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domingo, 10 de diciembre de 2017

CASTILLA Y OTRAS ISLAS

Castilla y otras islas

Jesús del Campo

Minúscula
Barcelona, 2008
197 páginas

Los recuerdos de los otros


Recuerdo haber escuchado en boca de un escritor chileno, paseando por una ciudad castellana, un comentario que vinculaba lo pétreo de las calles al pensamiento de Unamuno. No estaría mal que para reconciliarse con el fondo peyorativo de una sentencia que no deja de tener su acierto, se lea este libro de viajes escrito por otro autor del norte de España. Y es que en Castilla y otras islas, Jesús del Campo nos acerca al aspecto más amable de una esencia castellana que sigue siendo rural, incluso en las urbes de mayor tamaño, de las cuales, por cierto, Jesús del Campo parece huir. Y para ello recurre a unas estrategias de construcción aparentemente clásicas en la literatura de viajes, como aparentemente clásicos eran sus planteamientos de base en alguna de sus obras anteriores, tan clásicos como fuertes, entendiendo por fortaleza el potencial inventivo que se puede extraer de sus ideas y su escritura, sobre todo en Los diarios clandestinos de Blancanieves.
Veamos: un tipo solitario, porque en solitario es como se cumplen los ritos del viajero que acude al encuentro de lo que quiera la suerte traerle, conduce por autovías y carreteras secundarias del pellejo castellano. Durante su trayecto, visitará lugares elegidos con intención de respirar lo que queda de los fantasmas de la historia. Al tiempo que se encuentra con esos fantasmas que han ido construyendo lo sustancial de una tierra poblada por gente que no desea que dicha sustancia se altere, asoma su cabeza para ver detalles, los detalles que construyen lo particular de un relato. Por supuesto, no faltan los encuentros con gente de la calle y su consabida intervención en la esencia del desarrollo narrativo.
Hasta aquí lo que promete ser un libro de viajes al uso, un texto periodístico que configura algo así como el libro de texto de la región visitada. La cuestión es cómo elude Jesús del Campo la normalidad para escribir una obra tan agradable como extraordinaria. Y la primera herramienta que se reconoce es el lenguaje, un lenguaje depuradísimo, al servicio de transmitir una idea de serena tristeza que reconforta: “Al tener ante sí tanta extensión de tierra, el viajero se ve de nuevo asaltado por la callada sensación de poder que trae encontrarse a solas con la sumisión del paisaje”; un lenguaje acertado para transmitir las sensaciones de “soledad telúrica” que impone el verse desplazado del centro del mundo, para describir “la polilla de la gloria” presente en Castilla por tanto tiempo y quizá para siempre. En segundo lugar está esa erudición que provoca intriga, y que es el impulso que gesta el viaje; un saber sin rencores que en lugar de oponer esa idea de Castilla, tan identificada con España, enfrentada a otros reinos, le lleva a hermanarla con la Francia de siglos pasados y, mayormente, con la Gran Bretaña histórica. De ahí que en el mismo párrafo se lleguen a engarzar las vidas y emociones de T. E. Lawrence, Falstaff y Santa Teresa, o Francis Drake, Quevedo y Montaigne, porque él ve una Castilla ensanchándose, vinculándose a Europa y al orbe. En tercer lugar está el itinerario, un itinerario digresivo, un deambular que justifica el título pues le guía de territorio a territorio con el rigor de quien somete su destino al capricho de las olas y las mareas, aunque siempre con el afán romántico de quien ve en los bandoleros unos seres de leyenda, por ejemplo, pues trata de acercarse al pasado como un acto de reclamación: “Omnívora es la tierra cuando puede tragarse tanta historia”. Pero esta historia no está presente como mero dato, si no que constituyen la esencia del viaje, unas escenas que contempla pero en las que, respetuosamente, no participa, al igual que las de lo cotidiano rural, las que en varias ocasiones sirven para romper su ensueño con la paradoja del presente: el paso por una autopista, las obras de un edificio, o la joven que fuma drogas en un ático y que ella sola se basta para desequilibrar la balanza de lo sutil, pese a que en el otro platillo haya colocado, previamente, a duelistas santiguándose, pícaros marcando naipes, estudiantes remendando calzas, soldados templando vihuelas, cirujanos sangrando reinas, comediantes maldiciendo el vino aguado, escribanos narrando chismes del valido o todo el peso de una devoción todavía presente en tantos rincones de la llanura. Llama la atención, además, la ausencia de diálogos, situando al lector en una distancia próxima al extrañamiento dada la dificultad para sentir que, de ser él el viajero, podría intervenir modificando conductas, provocando situaciones y anécdotas; pero los diálogos hubieran interrumpido cierta monotonía necesaria, la que sirve para igualar la lejanía con el pasado que se escapó porque nacimos demasiado tarde, la que convierte la imaginación en la sustancia de un sueño que transcurre despacio, pero más rápido de lo que puede soportar el viajero.

Fuente: Quimera