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miércoles, 25 de octubre de 2017

EN JARDINES AJENOS

En jardines ajenos
Peter Stamm
Traducción de María Esperanza Romero
Acantilado
Barcelona, 2006
149 páginas
14 euros

Un europeo de visita

Perteneciente a la última hornada de buenos escritores herederos de la literatura alemana, una de las pocas lenguas que siguen conservando buen hacer entre los autores que predican con ella, Peter Stamm regresa a las mesas de novedades tras las gratas sorpresas que supusieron sus obras anteriores, Agnes, Lluvia de hielo y Paisaje aproximado, todas ellas publicadas, también, por El Acantilado. En este caso el volumen recoge once relatos en los que el autor se muestra como un visitante que escoge a gente, y después pretende reconocerlos con breves y sencillas pinceladas tras las que, tal vez, se oculte algún diagnóstico psicológico que baile entre la patología y lo razonable. En un primer vistazo, al lector se le ocurrirá pensar que se encuentra ante otro epígono de la literatura norteamericana breve, pues el uso de frases cortas, la fluidez de la lectura, la facilidad de la narración que nos traslada de una línea a otra, de un párrafo al siguiente y de una página a la consecutiva sin que devorar el libro nos canse, nos remite a escritores tan conocidos que no merece la pena mencionarlos. Sin embargo, hay otro nivel de lectura, el de una elaboración más compleja, el que puede crear una persona más sabia gracias a la conciencia cosmopolita, que nos habla del mejor espíritu de la Europa de librepensadores, e incluso de poetas. En este sentido, el de un compromiso intelectual, Stamm deja atrás a esa gente de Estados Unidos que a causa de dedicarse tanto a una literatura que no se fija en las demás, termina por fatigarnos con cierto aire provinciano, en un sentido peyorativo del término.
Pensemos que existe, al igual que en los cuadros de Hopper, un cierto aire de soledad de los protagonistas, pero también una cierta ilusión por vivir, la certeza, en el fondo de sus convicciones, de que va a suceder algo que tal vez pueda llamarse vida, o en último término será el final de la vida. En cualquier caso, algo que significa vivir. Además, no se elude el desafío social, la lucha de clases que aparece muy difuminada, en último término, tras las actuaciones de unos personajes de muy variadas situaciones socioeconómicas. Actitudes narrativas como esta son las que distinguen a un gran narrador de un autor de panfletos. De alguna manera, este volumen es también una lucha contra la endogamia literaria, como se refleja en los múltiples orígenes de los seres que por aquí desfilan, o en los variados escenarios, en la concepción del mundo como un mapa global sobre el que cualquiera puede desplazarse, descubrir y descubrirse, respetando la idiosincrasia de las regiones y la presencia que unifica a las mismas, que es la del hombre.
Es posible que ninguno de los cuentos sea una obra maestra, ni La visita, que nos presenta a una anciana aguardando la compañía de lo que fue su familia, en trance de decidir, suavemente, que sólo queda esperar a la convicción de que ya es hora de despedirse, ni La pared en llamas, donde un vagabundo recogido por una troupe de acróbatas del motor conoce a una chica y vive su última tragedia en una descripción hermosísima. Puede que tampoco lo sea el deseo de tener sensaciones que invade a la mujer que cuida el jardín de su vecina en el cuento que da título al libro, ni el ensimismamiento que padece el hombre de Toda la noche durante una nevada, ni las extrañas formas de conocerse hombre y mujer en Como una niña, como un ángel o Fado, que de alguna manera acaban culminando en el penúltimo relato, El experimento, donde por primera vez asistimos a la posibilidad de que los seres se toquen. Lo dicho, puede que no sean obras maestras, pero sin duda es literatura de la buena.


Fuente: Tribuna/Culturas