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martes, 24 de octubre de 2017

CONFESIONES Y MEMORIAS

Confesiones y memorias
Heinrich Heine
Traducción de Isabel Hernández
Alba
Barcelona, 2006
182 páginas
17 euros

La convicción de ser uno mismo



Nacido en 1797, Heinrich Heine se educó en el seno de una familia católica, con un padre profundamente religioso hacia el que, como queda patente tras leer este volumen, profesaba desde su memoria una reverencia cargada de cariño. Una cierta admiración por el pueblo judío, que constituía una de sus formas de pensar a contracorriente en aquella época, en aquella Alemania antisemita, o el estudio de la obra racionalista de Hegel, fueron escorándole en vaivenes religiosos que fluctuaban desde el ateísmo hasta el protestantismo, sin dejar de consentir con las costumbres católicas, incluso en el día de su boda, de tal forma que en unos años, los del romanticismo, tan llenos de prejuicios, él demostró ser un hombre ecléctico, de pensamiento elástico y bien dispuesto a reconocer valores allí donde otros veían fanatismo; de hecho, contactó con el socialismo y con la obra de Marx, criticando ambos o, por mejor decir, matizando algunas aristas que él veía podían llevar a confusión, al mismo tiempo que se declaraba admirador de la cultura helénica y reconocía un odio acerbo por el pueblo romano y sus códigos civiles: “Estos ladrones querían asegurarse sus robos, y lo que habían conquistado con la espada, trataban de protegerlo con las leyes”. Siendo él un autor romántico, tampoco consentía del todo ese espíritu que se atribuían a sí mismos los intelectuales de la época, esa altura de miras trascendente (de echo atacó a los escritores románticos alemanes de su época por su sometimiento a las autoridades políticas y religiosas, de tendencia reaccionaria), y tampoco renunciaba a la superioridad educativa de la aristocracia, como queda patente en los párrafos que dedica a la posible tiranía que supone un gobierno del pueblo. Estos conflictos crearon en Heine el espíritu de desencanto, de burla y de sátira amarga que caracteriza a tantos de sus escritos.
Todo esto se trasluce de la lectura de esta obra, deliciosa, que Heine escribió al final de sus días, postrado en la cama, enfermo de esclerosis múltiple, angustiado y dolorido, confinado a la tumba de su colchón, pero sin renunciar a la conciencia de ser quien era, el mismo autor socarrón, de mirada tan positiva como hilarante, que a lo largo de varios años había compuesto textos periodísticos para diversos medios de París, muchos sobre arte contemporáneo y política. Fue en esta época cuando comenzó a elaborar un estilo propio de periodismo, anticipándose a las técnicas más modernas de escribir columnas de opinión. Al mismo tiempo, jamás abandonó la poesía, convirtiéndose en uno de los poetas líricos de mayor influencia en autores como Béquer.
La editorial Alba en su elegante colección de clásicos nos acerca estas Confesiones y memorias de las que se puede deducir todo lo expuesto más arriba. Destaca ese espíritu socarrón, expresado constantemente en las relaciones que hace de la vida francesa, o de la relación de un alemán con Francia que considera a los franceses serios como los más divertidos. Y también en los retratos de gente como Rousseau o Madame de Staël o Chateubriand, quien le impulsó a hacerse prusiano tras verle rebautizar a gente con agua del río Jordán. De esta manera, al tiempo que confiesa la verdad, es decir que se sincera, prodiga un cinismo de la mejor estirpe, como cuando comenta que la debilidad hereditaria del hombre consiste en que a los ojos del mundo queremos aparecer diferentes a como somos en realidad. Y así, tras confesar los prejuicios para permitir al lector interpretar el escrito, mezclando y dosificando lo ético con el rizo burlón de lo cotidiano, mostrando un humor vivo hasta en la desgracia, diciendo lo que quiere decir sin andarse con rodeos y hablando, finalmente, de las personas a que adora en la memoria y que le construyeron, Heine nos ofrece un texto de tan fácil lectura como exquisita contundencia.


Fuente: Tribuna/Culturas