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miércoles, 25 de octubre de 2017

EN LA OSCURIDAD

En la oscuridad
Friedrich Glauser
Traducción de Carlos Fortea
Mármara
Madrid, 2016
162 páginas

El egoísmo de los otros

En el mito cristiano del génesis, Dios crea el universo a partir de unas palabras. Dice “Hágase la luz”, y se separa el día de la noche. Con palabras va creando el mar y la tierra, las montañas, los ríos y las plantas, y también a todos los animales. La creación es obra de un milagro. Sin embargo, al hombre lo crea a partir de la arcilla, es decir, de una materia que ya existía, que ya había creado con sus milagros. El hombre no es un milagro. En el mito cristiano, el hombre es una obra. No existe obra sin defectos. Ni las que pudo hacer Dios, ni las de Caravaggio o las de Tólstoi. No hay obra de arte sin partes oscuras. Y el mito del génesis no aclara si el hombre es una obra de arte. Ni siquiera a eso podemos agarrarnos. Antes del pecado original, eso sí, Adán y Eva eran unos seres tan puros como un colibrí, una lechuza, una oruga o un cerdo. Todos ellos preocupados por salir adelante en lo que llamamos armonía con la naturaleza, durante los mejores momentos, o la ley de la selva si en lugar de espectadores tenemos que participar de esa creación.
Pues bien, sobre esta parte oscura, que es el egoísmo obligado por la supervivencia, es sobre lo que trata este breve libro testimonial de Friedrich Glauser (Viena, 1896 – Nervi, 1938), que sí es una obra maestra. La imperfección de la memoria contribuye, y no poco, a conquistar ese grado mostrando sin rencor la miseria. El libro presenta dos etapas en la vida del autor, cada una de ellas marcada por su compañero de trabajo. En la primera, Glauser trabaja fregando platos en un hotel. En la segunda, suda y se entinta en los pozos de una mina de carbón. Si alguien pretende elegir dos oficios que simbolizan mejor que ningún otro donde se sitúa la clase baja y por qué la lucha de clases es casi sinónimo de la realidad, no encontrará tarea más representativa. A ello cabe añadir que fuera del hotel o de la mina es donde encuentra la libertad que disfrutan los otros: una noche con luna, la orilla del río, los árboles, los niños o el ambiente de un bar. El tercer lugar donde transcurre su vida es en la hospedería donde se aloja, que bien puede ser un albergue de acogida o una posada de camas calientes. Aunque el malestar de la noche no viene presidido por la incomodidad, sino por las pesadillas relacionadas con los dos años que pasó en la Legión Extranjera. Por otra parte, y de forma voluntaria, tal vez como contrapeso y para poder seguir respirando, de vez en cuando recuerda la época feliz de la juventud, previa a la Gran Guerra, idealizando la vida rural o aprendiendo a tocar el piano.
Al margen de sus dos amigos, Marcel, un militante comunista y Otto, con un pasado que le obliga a estar en perpetua huida, los demás personajes que desfilan por la obra tienen un factor común, que es el egoísmo, algo que el narrador califica como la bestia interior y que llega a ser tan poderosa que si se topara con alguien que no fuera egoísta, sería esa cualidad, de todas formas, la que lo adjetivara. Este hecho, junto con la potencia del relato, es lo que consigue el efecto de atrapar al lector. En algún pasaje, él mismo reconoce que todos creemos que lo que nos concierne a la fuerza tiene que interesar al prójimo. Eso marca por un lado nuestro egoísmo. Y por otro su conciencia como narrador para conseguir que nos interese una vez más una historia de perdedores, de agotamiento, de un personaje que reniega de la ayuda que le ofrece alguien, una enfermera, porque no se cree digno de ella. Lo único que ha aprendido es la necesidad de adaptarse a lo que se le venga encima. Por muy oscuro que sea.
Cuenta Glauser con otra ventaja, para la que bastan dos ejemplos: “Y las calles se iluminan, una luz de un violeta blanquecino sale de la fachada del cine y corta cubos de luz en la niebla”. “A la sombra de los árboles callan luminosos dioses”. Unas metáforas ajustadas, escasas y hermosas.


Fuente: Culturamas