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martes, 24 de octubre de 2017

AÑOS DE ANDANZAS NADA MAGISTRALES

Años de andanzas nada magistrales
Jean Améry.
Traducción de Marisa Siguan y Eduardo Aznar
Pre-textos
Valencia, 2006
195 páginas
18 euros

¿Dónde está la culpa?



Todo esto: vivir, haber vivido, no puede ser inocente. “En todas partes y en ninguna había culpa, entonces la idea de expiación carecía también de justificación lógica”. Esta es una de las últimas frases de este libro, de esta magnífica obra que pertenece a cualquier género y a todos ellos a la vez, si bien la decisión sobre la catalogación del volumen lo dejamos para aquellos que tengan más fe en los géneros que el que firma este artículo. Dado el origen autobiográfico, sin similitud con otras memorias, uno puede pensar en libros como Coto vedado, de Juan Goytisolo, a quien hoy más que nunca cabe reclamar, y dado el perfil mestizo de la obra a uno se le ocurre, a bote pronto, recordar los libros de W. G. Sebald, un escritor con tendencia a caer en el letargo de lo depresivo, excepto en su obra maestra, Los emigrados. Pero creo que Años y andanzas nada magistrales es muy superior a los textos mencionados. Porque aquí la culpa y la expiación, que ya dieron título a su excelente ensayo sobre el conflicto sentimental gestado tras la supervivencia en los campos de exterminio (Más allá de la culpa y la expiación, Pre-textos, 2001), están presentes mientras busca el sentido de la existencia en un ejercicio de introspección difícilmente superable.
Dividido en seis etapas vitales, el libro es un ensayo y es pura literatura. En cada una de las etapas se engloba uno de los procesos de maduración de un hombre, de Jean Améry, quien explica, sin pretenderlo, las razones que le van llevando a elegir una y otra formación cultural, uno u otro lenguaje, e incluso el cambio de nombre. En realidad, Jean Améry es el sobrenombre que Hans Mayer escogió cuando fue adoptado por Bélgica tras sobrevivir a esos episodios deleznables que más vale no mencionar, ya que él siempre fue tan austero y discreto a la hora de presentarlos.
Llama la atención, en la disposición formal, el recurso a que acude cambiando constantemente de persona, mencionándose como yo, tú o él, a veces en una misma frase. Así, Améry va entablando un diálogo en el que aparecen, aquí y allá, frecuentes reproches, la mayoría debidos a su falta de previsión, a su incapacidad para leer las situaciones y prever el futuro, lo cual va cuestionando su elección trascendente, la de concentrarse en el mundo intelectual, una decisión que apenas resultó de utilidad en los momentos críticos. Varios son los ejes sobre los que crecen estas reflexiones, siempre basadas en la auténtica habilidad de un ensayista que es la meditación sobre la experiencia, en la introspección cabal como apoyo para seguir escribiendo; uno de los ejes es la historia de la primera mitad del siglo XX; otro es la postura de los intelectuales en cada época; otro, mínimo, son sus datos biográficos; otro sus lecturas y el porqué de ellas; y el más importante, la valoración anímica o el cuestionamiento de los valores. Como comenta Marisa Siguan en una introducción que analiza perfectamente el libro: “una subjetividad planteada como voluntad de expresión de verdad, como autenticidad de pensamiento”.
Améry comienza indagando entre los paisajes y libros que le formaron; a continuación habla sobre sus principios de juventud y el caldo donde se cuece el horror; después pasa a reflexionar sobre el dilema del horror (“el derecho a vivir y la obligación de morir”) al tiempo que busca la interpretación social de la aceptación de lo más terrible, y trata de re-construirse en los campos de concentración; posteriormente toma partido, de entre la maraña de su formación humanística, por el existencialismo y por un Sartre que, equivocado o no, siempre sostuvo que lo importante es ser ético; luego trata sobre su disposición a iniciar un proceso de renuncia, de desilusión, antes de mostrarse perplejo ante el renacer de Europa, el resurgir de Alemania y de la cultura alemana, sin perder de vista su idioma natal, el lenguaje que le configura (“Ninguna logodicea resiste la falta de juicio de lo real”, dice refiriéndose a este contraste); y termina con una serie de conclusiones demoledoras sobre la miseria de la historia del pensamiento, que es los pensamientos superados o falsamente superados, como intenta probar mostrando su aversión por un estructuralismo que, alguien supone, suplantó la esencia del existencialismo en el pensamiento humanista europeo. De ahí que el maestro Améry mencione el papel de intelectuales como Foucault o Levi-Strauss: portadores del signo de la pérdida del ser humano.
“El hombre que reclamas… quizás no fue realmente más que ideología”. Pues eso, maestro: quizás. Y quizás deberíamos seguir buscándole.



Fuente: Tribuna/Culturas