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viernes, 20 de octubre de 2017

BARCELONA INCONCLUSA

Barcelona inconclusa

Laureano Debat

Candaya
Barcelona, 2017
221 páginas

El adjetivo mutante, que Laureano Debat (Lobería, Argentina, 1981) aplica a la ciudad de Barcelona, bien podría ser la que le defina a su escritura, pero salvando las distancias temporales: Barcelona existe desde hace mucho y la literatura de Debat acaba de surgir. De ahí que una ya haya sufrido transformaciones y de la otra sepamos que las padecerá. Barcelona inconclusa es un libro joven, como enuncia su título, en el que Debat apenas ha dispuesto de tiempo para descubrir. De ahí que en cada una de las crónicas que componen el libro, tengamos la sensación de que Debat está iniciando la adaptación… una vez más. Por suerte, no lo vive como una condena, no es un trabajo de Sísifo, sino una amable experiencia de vividor que dispone de energía más que suficiente. Y no digamos confianza.
Aunque se trate de crónicas independientes, hacia la mitad del libro el registro cambia en el mismo sentido en que cambia la vida de la continuidad a la fragmentación. Los primeros escritos, al menos en su disposición en el volumen, mantienen un lazo de intromisión, un espíritu de sorpresa, en el que la ciudad, o la parte de la ciudad en que vive, es protagonista. El piso que comparte con dos prostitutas, con las que comparte también una complicidad casi de familia, abre las puertas a cierto lumpen con su magnetismo. Su trabajo repartiendo folletos de un asador argentino próximo a un monumento de Gaudí, le convierte en el antiflaneur: él permanece, los demás se mueven. Las parodias que suponen la búsqueda de trabajo, como la propuesta de Herbalife para ser una persona que se hace a sí misma, se iguala al casting por el que pasa a la hora de buscar habitación. Tanto una cosa como otra, rozan el ridículo, pero servirán para sonreír mientras lo cuentas a los amigos en el futuro.
Debat se hace fan de cursos presenciales, como si necesitara el contacto con gente, aunque también caigan en el absurdo, como valerse de un sistema operativo caduco. Las Ramblas las entiende como la parte pintoresca de Barcelona, la que permite al resto de la ciudad ser mutante, aunque la sensación está partida por el miedo posterior al atentado; y, de hecho, la impresión que tiene es que el turismo en Barcelona se sostiene sobre cierto estímulo vintage, museístico. Y luego comienza con sus intentos de ser uno más: va al gimnasio, sale a correr, deja de fumar y hace del barrio donde vive, el Raval, su ágora, por donde un vecino pasea su bóxer, un gay impulsa movimientos prointegración, su peluquero es marroquí que mantiene sus costumbres junto a otros inmigrantes, como la de discutir al aire libre, de tal manera que la suma de todo ello, hace del lugar una tribu, su tribu. En caso de muerte de uno de los vecinos, todos se verán afectados. Así pues, Debat es un hombre que confía, emocionalmente, en la proximidad. Y en ella se encuentra con lo más frecuente de Barcelona, que son las clases medias venidas a menos.
Luego están las crónicas temáticas, con un tono más cercano que periodístico, en las que da cuenta de la moda militar, el mundo del perro, las tiendas Tiger, la feria de Nueva Espiritualidad y Paraciencias o el ridículo Mobile World Congres. O la paradoja de Poblenou, a la que dedica más de un espacio, unas calles que no terminan de definirse, de decantarse entre la renovación y los atavismos. Unas crónicas con las que nos resulta sencillo identificarnos, pero que carecen de la unidad del descubrimiento de la ciudad mutante sobre la que se asienta la potencia de la primera mitad del libro.