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viernes, 20 de octubre de 2017

LA BIEN AMADA

La bien amada

Thomas Hardy

El Cobre
Barcelona, 2005
245 páginas

Amor a tres bandas


Se decía a sí mismo: “Jocelyn, no puedes vivir y al mismo tiempo retener la vida”.
De alguna manera, esta cita resume el tono en que está escrita la novela, que es tanto como decir su contenido. Efectivamente, en un primer vistazo parece que se trata de una broma, pues vivir es tanto como retener la vida. Aunque si se piensa bien, retener la vida no es vivir, sino existir. Y lo primero es importante, mientras que la existencia no es más que el caballo de batalla para vivir. En esta novela, vivir es tanto como amar.
Narrada con el típico humor inglés, ese que aterriza en lo cotidiano para rociarlo con dosis de la satisfacción de vivir, damos con una original novela en la que el protagonista, Jocelyn, un escultor de cuna humilde, rural y algo mística, se enamora de tres personas, que en gran medida son la misma, pues no deja de estar trasladando su pasión de la madre a la hija, y de nuevo a la hija de la hija. Sin complicarse con la estructura, Hardy divide la novela en tres partes, cada una de ellas centrada en el episodio de amor frustrado de Jocelyn con las tres mujeres de veinte años, que además de la edad comparten el nombre, Avicia. Cuando él tiene esa misma edad, rechaza a la primera Avicia, cuando tiene cuarenta es la segunda Avicia quien le rechaza a él, y a los sesenta se compromete en matrimonio con la nieta.
¿Veleidades? Este Jocelyn parece poseer unas cuantas, comenzando por su amor por sus raíces, su tierra a la que regresa ocasionalmente para ir reconociéndose cada vez más como hecho de recuerdos, de ahí su gozo al observar el oleaje, la lluvia, la luz de la tarde o los caminos de paseantes y todos los elementos de la naturaleza romántica. Tampoco renuncia al desarrollo de su actividad artística en el centro mundial de las artes del momento, que es Londres. Y, como obra maestra de su personalidad, está esa Bien Amada, ese ser platónico que ha creado con la imaginación de lo que él cree que es amor, y que resulta de un itinerante que desconcierta por la facilidad con que transmigra. A los veinte años cambia con el mero contacto físico; a los cuarenta la razón carnal se debate con la razón intelectual; a los sesenta pretende descanso y un triunfo merecido por el hecho de haber vivido, y no sólo retenido la vida. Y, por supuesto, sólo cabe pensar en aproximarse a la mujer amada con intenciones tan honestas como proponerle matrimonio. Vamos, que al igual que el personaje de Oscar Wilde, este Jocelyn podría decir aquello de “estoy enamorado, pero no sé de quién”. Este es un tipo voluble, pero fiel a su ilusión. Alguien apasionado por la pasión que vive su vida como si estuviera escribiendo una novela. Es posible sospechar que él sea, en realidad, el narrador de esta historia aparentemente relatada en tercera persona.
El verdadero escollo con que él se encuentra es su poca seguridad cortejando. De hecho, cada conquista se la plantea siguiendo una táctica diferente, a cual más disparatada, al menos a juicio del lector. Estas tácticas configuran lo que serían los lados de un triángulo, en cuyos vértices situaríamos a las tres versiones de la misma Avicia, cada una de las cuales, eso sí, vive una historia de desamor con desigual desacierto. Y él decide enamorarse de la segunda Avicia porque no pudo enamorarse de la primera, y de la tercera porque la segunda no pudo enamorarse de él. Creo que estos comentarios serán suficiente para valorar el ingenio de Thomas Hardy.
Hay otros temas presentes en la novela, como la certeza de que la realidad no cambia mucho en un periodo de cuarenta años, o el conflicto entre las costumbres del mundo rural y el supuesto progreso de la gran ciudad, más consentidora, menos castrante, que amueblan con pulcritud esta bien programada novela.

Fuente: Tribuna/Culturas