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jueves, 19 de octubre de 2017

EL ALMA DE LAS MARIONETAS

El alma de las marionetas
John Gray
Traducción de Carme Camps
Sexto Piso
Madrid, 2015
143 páginas

La libertad es un relato



En un tiempo en que se invoca a dioses creados por la propia imaginación, como aquél que nos libró un día del alcohol, pero nos juntó las cejas, o aquel que gobierna la siembra y la venganza como sinónimo de justicia, o ese otro tan frecuente que se asemeja al olvido, John Gray (Inglaterra, 1948), se atreve a retomar el tema que define al hombre como ser: la libertad. El título de este ensayo, tan deslumbrante como balsámico, no es ninguna casualidad: difícilmente podemos hablar de libertad si alguien mueve nuestros hilos; y difícilmente podemos entender que la sensación de libertad se engendre y eche raíces en otro lugar que no equivalga a lo que podríamos llamar, a falta de otro término menos universal, alma. ¿Sería posible una sensación de libertad en una marioneta que, paradójicamente, al tiempo de no ser dueña de sus movimientos no está sujeta a la tiranía de la gravedad? ¿Sería posible que la libertad fuera una idea y no un sentimiento?  De hecho, de tratarse de un sentimiento, a la fuerza la libertad debería ser interior y erradicarse en otras células que no son únicamente las del cerebro. Deberíamos, pues, aceptar que la libertad más auténtica surge del hecho de ignorar. Una vez ganada esa conciencia, la mente nos proporcionará el resto de lo que necesitemos. Si existiera un tipo de dios, cualquiera, moviendo los hilos, ganaríamos la libertad, a juicio de John Gray, al no pretender ascender a los cielos. Muerta la codicia, la libertad queda a ras de tierra.
A lo largo del ensayo, John Gray se vale de un punto de inflexión clave en la historia del pensamiento, como fue el paso del gnosticismo al cristianismo, para cotejarlo con etapas posteriores de la historia de la ética o con el momento actual, donde el cientifismo sustituye a la devoción por deidades. El otro punto fuerte de sus hipótesis bebe de la literatura, igualando a Kleist con Hobbes, a Philip K. Dick con Sócrates, sin ningún rubor. De hecho, la ciencia ficción sirve a Gray para tratar sobre las versiones subversivas o divergentes del pensamiento dominante, que sigue siendo cristiano, así como a las aproximaciones sobre la dirección moral que está tomando el planeta. ¿Dónde coloca a Dios o al destino esta deriva en la que se pretende crear una humanidad superior con ayuda de la ciencia, dándole un objetivo? En realidad, quienes poseen tal fe son a su vez empujados por la energía sin objeto de la materia que estudian. Son también marionetas. La figura de la marioneta se coteja con frecuencia con el mito de Pigmalión y cualquier otro de los mitos equivalentes de otras culturas, como el Golem. Y con frecuencia la iguala a la de las bestias que carecen de razonamiento, ajenas a la maldición del pensamiento sobre ellas mismas y por tanto más libres que el hombre.

Gray partirá de la convicción de que en el pensamiento moderno la libertad es la relación entre seres humanos, y que ojalá suponga eliminar todo conflicto; decidir cómo vivir, que es propio del hombre, genera inquietud. Esta idea lleva a Gray a estudiar como ejemplo la cultura azteca, en la que la libertad y la violencia eran las dos únicas piezas del puzle de la convivencia, que inevitablemente ser repite. Así mismo, reconoce el frágil derecho al delirio reivindicado por los románticos, y estudia, con cierto desagrado, el modelo matemático de conducta humana que cautivó a los economistas y que ha supuesto, entre otras cosas, exportar la violencia: trasladarla de los países occidentales a los territorios empobrecidos. Merece, y mucho, la pena leer este ensayo despacio, escrito por alguien que busca no la inteligencia, sino la sabiduría. Valgan como ejemplo estas frases previas a sus conclusiones: “La libertad entre los humanos no es un estado humano natural. Lo es la práctica de no interferencia mutua, una rara habilidad que se aprende lentamente y se olvida rápidamente”.

Fuente: Quimera