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miércoles, 11 de octubre de 2017

INTEMPERANCIA

Fuente: Tribuna/Culturas

Intemperancia

Mario Lacruz

Ediciones B
Barcelona, 2005
318 páginas
17,95 euros

Un escritor en ciernes


El acierto de publicar a Mario Lacruz radica, mayormente, en dar a conocer la figura de este escritor y editor (trabajó para Argos Vergara, Plaza y Janés y Seix Barral), desconocido para muchos de los que nos incorporamos en los últimos años al mundo del libro. Su nueva singladura se reinició con la recuperación de El inocente, La tarde y, por encima de todos, El ayudante del verdugo, una historia que provoca marea moral en el lector, cuya lectura metafórica, referido a lo social y al momento político de la España que se describe, denuncia sin tapujos una corrupción a la que es susceptible cualquier hombre, no sólo en los años finales del franquismo en que se ubica la obra, sino también en el final de la transición democrática, es decir, ahora. Si bien El ayudante del verdugo es, verosímilmente, su obra maestra, los valores de las dos anteriores, obras juveniles, no dejan de sorprender por la inquietud del autor. En La tarde al proponer un juego de amor entre la nostalgia y la realidad en una época de realismo social, y El inocente por ser la primera inmersión en el género policíaco que se le ocurrió a nadie en España. Así pues, al margen de ser el editor responsable de que tomaran la alternativa gente como Julio Llamazares, Eduardo Mendoza o Antonio Muñoz Molina, cabe acercarse a su obra inédita con las orejas atentas.
De él sabemos que en Intemperancia, un título que resulta algo exagerado, va a respetar su estilo seco, que prescinde de lo inútil. Y en seguida podemos suponer que esta obra se sitúa en una época anterior a las otras, pues su inquietud sí está más empañada por la corriente que seguían los autores de los años cincuenta, que es el realismo social. De hecho, la novela comienza en un ambiente rural, un territorio en el que cabe algún detalle mágico y de leyenda, y la supuesta fidelidad religiosa, junto a formas inocentes de terror y, sobre todo, unos círculos de relaciones en los que hasta los rencores se heredan. Los ambientes se adjetivan a través de detalles de la realidad, de aconteceres cotidianos o extraordinarios, y de arquetipos que bordean caer en el tópico. Lacruz amarra bien la caracterización de sus personajes, explicando la personalidad del protagonista a través de un par de secuencias que, a modo de flashback, reflejan la educación sobre la que se construyó su carácter. Este protagonista, Pedro, es una persona que parece tener la vida resuelta pero que por algún motivo, no del todo explícito, guarda una actitud taciturna hacia la vida, la misma que le impide defenderse en un juicio por un asesinato que no cometió. El crimen le lleva a la cárcel, donde pasa de ser una persona muy significativa para sus congéneres en el mundo cerrado del pueblo, a no ser nadie, e iniciar un viaje iniciático que le llevará a conocer la amistad, a poner en funcionamiento la máquina de pensar y sentir emociones, a cuestionarse quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos, para lo cual Lacruz recurre a la forma socrática de conocimiento, o sea al diálogo. Más tarde, Pedro emprenderá una huida en la que se encuentra solo y conoce el hambre y la sed, y también el humanitarismo más elemental, que es el del pobre que ejerce de buen samaritano para impedir su caída en la enfermedad.
Se trata de una novela de cierto carácter existencialista, con algo de Unamuno fluyendo en el pesimismo de la figura desprotegida frente al destino, razón que da pie a una indiferencia del protagonista para evitar la angustia. Dada su condición de escritor joven, Lacruz recurre a tramos narrativos cortos y frases sencillas, como si pretendiera evitar equivocarse. Un solo reproche: es posible que a Lacruz le hubiera gustado podar un poco la novela antes de verla publicada, para que el texto ganara en intensidad y deshacerse de un puñado de páginas que aparentan estar ahí para engrosar la obra.