martes, 3 de octubre de 2017

NACIMIENTOS

Nacimientos

Pierre Péju

Traducción Cristina Zelich
Tropismos
Salamanca 2004
125 páginas
11 euros

Para nacer he nacido


Este libro es un ejemplar raro. Uno puede revisar todos los estantes de su biblioteca, recurrir a los diccionarios de términos literarios y a los manuales sobre géneros, que no será capaz de reconocer el lugar en el que corresponde encuadrar el libro. Así pues, no sosteniéndose sobre la ayuda de una catalogación, al lector no le queda más remedio que bucear en el texto para que este nos desvele sus razones de ser, las normativas radicadas en la construcción o la coherencia ideológica. Para ir adelantando conclusiones, Nacimientos es un libro que pretende transmitir una intensidad dramática, una densidad de sensaciones sorprendente, pero que se desinfla a medida que transcurren los capítulos. Es una lástima que un libro breve no consiga mantener la potencia dramática que propone en sus primeras páginas, debido a que el impulso que ha orientado a Péju en un fuerte empuje creativo se apaga cuando los lugares comunes vienen a ocupar el espacio que antes tuvo la tragedia.
El libro comienza con un capítulo, La aparición, en el que alternando la historia de un nacimiento terrible en una celda de un campo de concentración con la voz del narrador, se nos explica la necesidad de sacar a la luz algo que al narrador le atosiga, y que da fe del papel de la escritura como redentora, de la relación de la escritura con la vida; comienza relacionando perfectamente la necesidad de traducir a palabras y publicar una historia demoledora. Esta reflexión se retomará al final del libro, en el capítulo El comienzo perpetuo, en el que Péju, o el narrador que crea Péju, nos aburre un poco con las ideas sobre todo lo que significa para él ser padre. Pero, centrándonos en el primer capítulo y en el segundo, La espera, o el tercero, El color de las aguas, extraemos lo mejor del libro, que es lo suficientemente bueno como para justificar su lectura. Se nos relatan unos nacimientos trágicos, en contraste con el nacimiento feliz y las consecuencias felices que protagonizan las últimas treinta páginas, con un lenguaje barroco en el que se valora con rotundidad el paso del tiempo y su irresoluble significado. Este lenguaje se adapta con vehemencia a la hipertrofia de los sentidos que padecen las mujeres en trance de tener un hijo, e incluso al hombre que asiste al parto entre vahos de malas premoniciones. Entre la historia relatada por Péju, supuestamente escuchada a una anciana que combate su soledad verbalizando el horror que vivió en un programa de televisión, y la del marido que padece a una distancia ambigua el alumbramiento de un cadáver, se establece un sutil puente centrándose en un detalle tópico, pero tratado con valentía, que es la manera de relacionar tópicos para que trasciendan un tanto.
Es una lástima que esa sensibilidad para lo luctuoso no se traduzca de alguna manera en la escritura de lo feliz. Al parecer el autor padece con más solvencia artística la empatía con lo truculento que con lo cotidiano, o puede que, tal vez, la esencia de la literatura sea dramática, de ahí la escasez de textos de humor en la historia. Por esa razón, lo que viene siendo un texto barroco, acaba en un cúmulo de párrafos manieristas para definir la paternidad como algo conquistado día a día, con manos suavemente entrelazadas, por ejemplo. Vamos, que para ese final de viaje no necesitamos alforjas.
Creo que el lector que afronte esta, digamos, novela de situación, puede prescindir de las páginas finales para disfrutar, con un miedo de origen desconocido, de una obra en la que “la exhuberancia dramática no tiene mayor sentido que el dolor contenido”.


Fuente: Revista de letras

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