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viernes, 20 de octubre de 2017

LA LUZ DEL DÍA

La luz del día

Graham Swift

Anagrama
Barcelona, 2004
313 páginas
16 euros

Resulta verosímil pensar, tras leer las últimas novelas de Graham Swift, que nos encontramos frente a uno de los mejores escritores del mundo en activo, aunque sólo sea debido a que pocos se atreven a asumir tantos riesgos como él, y casi ninguno logra salir tan bien parado. Pocos son capaces de cambiar de fórmulas y registros novelísticos sin modificar un mundo personal que refleja uno de los planteamientos más puros de un narrador: la inquietud que provocan las relaciones humanas, los afectos, la falta de armonía, la obsesión por mantenerse como un ser autónomo, dotado de personalidad, pese a las mellas y hachazos a que nos somete la convivencia. El autor de esta extraordinaria y exigente novela nos obliga a levantar las defensas de nuestra inteligencia arriesgando en la voz, construida con frases entrecortadas, directas, dubitativas y en ocasiones irritantes por su montaje incompleto, para representar al narrador que observa, a un detective presa de su ofuscación, hasta tal punto que le será vedado fabricar con palabras el relato de su relación con la persona que tanto le gusta, precisamente por estar inmerso en esa relación y no ver sus límites y aristas. Y arriesga al edificar narrativamente el resto de las historias secundarias, de modo que el lector no puede dejar de verlas y así conocerlas, hasta el punto de que llega a comprender la necesidad que tiene George Webb, el detective, de contar su historia: si no se explica frente a las personas que todavía le respetan, como su hija, su secretaria o un antiguo compañero del cuerpo de policía, revienta. Swift también arriesga en una estructura fragmentaria, al desplegar con meticulosidad, por aquí y por allá, las esquinas de los trapos de la historia, saltando de una a otra secuencia temporal con idéntico capricho al que rige la memoria, creando imágenes e ideas que se van sosteniendo en nuestra mente a medida que avanzamos en la lectura, como si pretendiera ocultar lo global, algo así como si un cámara de televisión nos fuera enseñando las piernas de los futbolistas por un lado y otro del campo, consiguiendo, al mismo tiempo, que nos enteráramos del partido. Y no deja de correr riesgos en la forma como va decelerando la acción, hasta acabar en un apogeo del conflicto descrito a una velocidad tan perturbadora para el narrador como desesperante para el lector: otra sorpresa que sirve para generar inquietudes, para preguntarnos en qué medida nos debe intimidar el porqué de las relaciones. Porque, al fin y al cabo, recordar las relaciones humanas, al igual que leer verdadera literatura, es un riesgo que merece la pena correr.


Fuente: Lateral