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viernes, 27 de octubre de 2017

REPRESALIA

Represalia
Gert Ledig
Traducción de Rosa Pilar Blanco
Minúscula
Barcelona, 2006
232 páginas
16,50 euros

Contra la perversión de la historia



Vaya la advertencia por delante: si usted no ha sabido nunca lo que es sudar mientras lee, acérquese a este texto. Si piensa que lo más parecido al terror que se ha escrito nunca es El corazón de las tinieblas, es porque no se ha enfrentado a Gert Ledig y a esta obra, demoledora y de un efecto turbulento en todas las trazas del ser humano, que, no sin justicia, fue muy cuestionada en 1956, tras su primera publicación. Y decimos no sin justicia, pero sí con falta de criterios literarios y humanos, pues es justo, si uno es sensible, que no le agrade la lectura de Represalia, un libro que pretende y consigue poner las cosas en su sitio, y las cosas de las que habla son lo peor de la humanidad, lo peor de la historia, aquello a lo que nadie se atreve a mirar de frente. De ahí el miedo que se tuvo a ensalzarla. Y de ahí la maravillosa oportunidad que es leerlo en estas fechas; este es un libro que deberían leer todos los que han apoyado y justificado los últimos bombardeos genocidas (y me refiero no solamente a políticos o pseudointelectuales, sino también a la gente de la calle), casi todos ellos sucedidos en Oriente, pues nos remite a lo que realmente sucede bajo las bombas, por culpa de las bombas: que la gente muere, que mueren las personas, como tú, como yo, como nuestras familias. Claro está, que todos los que apoyaron o justificaron esos genocidios bajo la bandera de una supuesta liberación (que irónica es la forma en que se repite la historia: así conquistó Roma su imperio) antes que nada deberían aprender a leer, cosa que a su edad es muy difícil.
Represalia es un mosaico al que el lector asiste sin que medie un narrador. Ledig utiliza un lenguaje exacto, sin concesiones, sin adjetivos, casi sin atributos, para limpiar la distancia entre los sucesos y su percepción. El efecto que produce este uso que calificaríamos como mínimal si estuviéramos hablando sobre lo cotidiano, es perturbador, desconcertante: la verosimilitud extrae el oxígeno de los cuadros, de las historias y nos asfixia. Como ya podrá imaginar quien lea esta reseña, Ledig viaja hasta la guerra para plantearse dónde están los sótanos de la barbaridad. En este caso, se centra en un puñado de horas, las que transcurren en una ciudad alemana durante uno de los bombardeos de represalia del ejército aliado, hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando no quedaba guerra que ganar y nada más que destruir que cientos de miles de vidas, casi todas ellas de mujeres, niños y ancianos, que habitaban los escombros de un país. La verdad es que estos bombardeos, como el descrito en Matadero Cinco, de Kurt Vonnegut, como las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, pueden considerarse como los mayores actos terroristas de la historia. Otra cosa es que no esté bien decirlo.
De alguna forma estamos tratando con una novela de situación. Ledig escoge cuadros cortos, a cual más horrible, que alterna como se alternan las torturas en una estampa del infierno: un aviador norteamericano, que soltó sus bombas sobre el cementerio, será condenado por quienes lo encuentren; Una mujer recorre la ciudad en bicicleta confiando en ver por última vez a su hijo; un grupo de soldados asiste a la masacre de los niños de una escuela; un soldado se desespera por ir a la estación para comprobar que su mujer y su hijo partieron a tiempo; un señor maduro está atrapado con una muchachita bajo los escombros y allí comenzará una violación que terminará con un coito y con una serie de reacciones inexplicables de los protagonistas, inexplicables porque lo que está sucediendo sobre ellos carece de lógica, carece de sentido, carece de sentimiento. Ledig estructura los episodios en diferentes alturas del bombardeo: el vuelo de los aviones, las torres y terrazas, los interiores de los edificios, la calle, los sótanos y bajo los escombros. La confusión que genera la alternancia es también artífice del efecto dramático de la obra, como lo son esos momentos en los que da la voz a los protagonistas, en forma de minúsculas crónicas de su vida, o de diario o de cartas, gritando, sin alzar la voz, que qué tienen ellos que ver con la represalia: “Mi muerte seguramente fue absurda. No perjudicó ni benefició a nadie, pero no me quejo por ello”. Y es que quienes mueren son personas: por eso mueren, porque para ser persona hay que estar vivo. Y ya está bien, que, como comprobará quien lea esta reseña, uno no puede dejar de sentir una rebelión interior tras leer Represalia, por eso es una gran novela.

Fuente: Culturas/Tribuna