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domingo, 22 de octubre de 2017

LA TIERRA PURPÚREA

La tierra purpúrea

W. H. Hudson

Traducción de Miguel Temprano García
El Acantilado
Barcelona, 2005
327 páginas
18 euros

La vida extraña


Hay un episodio de una novela de Paul Auster en el que un padre y un hijo recorren kilómetros y kilómetros de carretera en un coche, y mientras tanto conversan sobre distintos temas. Cuenta el narrador, que es el hijo, que cuando tocan el asunto de la literatura uno de ellos dice Don Quijote y el otro Tom Jones. Posiblemente, si en el asiento de atrás hubiera viajado otro miembro de la familia, al llegar su turno hubiera sugerido Huckleberry Finn o Richard Lamb, que es el nombre del protagonista de esta hermosa novela enraizada en la tradición de las anteriores, en la estructura itinerante, en un itinerario a través del que se produce el descubrimiento, el aprendizaje. Los episodios se suceden linealmente, limpiamente, estableciéndose puentes entre uno y otro recurriendo, cuando es necesario, a la reaparición de alguno de los personajes que ha cobrado unas dimensiones distintas. Al igual que Don Quijote o que Tom Jones, Richard Lamb se en la tesitura de abandonar su proyecto de hogar, en su caso para buscar fortuna en un lugar lejano al que le recomiendan ir, una estancia en unas llanuras tan inmensas que cada episodio sucederá fuera del alcance visual de donde ocurrió el anterior sólo gracias a la distancia. Casi todos sus avatares sobrevendrán, al igual que le había acontecido a Ulises, durante el viaje de regreso a Montevideo, donde le espera su esposa. Y al igual que el griego, tendrá que solventar episodios de injurias, guerras, tentaciones y pasión carnal.
La particularidad de esta obra, narrada en primera persona por un inglés que vivió en Uruguay, y por tanto igual de desubicado que el autor quien mira a su entorno no sin extrañeza, es que se trata del encuentro con una vida insólita. Como escenario del relato está una naturaleza a la que sin duda aman tanto el narrador –que supuestamente es botánico- como el autor –que era ornitólogo-, transmitiéndose la idea de que lo más semejante a felicidad que puede encontrar el hombre es la alegría de vivir al aire libre, y que este aire libre posee la particularidad de ser vastísimo. Y luego están esos personajes, la idea de incrustar un inglés entre gauchos, unos tipos caracterizados por una idiosincrasia en la que la picaresca, la hospitalidad o la nobleza se rigen por leyes bastante peculiares. De ahí el resultado de episodios tan magníficos como la caza del zorro al estilo británico durante su estancia en la colonia inglesa, las luchas fortuitas a cuchillo, las mujeres parlanchinas (de hecho, tal vez sean las mujeres los personajes más admirables, trazados en dos brochazos, dentro del fabuloso dibujo de personajes que desfila por el libro), o las secuencias de relatos orales magníficamente culminadas por la incredulidad de los gauchos frente al relato verídico que él trata de exponer en cierta ocasión.
Narrada con un estilo fácil, personal y que rinde homenaje a la oralidad, muy bien traducido por Miguel Temprano, La tierra purpúrea propone un viaje a un mundo distinto, sorprendentemente humano y extranjero, en que la libertad equivale a pasear a caballo y cada parada en una estancia muestra riesgos de atadura. A través de canallas y generosos, de revolucionarios y mujeres enamoradas, Hudson nos habla sobre las más importantes facetas del ser humano, las que atañen a la educación sentimental y que, desde la visión de un inglés, fueron configurando las particularidades de una tierra sobre la que debe escribir porque escribir, es decir, pensar y recordar, es el efecto positivo que el hombre sabio puede destilar de la melancolía que fluye por su entendimiento.


Fuente: Tribuna/Culturas