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jueves, 30 de noviembre de 2017

ALGÚN DÍA ESCRIBIRÉ SOBRE ÁFRICA

Algún día escribiré sobre África
Binyavanga Wainaina
Traducción de Jesús Gómez Guitérrez
Sexto piso
Barcelona, 2013
324 páginas

Flores que brotan lejos del conocimiento

¿Cuál es la verdadera materia con la que se construye la literatura? Al principio, están las palabras. Cada palabra es un concepto, una idea. Cada pareja de palabras es una nueva idea, un enriquecimiento, una polisemia al tiempo que una novedad. Y a medida que se incrementa el número de palabras, asciende el sentido de lo que hablamos, de lo que escribimos. Pero además está la música. El ritmo de las palabras, que es la demostración de los diferentes grados de la sensibilidad, de las alteraciones emocionales. Escribir es también una cuestión de oído. Y de imaginación, de esa versión de la inteligencia que consigue que la fantasía se nutra de la realidad en un camino de ida y vuelta. En literatura, la realidad nos sacude desde la ficción. Aunque el texto sea autobiográfico. Como en el caso de este excelente libro, de esta crónica en la que queda patente otro de los requisitos que debe poseer la materia de la que se construye la literatura: que el que gaste palabras e ideas tenga algo que contar.
“Tengo siete (años) y sigo sin saber por qué todo el mundo parece saber lo que hace y el motivo por el que lo hace”, confiesa, al principio del libro, Binyavanga Wainaina (Nakuru, Kenia, 1971), y mantiene viva la pregunta a lo largo de cada página. Consciente de que él es mundo, procede, desde esa declaración de intenciones, a narrar sin trama su extrañamiento. Porque en esta obra magistral de la literatura, Wainaina da fe de que la gran certeza no ayuda a conocer, que es casi hasta necesario preguntarse constantemente quién es uno mismo, extrañarse de uno mismo. Y, en su caso, representar el extrañamiento por esa África de la que desearía hablar, pero siendo un escritor con un alma tan africana como Ben Okri o Ngugi Wa Thiong’o, reconoce que sólo está en ruta. Cada párrafo, cada expresión, cada capítulo, representa mirar de nuevo, volver a sentir, ir a cada episodio de la vida como si uno estuviera naciendo. Dado que el mundo está en transformación, ninguna experiencia, y mucho menos la literaria, debería ser ajena a los momentos iniciáticos. Como los que van construyendo el sentido de un libro sensato, creativo y honesto: Wainaina reconoce que el muestra sólo un trozo de África, su trozo de África. Y eso pedazo, que es al mismo tiempo su vida, tan pronto es un lugar como una sensación, un gesto como un acto, un sonido como una reacción. Hasta un lugar común puede tener cabida en el libro, un tópico aceptado por el occidente colonial e incrustado en este mosaico atomizado.
Al fin y al cabo, este libro trata sobre la memoria, y la memoria funciona sin argumento, sin hilo narrativo, sin la perfección de una trama, pero salpicada de flores y de conflictos. Los recuerdos son inmediatos y por tanto breves. A lo que más se parece la memoria es a un parpadeo, seguido de otro parpadeo. Y cada vez que cerramos los ojos, junto a las sensaciones nos sacude la conciencia de vivir en el presente: “La peor de las maldiciones del pasado es que siempre empiezan ahora mismo”, dice Wainaina, que siente que no debe seguir viviendo en su propia historia. De ahí esta nostalgia con un punto dulce de acritud, de drama ambiguo, de ahí la necesidad de cauterizar que vincula un recuerdo con el siguiente. Aunque no se trate de un libro catártico. Es, más bien, un canto reclamando la falta de sinceridad que existe en quien pretende enunciar y explicar la complejidad y diversidad de una tierra, la tierra donde nació la música. Y donde las metáforas viven en plena ebullición. Y no sólo entre las líneas de la literatura, sino incluso en el concepto con que se gestó este libro, esa metáfora del hombre perdido que, de alguna forma, también se encuentra en Teju Cole y su Ciudad abierta, por ejemplo, una obra que Wainaina consigue superar a lo largo de estas trescientas páginas que no deberían faltar en ninguna biblioteca.

Fuente: Quimera


AL FINAL DE LA FRONTERA

Al final de la frontera
Feliz norte, Quienes viven, El río sin descanso, La repetición


En uno de los volúmenes que componen la trilogía de la frontera, de Cormac McCarthy (Providence, 1933), durante docenas y docenas de páginas nos sumergimos en un territorio sin aspecto. Eso es lo que define, en buena medida, los espacios que llamamos frontera. Al menos en la narrativa. Sobre la piel de una tierra no muy hospitalaria, no existe otra ley que no sea la coherencia con el relato que estamos construyendo. McCarhy nos hace vagar por un tipo de vida perdida, de otra época: ellos son jinetes que recorren desiertos a caballo; las habitaciones donde duermen, cuando tienen la suerte de dormir bajo techo, apenas se distinguen de los establos; los coyotes son el coro mitológico de la noche; si el perro que se acerca no te arranca media pierna de un mordisco, seguramente te contagie con un ejército de gérmenes; las herramientas de que disponen los protagonistas no pasan de ser sus manos y su instinto de supervivencia. Hay maldad y no hay nadie que dé registro de ella. Pero también la lealtad de dos hermanos o la de un tipo con una loba embarazada. Y así van transcurriendo las páginas, alejando nuestra realidad cada vez más de esa frontera. No solo sobre el posible mapa, también en el pasado. Hasta que os protagonistas, que guían un rebaño de caballos, cruzan una autopista.
Así pues, de repente nos damos cuenta de que la frontera es algo interior, una ficción, un juego. Pero un juego en el que se debe jugar bajo las reglas de la literatura de frontera. McCarthy ha sabido valerse de los arquetipos y de las ideas fundadas por maestros de la literatura y del cine. A nadie se le escapa la proximidad entre el escritor y Sam Peckinpah. Pero su trilogía, en la que destaca la obra intermedia, En la frontera (1994), tal vez su mejor novela, ya ha cumplido más de veinte años. Mucha agua ha pasado bajo los puentes, que como demostró Ivo Andric (Travnic, 1892 – Belgrado, 1975) en Un puente sobre el Drina son otra forma de frontera. La de McCarthy un territorio sin horizonte, la de Andric un cuello de botella para las culturas y la guerra. Queda, pues, por comprobar qué ha sucedido con la frontera como exploración narrativa, en una época en la que nada hay más anacrónico que las líneas que dividen los países en los mapas políticos.
En una época en la que las fronteras que atravesamos con más frecuencia no toman la estampa de un listón blanco y rojo en mitad de una carretera. La frontera más cruzada, a fecha de hoy, está en los aeropuertos. En esos quioscos donde un guardia revisa nuestro pasaporte sin alzar la cabeza, revisando los datos en la pantalla de un ordenador, Árpád Kun (Sopron, Hungría, 1965) ha conseguido hacer literatura con la anécdota del paso real de una persona que se embarca en Benín con dirección a Noruega. El protagonista de Feliz norte tiene treinta y ocho años cuando se propone dejar atrás la costa occidental de África, y en unas pocas horas plantarse en los fiordos y fundar allí su nueva vida. Pero en el momento clave de la novela se topa con el absurdo de la burocracia. Resulta que gracias a que su padre fue francés y su madre una mujer vietnamita, tiene derecho a la nacionalidad francesa. Eso le facilita el tránsito hacia Noruega, al no precisar de visado. Pero cuando está terminando los trámites de despedida, desvinculándose de su viejo país, un funcionario le detiene: si es francés, entonces ha vivido treinta y ocho años en Benín sin pagar el visado correspondiente. La respuesta de Aimé, que es como se llama el protagonista, exponiendo su partida de nacimiento, no es suficiente. Este hecho divide en dos esta novela que gracias a la gente de la editorial Tropo podemos disfrutar. Antes está nuestro viaje a Benín, narrado en primera persona y expuesto, en buena medida, como un relato costumbrista, y después la integración y la exposición de Aimé a un lugar y una gente tan sorprendente para sus premisas, que solo un ejercicio que va más allá de la empatía logrará no trastornarle. A eso que le salva suele llamarse amor.
Sin embargo, la frontera de McCarthy o del Peckinpah de La balada de Cable Hogue, no está difunta. Para regresar a ella y volver a sentirnos en el viejo hogar, basta con trasladarla al norte. El desierto, todos lo sabemos, no es hostil, es asesino. Pero el norte se supone lleno de valles fértiles y montañas que perfilan paisajes de postal. Nada más lejos de la realidad, o de toda la realidad. El norte de esa América, recordémoslo, también es la fiebre del oro, también es Jack London. Lo asesino de ese norte es el frío, la lluvia incesante, las escasas garantías de salud. Y su extensión no es menor que la del desierto. Esa frontera también se merece su gran novela. Esa es la frontera de Quienes viven (Sabina editorial), la primera obra que publicó Annie Dillard (Pensilvania, 1945). Aquí están todos los condimentos de las grandes sagas, de Faulkner y García Márquez traducidos al realismo histórico. Desde la mujer que da a luz en el camino, tras cruzar un río, hasta el momento en que desaparece la población que fundaron en la frontera, muerta por la razón por la que mueren las aldeas, por la emigración a la gran ciudad, Dillard muestra que es de esos escritores que llevan de la mano al lector para mostrarles el mestizaje o lo clandestino. Hay violencia, por la pura necesidad animal de seguir comiendo, entre unas familias que no son dueñas de su destino. Pero quisieron serlo. Senadores, chinos, leñadores, indios, esclavos y niños pelirrojos pueblan esta obra que viene a rescatar a quienes anhelan las grandes novelas, en todas las dimensiones.
Gabrielle Roy (Manitoba, 1909 – Quebec, 1983) dedicó buena parte de su obra a saltarse esa gran frontera que nos muestra Dillard. Lo cual es otra forma de expresar la frontera: ¿Qué ocurre cuando saltamos desde nuestra colonia urbana, al sur, hasta el mundo de los inuit sin continuidad en el viaje? No hemos tenido tiempo de asumir el desplazamiento, cuando ya nos topamos con el desarraigo. Sabemos que, entre uno y otro lugar, como se ve reflejado en los relatos de El río sin descanso (Hoja de lata) hay una tierra de nadie. Otra de las características propias de la frontera. Pero la impresión que se impone, que Roy impone, es la del choque cultural o la de la persona que se desgarra al no reconocerse en ninguno de los dos mundos. Pero mientras tanto, en otra geografía sigue viva la otra frontera, la de Ivo Andric. Nada representa mejor esa partición, esa fragmentación y los rigores que impone, que la historia reciente de los Balcanes. Existe un escritor bosnio que lo tiene presente en cada línea de su creación. Ivica Djilkic (1977) vuelve a ese tema en La repetición (Sajalín). En apenas unos kilómetros, durante un recorrido que debería haber sido breve, el invierno, que no deja de ser una frontera entre el otoño y la primavera, pues es lo que todos deseamos que pase de largo lo más rápido posible, engulle a unos personajes con un manto tenebroso. Atrapados en un monasterio, en un enclave que hace poco, estaban convencidos, también era su patria, una editora de libros de texto y una mujer que se dedica a llevar flores a las tumbas de desconocidos, otro acto propio de la frontera, respiran las ausencias que provocaron las metralletas. Hay un silencio que es necesario para la supervivencia, aunque ese silencio obligue a ser hipócrita. Ha caído el comunismo y se refugian en un edificio religioso. Como si su vida se jugara sobre una pista de tenis en el que lo antiguo está en un lado, y en el otro también lo antiguo. ¿No es ese el resumen más preciso de lo que supone una frontera, al menos en este mundo en que la globalización a la baja parece haber ganado la guerra ideológica?


Fuente: FronteraD

AGUAFUERTES ESPAÑOLAS

Aguafuertes españolas
Roberto Arlt
Renacimiento
Sevilla, 2015
200 páginas

La pobreza cabal

De lo que se trata, finalmente, es de intentar ser verídico. Tanto en la vida real como en la literatura. De lo que se trata es que en la medida de lo posible, las existencias sean cabales, espontáneas, limpias. La existencia propia. Las existencias de los que nos salen al paso. Las existencias de los personajes literarios. Y lo que juzga Roberto Arlt (Buenos Aires, 1900 – 1942) como espontáneo, limpio, cabal, es algo que no parece tener lugar fuera de la dignidad de la pobreza.
En 1936 emprende un viaje por el sur de España y el norte de Marruecos, todavía bajo protectorado español y más vinculado a Andalucía que a Galicia. Roberto Arlt es uno de esos viajeros insólitos. De entrada, él abandona su país reconociendo los prejuicios que allí aprendió acera del territorio que va a visitar. Y reconociendo, al mismo tiempo, de dónde viene él. Y a lo largo del viaje, manifiesta sin cortapisas las comparaciones entre lo que presuponía y lo que va encontrando. Relaciona las diferencias entre ambos mundos, al indagar buscando esas estampas tradicionales. Luego las desgrana y las descripciones de Arlt son una demostración de por qué fue uno de los grandes escritores argentinos del siglo XX: cada descripción es una fotografía empática. Arlt viaja con todos los sentidos y extrae una experiencia que podríamos llamar, con riesgo de ser cursis, como sentimiento. Sin descanso, no cesa de enunciar su viaje; pero ya la selección de lo que encuentra es toda una declaración de la forma de mirar. Y en ella impera la sorpresa. Para Arlt no tendría sentido viajar sin sorprenderse. De ahí que separe lo turístico de lo real, de ahí esa atracción por las castas bajas, por las mujeres sufrientes bajo una idiosincrasia que los hombres llaman cultura o tradición, para justificar su holgazanería. De ahí, también, ese gusto por relacionarse con los oficios que le llevan a un mundo medieval.
Roberto Arlt para primero en Cádiz para romper suelas en las calles, para acompañar a los pescadores, para contemplar la agricultura presidida por los molinos de viento. A continuación, sufre los prolegómenos de la Semana Santa sevillana; el exceso de folclore sin auténtica fe, el fervor cuyo único objetivo es ser barroco por la ambición de ser barroco. Y va prestando atención a la España mozárabe. Lo cual no terminará de servirle de orientación en su paso por Marruecos, por las muchedumbres de Tánger, por los beligerantes de la supervivencia, que para los turistas son pintorescos y para él luchadores. A lo largo de varios capítulos, los datos se suceden en cascadas visuales, productos de la emoción. Hasta que llega a Tetuán donde termina por sentir tan vívidas las sensaciones que confiesa enamorarse del lugar.
Finalmente, durante sus días en Granada se olvida de los monumentos. Incluso muestra algo más que una decepción agresiva frente a la Alhambra, porque nada hay más mezquino que los tópicos con que intentan venderle esas estampas. Y alejándose del arte, termina su viaje mostrando el gusto por la compañía. En este caso, por los gitanos que viven en cuevas. En 1936 todavía se trataba de un barrio marginal, lleno de gente pobre y por tanto cabal. Hoy es una atracción turística más.
Arlt fue un escritor con un estilo en ebullición, enérgico y con más voz que canto. Fue un gran escritor tanto en la ficción como en sus crónicas. Uno de esos escritores de los que se podría leer, sin decepcionarse en más de dos párrafos, las obras completas. Resulta un gran acierto recuperar sus Aguafuertes españolas.

 Fuente: La línea del horizonte

miércoles, 29 de noviembre de 2017

AFRICANOS EN MADRID

Africanos en Madrid
Nicolás Melini
Reino de Cordelia
Madrid, 2017
117 páginas

Ese mendigo que sale corriendo cuando escucha el grito “¡Al ladrón, al ladrón!”, y salta como un jaguar sobre el carterista, ese que se niega a recoger la dádiva de manos de la mujer agradecida, para luego volver a su puesto de hombre estatua, de top manta, de pedigüeño, ese mendigo, ese pobre, es africano. Nicolás Melini (Santa Cruz de la Palma, 1969) recoge en este libro varios textos sobre los senegaleses que viven en Madrid. Senegal es la metonimia de África: hombres con la piel oscurísima, sin la elegancia nilótica ni el mestizaje magrebí, que habitan en el país desde el que partían los barcos con miles de esclavos en dirección al nuevo continente. Ese país en desarrollo, que ya pasó por sus años de moda dentro de las agencias de turismo, pero que sigue conservando las costumbres, las tradiciones y los vínculos propios de África, la África asequible, no el corazón recóndito, ese es Senegal.
Desde allí vinieron mareas de personas, sobre todo hombres, algunos ya nacionalizados, otros escondidos en las casas donde una mujer diez años mayor que él les mantiene ocultos a cambio de compañía. O tal vez de sexo, pero ese tema Melini tiene el buen pudor de mantenerlo apartado. Él ha compartido su pobreza con ellos. Y en esa pobreza también está una identidad, que es el baile, que es la gastronomía, y que es un inevitable sentimiento de culpa. Siempre la maldita culpa: por huir, por no conseguir las promesas, por sufrir. Melini ha visitado los Centros de Internamiento para Extranjeros, esos campos de concentración, y conoce de primera mano la obscenidad policial y, por encima de todo, la obscenidad administrativa. Porque la policía es la mano de la autoridad, no la autoridad misma, aunque en la voluntad de cada uno de ellos está la posibilidad de rebelión.
A través de algún ejemplo, se nos expone el choque cultural, en el que la situación entre parejas de los dos continentes es la forma más evidente. Las diferencias de sentido del orgullo, del amor y la relación en vertical al ser una de las partes más rica que la otra. La dependencia y su maldición, que es el interés, algo que incapacita para reconocer si lo que uno siente es auténtico amor, forma parte de la trampa y de la mentira, pues hasta se ocultan segundas nupcias.
Pero en el interior y en la convivencia entre senegaleses se sigue conservando su talante social propio, su sentido de la familia, sus vínculos, de carácter tan diferente que marcan una frontera casi impermeable. Es necesario tener una mente abierta a todo para comprender y compartir. Algo que dificulta, por otra parte, la nueva colonización, la del Fondo Monetario Internacional.

Y luego están esas segundas generaciones, esas niñas que nacen en Madrid y aprenden a enamorarse en Madrid. ¿Cómo pueden aceptar un matrimonio concertado? Melini no resuelve. Expone. Centrándose en los africanos en Madrid, el texto trata, en realidad, de lo difícil que es vivir.

Fuente: Culturamas

ABRIENDO CAMINO

Abriendo camino
Mi vida como corredor de ultra-trail
Ryan Sanders con Steve Smith
Córner
Barcelona, 2017
250 páginas

Una tarde de verano, uno está tomando una cerveza en la terraza de un bar y de repente se sienta a su lado un joven flaco, con la cara llena de huesos y comienza a contar su vida, sin ocultar las ocasiones en que ha sido mendigo ni las veces que se sentó en el trono del rey Midas. Como el monólogo resulta de lo más entretenido, el oyente pide otra cerveza e invita al joven a beber un Red-Bull, acompañado por una ración de calamares. La tarde da paso a la noche y la noche se va extendiendo, hasta que a las dos de la madrugada el muchacho termina por contarle cómo ha llegado hasta allí, la mitad de camino en transporte público y la otra en limusina. Pues bien, ese es exactamente el tono en el que está narrada la biografía de Ryan Sandes (Ciudad del Cabo, 1982), Abriendo camino, centrada en sus éxitos como corredor de larga distancia. De larguísimas distancias. Eso sí, a modo de manual de autoayuda, entre capítulo y capítulo, entre trago y trago, se detiene a referir consejos para mejorar el rendimiento y uno se pregunta hasta qué punto, cuando se levante de la mesa de la terraza, podrá utilizar esos consejos como metáfora para no rendirse en la vida. Siempre y cuando entienda que la vida es un oficio, pero que ya va siendo hora de pasar a entenderlo como una aventura.
Y ese es un trabajo que o uno lo fabrica por sí mismo, o nadie lo va a hacer por él. Las hipótesis centradas en la actitud mental y la convivencia con la naturaleza son especialmente amigables. Las referidas a la disciplina de trabajo, al sudor, son necesarias. Pensar que a uno le acompaña el espíritu del abuelo, como confiesa Sandes, o el canto de los pájaros, ayuda. Como ayuda reconocer los desastres que uno le ha atizado a su propio cuerpo, las sobredosis de humildad. Y durante las carreras de cientos de kilómetros, por montañas y desiertos, por la Antártida o los cañones, no cesa de mirar hacia dentro. Porque si uno aprende a reconocer las sensaciones y cuándo y cómo montar su temperamento y su físico alrededor de ellas, tiene mucho ganado. De hecho, es el cimiento sobre el que construir la armonía con la parte que le ha tocado vivir que no eligió y que puede ser modificada. Esa estrategia de entrenamiento y competición se aplica a cualquier disciplina de la existencia. El objetivo es que la existencia deje de ser tal, para pasar a llamarse vida.
Entre la relación de sensaciones importantes destaca la envidia, que se puede sufrir, pero también disfrutar; saldar deudas con lo que le ocasiona malestar; reconocer que uno es una mierda cuando tiene que abandonar y que llora por culpa de una gastroenteritis, lo cual quiere decir que sí, que uno es ambicioso y competitivo. Pero que ha tenido ocasión de recorrer el Sáhara, el desierto de Atacama, el Gobi y la Antártida, antes de prepararse para batir récords en carreras de fondo, o de infiltrarse entre los corredores de montaña. La aparición de Kilian Jornet, con toda su energía y con la ilusión que transmite, es un acicate para mantenerse en la idea de que vivir es algo alegre. Esa es la parte que Sandes todavía no ha acertado a completar al cien por cien. Pero lo que de alguna manera confiesa, es que le queda por aprender a reconocerse en el fracaso. Sí, porque es consciente de un gran potencial, el que le llevó una mañana, de golpe, a dejar las borracheras y embarcarse en las competiciones de ultra-trail. Este tipo de competición, advierte, es una moda peligrosa. De ahí la faceta práctica de este libro, los consejos directos para mejorar el rendimiento y no lesionarse. Porque no merece la pena patear el mundo con la pierna rota a cambio de dos años de gloria.

Entonces el joven nos invita a una ronda. No sabemos si será la última, pues está avanzando la madrugada. Pero cierra el libro y nos dice que ahora es nuestro turno, que le contemos la historia de nuestra vida. Por eso Abriendo camino es un libro muy cercano.

Fuente: Culturamas

A LA SOMBRA DE LOS ANDES

A la sombra de los Andes (viaje en bicicleta por Sudamérica)
Isusko Larringa Basarrate
Baile del sol
Tenerife, 2016
130 páginas

Se pedalea despacio. A no ser que estemos hablando de una contrarreloj o cualquier otra carrera. Se narra deprisa. Porque se narra lo que se pedalea. Y cada ciclo son seis vueltas al engranaje de los platos y los piñones.
En la primera vuelta, Isusko Larringa Basarrate relata lo que supone el cicloturismo como actividad física. El sufrimiento del huracán o el gozoso roce de la brisa. El sudor, los momentos de anemia, la plenitud de saberse libre.
En la segunda, Isusko se detiene en la recompensa del viaje en bicicleta, en el que ve, huele y escucha el paisaje sin barreras. Sobre la bicicleta, uno es su propia carrocería.
A continuación, nos vamos encontrando con la gente. O con la gente con la que merece la pena encontrarse: viajeros curiosos, buscavidas, los que le ayudan como forma natural de hacer las cosas.
En la cuarta vuelta, surge una cuestión clave a resolver en un viaje en que nada hay organizado y las guías sirven de poca ayuda: ¿cómo voy a pasar esta noche? La tienda de campaña, dormir al raso, los porches de las iglesias, algún hostal y la ayuda, otra vez, de gente de bien le salen al encuentro.
Y luego está la tribu propia. Los otros cicloturistas. Gente de muy variado pelaje pero con una única motivación: el virus del cicloturismo. Como él, recorren en canal América. Algunos vienen desde Alaska. Él parte de Ushuaia y su determinación es arribar a Cartagena de Indias.
Y por último, la sexta vuelta de pedal, son las anécdotas propias de los lugares por los que transita. Qué tipo de gente opta por la vida solitaria en la Patagonia chilena, o quiénes son esos bomberos que le acogen noche tras noche, o el bebedor que terminará robando, o el sacerdote, el vividor y las leyendas y la historia. Y también la breve descripción de la aldea o la ciudad.
Así es como transcurre este A la sombra de los Andes, sin apenas permitirnos respirar. Lo leemos casi sin resuello. Isusko Larringa Basarrate elimina cualquier accesorio literario y deja su relato en los huesos. Es como si reprodujera una revisión de los apuntes de su carrera hacia el norte. Con frases breves, para no confundirse, y un lenguaje muy directo. Recurriendo a la frase hecha para no complicarse. Describiendo a la gente con dos pinceladas. El efecto que consigue es que los acontecimientos sucedan sin descanso. La frescura con que se lee el libro contrasta con una duda inevitable que jamás se expone, pero que deducimos, sobre todo, de sus encuentros con la gente de la tribu: ¿estaré siendo egoísta?
Lo cierto es que todos somos egoístas cuando soñamos. Pero no siempre cuando realizamos nuestros sueños. Ser un soñador y practicarlo sin que a los demás les duela es, en cualquier caso, una forma de vida no solo lícita, sino que, además, es una forma de vivir. Y eso es mucho en un planeta donde tanta gente elige no tener atributos. Para aquellos que no puedan, siempre nos queda la suerte de hacer realidad nuestros sueños a través de los otros. Esa es la primera vuelta de pedales y piñones de la literatura, del cine, del relato.


 Fuente: Culturamas

martes, 28 de noviembre de 2017

A CIELO ABIERTO

A cielo abierto
Antonio Iturbe
Seix Barral
Barcelona, 2017
615 páginas

Antoine de Saint-Exupéry (Lyon, 29 de junio de 1900-isla de Riou, 31 de julio de 1944) escribió y dibujó El principito. Solo por eso ya deberíamos quererle. A pesar de que su mejor obra, la más sensible, la más humana, la más épica y la más lírica, sea Tierra de los hombres. Pero además de todo ello, uno está convencido de que Sain-Exupéry tenía dentro más humanidad que cualquiera de nosotros. Le faltaría tiempo para conmoverse, para enviar un contenedor de mantas a los países que sufrieron un terremoto, para convertirse por sí solo en un equipo de salvamento en una riada, para acoger refugiados. Saint-Exupéry no descansaría hasta reunir las siete mil millones de firmas, que se corresponden a los siete mil millones de humanos que pueblan la Tierra, a través de Change.org, para protestar contra la tortura, e incluso ofrecería cambiar su corazón por el del negro de Alabama condenado a muerte sin suficientes pruebas, porque no existen pruebas suficientes como para condenar a nadie a muerte. Ver el rostro de un sociópata de Wall Street le provocaría varias horas de fiebre, que solo se curaría recitando Los Versos del Capitán o El Cantar de los Cantares. Los libros eran sagrados, incluidos los de las religiones, en el altar de Saint-Exupéry, que contaba con una caja de lápices Alpino, la que utilizó para dar color a los dibujos de El Principito, porque sin esos lápices no hubiera podido inventar la cobra que se tragó un elefante.
Fue un hombre sensible, que se reconocía en el Renacimiento más que en cualquier otra época, y eso que su mirada de pez le alejaba de los retratos de Rafael tanto como el caparazón de una tortuga la aleja de la posibilidad de volar. No consentía las desdichas, y uno se lo imagina leyendo El Quijote sin dejar de soltar lágrimas, tantas como para inundarle los pulmones, porque era el tipo de gente que no lloraba frente a los demás, pero se tragaba la tristeza que le producía las desdichas de Alonso Quijano, que tanto han hecho reír a tanta gente. De hecho, si Saint-Exupéry paseaba por la calle esquivando las heces de perro, lo hacía por respeto al resto de vida que suponía el excremento, no por miedo a entrar en su casa, llena de refugiados, con las suelas sucias. Por suerte para la literatura, supo evitar que la metáfora de volar se convirtiera en su obra en pornografía sentimental, como hizo Richard Bach, que escribió la historia de una gaviota que disfrutaba volando en lugar de volar para sobrevivir, porque se creía mejor que las demás. La metáfora de Ícaro es algo terriblemente humano en Vuelo nocturno, por ejemplo, un relato estremecedor sobre sus pasos por los Andes, para llevar el correo desde Buenos Aires a Santiago de Chile, orientado por las estrellas y sorteando cumbres de siete mil metros. Pero en Tierra de los hombres, como en El Principito, volar coexiste con el desierto. Un accidente del vuelo solo puede terminar en el paisaje que es, a su vez, metáfora de la soledad. La gracia absoluta que no está permitida al hombre, excepto a través de las máquinas, que es volar, da con sus huesos en la supervivencia hostil. Es cierto que en el cielo no hay nada que no sea aire, como en el desierto no hay nada que no sea arena. Pero mientras en el cielo uno se siente libre, en el desierto se considera encerrado en una celda sin muros. Paradójicamente, que la línea del horizonte esté tan lejos, provoca claustrofobia.
En todas estas versiones de la sensibilidad era un especialista Saint-Exupéry. Por desgracia, Ciudadela, la que iba a ser su obra más poética y tal vez la más intelectual, quedó sin acabar y cuando uno la lee siente lástima porque se da cuenta de que le falta una revisión para igualar a El libro del desasosiego, por ejemplo. Pero a todo esto, y antes de que escribiera Ciudadela, una obra que comenzó con el primer vagido, aunque él no lo supiera, Saint-Exupéry practicó la costumbre de vivir. Su formación como piloto, a la par que la de dos de sus amigos o correligionarios, Jean Mermoz y Henri Guillaumet, coincidió con la época más dura de la historia de occidente, con el descanso que hubo entre la gran guerra que comenzó en 1914 y terminó en 1945. Una época en la que la industria de la aviación pasó del globo hasta alcanzar casi la velocidad Match 1, pasando por el biplano, que tal vez sea el único avión romántico de la historia. Pero para llevar el correo desde París a Senegal, o desde Buenos Aires a Santiago de Chile, fue necesario esperar a que alguien ideara cómo cerrar la carlinga. Mientras tanto, Saint-Exupéry y sus dos amigos se enamoraron y cayeron en las desgracias del amor. Conocieron la amistad y, lo que es casi imposible a estas alturas, la compartieron y la celebraron. Volar les privaba momentáneamente de las turbulencias terrestres y los príncipes de la guerra, que al final tuvieron que sufrir. Fueron bohemios, vividores sin necesidad de alcohol, pero fumadores empedernidos. Siguieron soñando con volar sin avión, algo que a lo que más se parece es a estar enamorado, aunque esto suene a tópico.

Sobre esto ha escrito una novela Antonio Iturbe (Zaragoza, 1967), A cielo abierto, con la que ha aterrizado en la pista del Premio Biblioteca Breve. Iturbe también está enamorado de Saint-Exupéry, de la metáfora del vuelo y de la lucha por lo imposible, tanto en el esfuerzo físico como en la pasión. La novela es extensa y ligera. Recomendada para los reos de insomnio o para las vacaciones en las que compartimos con los pilotos esa parte del cielo, que es un buen tumor al que llamamos sol.

Fuente: La línea del horizonte

TRILOGÍA NEGRA DE PEKÍN

Trilogía negra de Pekín
Diane Wei Liang
Traducción de Lola Díez
Siruela
Madrid, 2017
685 páginas

La excelencia de Diane Wei Liang está en su pasión documental, que da la impresión de verdad y no cae en la deformación amarga o irónica de la vida ni en la tesis política explícita. La frase es prestada de una reseña de Justo Navarro. En nuestro caso, es necesaria.
Por lo general, se conoce como novela urbana a lo que es novela negra: varias personas de una misma ciudad y diferente trabajo o estrato social, se reúnen alrededor de un cadáver. En este caso, esas personas definen Pekín. “Así puedo hacer que mi detective toque cada capa de Pekín y mostrar sitios que de otro modo no podría. Me da muchas más posibilidades para retratar la vida de allí”. Dice la autora.
Y Pekín se ha convertido en la gran urbe donde todos los males de la ciudad inmensa se gradúan de forma exponencial, siendo la cifra exponente muy alta. El anonimato y el ruido, la dificultad para moverse y la imposibilidad de conocer al otro, el amor sin rozarse o la violencia polisémica, son parte de Pekín. Como lo son las autovías de doce carriles, la contaminación que equivale a fumar dos paquetes de tabaco al día, las megalópolis verticales en las villas miseria, las estructuras faraónicas y los rincones con farolillos rojos bajo los que se comen verduras tradicionales y que o bien engañan a los turistas, o bien son puestos callejeros que no superarían el corte más absurdo de una inspección sanitaria. Todo ello, el viaje a Pekín, con sus aromas atorados de rugidos, con sus ciudadanos sin mirada porque mirar supondría locura en las calles, para enfrentarse al tráfico y el disparate y la convivencia de los anacronismos.
Diane Wei Liang, nacida en un campo de trabajo, estudió en la universidad de Pekín, marchando a Estados Unidos como consecuencia de haber participado en la revolución estudiantil de 1989. Allí se doctoró en Administración de Empresas en la Universidad Carnegie Mellon de Pennsylvania, impartiendo clases posteriormente. Más tarde viajó a Londres, donde continuó dando clases hasta dedicarse de lleno a la escritura.
¿Gracias a la novela negra puede mostrar cómo es verdaderamente la vida en su país? Sí, definitivamente, sí. Esta es la mejor manera. Porque este género es muy accesible para el público. En esta novela el lector encontrará un retrato del Pekín posolímpico y también de cómo funciona el sistema judicial en la China actual.
Responde la novelista. “Es cerrado, está totalmente politizado y no representa a la justicia, no si esta entra en conflicto con los intereses políticos”. Comenta a continuación.

EL OJO DE JADE
En El ojo de jade, novela policiaca que transcurre en el Pekín de hoy, la protagonista es Mei, una mujer joven e independiente que tiene su propia agencia privada de detectives. Cuando un cliente le pide que encuentre un valioso jade de la dinastía Han, sustraído de un museo en plena Revolución Cultural, Mei se verá obligada a profundizar en ese oscuro periodo de la historia de China. Su investigación revela una trama que tiene mucha más relación con el pasado y la historia de su propia familia de lo que podría haber esperado. Esto la llevará a la trastienda de Pekín y a un secreto tan bien guardado que, desenterrarlo, amenazará con destruir lo que Mei consideraba sagrado...

MARIPOSAS PARA LOS MUERTOS
Los 25.000 lectores que han conocido y seguido a Mei Wang por el Pekín de El ojo de jade, no deberían perderse este nuevo caso de la detective china. Es un juego peligroso el de investigar la verdad en una sociedad que aún está poniendo al día los secretos de su pasado.
En lo más remoto de China, un activista político encarcelado tras la masacre de Tian’anmen es puesto en libertad. Atormentado por los recuerdos de sus días en la cárcel, se dirige a la capital del país, donde espera enfrentarse con sus propios demonios de una vez por todas y para siempre. La detective Mei Wang, entretanto, acepta investigar la desaparición de una deslumbrante y joven estrella llamada Kaili. Desde el glamour y la riqueza del Pekín moderno, llegará hasta los viejos callejones -o hutongs- que aún existen en los límites de la ciudad. Allí, Mei se encuentra no sólo buscando a Kaili, sino también tras la pista de una delicada mariposa de papel que ha desenterrado en el apartamento de Kaili. Poco a poco se dará cuenta de que la verdad no siempre nos hace libres; y cuando por fin aparece el cadáver de Kaili, su asesinato destapa unos vínculos con el pasado que obligan a Mei a enfrentarse con algunos de sus propios demonios.

LA CASA DEL ESPÍRITU DORADO
A sus 33 años, soltera y económicamente independiente, Mei Wang se mueve en un Pekín donde la desigualdad entre pobres y ricosaumenta cada día y donde todos rivalizan por el poder o el dinero. Un Pekín post olímpico, ajetreado, ruidoso, muy rico y muy corrupto en el que Mei conoce por casualidad a un joven abogado. Éste le encarga la investigación de un caso para una empresa que fabrica unas píldoras capaces de curar los corazones rotos. Los dueños, una familia de fuera de la ciudad, han contratado sus servicios para que investigue qué está pasando con su dinero. Mientras tanto, un inspector procedente de un departamento del gobierno se presenta en su despacho con la orden de cerrarle la agencia de detectives. Una excelente trama policiaca que es también una ventana abierta al fascinante Pekín actual.




 Fuente: Culturamas

UN AMOR QUE DESTRUYE CIUDADES

Un amor que destruye ciudades
Eileen Chang
Traducción de Anne-Hélène Suárez y Qu Xianghong
Libros del Asteroide
Barcelona, 2016
113 páginas

Enamorarse en la juventud, incluso en la juventud de los cincuenta años, supone no disponer de tiempo para plantearse el querer a la otra persona de verdad. Sobre esa base, Eileen Chang (Shangai, 1920 – Los Ángeles, 1995) construye un relato breve, con menos palabras de las que cuentan muchas obras de teatro, que Libros del Asteroide publica con su habitual cuidado en la traducción y edición, además de añadir otro relato más corto, Bloqueo, que también plantea una hipótesis del amor. Empezando por el final, Bloqueo nos coloca en el interior de un tranvía detenido por fuerzas mayores en el exterior. Dentro del ambiente de El Ángel exterminador que se genera, de la enunciación de gente de variado pelaje, arquetipos con una vuelta de tuerca, destacan un hombre y una mujer, ambos infelices. El primero a cuenta de su matrimonio que es como un entierro en vida. La segunda por la farsa que supone, a la hora de la verdad, eso que llamamos familia: los padres y los hermanos. En estas pocas páginas y creando una burbuja en el interior caótico del tranvía, Chang interpreta la misma música que Wong Kar Wai creó en la película Deseando amar: el verdadero amor es aquel en que no llegas a tocar a la otra persona.
Un amor que destruye ciudades, por su parte, se inicia con un terrible ambiente en el hogar de un hombre acomodado de principios del siglo XX, en Shangai. La relación entre las mujeres que componen la familia es tan incómoda como en otra película, La linterna roja, de Zang Yimou. Ahí se anula al individuo y se pretende sobrevivir, la única salida es el uniforme, hacer lo que todas las demás hacen, actuar, que no es ser. Una de las mujeres representa la esencia del individuo que siente, pues no es capaz de encontrar su lugar en el espacio del cosmos que habita. Algo que no es de extrañar, pues hay que ser muy poca persona para sentirse cómodo en un mundo que falsea engalanando, en el que se promociona la competencia, en el que se intenta decidir por los demás, en el que las generaciones chocan por falta de aire y cada cual juega su partida de ajedrez con cualquier recurso a su alcance, excepto la inteligencia.
Hasta que aparece Don Juan. Es imposible no enamorarse del personaje masculino, atento, galante, cariñoso. Uno de esos seres que estamos deseando que nos ame. Pero ella quiere ser esposa, no amante. Y por lo tanto, por muy sincero que llegue a ser el enamoramiento de él, ella no puede dejar de sospechar que tal vez se trate de una burla. La historia, al final, trata sobre la imposibilidad de entenderse. Y para cuidar ese mensaje, Chang saca las sensaciones a flor de lenguaje. El que siente, vive. Pero ellos, como tantos otros amantes, se ven abocados a sobrevivir a una guerra que dará un giro de ciento ochenta grados a lo que estábamos leyendo. Una guerra desencadena todo con una brutalidad que no nos permite asimilar las sensaciones, reconocer las emociones y luego gestionar los sentimientos. Ni siquiera el amor es un valor absoluto en la guerra. Ojalá lo fuera, nos dice Eileen Chang.


Fuente: Culturamas

HIJOS DE CAÍN



LOS PERROS DE TESALÓNICA

Los perros de Tesalónica
Kjell Askildsen
Traducción de Kristi Baggethun y Asunción Lorenzo
Lengua de trapo
Madrid, 2006
107 páginas
13,95 euros

El corazón baldío

Esta es la tercera entrega de la obra del noruego Kjell Askildsen que nos facilita la editorial, Lengua de trapo. Si la literatura se dividiera en función de las naciones donde habitan los escritores, tendríamos que decir que Askildsen representa a uno de los géneros, el escandinavo, más desconocidos en nuestro país. Por fortuna, la literatura no se cataloga así. Si existen clásicos, estos pertenecen a todo el mundo. Cualquier obra de un premio Nobel, es una obra universal. Un estilo de escritura, inventado en la región del mundo que sea, será un estilo que podrá heredar un autor de las antípodas. De ahí que a nadie pueda extrañarle, a estas alturas, que un autor del norte de Europa recoja el estilo mínimal más propio de California, y se invente cómo acoplarlo a su visión particular del mundo humano. Al igual que en los dos volúmenes anteriores, Un vasto y desierto paisaje y Últimas noticias de Thomas F. para la humanidad, en los siete relatos que componen este volumen, narrados en un estilo austero, seco, sin virtuosismos que indiquen rastros poéticos en las vidas de los seres que los pueblan, se refleja un pesimismo desolador, una sensación de vacuidad y sin sentido, de forma que esa tendencia de la humanidad, a la que se ha visto abocada por una fuerza superior que uno llamaría destino de no ser porque mirando al planeta con una visión más amplia se da cuenta de que sí hay otras formas de vivir, otras posibilidades de elección. Ese destino, ahora sí, más propio de ciertas sociedades, como la noruega, es el que condena a los seres humanos, de Noruega y los países semejantes, a poseer un corazón baldío. “Tenemos que estar contentos con lo bien que vivimos”, ha declarado Askildsen, “dice la gente, la mayoría vive peor. Y luego toman pastillas contra el insomnio. O contra la depresión”.
Los protagonistas de estos relatos son unos seres desnortados, embarcados en un mundo del que ellos no poseen el timón, y que parecen haber aceptado ya ese escenario, hasta el punto de perder lo que confirma que el hombre vive, que es la habilidad y la pasión del deseo. Estos tipos, en los que ser solitario es sinónimo de estar asolado, no registran ningún rubor al hacer o decir lo contrario de lo que piensan o de lo que sienten, si es que les queda algo de sensibilidad en su conciencia, si es que, en realidad, el libro no trata sobre la desidia de lo cotidiano, cuya conclusión es, finalmente, la estupidez de tener conciencia. Todos ellos han fracasado en un proyecto de vida, cuyo origen o intención no se descubre, pero que se reconoce en los propósitos de mantener contacto con la gente, de relacionarse, que tuvieron en su momento. A lo largo de los fragmentos de lo cotidiano que se recopilan aquí, carentes de descripciones físicas, estos protagonistas de los relatos ya no lo son de sus días, y se duda de que el compartir espacio con otro equivalga a relacionarse.
De esta manera, la saturación de la rutina les ha convertido en algo indefinido: se diría que ellos se consideran unos cínicos, y que el lector les tendrá por unos cretinos. Y si uno pudiera preguntarle a Askildsen, probablemente este se contentaría con decir que son una caterva de imbéciles.”Pensé: Ahora hará como si nada hubiera pasado. Luego pensé: En realidad, no ha pasado nada. Nada que ella sepa”. Porque en realidad no pasa nada, excepto en el interior de estos tipos, que rumian su pesimismo convencidos de que en algún lugar existió una crisis entre humanos, pero la cual, si es que existió, el autor nos oculta. Ahora bien, uno no llega a saber si esconder así la génesis de la situación es un valor literario, o una simple estrategia para despertar una intriga que el lector debe confundir con el interés literario. Uno no sabe si este tipo es un maestro a la hora de calibrar lo que existe y lo que se ve en un relato, o tan solo pretende participar de la denuncia de un mundo estéril.


Fuente: Tribuna/Culturas

lunes, 27 de noviembre de 2017

LAS PLUMAS

Las plumas
Salim Barakat
Traducción de Carolina Frías Ortiz y Almudena García Algarra
Navona
Barcelona, 2017
300 páginas

Si viviendo fue un sueño

El listado de personajes, que aparece al principio, no a modo de glosario, comienza por Kurdistán. Es decir, el protagonista es un país que un tal Hamdi Azad puede demarcar. Pero Azad no es el segundo en la lista, sino su hijo, Mem, que, nos indica Salim Barakat (Mosisana, 1951), conquista la libertad. El hecho de entrar a la novela mediante la presentación de los personajes, y dado que no es una obra de teatro novelada, supone que este es el inicio de la obra. Porque, a la hora de la verdad, la secuencia y la dosificación, tal y como irán apareciendo posteriormente, no hacía necesario algo parecido al árbol genealógico de los Buendía. Las plumas es un personaje escenario, Kurdistán, que alguien puede demarcar, porque está lejos de donde se encuentra, pero justifica su vida. A su vez, esta persona tiene un hijo que conquista la realidad. Dado que Kurdistán es un estado que no existe, pero no así el país, un territorio que comparten varios estados, con su lengua y su cultura, con su historia y su personalidad, que un emigrante kurdo tenga un hijo que conquista la realidad, es tanto como decir que Mem, el hijo, padecerá la no existencia de su país. ¿Hasta qué punto supone la realidad un padecimiento? Para llegar hasta allí, hasta un final que no desvelaremos, debemos pasar previamente por lo que significa la búsqueda, fortuita o voluntaria, de esa realidad.
El libro se abre con un capítulo en el que un suicida piensa sobre la belleza, con un tono elegíaco de despedida, y con una intensidad que le arrima al calor de lo horrible. Las páginas que leemos son de una belleza desconcertante. Tal vez demasiado hermosas. Los sentidos del narrados son suaves, pero se abren como heridas; la nostalgia es absurda, pues se refiere a algo que ignora; los elementos alegóricos abundan, como la pluma, que es vuelo, libertad, o la ceniza, que es la memoria. Existe un fondo sufí que nos aleja a quienes desconocemos en profundidad cierta cultura. La sensación de pérdida, a lo largo de la novela, es constante: los símbolos son numerosos y se enuncian después de haberse destilado mediante una poesía milenaria. Un ejemplo, cuando trata sobre un corcel: “su ascenso por las nueve vías del aire, la primera de las cuales es la perplejidad; la segunda, el asombro; la tercera, la mirada; la cuarta, el temor; la quinta, el susurro; la sexta, el lamento; la séptima, el estupor; la octava, la satisfacción y la novena, la cháchara”. ¿La cháchara? Uno desconoce si es un acierto cultural o un error del traductor. ¿Por qué no el diálogo o el flujo de conciencia? En cualquiera de los casos, es nuestra limitación la que nos impedirá respirar a fondo esta obra. Porque de eso se trata, de respirarla.
O de soñarla. Sí, porque Mem, en los capítulos posteriores, será quien nos dibuje un proceso de aprendizaje, un crecimiento, que tiene mucho de onírico. En el segundo capítulo, quien comienza siendo chacal en el desierto, termina siendo un hombre, después de un proceso de transición como niño. La magia, como no podía ser menos en la literatura oriental, regresa a nuestro cómodo sofá: las transformaciones, las multiplicaciones, los viajes astrales, la antropolicandría o el lobo-hombre, la separación entre humano y divino. Y la familia, que a partir de entonces protagoniza la novela: el padre y el hermano de Mem, y en menor medida la madre y las hermanas. Fiel a los clásicos, el humor tiene vínculos estrechos con la ingenuidad. Fiel a lo espiritual, atribuye alma hasta al silbido de una hoja soplada por una boca. Y poco a poco, la obra abandonará su entorno mágico, para ir aterrizando en un costumbrismo en el que hasta la administración viene a recordarnos que los sueños están reservados para la noche. De una manera un tanto fabulosa, en todos los sentidos del adjetivo, también como fábula, estamos ante una de las más hermosas novelas sobre la derrota. Y uno debe poseer un talento fuera de lo común para que belleza y derrota no sean agua y aceite.


Fuente: Culturamas

LA REPÚBLICA DEL VINO

La república del vino
Mo Yan
Traducción de Codra Tiedra
Kailas
Barcelona, 2010
451 páginas


Un empacho y otras imprudencias

Guan Moye, cuyo seudónimo como escritor, Mo Yan, significa No hables, la consigna que le transmitió su padre durante la Revolución Cultural, se dio a conocer en Europa gracias a la adaptación de su novela Sorgo Rojo, llevada al cine por Zang Yimou. Aquella historia recreaba con belleza la China de los años 30, al tiempo que reflejaba sin concesiones la violencia de la guerra. Se trataba de una novela magnífica, que dio pie a que la editorial Kailas se atreviera a recuperar la parte más importante de la producción de este autor: la novela río Grandes pechos, amplias caderas, donde la vida doméstica se combina con la épica para retratar, con un personaje femenino firme frente al sufrimiento al que se homenajea, la historia de China durante el siglo XX, constituyendo la que tal vez sea su mejor obra junto a Sorgo Rojo. Las baladas del ajo, una obra comprometida políticamente, donde se plantea la ausencia de compasión en un mundo creado sin espacio para las ilusiones individuales. Y La vida y la muerte me están desgastando, otra fábula de la resistencia frente al igualitarismo totalitario.
Recientemente ha llegado a las librerías La república del vino, otra obra satírica, cruda, fantástica y simbólica, en la que se rastrean influencias de lo real maravilloso, pero también de Kafka e incluso de Boris Vian y, en la minuciosidad física de las descripciones, de William Faulkner. A todo esto cabe añadir las referencias culturales asiáticas, de complicado acceso para el lector no familiarizado con la literatura y el arte chino. Y también, en cierta medida, las de Rabelais, autor de Gargantúa y Pantagruel, dada la exageración con la que aquí está tratado el tema de la comida, del alcohol e incluso del sexo, con exuberancia e incluso con estrépito, hasta el punto que se transforma en un texto tan hiperbólico que a veces caería en lo grotesco de no ser por su contenido escatológico y con frecuencia sádico. De ahí que resulte complicado comulgar con la propuesta de Mo Yan, ser su cómplice en la narración y construir un ente creíble en la mente de quien lee, antojándose una farsa estúpida, algo que, por otra parte, en confesión del narrador, es la intención del libro.
La república del vino cuenta la historia del inspector Ding Gou’er, a quien se le encarga certificar la veracidad de un rumor que acusa a los habitantes de cierto territorio de practicar una antropofagia doblemente perniciosa, dado que el menú lo constituyen niños y estos se cocinan con esmero, para que lo degusten los mejores gourmets. Al llegar a dicha región, Gou’er descubre que sus habitantes están tan familiarizados con el alcohol como cualquier persona con el oxígeno que inhala. Mientras tanto, uno de esos habitantes, un especialista en licores con pretensiones de convertirse en literato, intercambia epístolas y reflexiones sobre la creación literaria con el propio Mo Yan, a partir de unos cuentos cuya catalogación da pie a interpretar las intenciones del autor con esta obra, pues los califican como realismo crudo, realismo diabólico, realismo salvaje o neorrealismo. En cualquier caso, inciden en los efectos de fuerza que rodean el relato de un viaje absurdo, en el que un inspector de policía no consigue encontrarse a sí mismo o, tal vez, en el que Mo Yan no sabe muy bien qué hacer con su personaje. Es posible que esta fábula esté escrita sin un plan previo, confiando demasiado en la imaginación de un autor con la autoestima por las nubes. Aunque también es posible que la lectura metafórica sea la que salve la novela: el mundo aparece como un lugar fuera de control, el narcisismo del protagonista es tan débil como potente su lujuria, el alcohol que domina no deja de ser una droga equiparable a la propaganda de un régimen agresivo, y la elección de niños en el menú provoca tanta repugnancia como la colonización de las mentes a que se somete a tanta gente desde la cuna. Lo mejor de esta novela es que da pie a preguntarse si esta forma de colonización no se produce también en regimenes articulados por eso que se llama democracia.


Fuente: Quimera

EL LEJANO OESTE

El lejano oeste

Bret Harte

Traducción de Elvira Cámara
Ilustrado por Adrián Manuel García
Traspiés
Granada, 2017
91 páginas

Lo interesante del oeste, es decir, del Oeste, es que la frontera no era una línea, sino un espacio inmenso, que abarcaba más allá del horizonte, mucho más allá, y en constante movimiento. Lo que se movía no era solo la colonización, el ganado y el pobre agricultor, el hijo de Abel, que escribió la historia, y el de Caín, que era analfabeto y además tenía el espinazo hecho cisco y con ese dolor era con lo que podía pensar. La frontera es también un momento sin reloj. No sabemos cuándo empezó ni cuando caducó, si es que ha llegado a caducar, como lo demuestran los libros de Cormac MacCarthy. Pero aquí estamos frente a una fuente casi original, unas ficciones casi de primera mano, las de Bret Harte (Albany, 1836 – Surrey, 1902), de las que se nos advierte, en el prólogo de Elvira Cámara, que una selección queda sesgada, pero no margina la esencia.
Las ilustraciones de Adrián Manuel García beben de Jean Giraud. Parece mentira que el Oeste lo dibujara un francés especializado en Ciencia Ficción. Pero la calidad de Blueberry es incuestionable y resulta imposible mantenerse ajeno a él. Imposible y un delito. Al igual que en la serie de Blueberry, en que los personajes aparecen y desaparecen, en que en cada tomo hay reflejos y guiños hacia otras historias, en que se crea un mundo de rizos, así sucede en los relatos de Harte, de los que ojalá algún día podamos leer un volumen de sus obras completas. La imaginación nos resulta familiar, como lo es el sentido de la amistad y otra serie de detalles: los fetiches, por ejemplo, desde el sombrero favorito hasta el reloj del abuelo. Está ese sentido moral que ha cambiado cuando uno regresa al lugar del que se despidió unos años antes, pero que nadie vigila porque la moralidad, como en la historia del mundo, es algo que se va improvisando. De ahí que la gente esté siempre yéndose o dé la impresión de que se puede largar en cualquier momento, con lo cual no se molestan en conservar las más mínima higiene.
De la higiene pasamos a la oscuridad, que es incertidumbre, y tal vez al autor más próximo a Harte, que es Ambrose Bierce, o el Bierce más fronterizo, más sureño. En ambos los personajes aprenden a golpes, son tipos incompletos a los que pillamos en un paréntesis de su vida que tiene algo de errabunda, por mucho que se hayan asentado: nadie desea quedarse donde se quedaron. Porque es un Oeste que no se ha formado y que tiende, así, a desterrar a quien pasa por allí. En manos de Harte, es un sitio hiperbólico. También cuando habla de la belleza, utilizando un lenguaje poético con algunos tópicos que llaman la atención, porque parece encontrarse más cómodo si se refiere a climas extremos, a personas que, al contrario que los héroes de La diligencia, la película de John Ford, no son una idealización: son un tanto más cutres, más sucios, más reales.

Fuente: Culturamas