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domingo, 22 de octubre de 2017

LAS AVENTURAS DEL CAPITÁN SINGLETON

Las aventuras del capitán Singleton
Daniel Defoe
Traducción de Nicolás Ferrante
Backlist
Barcelona, 2009
309 páginas

La superioridad del destino

Desde el instante en que nace, la vida va eligiendo por él, pues Robert Singleton no es dueño de su destino. De niño, Singleton es raptado y una sucesión de avatares le lleva a desconocer su origen, el que podría definir una identidad, que, gracias a una vida colmada de aventuras, no tendrá ningún interés en conquistar. Singleton será un tipo forjado a sí mismo, sin ataduras, sin más compromiso que algún buen recuerdo vinculado a un lugar geográfico y la lealtad debida a su mejor amigo. De esta seña de identidad hará su patria.
Concebida como una novela itinerante, con una estructura y un tono que lleva a cotejarla con Tom Jones, obra que le debe bastante a Defoe (1660-1731), a la que se le añade la lucha por la supervivencia que ya exploró en Robinson Crusoe (1719, su primera novela, publicada un año antes que Las aventuras del capitán Singleton), junto con temas característicos de la ilustración –el destino, la religión, el mal, la educación o la riqueza- esta obra aporta la novedad de crear un personaje secundario plural, un grupo de aventureros y piratas comandados por Singleton, cuya mera presencia, inteligente, sutil y mostrándose como un hombre de honor, impone un liderazgo indiscutible incluso en las situaciones más conflictivas. La supervivencia aguzará la sabiduría natural del personaje, un tipo con una capacidad de adaptación asombrosa, que irá relatando los sucesos más importantes que le forjaron, que son aquellos que limitan con las experiencias extremas, con situaciones ejemplares muchas de las cuales le someten, tanto a él como a sus compañeros, a dilemas morales emparentados con la necesidad de conservar la vida.
En la primera parte de la novela, Singleton recorre África acompañado por gente sin nombre, es decir, sin rostro. A partir de un motín, asistiremos a tempestades, fieras acosando, batallas contra multitudes, cruces de desiertos y selvas, o la búsqueda de oro y marfil, todo lo que, en definitiva, constituye la aventura más clásica. Defoe sucumbe aquí a la fascinación por África, dejándose llevar por los tópicos de la época a la hora de reflejar los desencuentros con otras culturas, presentando una visión neocolonial y amable de las mismas, una mentalidad que representa la fe en el hombre característica de los buenos pensadores llenos de bonhomía. Pero será en la segunda parte de la obra donde Defoe presente el verdadero conflicto. Ahora Singleton se ha convertido en un codicioso pirata que necesitará de un amigo que ejerza de conciencia y de lucidez. Los personajes secundarios poseerán nombres propios y carácter al margen de su condición de miembros de un grupo. La narración, hasta entonces lineal, se interrumpirá para cruzarse con relatos de un tiempo anterior. Cierto grado de dureza vital sustituye a una mirada romántica. Las disputas son parte del acontecer sobre el barco y los encuentros con indígenas son beligerantes, resolviéndose, habitualmente, con mucha sangre. Si antes la tierra, África, era una geografía sencillamente inexplorada, ahora el mar es un territorio hostil. Y Defoe se preocupará por los problemas económicos y logísticos de una expedición pirata cuyo único fin es acumular bienes para poder retirarse a vivir sin dar un palo al agua, lo cual quizás constituye un atinado comentario del autor sobre el capitalismo. Asistimos, pues, a la diferencia que existe entre un explorador y un pirata, entre quien está hechizado al descubrir el mundo y el que ansía poseer un buen pedazo de sus riquezas.
Defoe narra con un estilo depurado, aristocrático, que convierte al narrador, Robert Singleton, pues la obra está escrita en primera persona, en testigo de los sucesos que está viviendo más que en partícipe de los mismos. Y ese pulso se mantiene a lo largo de todo el texto, incluso en algunos instantes de extrema violencia que resultan así amortiguados. Han pasado muchos años desde que los episodios relatados tuvieron lugar hasta que el Singleton se decide a describirlos, de ahí esa firmeza en el estilo que le lleva, valga la lisonja, a ser sublime sin interrupción.

Fuente: Quimera