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viernes, 13 de octubre de 2017

LA CLAVE PINNER

Fuente: Tribuna/Culturas

La clave Pinner

Andrés Pérez Domínguez

Roca Editorial
Barcelona 2004
238 páginas
17 euros



Ser espía a pesar de la condición humana


Pinner es el apellido de alguien que elige convertirse en un despojo humano, un borracho que lamenta sus fracasos para no afrontarlos, grandote y de pelo bermejo, a quien el servicio secreto británico le ofrece una oportunidad para salvar su honra sirviendo a su país en una acción clave que puede darles la victoria en la Segunda Guerra Mundial. Pero él acepta por motivos bien diferentes, acepta para correr al encuentro de sus fantasmas, trabajando así por amistad y superando con un resto de entereza su senilidad prematura, enfrentándose a unos fantasmas agazapados en los recuerdos de episodios que vivió durante la Guerra Civil española. A Pinner se le encarga la misión de localizar a un antiguo amigo, un republicano peleón, el último resistente, asegurándole que posee información básica sobre los planes aliados, y que de caer ésta en poder de Alemania la guerra se resolverá a favor del Eje. El amigo de Pinner, Carmona, está huyendo de las fuerzas de seguridad de la España de posguerra, al tiempo que él le persigue los talones, convencido de saber cómo encontrarlo a través de una mujer, la esposa de un compañero caído luchando contra los insurgentes. Y así, los dos primeros tercios de la novela se resuelven en unas secuencias de acciones paralelas en las que Pérez Domínguez (Sevilla, 1969) no corre más riesgo narrativo que el hecho de que no sean tan paralelas, pues las referidas a Carmona, el perseguido, han sucedido tres, cuatro o seis días antes a las que atañen a Pinner pisando los mismos lugares, sin que el autor tenga reparos en recurrir a saltos de tiempo mayores cuando necesita retroceder años para contar un lance sin el cual sería imposible comprender por qué los personajes hacen lo que hacen. A partir del momento en que ambos confluyen en el lugar estratégico, un bar regentado por la mujer, las piezas que Pérez Domínguez ha conjurado ya están dispuestas sobre el tablero y sólo cabe manipularlas con oficio para no desvelar antes de tiempo el final del relato.
La clave Pinner es una novela de espías en la que prima, por encima de los demás aspectos de la literatura, la trama. De ahí que convenga exponer el argumento y dejar que luego sea el lector el que escoja hasta qué punto resultará de su interés la obra. Que nadie confíe en topar con personajes de una atormentada profundidad psicológica como los de Dostoievsky, o unos fuegos artificiales verbales propios, por ejemplo, de Joyce. Esta novela no pretende nada semejante y, en palabras de Raymond Chandler, “la honestidad es todo un arte”. La propuesta del autor, en este caso, no le convierte en un artista –con mayúsculas- si no en un buen cocinero.
El planteamiento de Pérez Domínguez pasa por no aburrir y por programar cómo será el vestido con que unas tramas al estilo de John Le Carré se disfrace el traje típico español. De ahí las reuniones frente al vino y el jamón, los nombres al estilo Artemio, Rosa, Dolores o Lacruz, las playas de Huelva, las corridas de toros y, sobre todo, la aparición en segundo plano de El Caudillo. Y de ahí, también, que elija la España de posguerra como un tiempo representativo de nuestro país. Tal vez cabría pedirle una visión menos tibia de esa España, dado que pertenece a la primera generación que podría hablar libremente sobre esta época. Aunque, insistimos, la vitalidad de su labor narrativa se condensa en la acción y como consecuencia de ésta en los rasgos propios del género: las fronteras como línea de terror y la aventura de los contrabandistas, las huidas tan relacionadas con la noche, los vínculos entre los estados y los traficantes de armas, el acoso de los fracasos y de los viejos amores, los supuestamente terribles episodios de torturas y extorsiones, la traición, o la presencia de una prostituta que enamora.