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martes, 31 de octubre de 2017

HOMBRE LENTO

Hombre lento
J. M. Coetzee
Traducción de Javier Calvo
Mondadori
Barcelona, 2005
259 páginas
17 euros


Al final, resulta que una vida es la historia de un naufragio. Lo más importante es aprender cómo agarrarse a la tabla de salvación sin mostrar vanidad ni autocompasión. Este es el tema de la nueva novela de Coetzee. Y para enfrentar al protagonista a su situación, acelera el proceso de envejecimiento, le hace ser víctima de un accidente, cuando marchaba en bicicleta. Esta confrontación con el mundo nuevo, tiene como consecuencia la amputación de una pierna. Y así, un hombre de sesenta años, a quien se le deberían de ir apagando las energías de vida poco a poco, se encuentra transformado en un inválido.
A partir de aquí, el relato se convierte en la descripción de una extraña depresión: el protagonista ha dejado de ser dueño de lo que entra y sale en su vida, y establece una complicadísima relación con la gente y consigo mismo. De ahí esa farragosa confusión emocional que le lleva a enamorarse, en términos platónicos y pasionales, de su enfermera croata. De ahí su decisión de convertirse en benefactor de la familia de la mujer, pues no reconoce entre sus posibilidades otra estrategia de conquista posible. El hombre solitario, que lamenta no haber tenido hijos cuando se siente débil, se extraña de convivir con quienes le ayudan. Cualquier postura, tanto suya como de los demás, incluida la escritora Elizabeth Costello, cuya aparición nada entre lo metaliterario y una conciencia especular de pensamiento disidente, es una postura incómoda. Cuando el protagonista se pregunta qué es la vida, lo que hace es ocultar la cuestión de por qué es la vida. Y será Costello quien le enfrente a su existencia con intención de que reconozca su derrota a manos del destino, a la vez que le espolea a vivir una vida que merezca la pena ser narrada.
Coetzee recurre al presente verbal para eludir los sermones; nada hay dispuesto para recordarnos cuáles son nuestros pecados. Los sucesos, los diálogos, son algo que le está ocurriendo al lector en el instante que lee, de manera que si pretende extraer alguna conclusión moral, debe hacerlo independientemente del texto. Esta autonomía narrativa será la que irá abriendo llagas referidas tanto al pasado -¿qué es lo que de verdad debería haberme importado mientras vivía?-, como al futuro -¿existe una manera digna de no ser indiferente a lo que vendrá?-. Y estas dudas surgen ante la sorpresa que es encontrarse de nuevo con la gente, con unas personas que no cesan de desconcentrarle. Además, el protagonista, el hombre lento, habita en una gran ciudad, donde nadie conoce a nadie, de ahí la necesidad de la presencia de la Costello, de una omnipotencia limitadísima, capaz de aglutinar a los seres que le interesan a Coetzee en esta excelente novela sobre la vejez y sobre el miedo.

Fuente: Lateral