero también sabiduría. Fernández Madrigal es un acérrimo defensor de la paciencia y del hombre proactivo, es decir, de la paciencia como virtud que se ejerce, no como resignación inmóvil. Para ello, le basta con venir desde el futuro. Aunque sea desde un segundo más allá en el futuro.
Todo esto se llama, en términos legales, magia. Las preguntas que no cesan de suceder, requieren un tipo de respuesta que no pueden venir de la razón. A lo que no conocemos, a lo que se ve con el corazón y no con los ojos, lo llamamos magia, ilusión, fantasía. Imaginación y poesía. Si el viajero viene del futuro, está pues revisando la infancia de nomorfa. La infancia es el tiempo de las hadas, pero también el de las cosas finitas, o finitas en cuanto a su utilidad, porque su presencia en nuestra construcción es un tesoro o una maldición. Sí, porque también hay lobos en este volumen que, libremente, llamaremos novela.
Antes hemos mencionado la caída del narrador. A partir de ahí, el tono de la obra cambia. Atiende más a lo concreto, a lo anecdótico. Traza un dibujo social y se relaciona con ficciones de moda tanto como con los grandes mitos. Está presente Batman, y a continuación Ulyses. Si se trata de una novela, no desvelaremos el final, lleno de interrogantes: sobre la drogadicción, el surrealismo, las batallas de irrealidades o la muerte de lo legendario. Tal vez sacrifique un poco el tono de la obra para darle una consistencia narrativa. Pero eso no invalida la calidad de la literatura que poco a poco ha ido desarrollando antes Fernández Madrigal.

viernes, 20 de abril de 2018

LA GUERRA CONTRA EL PLANETA


La guerra contra el planeta
Antonio Elio Brailovsky
Clave intelectual
Madrid, 2018
285 páginas

Se está haciendo cada vez más tarde. Y este viaje, que empezó con la peste negra, solo tiene billete de ida. El libro que nos presenta Antonio Elio Brailovsky (Buenos Aires, 1946) es un clamor de advertencia. Porque el proceso parece irreversible y a lo más que podemos aspirar es a ralentizar el tren, no a detenerlo, y mucho menos a revertir su marcha. De ahí que para empezar a enunciar y analizar un poco los grandes desastres ecológicos de la historia no tome como punto de partida la Revolución Industrial, que suele ser el lugar común, sino la Peste Negra. Es un tiempo en el que los desastres ecológicos, eso sí, no tienen escala planetaria. De hecho, no elige el cambio climático o el agujero en la capa de ozono. Elio Brailovsky se centra en desastres que pudieron evitarse a escala humana, con decisiones que casi podía haber tomado una sola persona o un pequeño grupo de personas, los hombres del poder político y económico. ¿Por qué renunciar a la escala mundial? Posiblemente por la dificultad del principio de prevención que cree que debe imponerse. En otras bocas, ese principio se llama sentido común. Y traducido a las opciones que tenemos, sería el derecho ambiental el encargado de servir de guía de trabajo, pues la conservación de la naturaleza es ya un principio activo. No sirve dejarla a su libre suerte, abandonarla, pues la magnitud del daño es tal que la recuperación es irreversible. Sirva como ejemplo la degradación del suelo amazónico, pues en contra de lo que damos por supuesto, no es un suelo rico en nutrientes. El suelo amazónico se está alimentando, en su primera capa, por la constante caída y muerte de follaje y detritus. Arrasado, aunque solo sea para abrir un camino, se transforma en un suelo laterítico. Sería tan fácil que allí creciera una planta, como que lo hiciera en una pista de tenis de polvo de ladrillo.
Elio Brailovsky aboga por una gestión de riesgo que limite los impactos, en caso de que estos sean accidentes inevitables. La acción del hombre, vuelve a no ser un principio de conservación pasivo. El accidente de la central de Fukushima o las consecuencias en Nueva Orleans del huracán Katrina, podrían haberse reducido de no haber gestionado la construcción de la central nuclear y de la ciudad bajo el principio de mínimo gasto. La aparición de estos casos resulta en principio un tanto extraña: es una ciudad, es una planta nuclear. No estamos hablando de bosques. Pero para Elio Brailovsky el ser humano es otra forma de naturaleza, y su calidad de vida forma parte del derecho ambiental. Eso supone tener en cuenta la vulnerabilidad del ser humano y, en ese sentido, entra en juego la lucha de clases. Los muertos a consecuencia del huracán o del tsunami, fueron principalmente mendigos y clase baja. Por otra parte, añade el principio de incertidumbre, lo cual obligaría a una política de grandes prevenciones. Elio Brailovsky no lo comenta, pero la salud ambiental no entra dentro de las liquidaciones del balance de crecimiento económico. Tal vez ya sea hora de encajarlas ahí, o tal vez ya sea hora de inventarse una economía basada en algo distinto al crecimiento económico, otro factor de escala mundial que no menciona, pero que afecta a los ejemplos que trata, pues se refieren a empresas y beneficios: la minería, la agricultura, el petróleo, etc.
En buena medida, el hombre, o el hombre que decide, trata la Tierra bajo el principio de la minería. De ella se puede extraer todo, desde los nutrientes que alimentan a las plantaciones de soja transgénica, sustituidos por pesticidas y herbicidas, a los gases que envenenan. A ser posible, todo el tratamiento de estas materias peligrosas se produce en lugares en vías de desarrollo, donde al margen de la degradación continua, las medidas de seguridad son mucho más laxas y los medios de comunicación están al servicio de las multinacionales. El estallido de Bhopal, en la India, o los vertidos de petróleo por el uso de barcos monocasco, son algunos de los ejemplos a los que recurre. Pero también está la propia minería y el cianuro. Dada su nacionalidad, conoce de primera mano las consecuencias que tiene la extracción mineral en lugares recónditos de la cadena montañosa de los Andes. Algo que afecta a las poblaciones locales y que dejará una herida tóxica durante centenares de años. ¿Por qué hemos llegado a esta situación? Por el uso militar del planeta. Ese es el principio rector que afecta a la forma en que lo tratamos. No porque el agua que se extrae de los cimientos de la ciudad de México se emplee para usos militares, pero sí por el empecinamiento, que se remonta a años atrás, de conquistar y colonizar ese enclave. Ese paralelismo se puede aplicar a la Peste Negra y las Cruzadas, o a Fukushima, pues la investigación en la ciencia nuclear se produce mayormente para casos de guerra. Existen muchas otras maneras de obtener la energía que producía aquella planta nuclear. El libro es demasiado humano como para ser cierto. Pero lo es. Apenas concede un hueco por el que introducir una cuña de esperanza. Su utilidad es divulgativa, por mucho que duela.

jueves, 19 de abril de 2018

Svletana Alexiévich, la periodista que consiguió desaparecer para que existiera el relato de la guerra


FRONTERAD
Ricardo Martínez Llorca - 20-04-2018

Esta mujer, que es un museo lleno de miles de mujeres esculpidas por entero, desde el saco de los huesos hasta el alma, y también de niños maltratados por la gentuza, sostiene su cabeza sobre los mismos hombros de los que cuelga un poncho marrón, cuando suena el teléfono y tiene que dejar de planchar para atender la llamada. Su modesto piso en un edificio de corte soviético proletario, como otros tantos millones de ellos repartidos por Asia, le permite acceder de una habitación a otra en menos de tres segundos, caminando con paso lentísimo. Descuelga y escucha cómo la secretaria permanente del Comité del Premio Nobel anuncia que a partir de ahora su obra tendrá una divulgación universal. Única ya lo era antes, cuando inventó esto que ha dado en llamarse novela documental, escribiendo de cara al río Svisloch, en Minsk. Cuelga el teléfono y, con su forma de vestir, que nos recuerda a los tiempos del Pacto de Varsovia, vuelve a la tarea de planchar mientras mira al río a través de la ventana, con el humo de la memoria reposando entre los pulmones. En la cabeza ya vive la idea de hablar del amor como antes habló de la muerte.

Si Papá Noel fuera mujer tendría el rostro de Svletana Alexiévich. Alexiévich podría haber elegido hablar sobre Babilonia, Menfis, Atenas, la Antigua Roma o el Imperio Mongol. Pero el mal es eterno, lo cual significa no que esté siempre sucediendo, sino que sucede al margen del tiempo. Para la crueldad no existen las horas ni el calendario, ni los libros de historia ni otra geografía que no sea sideral, incluido el territorio de la ciencia ficción. Ese gran auto de fe que es la Bielorrusia y la Rusia actuales, los estados sobre los que habita Alexiévich, es idéntico al que los Césares implantaron entre los pueblos después de arrasarlos. El fenómeno del pan y el circo para contentar al pueblo sigue vigente: la guerra que se nos refleja en los medios de comunicación es un evento deportivo, de modo que la gente se convence de que para ser justos hay que seguir disparando y jaleando a las legiones. Le preocupa que la batuta la tenga Vladímir Putin, por supuesto, pero más aún el Putin colectivo, la sensación de orgullo nacional herido y el desprecio por los valores liberales que crece como la humedad en la pared. Lo que más le inquieta es la amnesia total y la consecuente farsa de lo que ellos llaman ideales nobles. A día de hoy, mientras se abren museos para loar a Stalin, se cierran otros dedicados a sus víctimas.

Los ojos de Alexiévich están lavadísimos de ver tantas hogueras. Ha convivido con demasiada gente rígida, gente que estaba convencida de que ser una persona de principios es el mayor logro humano desde la estatuaria griega. Las personas de principios son gente incapaz de cambiar de postura, y si hay un cuerpo que no pueda articularse en absoluto, un cuerpo rígido, ese es el de un cadáver. Ser una persona de principios quiere decir que moralmente estás casi muerto. Esos principios, por ejemplo, los llevaron a recitar una misa en Moscú para rezar por las armas nucleares rusas. Políticos, policías y militares se reunieron en una misa para que el mito de los valores bélicos se sigua alimentando. A Alexiévich la tacharon de traidora por no sumarse a las odas a un dios espurio, primitivo, y se calla. Si a uno le insultan por negarse a bendecir las armas, ¿qué puede contestar que no lleve a recibir una puñalada?

Alexiévich enferma fácilmente con el frío. También con el que le recorre el espinazo al escuchar esa ofensa a las puertas de la catedral de San Basilio, en la Plaza Roja moscovita. Allí unos guardaespaldas de siete cuerpos la catalogan como traidora por no querer unirse a las oraciones a un dios de la guerra que proteja las ojivas nucleares. Alexiévich evita la confrontación, porque sabe que al igual que otros premios Nobel que ha dado la lengua rusa –Solzhenitsyn, Pasternak, Bunin, Shojolov– su intento de calmar los ánimos crearía un efecto rebote y levantaría una ola de odio. Para ella lo principal es aprender a no odiar, o desaprender cómo se odia. Porque si existe el odio entonces existe el enemigo. Y si a una persona se la tacha de enemiga se la desnaturaliza, se la priva de dignidad, de su condición humana.

La prensa se ha llenado de artículos afirmando que la concesión del premio Nobel se trata de una decisión política de la Academia Sueca. Eso afirman los clérigos que dictan las oraciones al Ares de los megatones. Aseguran que jugaba con ventaja, por ser contraria a la política de Putin que, vienen a decir, es lo mismo que odiar a Rusia. Pero ella ya no está dispuesta a ir a más conflictos, y mucho menos con su propia gente, como no está dispuesta a volver a la guerra. Para ella se acabaron las guerras –Los muchachos del zinc, La guerra no tiene rostro de mujer, Últimos testigosporque sus blindajes están perforados. Carece de mecanismos de protección frente a la agresividad, frente a todo eso que es parte del mismo odio, y el odio se expresa del cuerpo hacia afuera. El odio se comparte, se distribuye y deja rastros de ceniza.

Pero Alexiévich ha optado por un proyecto de vida en el que, al contrario que como funciona el odio, es lo de afuera lo que construye la expresión interior. El resultado son estos libros que leemos con reverencia, cuyo principio es el oficio de escuchar, una empatía palpable, ser normal y hablar de forma que cualquier humano pueda entenderte. Traducido a la obra escrita, a su periodismo, eso supone un ejercicio de desaparición. En sus libros no hay narrador, no hay un estilista que impresione, no existe una voz alfa. Tal vez porque creció entre gente sencilla, cuyas historias destrozaban a cualquiera, y no poder intervenir por ser demasiado pequeña, demasiado ingenua. Hay que ser muy ingenuo para escribir obras como las de Alexiévich. Pero si eso supone consolidar la mejor literatura del momento, la más sensible, uno no puede sino gritar que de mayor quiere ser ingenuo. En su caso, tanta ingenuidad se fraguó porque gran parte de la población masculina había muerto en la guerra y las mujeres pasaban las tardes conversando mientras ella, y con ella los demás niños, escuchaban.

Lo peor de dejar de ser niño, es que uno comienza a ser memoria. La obra de Alexiévich intenta ser memoria, pero una memoria compartida, hacer de la memoria de los derrotados la memoria de todos y así ponerla al día. Leemos los recuerdos de cientos de personas como si nos estuvieran sucediendo ahora mismo. El impacto que produce su obra es idéntico al que provocaría conocer de primera mano la vida de la gente, de las mujeres, de los niños, que es una vida muy verbal, porque se pasan todo el tiempo contando y discutiendo. Con frecuencia, contando ese tipo de cosas que cualquier persona que se tache a sí mismo de razonable preferiría no saber. Lo cual nos lleva a sospechar que existe un puente dorado entre la razón y el miedo, el mismo que Alexiévich destroza con las voces de sus amigos.

En la guerra no hay nadie honesto. Al menos no hay nadie honesto en el frente, bajo el fuego, porque existe otra guerra, la de la tierra saqueada. Ahí habitan las madres y los niños, que son quienes ofrecen los testimonios de los resultados de la guerra, incluidas guerras como la catástrofe de Chernóbil o la ciudad y el campo arrasado tras la etapa de un comunismo prematuro y militar. Porque para ella el tema de la guerra no es un catálogo de batallas, de victorias y derrotas y, finalmente, victorias que nos convierten en los patriotas que debemos ser. El tema de la guerra es la multiplicación de humillados y ofendidos, de perdedores sin voz, gente que sigue sufriendo después de firmados los acuerdos de paz o de rendición. Hay una guerra de muertos y conquistas, y otra de quienes cuidan a los heridos, a los enfermos mentales, a los que no pueden valerse por sí mismos, al niño que agarra al oso de peluche con los dientes, porque le arrancaron los brazos y las piernas. En esa desolación no existe el concepto de enemigo, al menos no en términos hostiles. Una enfermera que pasea por un campo de batalla, escrutando si bajo el barro alguno de los pechos seguía latiendo, comenzó a sentir mareos porque no discriminaba a los que pertenecían a uno u otro bando, porque “todos eran bellos, y todos estaban muertos”, decía. Esa enfermera habla a Alexiévich con la misma voz que la madre del niño sin brazos. Por más que ella se empeñe en individualizar las voces, a la hora de la verdad solo existe el idioma de las emociones. El efecto es sinfónico, pero la orquesta está emitiendo esos gruñidos previos al concierto, intentando afinar los instrumentos, o cada músico está en su casa interpretando una pieza diferente, y además la casa se ha visto reducida a escombros.

Nuestra sociedad civil, esa en la que nos encontramos fuera de los tiempos de guerra, es imperfecta. Pero es lo único con lo que contamos para enderezar al planeta dividido por estados en conflicto o por conflictos dentro de los estados. Ella no lo dice, pero es posible que considere que el estado moderno no sea una gran idea. Hay ejemplos buenos, sí, como el de los países nórdicos, aunque llenos de arrugas. Pero la paz es una excepción y el estado quiere mantener viva la llama de la guerra, como en la misa de la catedral moscovita. Así pues, al igual que en los peores tiempos, nos queda el consuelo de cualquier capricho. Como el de la mujer que llenó su maleta de chocolates, gastándose todos sus ahorros, antes de partir para la guerra. En las trincheras, un mordisco a una tableta será lo que nos recuerde que en algún lugar puede existir todavía una minúscula porción de belleza. Para ella, como para cualquiera de las miles de mujeres que Alexiévich ha entrevistado, la guerra es inequívocamente una matanza. La sociedad civil es la de las madres y los hijos, la de la onza de chocolate como excepción, como regalo de Papá Noel. Para evitar el fuego de la guerra se han llevado a cabo grandes experimentos de soterramiento de cualquier conato de rebelión, de debate, de sumar buenas ideas buenas, experimentos como la versión rusa del comunismo, inmadura y alejada de un concepto del individuo como ser humano, que terminará en un derramamiento de sangre. El mismo que ella maldice, y al que ahora solo le cabe asistir desde lejos.

“La democracia debe llegar antes que el estado”, sostiene.

Sin la coraza, como Don Quijote regresando desnudo de la playa de Barcino, asiste al espectáculo monstruoso de quienes celebran los muertos del día anterior, recitados en los televisores. Dentro de cada uno de esos individuos se esconde un dictador en potencia, un maltratador, un asesino. Es a ellos a quienes, hoy en día, teme. Gente enfurecida que se siente robada, privada de algo que ellos llaman honor, de una chapa en la pechera de la chaqueta. Tras la caída del imperio soviético confió en que ese rencor se dirigiera contra el poder. Sin embargo, el poder supo encauzar el odio para crear un sustrato sobre el que fermentara la riqueza de unos pocos.

“No solíamos hablar de ella antes. Pero ahora que el mundo ha mutado incontrovertiblemente, aquellas vidas nuestras interesan a todos, no importa cómo fueran, eran las vidas que nos tocó vivir”, cuenta una de las voces en El fin del ‘Homo Sovieticus’. Duras, en ocasiones siniestras, siempre puro realismo social y puro realismo emocional. Vidas arañadas por la guerra o por conflictos tan graves como la guerra: la miseria, la violencia, el hambre, el látigo, el frío extremo, el desgarro de la marginación o de la separación de los seres queridos, que es otra forma de perder la vida. Porque solo existe una forma de morir, pero son innumerables las maneras en que uno puede perder la vida, y todas ellas suponen brutalidad. Esta obra recorre todas las generaciones del siglo XX, y parte del XXI, en países de la antigua Unión Soviética. Desde la Primera Guerra Mundial a la xenofobia moscovita. Como en todas las crisis, la culpa de la actual se atribuye a los refugiados, a los inmigrantes desahuciados, a los que arañan cualquier puerta mientras desfallecen, para pedir un jornal de hambre a cambio de limpiar letrinas.

“Usted no aparta los ojos como hacer todos”, le comenta una de sus entrevistadas mientras charlan en la cocina. Es en la cocina donde tiene lugar buena parte de sus entrevistas, porque es en la cocina donde acostumbran a charlar los habitantes de Rusia o Bielorrusia, de Ucrania o cualquier otra antigua república soviética. Y regresa a las delaciones y a las torturas, a gente que se llega a cuestionar si existe algo sagrado. Mientras escuchamos, lloramos, sufrimos y pasamos hambre con ellos. Y sentimos que tal vez carezcamos de fuerzas para rebelarnos, que nos estamos apagando. Ni siquiera poseemos la suficiente energía como para esbozar metáforas, figuras lingüísticas, con lo cual el resultado de sus libros testimoniales es de un naturalismo crudísimo. La impresión de esbozo obliga al lector a poner todo lo demás de su parte: aquí solo están contenidas las palabras, pero, ¿cuáles fueron los gestos?, ¿cuáles los tonos de voz y cuáles los silencios que practicaron las víctimas durante esos encuentros con gente que ignora si revivir con la memoria es liberación o cárcel?

En Los muchachos del zinc una madre reclama que se juzgue a quienes enseñaron a matar a su hijo. Ese recuerdo es parte de un mosaico de soledades que nos deja sordos. Duele. Quisiéramos olvidar, pero eso supondría perder las escasas cualidades sensibles que nos quedan. Esa madre tiene que hacer el amor con su hijo para evitar que se tire desde la azotea. De ese calibre es la literatura que nos propone Alexiévich, que desaparece en cuanto los protagonistas empiezan a hablar. El sofoco al que se elevan los textos de Alexiévich están dotados de la mayor temperatura que permite la fiebre. Nada es calderilla. En Últimos testigos ni una sola palabra es barata. Para los niños huérfanos de la guerra, los que no se contaron entre los trece millones asesinados bajo fuego directo, no importa los años que pasen, los arcoíris que uno haya presenciado, la lluvia llevándose las hojas pardas en un hermoso otoño, no importan los miles de besos que uno haya recibido. La guerra es algo que sigue sucediendo. No sabrán qué es el cariño y serán padres con plena intención de prodigarlo. No se trata de que se les hayan gastado las lágrimas, es que no pudieron ni siquiera permitirse el lujo de aprender a llorar.

Se antoja que para leer los libros de Alexiévich hay que tener los sentimientos muy bien armados y blindarlos para no caer en el desasosiego. Pero no es cierto. En realidad, lo que su literatura pide es dejarse arrastrar, soltar el amor que uno lleva dentro, ese que abarca tanto a cualquier desconocido como a nuestro mejor amigo o a nuestro mejor hermano. Podríamos debatir durante horas sobre esto, sobre el plano ético y moral, sobre la necesidad o el oportunismo. Pero no merece la pena. Porque lo que sí se atreve uno a asegurar es que se trata de un acto de cobardía negarse a leerlos. Y el cobarde, al final del día, ha hecho tanto daño como el canalla.


miércoles, 18 de abril de 2018

SAL&ROCA, ABRIL 2018

Para completar que nos ocupemos del mar, también cuidamos la tierra, y también con el trabajo dividido: por un lado los bosques, y por otro toda la naturaleza. Tal vez los bosques sean la metáfora de la naturaleza por excelencia, pero John Muir, el padre del conservacionismo, era presa del síndrome de Stendhal frente a cualquier paraje.
En-el-mar




En el mar
Toine Heijmans
Traducción de Goedele de Sterck
Acantilado




Esta es una novela casi breve sobre el poder evocador del mar. Las circunstancias que rodean el destino de los protagonistas, solo pueden suceder en el que es, a la postre, el territorio más inhóspito para el hombre. Podemos navegarlo, podemos, incluso, acabar contaminándolo hasta que se nos antoje una porquería, pero no podemos dominarle, porque nadie puede dominar la tempestad. Como nadie puede dominar la calma. De ahí que el destino, y junto a él la soledad que supone afrontarlo, la que nos lleva a viajar a lo más profundo para reconocer nuestra identidad, sea algo que solo puede surgir en el mar. Ni siquiera el amor entre un padre y su hija pueden dominar el territorio de la ballena blanca. Este libro tiene una lectura metafórica, sí, pero es que el mar, la contemplación del mar, es pura metáfora.
Inmerso en una profunda crisis personal, Donald decide navegar en su velero durante tres meses, con el silencio y la soledad como única compañía. Sólo en la última etapa de la travesía recogerá a su hija de siete años, Maria, para que lo acompañe del norte de Dinamarca a los Países Bajos. Alejados del mundo, el viaje se anuncia idílico, y entre padre e hija surge una complicidad que nunca antes habían conocido. Pero de pronto las nubes negras acechan en el horizonte y Donald está cada vez más angustiado; la noche en que estalla la temida y aterradora tormenta, Maria desaparece del barco… En el mar es una evocadora alegoría sobre la travesía de la vida y la posibilidad de gobernar el propio destino, y un magnífico homenaje a los navegantes legendarios, desde Ulises hasta el capitán Ahab.
Oceanospecesplatos




Océanos, peces, platos
Óscar Caballero
Arpa






La brecha la había abierto Philip Hoare con sus libros El mar interior o Leviatán. Óscar Caballero la sigue con la mejor entrega, porque si algo queda por explorar es el mar. ¿El Sáhara o la Antártida? Ya sabemos de su aspereza contra la vida. Pero los océanos son lugares donde todavía pueden habitar las especies más insólitas. De ahí extrae buena parte del gancho de este libro, cuyo contenido apenas precisa de apoyo para enganchar al lector: “¿Atún de bellota? Tal como suena. Lo dejó escrito Estrabón hace dos mil años: los atunes que llegaban a Cádiz por el Atlántico comían bellota, igual que nuestros mejores cerdos”. “Las costas de Galicia, como las de Irlanda, siempre estuvieron bien pobladas de vieiras, de ostras, de bogavantes… ¿Por qué entonces fueron durante siglos las regiones más castigadas por el hambre y la migración forzosa?”. “El pulpo dispone de las estructuras nerviosas que producen la conciencia. Igual que nosotros y que los monos, con sus 300 millones de neuronas se alista entre las pocas especies listas, las que desarrollaron el cerebro”. “¿Sabías que la ballena boreal es inmune al cáncer? Los biólogos están estudiando el porqué”. “Más del 90% de las especies marinas generan su propia luz. ¿Y si copiamos su reacción química para iluminar las ciudades sin electricidad? Sandra Rey está trabajando en ello desde 2013”.
Este libro se sumerge en la historia cultural y social de mares y océanos para conocer, entre muchas otras cosas, la singular vida de los peces que luego habremos de encontrar en la mesa. Una mesa flamante, pues el pescado y el marisco frescos son novedades rabiosamente contemporáneas. El ferrocarril primero y el avión más tarde los arrancaron a la sal, al ahumado, al secado y al escabeche que durante siglos les permitieron resistir largos viajes a vela en el mar y a caballo en tierra. El pescado, su auge, su extinción politizada, su cocina y su fraude son rasgos de identidad de nuestra cultura contemporánea.
Océanos, peces, platos es un maravilloso bazar de curiosidades marinas y marineras, culturales, científicas, geográficas e históricas: navega de las almadrabas y los esteros gaditanos a los yacimientos de algas bretonas; surca las artes de la pesca y las de la conserva; explora las curiosidades de las criaturas marinas y las de su cocción; trae brisas del hambre —durante siglos auténtica gastronomía de los pobres— y humos de la alta cocina; y destila refranes, leyendas y falsas tradiciones que en realidad no son más que de anteayer. En ese tejido de contradicciones, de parentescos que parecen lejanos y son próximos, nada este libro, y se moja.
El-lenguaje-de-los-bosques





El lenguaje de los bosques
Hasier Larretxea
Espasa





Que una de las editoriales grandes, Espasa, apueste por el tipo de libros que las pequeñas nos estaban regalando, libros sobre la naturaleza, sobre la convivencia con la naturaleza, sobre el respeto, sobre la ecología, es todo un síntoma de que algo está calando. Desconocemos si existe un criterio comercial y no queremos pensar en ello. Este es un libro escrito porque alguien encuentra la ecoterapia y la intenta compartir. ¿Se puede ser más humano? ¿Se puede ser más amable, más bueno, en el buen sentido de la palabra bueno? Sospechamos que no. El libro es una invitación para que los jóvenes sustituyan los videojuegos por los árboles, el smartphone por el viento, la dictadura académica por los animales y los senderos. Claro, los senderos. Porque en esta vida solo existen dos cosas imprescindibles: un sendero y una buena compañía.
Este libro quiere ser el sendero que escojas cuando te adentres en un bosque. Este libro quiere que crezca un árbol en tu palma de la mano desplegada. Este libro quiere mostrar el aliento y la respiración de los pasos pendiente arriba. El sonido del rastro sobre el manto de hojas del otoño. Este libro quisiera ser guía, brújula y esencia de todo aquello que rodea al árbol. Este libro es tierra, raíz, corteza, rama, hoja y fruto. Es nudo y temblor. La esencia espolvoreada de una vida curtida entre la espesura de la naturaleza. A este libro le gustaría sortear la niebla que lo cubre todo para amanecer en un rincón del paisaje en el que los pájaros le cantan al nuevo clarear del día. Este libro es la semilla de una vida que florece en los reencuentros y en la búsqueda de la hoja de ruta de la infancia que curte miradas y esencias. Este libro quisiera representar la ramificación que se eleva hacia el cielo claro, donde se reencuentran las generaciones, el mundo rural y la vida en la ciudad. Este libro quiere ser indagación y reflexión, ruta y cobijo.
Escritos-sobre-la-naturaleza




Escritos sobre la naturaleza (VOL.1)
John Muir
Traducción de Victoria Parra Ortiz
Capitán Swing




John Muir fue muchas cosas: naturalista, explorador, inventor, botanista, experto en glaciares, granjero, místico, excelente amigo, papá, marido, escritor, activista, padre del conservacionismo, enamorado de la naturaleza o motor para los parques nacionales.
Sus más de 300 artículos y doce libros presentan una narrativa que influye hasta hoy en los movimientos de cuidado del medio ambiente: cómo somos uno con la naturaleza, el valor al respeto a toda vida, el amor por el cuidado del entorno, la posibilidad de encontrar lo trascendente en ella. Muchos lo consideran el “Patrón de la naturaleza de Estados Unidos”, su bardo total y la quintaescencia del alma libre. Durante el siglo XIX este escocés que vivió casi toda su vida en Estados Unidos se convirtió, con sus artículos publicados en revistas, en la voz más atractiva y reconocida del movimiento de Estados Unidos para proteger a la naturaleza. Como buen escocés, aprovechó el poder de las historias para matricular a cientos de estadounidenses agotados por la carrera del progreso en su agenda de protección de nuestro entorno y nuestros “compañeros mortales”, los animales y las plantas. Leerlo es pasearse por California, Alaska, Escocia o cualquiera de los lugares que visitó, y sentir el viento, escuchar a los pájaros, hacerse mejor amigo de las plantas y sentir el misticismo de las “catedrales” de la naturaleza.
A los 28 años partió una caminata de 1,000 millas; solo y con una mochila fue desde Wisconsin a Florida, soñando con tomar un barco que lo llevara al Amazonas. Pero una malaria tropical cambió sus planes y, para recuperarse, le recomendaron el aire seco de California. Así, por pura casualidad, terminó en el estado en el que desarrollaría su particular visión de una naturaleza maravillosa, llena de lo sagrado y que estaba en permanente evolución.
California estaba sufriendo, como el resto de Estados Unidos, de la idea de que la naturaleza era propiedad del hombre para explotarla. Para Muir la naturaleza es clave para recargarnos y recrearnos, y conectarnos con lo más profundo; por eso consideraba que este proceso era autodestructivo y había que frenarlo, sin necesidad de frenar el progreso, pero cuidando lugares emblemáticos en los que él veía “la sonrisa de Dios”. En sus escritos nos pasea por lugares como Yosemite, Alaska o los bosques de sequoias; e invita a sus lectores a salir y experimentar la naturaleza para que se convenzan de que vale la pena salvarla.
En una vida de exploración, escritura y activismo político apasionado, John Muir se convirtió en el vocero más elocuente de Estados Unidos sobre el misterio y la majestuosidad de los parajes naturales. Figura crucial en la creación del sistema de parques nacionales estadounidense y un visionario profeta de la conciencia ambiental que fundó el Sierra Club en 1892, también fue un maestro de la descripción natural que evocó con poder e intimidad únicos los paisajes libres del oeste americano. La calidad espiritual y el entusiasmo hacia la naturaleza expresados en sus escritos ha inspirado a los lectores, incluidos los presidentes y congresistas, a tomar medidas para ayudar a preservar las grandes áreas naturales. Hoy Muir es referido como el "Padre de los Parques Nacionales".

martes, 17 de abril de 2018

LEILA


Los suicidas del fin del mundo
Zona de obras
Frutos extraños
Una historia sencilla
Plano americano

Si uno ha leído a Leila Guerriero y le dicen que ronda los cincuenta años, piensa que no es que haya llegado a esa edad, sino que, más bien, alcanzó los doscientos y luego fue retrocediendo, hasta volver a quedarse en los cincuenta, una edad en la que uno ha superado todas las crisis, excepto la de envejecer: ella envejeció doblemente para retornar a la madurez. De sus trescientos cincuenta años vividos, Leila ha conservado la magia de un cabello que triunfó en la adolescencia y una personalidad descorazonadora en la escritura, tan depurada y precisa como tensa, excepto en algunos brochazos de color que nos sirven de descanso y adición. En una de sus columnas reza: “De pronto, en mitad de un tema, ella se cuelga de su cuello y lo besa seminalmente, como si quisiera matarlo”. El texto versa sobre un hombre que ha perdido el amor hacia su novia, pero la que besa seminalmente es ella. El adverbio de modo es tan sorprendente como los que encontramos en la prosa de su compatriota Borges. Solo que nuestro queridísimo escritor nunca hubiera utilizado la palabra seminalmente por pudor, a pesar de que a él, a Borges, se le permitían las licencias de la poesía y de la ficción. Pero Leila trabaja sobre las representaciones de la realidad. Y si la imagen de que un chico bese seminalmente nos resulta sobrecogedora, pues se nos antoja que se están corriendo riesgos, que ese modo provenga de la novia y en los estertores de la relación, hace que la mantequilla se evapore mientras leemos la columna, a la hora del desayuno. Y es la única metáfora de todo un texto que funciona como una amenaza lírica.
Dice Alberto Fuguet que Leila deja el manual de estilo de la revista The New Yorker a la altura de un paseo por un balneario. Si uno pretende descansar, los textos de Leila no son la mejor compañía, porque consigue patear ese mal que se llama indiferencia. Que el siglo XX, y lo que llevamos del XXI, pase a la historia por el silencio de las buenas gentes, tal y como expresó el premio Nobel de la Paz que combatía el racismo (parece mentira que los premios de la paz se den a combatientes, pero es que resulta que si algo hay peor que la indiferencia es la resignación), Leila consigue torcer ese tozudo junco, da las batallas que otros asumen por perdidas, sabiendo que el oficio de cronista es el de quien llega tarde, el de quien llega después. Pero es, a la par, el de quien evita que se reproduzcan las derrotas, que se repitan, denunciando las tensiones que se mueven en el océano y el tartamudeo de los tiempos presentes, por utilizar dos expresiones que son propias de ella.
De ahí que Leila mencione que le gustaría entender si hay algo reprobable en tener miedo, cuando habla de mujeres acosadas hasta el silencio. O que se pregunte cómo será Nicanor Parra cuando está solo, siendo Nicanor uno de tantos viejos solitarios. Del Papa Francisco, que tan buena prensa tiene, denuncia su sonrisa de tubo de ensayo, la que esgrime para justificar que ya es hora de largarse de los lugares donde alguien le suelta una pregunta incómoda, como las referidas a abusos sexuales por parte de sacerdotes. Tampoco se libra Ang Saan Suu Kyi, la presidenta de Myanmar tras décadas de una cruel dictadura militar, de quien sostiene que no actúa frente a las persistentes represiones pues para ella ser víctima siempre fue un trabajo y bajo ese paraguas mantiene, por ejemplo, los disparos contra etnias en las selvas del este del país. Al pasar la frontera de Estados Unidos, Leila se da cuenta de que son los latinos de segunda y tercera generación quienes hacen de muro frente a los nuevos latinos que pretenden ingresar al país, aunque sea para visitar a una nieta; los guardianes, antes víctimas, ahora victimarios, representan el triunfo repulsivo de un imperio que ya no precisa de los insultos de un presidente al que no ponemos adjetivos para conservar, como hace Leila, la buena educación, que es algo en lo que cree con más fervor de lo que pudiera llegar a creer en un dios, si es que algún dios existe para ella. La gente, ha comprobado -los latinos de segunda generación, el Papa, Suu Kyi, el maltratador- cambia demasiado rápido y cada uno se justifica en que él también ha sido víctima; pero ser víctima no es ninguna virtud, sostiene junto a John Lee Anderson.
Sus crónicas no tienen siempre por objetivo la actualidad. Cuando uno escribe, conjura todo lo que es y rescata de aquí y de allá los verbos y las memorias. Todos hemos admirado a Pavese en la adolescencia, mayormente esas últimas líneas de su diario: “Solo un gesto. No escribiré más”. Leídas a los cincuenta años, o a los doscientos cincuenta, resultan censurables. Leila se acerca a la vivienda desde la que Pavese vio los últimos cuadros de su vida y renuncia a su platonismo adolescente sin dar explicaciones, sin pedirlas. Ese sí que es un gesto de reprobación contra la fatalidad del mundo. Sobre la melancolía, Leila dicta que “todo lo que pasó se ha ido. Pero lo que queda es mucho”. Aunque lo pueda expresar con metáforas cuando en lugar de ser ella el eje sobre el que gira la crónica es el entierro de un paria: “Por una grieta del cielo pesado de nubes como montañas se coló la pena del mundo”. “La única salida de emergencia es la que llevamos dentro”, dice, tras discutir con su padre. Y ya empezamos a sospechar que desde el pasado vivido y desde el futuro que a los demás nos queda por vivir, Leila ha traído una mirada existencialista a la crónica, al periodismo narrativo, a la literatura. Porque lo importante es llevar todo el tiempo puesta una mirada y que la prosa sea del lector. Ella sale a la calle con la curiosidad y un libro, pero cuando traduce lo que ve, aunque lo vea con todos los sentidos, también el de recordar, procura que no se vea su ego, ese mal que atañe a los escritores de todo género.
Leila ha escrito para demasiados medios. Comenta que es muy ordenada y guarda cientos de carpetas dentro de carpetas en el disco duro del ordenador. La Nación, la versión argentina de Rolling Stone, El Malpensante y Soho en Colombia, Paula y El Mercurio en Chile, El Universal y Gatopardo en México y, ahora, El País, en España, son algunas de las plazas desde las que se le ha permitido describir la mirada que siempre lleva puesta. Entre las otras miradas, sobre las que se apoya para creer que entiende algo, sabiendo que meramente cree que algo ha entendido, cuenta a Richard Ford, Flannery O’Connor, David Foster Wallace, Joan Didion… autores de ficción, en muchos casos, a los que también se suman Stephen King o John Invirng. Aunque sus artículos los termina, con frecuencia, con versos de Kavafis, de Borges, de Rilke o de un grupo marginal de rock argentino, de esos que jamás escucharía la burguesía, porque pertenecen a la periferia. Cualquier conjunción de palabras que la conmine a narrar desde territorios un poco más peligrosos, o al menos inquietantes, entra en su órbita. Lo que importa es alejarse de reduccionismos, hablar con libertad pero que el texto resulte incómodo por los detalles de realismo que llevan a la gente a ver lo que les es ajeno, porque no estuvieron allí. “Si el texto está bien escrito, el lector se lo va a leer en una lata de Coca-Cola, en la suela de un zapato, proyectado en un intrachip dentro de su cerebro o en la web”, dice, confiando en que lo que no esté agonizando sea la lectura. Tal vez porque ella vincula leer a la curiosidad, a los huesos, al hígado y a las córneas, al igual que todo está a su vez unido a escribir. Y los lectores podrán ir muriendo, pero la gente conservará el hígado como conserva la curiosidad. De alguna manera, seguirán queriendo conocer las historias que ella narra.
Leila no siempre acude a la llamada de las grandes estrellas. Onetti, por ejemplo, uno de los casos más peculiares en el mundo literario, por su obra y por su fama de excéntrico, es una excusa para acercarse a su esposa y a su amante. El reflejo que hace de ellas es fragmentario. Leila es capaz de saltar por los aires toda la normativa sobre la narración corta o la crónica, la que dicta que el texto breve debe ser redondo, en función de la representación de la vida. El trabajo de sacar adelante cada día es una sucesión de fragmentos. Lo otro, un artificio literario. Donde más se recurre a la artimaña probablemente sea en los guiones, un oficio ahora desmesuradamente estudiado, incluso sobrevalorado, con tanto elogio a series de televisión. “Desde hace un par de semanas, en la sala de mi casa hay un televisor enorme: inteligente. El día en que lo estrené lo conecté a Netflix y pasé horas mirando una serie. La serie era buenísima y yo me sentí feliz. Hasta que miré por la ventana y vi la luz de un domingo perfecto apagándose al otro lado del vidrio. Fue como ver ahogarse a un gatito en el río”, escribe, lamentando que sustituyamos la realidad por la realidad virtual.
La realidad, por ejemplo, los insomnes, que cada día abundan más, la viven con un ruido continuo dentro de su cabeza de dragón, un ruido que no permite ni siquiera estar triste ni sentir “nidos de luz”. Así regresa al existencialismo que ya es lo cotidiano, un cansancio que proviene de no saber cuándo termina nada, cuándo termina todo. Con el mayor de los pesimismos, en el peor de sus días, sostiene que la humanidad se ha habituado a moverse en la mugre, “a convivir con la basura en su ojo de cíclope hasta que la basura se hace callo y el ojo queda confortablemente ciego”. Al poseer un solo ojo, el cíclope carece de visión estroboscópica, esa que nos garantiza la sensación de profundidad, la que nos regala la tercera dimensión. No es casualidad que al tratar sobre la multitud Leila crea que ésta posee un solo ojo, que pierda parte de la visión. Ella sigue confiando en cada persona, en el individuo. Y desconfía de los refugios de la humanidad actual, como las series, que nos impiden mirar al otro lado de la ventana. Pero guarda el tesoro de algo que pudo ser el equivalente a las series hace décadas: el arte de los cómics. Es allí donde muchos aprendimos tanto, mientras compartíamos las viñetas con los amigos. En los cómics muchos vimos por primera vez un tiburón, las máquinas de guerra, paisajes exóticos e incluso nos llegaron noticias de religiones prohibidas. “Por ellos supe qué cosa eran un cosaco o la legión extranjera, cómo se vivía en la Nueva York de los ochenta y en la Buenos Aires de los veinte. Parecían saberlo todo acerca de la historia, la literatura, la amistad, la traición. En tiempos en los que había tantas cosas que me hacían sangrar, estos gurúes de los márgenes, entregados a un arte que se tomaba —¿se toma?— por un arte menor, fueron mi guardia pretoriana. Una pandilla salvaje que aún cabalga a mi lado”. El cómic posee un elemento humano que tal vez jamás lleguen a suponer las series de televisión, que se suceden demasiado deprisa: este elemento se llama nostalgia. Hay pasado en el cómic, hay la buena tristeza, esa que ella busca en sus encuentros con personas que por lo general ya están viviendo crepuscularmente.
En Frutos extraños, una recopilación de perfiles que publicó Alfaguara en el año 2012, para conseguir que los seres con quienes trata tengan la consistencia de la sangre y del músculo establece puentes entre la crónica y el canto clásico, el canto griego, el que se dedicaba a los héroes en los funerales. Leila parece fiarse a la intuición, ese fruto de la experiencia vital, antes que a la profesión, a la hora de recoger palabras entre sus rizos y nos haga vivir junto a ella, junto a ellos, al menos durante un rato. La crónica es un presente que nos hace, porque considera que el olvido es peor que la muerte. Seres humildes por vocación o a la fuerza, que son al mismo tiempo despóticos y vehementes. Personas ocultas, que serían oscuros si no se les rizara un resto de dignidad entre los pulmones. Unos individuos sobre los que hablar, para resolver esa ecuación que se impone en el hombre que observa mucho, la que le empuja a encontrar la explicación de lo inexplicable. Todos ellos con sus veleidades a cuestas, como si fueran la pesada mochila de un caminante que, paradójicamente, eligió el sobrepeso para intentar flotar por el planeta azul. Perdedores que provocan la suficiente empatía como para arrimarse a ellos, o tiranos en los que debe quedar un resto de humanidad, porque para Guerriero nadie porta la máscara del enemigo.
Zona de obras (Círculo de tiza, 2014) reúne diversos textos sobre periodismo. Uno termina por cuestionarse que se trate de un oficio, pues la clave con la que elabora su literatura brota de las pocas veces en que nadie ha sido capaz de responder con tanta sinceridad como hace ella, con tanta vehemencia sin sarcasmo ni viveza, limitándose a decir, de mil formas la única respuesta posible: “no lo sé”. Leila va dejando bien claro, a lo largo de sus artículos, de sus intervenciones, que lo único que puede decir es que debemos mirar con carácter, contar un mundo, tratar de entender. Zona de obras es, más bien, un libro espiritual, en el sentido en que Leila habla del espíritu de la crónica, del perfil, del relato de la realidad. No de su materia, no de su infalible olfato ni de cómo ordenar las palabras, las frases, los párrafos. Sí que nos acerca a su eficaz estilo, que no olvida ni siquiera en las conferencias, con esas metáforas que son tan precisas como poco ornamentales (las bocinas raspan el cemento, el sol nace enrojecido por la contaminación). Para Leila no existe esa leyenda del periodista que a tantos justifica subirse a algún pedestal. Porque no hay más mito en escribir, publicar, ser leído y ser querido por lo que has escrito, que en cualquier otra suerte de vida: “El oficio que practico me enseñó a escuchar mucho y a hablar poco, a olvidarme de mí y a entender que todas las personas son su propio tema favorito”. La vida es algo holístico. Todo es vida.
“Expónganse a chorros de emoción ajena”, dice.
Era inevitable que al saber de la existencia de un pueblo perdido en la Patagonia, expuesto a la soledad y al viento, donde el suicidio se disparaba a porcentajes abrumadores, saliera corriendo hacia allá, con la guía de teléfonos de Las Heras debajo del brazo. Los suicidas del fin del mundo (Tusquets, 2006) fue su primer libro. El tema se bastaba para mantener al lector atrapado dentro de las páginas. Leila arriesgaba lo justo como para no equivocarse y dejarnos sin resolver el motivo, pero con un exceso de alma por las consecuencias. Entre esa obra y Una historia sencilla (Anagrama, 2013), media la distancia que en medicina hay entre el protocolo y el ojo clínico. Si en el primer libro el impacto venía ya puesto, aunque nadie hubiera sido lo bastante curioso, nadie hubiera tenido suficiente hígado como para ir a conocer de primera mano, en Una historia sencilla presta atención a un concurso de un baile casi desconocido, el Malambo, en el que el campeón es un atleta y un artista efímero entre apenas unas docenas de personas. Guerriero sigue a uno de los participantes hasta llegar a quererlo como si fuera su hermano. Tal vez para un periodista que está preparándose para retratar a alguien en un perfil la condición de hermano sea provisional, pero al menos no traiciona.
Redactamos este perfil mientras leemos su última recopilación de artículos: Plano americano (Anagrama, 2018). Todo lo mencionado anteriormente, se reproduce de manera, si cabe, más insólita. Recordemos que el plano americano en el cine, otra de las artes que influyen en la obra de Leila, es funcional: los personajes aparecen cortados por las rodillas de manera que nos acercamos a ellos tanto como podemos sin eliminar nada de la figura que sea expresivo. Y la expresión es un buen afán en la obra de Leila: “escribo rosa chicle y borro, escribo rosa Dior y borro, escribo rosa fondant de torta de cumpleaños y entonces sí, recuerdo aquellos cumpleaños infernales, los gritos de los niños, el color de las grageas y el plástico de la piñata, una madeja de emociones infecciosas, y me vuelve el olor del cloro en la piscina”.
“Camino por los pasillos calcificados de luz (…) La soberbia no muere por el paso del tiempo. Muere cuando ves aquí, en este sitio, a quien fue tu par, tu compañero, tu pequeño amor durante los —pocos— años en los que fuiste inocente”. ¿Se puede expresar con menos palabras y más acierto el sentimiento que nos maldice al recorrer los pasillos de un hospital?
Se nos olvida mencionar la costumbre de Leila de estar junto al desfavorecido. Con el debido respeto y con el debido permiso, reproducimos una de sus columnas, publicada en El País, que son puro testimonio de su compromiso y de su fe, hasta el extremo de tirar de ironía, un recurso al que solo acude cuando se ve con el agua al cuello:
Estimados investigadores de la Universidad de Stanford (USA): tengo 25 años, siete hijos, vivo en Namibia, África. Días atrás, EL PAÍS publicó una nota (El mapa de los países más ‘vagos’ del mundo) según la cual, a través de una aplicación en teléfonos móviles que cuenta la cantidad de pasos que dan las personas, ustedes (motivados por una “pandemia de inactividad” que produce 5,3 millones de muertes al año) investigaron la actividad física en 111 países y concluyeron que los que más caminan son los chinos. Yo no leo el periódico —por motivos que no vienen al caso—, pero un antropólogo (acá pululan) me mostró el artículo, que incluía un mapamundi. Las zonas azules eran las activas y las rojas las inactivas. Mi continente estaba casi todo pintado de gris. El gris significaba “Sin datos”. Les escribo para agradecerles. Me explico: acá las mujeres somos campeonas de la caminata. Mis vecinas y yo caminamos todos los días siete kilómetros para conseguir agua. Volvemos con vasijas colgadas de un palo cruzado sobre los hombros (algo que, a veces, me da dolor de cuello). A pesar de que en su estudio eso seguramente nos hubiera ubicado entre los países más activos, nos morimos mucho. De hambre, obvio, pero también de diarrea y cólera (el agua no es muy limpia que digamos). Así que quiero agradecerles la sinceridad. Ustedes dicen que esta es una “medición a escala planetaria”. “Planetario” debe querer decir “todo el planeta”, ¿no? En África somos 1.216 millones. Y la mancha gris de su estudio muestra clarito que acá no hay nadie. O nadie que importe (o nadie que tenga móvil, que debe de ser sinónimo). Yo lo sospechaba, pero la confirmación por parte de voces tan prestigiosas hace que este mundo sea mejor, menos hipócrita. Así que gracias. Avisen si pasan por acá para invitarlos con un té. Si tenemos con qué hacerlo y si seguimos vivos.