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sábado, 14 de octubre de 2017

LA VUELTA AL DÍA

La vuelta al día
Hipólito G. Navarro
Páginas de espuma
Madrid, 2016
251 páginas

Las palabras y los huecos



El mundo se crea con la palabra. No es sólo cosa del Génesis ni una virtud exclusiva de Dios. Cada vez que alguien pronuncia una palabra, está construyendo el mundo. Lo que sucede con los grandes escritores, es que también son capaces de crear el mundo con los silencios, con los huecos entre palabras. En una buena elipsis cabe todo un paisaje. Cualquiera de nosotros puede enunciar un inventario de lo que existe dentro de ese paisaje en autores tan conocidos como Kafka. O, en este caso, por aproximación, como Chesterton o como Oscar Wilde. Cabe aquí hablar de un estilo de humor, lejos de la bofetada del payaso, de los vocablos feos o de la fase anal. Un humor personal, aunque con cientos de lecturas que le han influido, incluidos los clásicos españoles y la prosa de los barrocos. Pero todo ello ha pasado por un taller de escritura en el que se destila el gusto por el detalle enunciado y el escenario entre los huecos. Un estilo tan depurado que parece de una naturalidad oral sin jactancia, con un sistema de intertextos muy personales, centrados en juegos de palabras que apenas lo parecen o la polisemia de alguna expresión. Las asociaciones resultan así más sugeridas que expuestas. De esta manera, si uno no conoce la obra de Hipólito G. Navarro (Huelva, 1961) se siente un poco abrumado al principio, pero no tardará en entrar en el juego que el autor propone. Porque ese juego está destinado a hacernos más alegres unos minutos, y porque ese juego exige que el lector participe: si uno pierde el detalle, se quedará con el cuento colgando de una tela de araña.
Así presentamos este La vuelta al día, título que ya de por sí se puede interpretar de muchas maneras. Aunque uno siente la tentación de que la forma de darle la vuelta al día sea idéntica a la que uno tiene de darle la vuelta a un calcetín. Navarro divide el volumen en cinco apartados: el primero como homenaje a los que le salvaron la vida regalándole la pasión por la lectura; el segundo apostando por la alegría y la felicidad, en contra de cualquier norma de taller de escritura; el tercero con capítulos aislados de lo que podría haber sido una novela o algo semejante a una novela; el cuarto en interacción con alguna gente que le ha exigido versionar a Shakespeare (Chespir, en alocución de Navarro) o imaginar a partir de un cuadro de El Greco; y el quinto en el que sustituye a los relatos por los chistes, por los juegos con la estructura.
Pero Navarro no se limita al humor vacío. El pasado o los falsos pasados, entre los que están la fragua del herrero y la monja que cocina dulces, o ese pueblo transformado en un parque temático, falsario por culpa de lo comercial, pesa en los contenidos. Como también el cuestionarse continuamente en qué grado de seriedad debemos interpretar el arte, pues cualquier forma de arte sucede por entero a la vez, ni siquiera a la música le concede un desarrollo cronológico lineal. También están presentes, siempre, las modalidades de relación entre personas que pueden llegar a ser propias de un cretino, y la sabiduría señalando que en ese caso es mejor reír, pues las poses son ridículas, tanto como llevar siempre una bolsa en la cabeza para hacerse el críptico, o cargar con guías de teléfono para que la gente te tache de gran lector, de intelectual. También es inteligente no hacer caso de quien disfruta de la autocompasión, de los propios defectos físicos o de los fracasos más humillantes en el galanteo. Muchos de sus personajes se caracterizan por alguna versión de la neurosis obsesiva. Como la gente con la que nos tropezamos en la calle. Pero, por fortuna, los que se esconden en este libro no son una patada en las costillas. Son la fortuna de la sonrisa.


Fuente: Quimera