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martes, 31 de octubre de 2017

EL PÁJARO CARPINTERO

El pájaro carpintero
James McBride
Traducción de Miguel Sanz Jiménez
Hoja de lata
Xixón, 2017
446 páginas

El nombre es tan conocido que podrías tratarse de cualquiera: al margen de John Brown, solo se nos ocurre míster Smith para ocultarse en un hotel de mala muerte. Sin embargo, existe un John Brown en la historia de Estados Unidos tan carismático como influyente. John Brown fue un abolicionista que no tuvo pegas en recurrir a ciertas formas violentas para romper la estructura de una violencia mayor, como la de la esclavitud. John Brown representa la famosa frase de Kirshnamurti, según la cual quien sienta que no encaja en una sociedad enferma, está sano. En esta estupenda novela de James McBride (Nueva York, 1957), Brown es en buena medida el paisaje. Sobre la figura de Brown actúan los personajes. Pero Brown es, a su vez, un personaje, aquel a quien sigue un chico desde los doce a los quince años, disfrazado de chica, gracias a su androginia, para superar escollos y, para nuestro disfrute, verse envuelto en líos. John Brown visto por Henry Cebolla Shackleford, que es como se llama el narrador y protagonista, es una caricatura muy verosímil de lo que pudo ser el verdadero Brown, un personaje que, como referente social, obtuvo elogios de su contemporáneo Thoreau, sin ir más lejos.
Pero Cebolla es alguien que no ha tenido acceso a lo que hizo de Brown un líder. Nuestro narrador es analfabeto funcional. Lo cual se traduce en una voz con la sintaxis oral correcta -hay que imaginarse lo que supondría para alguien hablar sin interrupción durante tanto tiempo como el que dura la novela-, pero cuya traducción a escritura solo puede ser la de una jerga. La decisión de Miguel Sanz Jiménez de respetar este espíritu, hace de su labor algo mucho más que una reproducción en otro idioma. Su trabajo como reescritor es memorable. O, tal vez, deberíamos decir como traductor de prosa. El resultado de su labor convierte en algo así como un camino de cabras las primeras páginas de la lectura, hasta que nuestro oído se hace con el esquema oral y a partir de ahí se nos revela una narración pura. El orden cronológico y la sucesión encadenada, en la que van y vienen actores, nos hace dudar sobre si existe un plan previo a la escritura de la novela. Pero lo que importa, a dónde quiere llegar McBride, está bien definido y mucho mejor conseguido. Esta narración bebe de Mark Twain, tan verosímil como humorístico, tan vital como increíble. Bebe de la picaresca, sí, pero del pícaro que no será capaz jamás de dominar su destino. A lo largo de la novela, Cebolla tendrá que adaptarse a las situaciones, pues todas le superan a él.

¿Existe una definición más certera del realismo? Aparentemente, nos encontramos con una obra de humor. Pero los tres años de vida de Cebolla son trágicos, difíciles, duros e incluso comprometidos. Por momentos, sería mejor no haber vivido ciertas circunstancias, por mucho que muevan a sonreír. Vivir es algo muy serio. De ahí que McBride intente poner una guinda a nuestras tardes de lectura, un pastel tras la siesta, un poco de mermelada en la tostada a punto de caerse. Y todos, incluido Cebolla, sabemos qué lado de la tostada será el que toque el suelo. No siendo dueños de nuestro entorno, sabiendo que el mundo es más fuerte que nosotros, en cierta medida todos debemos aprender lo que aprendió Cebolla: que vivir, por mucho que nos haya dolido, es algo que está bien si sabemos que podremos contarlo de manera que los demás se rían de nuestras desdichas. Así, gracias a la caricatura, se transforman en hazañas.

Fuente: Culturamas