martes, 12 de septiembre de 2017

PERDIDO EL PARAÍSO

Perdido el paraíso
Cees Nooteboom
Traducción de Isabel-Clara Lorda Vidal
Siruela
Madrid, 2006
171 páginas
15 euros

El camino solitario

De eso se trata, de emprender el solitario camino. Eso indica el último verso de El paraíso perdido, con el que Nooteboom cierra esta novela cuyo sentido está contenido en esas palabras de Milton. Además de encontrarse también en el título de la obra, que comparte con esta novela variando meramente el orden de las palabras. A propuesta de Nooteboom, el relato versificado aterriza en el mundo real, en todo el mundo real, donde dispone a sus personajes para que actúen interpretando la diaria caída, el desengaño doloroso, la lucha contra la locura que debería imponer la supervivencia a la tragedia, o la convivencia con el superviviente, con quien vio los ojos del mal. De ahí que, tras un inicio metaliterario resuelto con una sentencia que resume el oficio de escribir –“como siempre, me quedo atrás con un par de palabras”- la obra se divida en dos partes. La primera está dedicada a la joven mujer que quiere superar la experiencia de una violación múltiple en un barrio marginal de Sao Paulo; curiosamente, pese a darle voz a la protagonista, Nooteboom no aturde con secuelas neuróticas o esquizofrénicas, sino que coloca en la cabeza de la muchacha unas reflexiones sobre el sentido de la vida que rozan el narcisismo, como si aquello no hubiera supuesto un trauma. Eso sí, ella decide emprender la huida acompañada por su mejor amiga. Y aquí es cuando el lector se da cuenta de que cada elemento, cada aspecto de la novela no es gratuito, que todo está elegido para representar al mundo entero, al verdadero Paraíso Perdido. Las dos muchachas son brasileñas, pero de sangre alemana; y su sueño es visitar Australia, recorrer el rincón menos dibujado en los mapas del mundo para encontrarse con los últimos hombres que entienden la vida al natural. Al final, la protagonista prolongará las secuelas de la búsqueda de identidad en un balneario del Tirol, relacionándose con gente de Andorra, Luxemburgo o, especialmente, de Holanda.
La lucha por la paz interior de una muchacha sujeta a unas venadas, a unos trances que rozan lo místico y lo misantrópico, nos invita a un recorrido por el trazado sentimental de los hombres. El libro es un viaje a nuestro confuso interior, un viaje en el que el camino está cubierto por sentimientos impuros, pues el odio comparte vetas con la compasión, y la ilusión con el desengaño. Un viaje en que los amores tienen matices incómodos al tiempo que acogedores, tanto los sexuales como los lazos de la amistad; no así los familiares, dado que las dos muchachas escapan sin permitirse lazos con el pasado, con sus familias, conscientes de que la tierra del vagabundo es la que se extiende frente a ellas.
La inevitable pérdida de la inocencia vendrá regida por el desengaño, representado en la desilusión al cotejar la realidad australiana, y en un episodio de enamoramiento atípico, una relación inexplicable entre la protagonista y un pintor aborigen, algo más “fuerte, obsceno y perverso” que el amor, según sus palabras. Y así se nos aclara que crecer es, en realidad, una caída. Una caída contra la que cabe un último esfuerzo, representado por la interpretación del papel de ángel, unos seres andróginos que desde siempre fascinaron a la protagonista. La interpretación la llevará a conocer a un crítico literario holandés, con quien establece una relación platónica y fugaz, que no podrá repetirse cuando el azar de la vida les lleve a encontrarse nuevamente en Austria.
Escrita en capítulos breves, ligeros, cambiando la redacción a tercera persona cuando el protagonismo es compartido, Nooteboom ha escrito una novela de amor. Se me ocurre sugerir a quien tenga prejuicios contra ese género que no abra este libro, pues en cada página se reconoce con claridad la intención de integrarlo en ese catálogo de ficción amorosa. Aunque el libro es algo más que eso.


Fuente: Quimera

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