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viernes, 20 de octubre de 2017

JULIA

Julia

William Somerset Maugham

Traducción de Montserrat Gurguí y Hernán Sabaté
Ediciones B
Barcelona, 2004
285 páginas
16,50 euros

Lo tuyo es puro teatro


“La marquise sortit a cinq heures”. Esta es la famosa frase que esgrimía Paul Valéry para justificar que dentro de su obra no hubiera asomo de creación novelesca. No entendía que la faceta artística, creativa, incluyera frases tan insustanciales como “la marquesa salió a las cinco”. Y, sin embargo, la obra de Somerset Maugham está llena de marquesas saliendo a las cinco, y en cada una de sus novelas, en cada uno de sus relatos, nos da una lección de literatura. ¿Por qué? Acaso porque nos habla de la vida misma. Acaso porque tanto nosotros como Sócrates, Kant, Stephen Hawkings o Ronaldinho, también desayunamos, nos lavamos los dientes y salimos de casa a las cinco. Y dado que la novela es un organismo en el que cada pieza encaja para cumplir su función, no será casualidad ni que el género del sujeto sea femenino, ni que el interfecto tenga condición aristocrática, ni que la hora escogida sea la del té en la sociedad británica. Además, salir llegará a cobrar el peso de un viaje iniciático. Y así, con una demostración de cómo se construye una novela, hasta el punto de que cuando leemos Servidumbre humana, El filo de la navaja o esta Julia, las de Maugham nos dejan la impresión de que no se puede, de que no se debe escribir de ninguna otra forma.
Julia, la protagonista, es una actriz de éxito, elogiada por todos los espectadores y críticos de teatro, en una época en la que la gente ya acude a otros espectáculos y por tanto al actor de teatro se le atribuye un cierto carácter de élite cultural. Siendo joven se casó con el hombre más apuesto de Inglaterra, y a los cuarenta, cuando las transformaciones físicas son trabas para reconocerse en el espejo, reencuentra el amor carnal en alguien más joven, e identifica esa pasión con el único sentimiento sincero que disfruta en la vida, dado que es el único que no puede dominar. La historia es la lucha del dominio de esa emoción, una brega en la que ella sufre las facetas más diversas de los procesos de amor y desamor: celos hasta de su propio hijo (un asunto que de haber caído en manos de un autor perteneciente a otra tradición literaria daría pie a una tragedia griega), búsqueda de consuelos, tramas de conspiración, reacciones de odio o pérdidas de fe. La novela se articula en capítulos no muy largos, y cada uno de estos corresponde a un episodio, a un suceso que explica el proceso de elaboración y digestión del amor de esta mujer, hasta un final que no desvelaremos, pero que surge de una brillante conversación en la que el hijo ejerce el papel de la conciencia.
Julia es un personaje espléndido, una mujer soberbia y egocéntrica que sólo entiende el mundo en lo que ella pueda dominarlo recurriendo a su punto fuerte: la actuación. Se trata de alguien cuya personalidad acaba derretida entre los poros de su máscara, de la máscara que utiliza para interpretar. Obsesionada por dominar las emociones representándolas: “Es como mentir sin saber que mientes”, piensa ella. “Encontraba entonces”, dice el narrador, “como si la tuviese guardada en un tarro de crema, otra personalidad que era inmune a los sufrimientos humanos, y ello le proporcionaba una sensación de poder y de triunfo”. “Tú no existes, sólo eres los incontables personajes que has interpretado”, le reprocha su hijo.
En la línea de las grandes novelas de adulterio, y del espejo de la vida que se refleja en otro espejo, esta novela consigue no explicarnos nuestra condición y es, por tanto, una obra maestra. “Después de treinta años en el teatro, algo sabré de la naturaleza humana”, dice un personaje.

Fuente: Tribuna/Culturas