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viernes, 27 de octubre de 2017

LAS AMANTES

Las amantes

Elfriede Jelinek

Traducción Susana Cañuelo y Jordi Jané
El Aleph
Barcelona, 2004
185 páginas
16,50 euros

Hijas de Eva


Difícilmente la obra de quien recibe un premio Nobel no será cuestionada, juzgada con parámetros como la comparación con otros autores de su país o su lengua, lo cual en el caso de Elfriede Jelinek vaticina malos tiempos para ella, pues ahí están autores como Peter Handke o la prosa de Thomas Bernhard, a la cual sin duda debe mucho Jelinek. Sin embargo, es una ocasión estupenda para acercarse a sus novelas, tanto a las reeditadas Deseo y La pianista, como a esta interesante obra de su juventud, publicada cuanto tenía menos de treinta años, y que ya nos sacude con unas mujeres víctimas de la vulgaridad que encierra la vida cotidiana. Las protagonistas, dos muchachas muy jóvenes, dejan que la realidad les suceda por alguna oscura razón aprendida en el vientre de su madre, con ningún sueño al margen del consabido matrimonio. Para significar su destino de mujer, “que es más fácil y sencillo que el destino de hombre”, como denuncia a la que nadie escapa, una de ellas representa a las mujeres de ciudad y la otra a las del campo. El argumento es muy tenue, reduciéndose a poco más que la lucha por conquistar al que será su marido, la supuesta condición masculina que debería de completarlas y de la cual, por otro lado, no cabe esperar nada bueno; el resto de la gente que las rodea son unos mediocres que ignoran su propia mediocridad; “fíjate objetivos, eso es lo que dicen los padres experimentados, que nunca han ido más allá de las fronteras de su país”.
Lo que hace interesante esta obra es el uso del lenguaje y de un punto de vista que consigue transmitir la impresión de que estamos asistiendo, con frialdad, a los hechos, que tras lo directo y repetitivo está el narrador estomagado pero que por alguna razón paradójica que se nos escapa, no se implica afectivamente, está el ambiente claustrofóbico de la vida humillada, el testimonio que denuncia los lugares comunes de la vida que transcurre tras la puerta de al lado, los infiernos domésticos que anulan hasta la posibilidad de diálogo. Aunque lo mejor será dejar que la voz del narrador se abra paso para que el lector pueda hacerse una idea sobre qué tipo de novela tiene entre manos, y así, sobre el orgasmo se dice que “el amor es un dolor menor en la jerarquía de los dolores”; del embarazo sabemos que “la madre de paula odia a paula por el niño en su barriga. diversos órganos vitales de paula quedan hechos trizas por este trato”; el hecho de ser padre se refleja en que “a menudo se puede ver algún niño en un tímido intento convulsivo de jugar, del que es alejado de inmediato, arrastrándolo e hinchándolo a tortas y patadas. después viene la mochila, y andando a comprar pienso. salvado y sal”; la cópula se reduce a que “ahora tiene que inyectarme esa mierda pringosa y quedarse dentro”; la visión del macho se expresa, por ejemplo en que “erich no lo ha leído porque él sólo lee los cuadernos sobre la guerra mundial”; las sensaciones pendulares de la condición femenina vienen dictadas por frases como “brigitte no siente sino un extraño cepillo desagradable en su interior. brigitte siente el amor en su interior”; las esperanzas truncadas se expresan con que “la confección le hubiera gustado a paula, pero la realidad, como sabemos, va en serio”; y la única diversión posible en el mundo que Jelinek recrea nos sacude pues “de la sal de la vida se encarga el dolor de cadera de la madre”.
Esta es, en definitiva, una novela sobre el asco de vivir: “paula se había ilusionado mucho con el amor, que sin embargo no recibe. más tarde, cuando erich ya se haya ido, paula busca el amor entre los postes, en el corrompido pesebre, entre el heno y el canal de los orines.
pero a paula sólo le duele el coño”.


Fuente: Tribuna/Culturas