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viernes, 27 de octubre de 2017

HISTORIAS Y RELATOS, DE WALTER BENJAMIN

Historias y relatos

Walter Benjamin

Traducción de Gonzalo Hernández Ortega
El Aleph
Barcelona, 2005
123 páginas
13 euros

El hombre que escucha


Aunque no se haya seguido muy de cerca y de forma completa la obra ensayística de Walter Benjamin, la mayor parte de la gente conoce su forma de pensar con cierta certeza dado que es, junto a Pascal, Bertrand Russell o Schopenhauer, uno de los filósofos más citados de la historia, y posiblemente el que más reflexionó sobre los vaivenes de la memoria. No sin motivos. Está considerado, por otra parte, como uno de los grandes críticos literarios del siglo XX, una labor que viene a culminar de alguna manera con esta obra con la que ahora nos sorprende la editorial El Aleph. Con frecuencia, se tacha a los críticos de autores frustrados si se les pretende descalificar o cuestionar su opinión. Creo que se trata de labores bien diferenciadas, y que el género de crítica literaria bien puede considerarse como independiente, tal y como vino a demostrar Oscar Wilde en su ensayo El crítico como artista. Pero por si acaso, Walter Benjamin cerró filas entorno a sí mismo y a su entidad como lector merced a un puñado de cuentos, una miscelánea que tiene por objetivo ser la tarta nupcial en un proyecto literario. Porque el sabor que nos dejan es muy dulce, perfecto, de narrador purísimo.
Nos encontramos frente a textos breves, momentos precisos y significativos, en los que se trasluce el gusto por el arte de narrar propio del hombre que ha construido su entretiempo en la oralidad, y que detiene el tiempo en unos instantes en que el mundo está cambiando, en trance de olvidarse del relato esencial, transmitido por el lenguaje preciso, limpio, de sonido natural. La meditación sobre la memoria aparece muchas veces representada por el clásico recurso del hombre que narra frente a una audiencia, recreando un momento propicio, si bien en ocasiones, como en los primeros cuentos –La muerte del padre, El palacio D... y, La historia de un fumador de hachís-, es el asunto central merced a una pérdida y su sentido, la fidelidad a un pasado que se mantiene secreto o la recreación de unas sensaciones hipertrofiadas y especializadas. Todos ellos lucen una estructura y un ritmo tan depurados como los del mejor Maupassant. En algunos otros, como en El viaje de Mascotte o en Cuenta Rastelli, la última frase obliga al lector a recomponer todo el texto, cuando no a leerlo nuevamente para descubrir el otro sentido de lo que ha estado leyendo. También es capaz de inventarse un personaje fronterizo, tan enigmático como los más inspirados de Conrad o Stevenson, que protagoniza La cerca de cactus. Las tácticas narrativas por las que el cuento justifica su existencia con los motivos por los que debe ser narrado, aparecen en obras como El pañuelo o Una tarde de viaje, explicándose que si la gente relata un suceso que conserva en su memoria lo hace para su bien y para bien del oyente, pues habla sobre el hombre que aprende o quiere decir que el hombre aprende. También practica el relato muy breve, como en las Historias desde la soledad, anécdotas biográficas que surgen en periodos vacacionales, cuando la mirada ha descansado y penetra en los matices singulares, o en Cuatro historias, homenajes al relato chino, ruso, judío y americano, de un ingenio muy afilado y un dominio de temas y tramas con mucho fundamento. Hay, incluso, un par de relatos sobre el arte de la conversación –Conversación sobre el Corso y Tener buena mano-, en los que se van enlazando subhistorias en las que no importa si se pretende demostrar nada, sino la alegría de saberso tomando té con unos amigos. Finalmente, Benjamin sorprende con un relato gótico que no deja de constituir todo un cuestionamiento de los simples principios académicos que distinguen fondo y forma.


Fuente: Tribuna/Culturas