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martes, 17 de octubre de 2017

PARÍS-AUSTERLITZ

París-Austerlitz
Rafael Chirbes
Anagrama
Barcelona, 2016
153 páginas

La crudeza del sexo de los ángeles



Hubo una época en que la naturaleza inventó una plaga que parecía diseñada para exterminar a la humanidad. Así se vengaba, nos castigaba por perpetrar una matanza a base de extendernos sin límites, aniquilándola. Y para extender el dominio del hombre es imprescindible la reproducción. El sexo. El mismo del que se valió Dios para arrojarnos del jardín del Edén, en esa curiosa cabriola: el castigo fue soltarnos por el mundo, alejarnos del jardín, pero darnos la libertad del caminante. Esa libertad nos permitió conocer a Rafael Chirbes (1949-2015) a través de sus crónicas de viaje. Y posteriormente con sus novelas, como Mimoun, con la que se lanzó al ruedo. Una obra breve, redonda, con la homosexualidad compartiendo planos con el humor y la amargura de la pobreza. Y quizá la obra que más se parece a este París-Austerlitz, suburbial, tan sórdido como la literatura de Mohamed Churki, en el que se regresa a ese tema básico, universal por lo íntimo, que es la imposibilidad de encontrar nuestro sitio en el planeta Tierra. No el sitio de la humanidad, como de alguna forma vino a expresar en sus últimas novelas, sino el sitio de cada uno. De ahí esta bajada al inframundo, esta forma de levantar la alfombra para mostrarnos la mierda que allí hemos ido escondiendo. Con tanta cobardía como culpa.
Manejando dos personajes, dos amantes, un joven español con pretensiones bohemias y un cargador de camiones normando corpulento y al borde de la muerte, se basta para denunciar que la sociedad siempre ha estado enferma. Esta novela no es una metáfora, es un compendio de las relaciones humanas. Entre las que no se esconden crudísimas escenas de sexo entre los dos protagonistas, que mantienen una relación en lo que permanece activa la atracción genital. El narrador identifica a esa etapa como amor verdadero, y su compañero, el normando, descarta cualquier otra forma de relación, de amistad, si no existe el sexo. Se trata de un personaje tan contradictorio como concluyente: no sabe asumir el conflicto y por lo tanto lo niega, porque es un tipo de principios, de esos que confunden los principios con la nobleza, no siempre sin razón. Pero estos vínculos gestan una carga de esquizofrenia en el ambiente entre ambos, pues se mantienen ajenos a la realidad. Hasta el punto de que cuando la plaga ya ha destrozado una vida, el sentido de culpa naufraga. Es decir, resulta tan permanente como insumergible.

La tortura a que se someten es un acto vagamente voluntario. Son conscientes de la insalubridad a pleno pulmón con que viven. Pero también que no puede ser de otra manera, que las diferencias son tan abismales que o nadan en tormento y sexo o no se aman. El narrador viene de una clase acomodada y se permite el lujo de hacerse el bohemio, con un cierto espíritu de neocolonialismo cultural oculto que incluye el vanguardismo de época, ese mantener relaciones con alguien que nació al otro lado de la única frontera real: la pobreza. Pues el amante pertenece a la tribu de los desahuciados, a un mundo que Chirbes describe con una tristeza que nos sobresalta al darnos cuenta de que no es incompatible con la repugnancia. Porque la pobreza es capaz hasta de robar la apariencia de tener alma. Los cánones dictan que algo debió unirles más allá de una sola noche. Y Chirbes no se complica a la hora de designar el vínculo, ese padrastro y ese padre que son ogros. Pero un día resulta que hemos crecido, que nosotros somos o deberíamos ser padres. O al menos deberíamos de cuidar a alguien. Deberíamos de quedarnos a cuidarle, por amor o por lo que supuso el sexo, aunque ahora el asco nos invite a salir corriendo. Con muchas menos páginas que en Crematorio, por ejemplo, Chirbes es capaz de decir muchas más cosas y de expresarlas de una manera más contundente.

Fuente: Quimera