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martes, 24 de octubre de 2017

CERCA DE JEDENEW

Cerca de Jedenew
Kevin Vennemann
Traducción de Fruela Fernández
Pre-textos
Abril, 2008
117 páginas

El fin de la infancia



Dos niñas sobreviven a la Segunda Guerra Mundial escondiéndose en una casa aupada a un árbol. Aunque ese refugio posea unas connotaciones alegóricas que pueden representar las dichas de la infancia, la permanente necesidad de esconderse que tienen se extiende también a los momentos en que deben bajar del árbol para afrontar las exigencias de vivir: comer, dormir, estar con la familia. A ese continuo ir y venir escondiéndose es a lo que se debe este punto de vista, siempre condicionado, siempre parcial, siempre sobresaltado, que Kevin Vennemann (Dorsten – Westfalia, 1977) impone a su narradora, una de las muchachas. Dotado de una madurez insospechada en un escritor tan joven, Vennemann escribe en primera persona preocupándose más por construir una voz que por crear un personaje. La niña, demasiado pequeña para comprender lo que está sucediendo, que en realidad es la Shoah, la persecución y el exterminio de un pueblo, se limita a dar fe de lo que puede registrar y siente el impulso de hablar deseando que algo de lo que ha sido ella -sus amigos, su hogar- sobreviva. Durante las primeras páginas, asistimos a un relato febril, en el que las reglas de lo onírico han sustituido a las de la narración. Asistimos a una pesadilla, a una situación caótica vista por ojos inocentes, cuya intención no es otra que transmitirnos lo más importante de esta novela: el miedo. Hasta que en las últimas frases conseguimos situarnos: “Apunta a esa parte del muro donde el camino cruza el muro y desemboca en la calle hacia Jedenew, por donde una docena de camiones vienen desde Jedenew, se adentran en el campo en dirección a nuestra casa y a la granja en llamas de Wasznar. En nuestra cocina revientan las ventanas que quedan. Después revienta cada ventana de la casa”.
Al imponer un narrador condicionado por la edad, que vive en un territorio en que las granjas se dispersan por aquí y por allá, cerca de un lugar llamado Jedenew del que ignoramos su localización exacta, pues pretende ser todos los sitios y ninguno –no hay más pistas que los nombres de unos personajes que suenan en ocasiones a alemán y en otras vagamente a polaco, y también sabemos que allí en invierno el frío es endiablado-, el autor se obliga a relatar utilizando una serie de complejos recursos estilísticos que van desde la aliteración a la repetición de frases, desde la ruptura de las reglas de la descripción hasta la limitación del lenguaje a disposición de una niña. La extraordinaria traducción de Fruela Fernández nos hace pensar que nos encontramos ante un gran estilista. En ese sentido, podríamos estar hablando de un heredero de Thomas Bernhard. Y al igual que los narradores de Bernhard, la voz de esta novela es la de alguien que lucha por mantener la presencia del pasado en su vida, lo cual, tratándose de una criatura para la que jugar es esconderse, resulta terrible, desesperante. De ahí que en lugar de una novela de iniciación, se trate de una obra sobre la muerte de la infancia: las protagonistas no aprenden qué es lo que deben hacer o decir, sino cuándo deben ocultarse y callar. De ahí la obligación de este registro, de esta novela que sería exigente con el lector de no ser porque le está pidiendo con cortesía que entre en el juego, en la propuesta, pues la Shoah no es una enumeración de cifras, no es una reivindicación de un pueblo o un capítulo en los libros de historia: la matanza tuvo rostros y estos eran de seres humanos, de gente que pasaba frío, que apreciaba a su tío porque le enseñaba a pescar en el hielo, de gente que se mantenía firme en su convicción de sacar su vida adelante, de casarse, de comer, de dormir, de no volverse loca. Pues es esto, la pérdida de la cordura, una constante en el libro, el episodio al que asiste la narradora.
Alejada de los campos de exterminio y de sus consecuencias, una faceta tratada por autores como Kertèsz o Levi, y de las trampas pueriles de películas como La vida es bella o algún libro comercial deudor de esos engaños, Vennemann se centra en el mundo de la infancia, como ya hiciera con éxito literario Jona Oberski en Infancia, Eric Hackl en la imprescindible Adiós a Sidonie o Agota Kristof en la demoledora El gran cuaderno. Al igual que estos últimos, Vennemann está convencido de que hay experiencias que es necesario transmitir, que la gente debe conocer, y que la función de la literatura es ponerlas a nuestro alcance.


Fuente: Quimera