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sábado, 30 de septiembre de 2017

JAPÓN PERDIDO

Japón perdido
Alex Kerr
Traducción de Núria Molinés
Alpha Decay
Barcelona, 2017
290 páginas



Si los amantes de Japón son sensoriales, como afirma Alex Kerr en contraposición de los amantes de China, que son intelectuales, el problema es cómo construir un libro sensorial con la herramienta intelectual del lenguaje. ¿Cómo consigue que nos lleguen las sensaciones? La solución es tan sencilla que da envidia: este no es un libro de viajes ni una secuencia de ensayos, Japón perdido es un libro narrativo, esencialmente autobiográfico, una confesión de las filias de Kerr. Su admiración por Japón es sobre todo sublime. Existe un Japón sublime, que es cada vez más escaso. De ahí que este libro tenga también su punto de elegía. Ese Japón exquisito, delicado, que vemos representado con más frecuencia en las imágenes del pasado, es en el que Kerr desea vivir. Hasta el punto de aconsejar a sus amigos visitar Japón con tapones para los oídos, que se utilizarán durante la estancia en los templos del silencio. Todos conservamos la idea espiritual de las pagodas y los ambientes de meditación, pero la realidad es que no son impermeables al ruido del tráfico.
Kerr, que sabe que no se puede ser sublime sin interrupción, hasta el punto de confesar haber trabajado diez años para un promotor inmobiliario americano, comienza lamentando la pérdida de la naturaleza. Japón fue el primer país que tuvo leyes de protección de los bosques. Sin embargo, es un país en el que ocurren anécdotas como la que confiesa Kurosawa cuando le preguntaron por qué había elegido cierto plano en la película Ran: “Si abro el campo hacia la derecha”, contestó, “sale un aeropuerto. Si lo hubiera abierto hacia la izquierda, una autopista”.  De ahí que considerando que se ha perdido la gran guerra, quiera encontrar con la armonía del buen Japón en detalles, en instantes que todavía difieren de las convenciones occidentales: un suelo de madera, una pared de pergamino, un pescador lanzando la caña, un actor de teatro clásico… a la par que lamenta los atavismos de esa civilización, mayormente los sociales, como la imposibilidad de hacer amigos en la edad adulta o la educación sin emociones que se practica. Kerr lamenta la falta de interés por la herencia cultural y viene a sugerir que el país se está estrangulando a sí mismo. La sociedad laboral es piramidal y por tanto enferma.

Pero el libro no es un desgarro. Kerr hace toda una demostración de amor sano, amor por la sofisticación y la delicadeza, por los pequeños momentos en que las pequeñas plenitudes sirven para justificar haber vivido hasta entonces. De hecho, intuye cierto fracaso neoliberal porque las teorías de los Chicago Boys chocan contra fundamentos japoneses. Entre otras razones, porque en Japón se vigila hasta el extremo el impacto de cualquier cosa que venga del exterior. Todo esto lo expresa con el orgullo de haberlo aprendido desde niño, y así nos va explicando cuál ha sido su larguísima relación con Japón y con otros países de Asia. Asia, todos los sabemos, es la región simbólica del misticismo, de la espiritualidad, pero esa sensación debe vivirse. Y a Kerr, coleccionista de arte, le importa lo que ve en el camino, no llegar hasta el final. En este Japón perdido, Kerr consigue que el cariño por un pasado que todavía se puede rescatar, sea una ceremonia.

viernes, 29 de septiembre de 2017

FUERA DEL MAPA

Fuente: La línea del horizonte



Un viaje extraordinario a lugares inexplorados

Fuera de mapa’ es un libro que reinventa la topofilia y que el lector se sorprende al descubrir: ¿cómo es posible que Alastair Bonnett haya encontrado todos estos lugares, inusitados para el viajero normal, y les haya conferido un sentido que nos hace dudar de la realidad?

Este es un libro que “excita la imaginación geográfica porque confunde las expectativas que tenemos del mundo real”.

jueves, 28 de septiembre de 2017

BIENVENIDOS A OCCIDENTE

Bienvenidos a Occidente
Mohsin Hamid
Traducción de Luis Morillo Fort
Reservoir Books
Barcelona, 2017
171 páginas

Ahora, cuando la distopía se ha convertido en un género narrativo, descubrimos que esa manera de avanzar el futuro no es otra cosa que la realidad, que la tenemos encima y que todo consiste en no mirar para otro lado para darnos cuenta de que la ciencia ficción que nos remite a un futuro desastroso, es algo que viven los desheredados, los desposeídos, la gente a la que se le ha robado el amor, las raíces y hasta la cortesía. Con una entereza que da envidia, Moshin Hamid narra sin dolor. Pero la idea de que la supervivencia basta para derrotar al amor, o que puede bastar para romper el lazo de cariño más humano, sobrevuela la historia y no se resuelve hasta el final. Es un cara a cara entre la humanidad y los peligros del espejo, que solo devuelve la figura de la humanidad. Como Alicia, que cruza a otro mundo a través de un espejo, una pareja que huyen del conflicto bélico que sucede en su país, cuyo nombre no aparece, cruza a distintos lugares de occidente atravesando puertas. La diferencia es que Alicia se sirve de un espejo, que multiplica la luz, mientras a ellos algún alma caritativa les abre una puerta oscura, es decir, para salvar la vida se dirigen hacia donde se ve peor o no se ve.
La novela comienza presentándonos un país árabe, en el que la gente padece o disfruta de las mismas necesidades que en occidente. La ropa que lleva la protagonista, o la que utiliza él para subir al apartamento de ella, es un disfraz con una utilidad camaleónica. Pero allí la gente ve caer bombas copulando, haciendo gimnasia, mientras se forman tormentas. Allí o utilizas el disfraz o puedes acabar decapitado con un cuchillo de sierra a fin de incrementar el sufrimiento, y luego colgar el cuerpo de un cable de alta tensión. Las reglas de lo cotidiano las tienes que aceptar sí o sí, a la fuerza. De tal manera que llega un momento en que o te conviertes en combatiente o piensas en salir. Como sucede a la joven pareja protagonista, que imitan la vida occidental en la medida de lo posible. Pero la guerra degrada todo, hasta los principios religiosos o el deseo carnal. Cabe una tercera opción, que es la de volverse loco, irse con la mollera a vivir a otro lugar, como sucede con el padre del protagonista.

Pero ellos deciden emigrar, que es tanto como eliminar de tu vida a la gente que te recuerda los buenos sentimientos, como la ternura. Y es entonces cuando comienzan sus saltos, desde un campo de refugiados en Mikonos, un detalle que tal vez sea un guiño a La Odisea, porque el viaje de los refugiados es el único que existe para el que se requiere un valor comparable al de Ulises. Desde que dan con sus huesos en el campo de refugiados, hasta que llegan a un lugar de la costa de California, con escalas intermedias, se van dejando rastros de humanidad por el camino. De hecho, en algún momento rezar y fumar porros es lo único que les identifica como personas. Y así es como la supervivencia cambia los lazos de amor. De hecho, esta novela trata en buena medida sobre eso: o sobrevives o amas. Una disyuntiva propia de las distopías, algo que millones de personas están ya viviendo.

Fuente: Culturamas

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Y ESO FUE LO QUE PASÓ

Y eso fue lo que pasó
Natalia Ginzburg
Traducción de Andrés Barba
Acantilado
Barcelona, 2016
110 páginas

“Natalia Ginzburg es la última mujer sobre la faz de la tierra, el resto son hombres”. Así empieza el prólogo de Ítalo Calvino a la segunda novela que publicó Natalia Ginzburg (Palermo, 1916 – Roma, 1991). Y la novela, por su parte, comienza con un disparo que una mujer, sobre la que algunos lectores presumen que Ginzburg desplaza los sentimientos propios de ella, de la última mujer sobre la tierra, entre los ojos de un tipo. Conociendo cómo acaba la novela, queda por saber si es un acto heroico o la consecuencia del aburrimiento. Damos por supuesto que la venganza está fuera de alguien que, como apunta Calvino más adelante, posee la ternura de creer en los pocos objetos que consigue arrancarle al vacío del universo, y también en los escasos gestos. Con eso debería bastar. Frente al tazón de natillas, nada pesa intentar buscar la razón de una vida pequeñoburguesa y un matrimonio que más que infeliz es pura desidia, convención, una alteración no mayor que la que supone encender la luz apretando el interruptor cuando cae la noche. Aunque, en palabras de Ginzburg, es la noche interior lo que permanece vivo en esta historia, lo que no consigue modificar el paso del tiempo.
La verdad es que los temas que trata son universales y eternos. Porque todos tienen que ver con los miedos, que forman un nido de víboras sobre el que vivir resulta una fatalidad. Existen muy pocas formas de saltar para alejarnos de ese nido de víboras, y todas tienen que ver con la pasión. En este caso, la protagonista comienza confundiendo la pasión con la esperanza, que es más traicionera: mientras la pasión nos motiva para poner en marcha los mecanismos de la pura vida, la esperanza nos deja en nuestro sitio confiando en que algo suceda para enderezarla o darle sentido. Ese algo suele trasladarse al ámbito del amor, es decir, a encontrar un novio o una novia. Ahí es donde pone la protagonista la esperanza en la felicidad. Ha llegado a la gran ciudad huyendo de las miserias de un pueblo pequeño, desconociendo se sabrá estar a la altura sentimental. Ginzburg nos presenta a una mujer que tiene tanto miedo a lo abstracto, como es no ser querida, como a lo concreto, que es mostrarse provinciana. Es una mujer con miedo a ser débil o a parecerlo, y por tanto encerrada en la jaula de su imaginación.
Un hombre de mediana edad, de mal físico y enamorado de otra persona, termina por ocupar ese lugar que debería rellenar todos los agujeros, pues su presencia la ayuda a sentirse bien. Tras una suerte de encuentros y desencuentros, el matrimonio termina por tener para ella un sentido básico, el que impone la raíz de la palabra: ser madre. Ginzburg nos muestra un matrimonio en el que los protagonistas se colocan las cadenas y se conforman con la situación. Pocas relaciones de amor son más indeseables. Para dar énfasis a este adjetivo, introduce un personaje secundario, la mejor amiga de la protagonista, que es una cabeza loca, pero que jamás pierde el suelo donde pisa. Lo cual acrecienta la inseguridad de la protagonista. Servido así el menú, nos enfrentamos a una obra que mezcla lo mejor de las tragedias griegas y de la tradición europea, representada por Maupassant. Una novela breve que comienza relatándonos el final, pero en la que lo que pesa es el drama del miedo, ese abismo que destruye tantas y tantas expresiones de cariño.


Fuente: Quimera

ERNESTO

Ernesto

Umberto Saba

Traducción de Isabel Verdejo
Pre-Textos
Valencia, 2005
175 páginas
18 euros

Cuando crecer es incómodo


He aquí la propuesta más arriesgada que cabe leer sobre la adolescencia, sobre los cambios en el cuerpo que nos hacen dudar de nuestro yo, sobre la construcción del carácter y la evolución que nos define y nos destruye pese a nosotros mismos. La editorial Pre-textos recupera un texto de Umberto Saba demoledor pero sin sentimentalismos, pues el narrador, que parece conocer muy bien al protagonista sin terminar de saberse todos los recovecos de su alma, actúa de testigo para nosotros, es un cronista que traduce los episodios más determinantes de la vida del muchacho sin atreverse a interpretar, dejando que sea el lector quien determine qué significa, para él o para los actores, aquello que está leyendo. Se trata de un texto sin concesiones, sin aire entre líneas, seco, en el que adivinar las sensaciones es un trabajo incómodo para quien empieza a conocer algo tan vital como es el despertar a la sexualidad. A caballo entre la novela erótica con trasfondo social, realista hasta la extenuación y alejado del estudio de la estética que proponen obras como La muerte en Venecia, con la que comparte la idea del amor entre un hombre maduro y un adolescente, y de la aventura del viaje iniciático, recurso muy utilizado en las novelas que tratan el abandono de la infancia para traspasar las barreras hacia la madurez.
Eligiendo cinco episodios significativos, Saba nos acerca la historia de un adolescente de clase baja que sobrevive en el Trieste portuario de finales del siglo XIX, y que acepta sin regañadientes y sin emociones, la relación sexual con un descargador maduro, una relación que por su parte se limita a permitir que el otro lo sodomice en cuanto surge un momento oportuno. El primero de los episodios da fe del inicio de este encuentro, sin vaticinar nada; en el segundo, en el que las conjeturas emotivas apenas están enunciadas, reseña las trampas a que se ve abocada la relación por ser tan ilegal como mal vista en la sociedad pública; en el tercero Umberto se cuestiona su sexualidad en un trance con una prostituta al que se somete tanto por voluntad propia como por el empuje tácito de los muchachos de su quinta, que indica que esa es la situación que debe vivir a su edad; en el tercero se plantea la necesidad sin culpa de obtener una redención a partir de una confesión que le hace regresar por unos minutos a los valores seguros de la infancia, y el libro termina enunciando someramente cuál es la decisión amorosa por la que opta, merced a unas experiencias que le han hecho dejar atrás la inocencia, y que sí se rigen, en cierta medida, por criterios vinculados a la belleza.
Durante este periodo de su vida, Umberto va conociendo el precio del silencio obligado por lo clandestino, que le tallará hasta transformarlo en una persona muy especial, razón por la cual Saba ha escogido relatar esta historia. No ha vivido nada platónico, sino sodomizaciones reales en manos de un hombre a quien se supone preso de amor, de manera que Umberto es tan incapaz de amarle como de odiarle. Y ha practicado sus últimos juegos infantiles, ha leído y escrito sus últimas poesías, ha sido vencido por el trato de un tutor malnacido que sustituyó a su padre, comido sus últimos dulces y reivindicado sus últimas ilusiones socialistas. El paso del mundo infantil al adulto se ha movido de manera pendular, y así Saba no se recrea en ninguna de las facetas, limitándose a enunciarlas como quien dice: sí, en el mundo hay una cosa que se llama pecado. Porque la materia del libro es el mundo, de ahí la variedad de distancias humanas que lo protagonizan.


Fuente: Culturas/Tribuna

martes, 26 de septiembre de 2017

EL FERROCARRIL SUBTERRÁNEO

El ferrocarril subterráneo
Colson Whitehead
Literatura Random House





El viaje hacia el sur es el viaje hacia la felicidad, hacia el mar y el sol, hacia el tiempo de gracia que a cuentagotas nos ofrece la existencia. Por su parte, el viaje hacia el norte es el viaje hacia la libertad, hacia el desahogo económico, hacia la democracia, sea lo que sea ese término. Los dos viajes son en canal y por tanto comparten algo de sentido, pero alteran la dirección hacia polos opuestos. Esta novela, que se ha hecho con un buen puñado de premios, es un viaje hacia el norte. Por regla general, ese viaje clandestino hacia la libertad es oscuro o sucede durante la noche. En este caso,Colson Whitehead (Nueva York, 1969) sustituye la oscuridad de la noche por el viaje subterráneo. Sustituye las estrellas por la claustrofobia. Se imagina un ferrocarril pequeño que recorre unos túneles bajo el mapa del este de Estados Unidos. 

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SESENTA RELATOS

Sesenta relatos
Dino Buzzati
Traducción de Mercedes Corral
Acantilado
Barcelona, 2006
616 páginas
28 euros

Los mensajeros y el tiempo

El relato con que se abre esta recopilación hecha por el propio Buzzati, Los siete mensajeros, forma parte, con certeza, del Olimpo de las grandes narraciones en distancia corta. Allí se ha encontrado con alguna obra de Borges, de Paul Bowles, de Maupassant, de Rulfo, y con casi todos los cuentos de Kafka y Chéjov. Gran parte de la poesía contenida que expresa este autor de escritura tan desnuda, y que culminaría en El desierto de los tártaros, la novela que a casi todos nos hubiera gustado escribir, aparecen ya en la historia de estos mensajeros condenados a prolongar su misión hasta más allá del tiempo conocido, que es el de la vida de quien les encarga traer y llevar noticias que le vinculen con su familia. El problema, como en El desierto…, pero invertido respecto a la novela, es un conflicto con el espacio, que aquí se prolonga al desconocer la distancia de las fronteras. Aunque si seguimos leyendo los relatos de Buzzati, nos damos cuenta del protagonismo que tiene el tiempo en manos de este narrador tan especial. Da la impresión de que este hombre que narra, el autor, preso del conflicto con esa materia deleznable que es el tiempo, pretenda no vengarse, pero sí tomarse una revancha jugando con él a su antojo, manipulándolo con elasticidad, permitiéndose unas fisuras aleatorias bien diferentes a la marcha de las agujas del reloj; y así la balanza se compensa, pues ya el tiempo no es dueño del hombre. El otro parámetro del marco, el espacio, la geografía, nos acerca a una combinación del Kafka más delirante con el clásico recurso de los cuentos de hadas (a saber: en un reino muy lejano…), sin obviar, cuando lo necesita, la Italia que le tocó vivir, la ciudad que aborrece, como queda expresado en su rencor hacia los coches, y su predilección por la naturaleza, donde los fantasmas se integran con sencillez y franqueza.
Estas fábulas o parábolas, estas piezas breves que no siempre toman la forma de un relato, estas puras narraciones en las que se gesta un mundo imaginario por el que vaga la creatividad de Buzzati con absoluta libertad, nos hacen viajar a un territorio con reglas propias, en el que lo fantástico convive con el pesimismo amortiguado por un humor nada jocoso. El desenfado, la ironía fruto de la reflexión sobre la condición humana en nuestra única Tierra, quedan patentes en su visión de la trascendencia religiosa como una creación no poética del hombre. Hay, por otra parte, un contenido que va compitiendo con este nivel de lectura y que provoca cierta desazón, y es esa reacciones, esa pesadumbre poco explícita, que surge del miedo; al igual que Bowles, Buzzati parece creer que es esta sensación el motor del mundo, si bien lo que en Bowles es desasosiego, por desconocer el porqué de las cosas, en Buzzati es un impulso hacia la ilusión, pues las situaciones desbordan al individuo en lo que aparenta ser otro tiempo, casi mítico, casi onírico, pero con posibilidades de llegar a su conocimiento o, por expresarlo mejor, a su comprensión a través de la poesía, es decir, de la sensibilidad. Definitivamente, el mundo de Buzzati no es un mundo para intelectuales insensibles, para analistas literarios o filosóficos. Es un mundo para mortales. Por eso constantemente sus protagonistas se ven en la tesitura de reconciliar los dos mundos… si es que la vida más allá de la vida existe, causa por la que él no toma partido.
Por lo demás, uno puede entretenerse en sacar partido a las lecturas metafóricas de cada pieza: en El asalto al gran convoy se pregunta si morir es mejor que envejecer; Siete pisos es una historia demoledora sobre la estupidez humana; también lo es Y sin embargo, llaman a la puerta, donde además se nos explica cómo aprender a odiar; La capa reclama la cortesía como valor humano que hasta la Muerte debe conservar; en La muerte del dragón arremete contra la presunción gratuita que extermina la naturaleza y la cultura del pueblo; el dilema entre definir una superstición como una convención social justificada, se trata en Una cosa que empieza por ele; El viejo jabalí es una especulación sobre lo tonta que es la teología; y en Miedo en la Scala nos explica que sospechar genera más miedo que saber; para contarnos que acaso no merezca la pena vivir siendo adulto, recurre a los aristócratas en El burgués hechizado; de nuevo el desconocimiento como causa de miedo fantasmal aparece en Una gota; La canción de guerra nos recuerda que el dueño de la tristeza es el soldado que matará o morirá; los secretos de la gente como garantes del temor aparecen de nuevo en El perro que ha visto a Dios; en Algo había pasado, como en tantas otras de las piezas, se trata el tema del destino; que el ser humano puede ser derrotado por la faceta más desagradable de la naturaleza, aparece expresado en Los ratones; Cita con Einstein trata acerca del lúgubre peso del pasado; la pregunta ¿quién acepta en su casa el espíritu de un amigo muerto?, da pie al relato Los amigos; De hidrógeno es una advertencia contra las armas, que me destruirán a mí; El hombre que quiso curarse plantea el problema de que ganar la inventada batalla con Dios es perderla en este mundo; el maravilloso El alud nos seduce por la manipulación del misterio del tiempo; en El platillo se posó, ve el fervor religioso a través del entendimiento de un extraterrestre; La inauguración de una carretera va alejando el destino del protagonista, porque vivir es vivir y no alcanzar una meta; Las murallas de Anagoor nos intriga porque nunca sabremos si al otro lado está el bien o el mal; sitúa el ser que hay más allá en el interior de las líneas telefónicas en Huelga de teléfonos; Las precauciones inútiles retoma la estupidez como algo intrínseco a la naturaleza humana; Una carta de amor versa sobre el frenesí cotidiano, que va contrayendo el tiempo hasta hacernos olvidar que estuvimos enamorados; Grandeza del hombre es una preciosa paradoja circular; y El acorazado Tod…, bueno, qué se puede esperar de un relato que se sitúa en el inmenso mar tras la más inmensa de las guerras.
Pero hay más, muchos más. No siempre magistrales, como lo son los que abren y cierran el volumen. Pero siempre interesantes. Siempre dignos de visitar, porque visitamos las obras de un maestro. El maestro de la alegoría.


Fuente: Culturas/Tribuna

Cuando Dios bailaba el tango

Cuando Dios bailaba el tango
Laura Pariani
Traducción de Patricia Orts
Pre-textos
Valencia, 2005
372 páginas
25 euros


La trastienda de la historia



He aquí la mejor manera de dar respuesta a la pregunta: “¿qué es la historia?, ¿la verdadera historia?”. La historia, la de verdad, la que nos construye, es la historia de la gente. Y en este caso, la historia de los que no aparecen en libros de texto, ni quedaron registrados en las hemerotecas, verdaderos archivos de lo que sucedió en el siglo XX. Cuando Dios bailaba el tango es una muestra de la vida de las mujeres que esperan sin saber qué objeto tiene seguir viviendo. Para ello Pariani construye las voces y las biografías de dieciséis mujeres inmigrantes, que nadan en las aguas nada fértiles de la existencia de un país, Argentina, tan maleado a lo largo de los últimos cien años. Con un estilo seco, directo y si tapujos, como se corresponde al realismo más legítimo, aquel en el que los personajes se cuestionan cuál es su sitio en el mundo, el lector afronta un puñado de minúsculas novelas en las que cada mujer toma el relevo de la anterior cuando el aliento de esta ya se agota, cuando se le acaba lo que tuvo que decir. Pariani elude el orden cronológico, pese a que los relatos comienzan a finales del siglo XIX y terminan en el año 2001, porque el orden cronológico no es el mismo que el de la memoria, ni siquiera que el de la memoria colectiva, y mucho menos que el de la memoria coral, que es la impresión que guardará en el recuerdo quien lea este magnífico libro.
Y así, a través de estas mujeres que fatigan la soledad, que han visto cómo sus familias se deshacen o se desguazan, se ahogan o se parten, se nos va hablando acerca del desasosiego de no ser de ninguna parte, ni de esperar ya nada de nadie, con resentimiento o con tristeza, o con miedo o con nostalgia o con gritos que reclaman justicia social, o con desengaño o con la resignación de quien ha visto cómo se le ha ido al traste la ilusión de vivir. Pues Pariani consigue que alguno de estos sentimientos cobre especial relevancia en cada capítulo, sin que se obvien los demás, sin que cada una de las mujeres deje de sufrir el complejo nido de sentimientos que todos ellos componen, y que padecen al tiempo que se preguntan hacia dónde deben mirar para encontrar consuelo. Para conseguir al lector involucrar en ese potaje de la gente que nunca tuvo voz, Pariani no tiene problemas en cambiar las distancias de los narradores con el lector, de manera que aunque se dirija a él directamente, utilizando la primera persona, acude al interpelación directa en ocasiones, camuflada a modo de carta o de monólogo, o le facilite la visión del cuadro desde fuera recurriendo a una tercera persona que persigue la biografía del personaje elegido. De esta manera, acabamos descubriendo, al final de la lectura, que acabamos de encontrar la trastienda de un país, de la historia de un país. Y la trastienda es el lugar donde se almacenan los objetos fuera de la vista de los clientes que acuden a comprar.


Fuente: Culturas/Tribuna

Choque de civilizaciones por un ascensor en Piazza Vittorio

Choque de civilizaciones por un ascensor en Piazza Vittorio
Amara Lakhous
Traducción de Francisco Álvarez González
Hoja de lata
Gijón, 2016
175 páginas

El ojo de la aguja



El mundo es un puerto seco en el que desembarcan marineros sin uniforme que provienen de cualquier lugar del planeta para enlazarse en un nudo con mucha grasa, por lo que jamás logrará quedar apretado. O el mundo es ese nudo de millones de colores, casi todos apagados, que podemos mirar a través del ojo de una aguja, o es Guerra y paz junto a las obras completas de Proust y la Biblia. Pero ya nadie lee cuadernos tan voluminosos para intentar comprender el mundo, por lo que solo nos queda la alternativa de mirar a través del ojo de la aguja al puerto seco, que puede llamarse, por ejemplo Piazza Vittorio, y tirar de los hilos del nudo para leerlos por separado. Porque por muy cosmopolita que sea el mundo, lo que no consigue es ser mestizo. Bajo esa certeza el escritor argelino Amara Lakhous (Argel, 1970) construye esta novela polifónica. Se trata, sin que lo sepamos, de una novela negra. La estructura no es la convencional. Existe un asesinato, sí. Y una serie de gente de lo más diversa que se reúnen en torno al cadáver. Y tampoco es novedoso que cada capítulo esté narrado por uno de los personajes. Pero en realidad la novela no versa sobre el asesinato ni la intriga. La novela versa sobre la piel de grasa que impide el mestizaje. Porque la mayoría de los protagonistas no son originarios de Roma. Algunos son italianos, es cierto, pero pocos de la capital.
En Piazza Vittorio tanto el que proviene de Milán como el que llegó huyendo de Nápoles son inmigrantes. En diverso grado, pero inmigrantes. Eso quiere decir que Lakhous va a hablar sobre el extrañamiento del desahuciado. Tal vez con un toque de humor por momentos, pero de ese humor de calado triste. En realidad, el poliedro nos presenta una suerte de ciudad paralela que viviera, como la que creó Ernesto Sábato en Sobre héroes y tumbas, en el subsuelo de la Roma que es el imperio de la gran belleza, del turismo y del caos. Y cada uno de sus habitantes obedece a una forma diferente de emigración, desde el estudiante holandés al refugiado magrebí, que si tienen algo en común es la sospecha que enunció Sartre y que aquí se expone como una pregunta: ¿serán los demás el infierno? De ahí que cada capítulo en lugar de titularse El testimonio de…, pase a titularse La verdad de… Cada capítulo es la confesión, el punto de vista de cada uno de los habitantes sobre los demás, expuestos, suponemos, al inspector de policía. Pero lo que importa es el autorretrato que hace de sí cada uno de ellos. Desde el honesto bengalí al fascismo de la dueña de un perrito; desde la vanidad de un profesor universitario al miedo de la ilegal procedente de Filipinas; desde la bondad de la cooperante que viaja al Sáhara a la xenofobia cutre de la portera. Al afrontar esas parejas de seres contrapuestos, Lakhous nos deja, a modo de moraleja, la distinción entre el inmigrante y el racista, que es que el primero todavía sonríe. Y esa lección que dicta que los que emigran son hermanos, compatriotas de los que emigraron en el pasado, que la patria sí viene dictada por la frontera, pero por la necesidad de cruzarla para sobrevivir, no por el color con que figura un territorio en un mapa político.
A todo esto, los dos principales protagonistas de la novela son el fallecido, a quien apelan el Gladiador, alguien que mea en el ascensor del edificio, y Amadeo, que se encuentra desaparecido pero que entre sus recuerdos, que él llama aullidos, confiesa padecer úlcera de memoria. Unos concita el odio de los vecinos, el otro la simpatía. Y al final aparecerá un detective que tarda medio minuto en resolver el caso. Hay que agradecer a Lakhous que no nos deje con la incertidumbre. Pero, por encima de eso, hay que agradecerle que haya sabido mirar por el ojo de la aguja y merced a lo que sucede en un ascensor, haya sabido resumir en qué consiste eso que conocemos como humanidad, que es la dueña del Mundo.


Fuente: Revista de letras

AUTOBIOGRAFÍAS AJENAS

Fuente: Culturas/Tribuna

Autobiografías ajenas
Antonio Tabucchi
Traducción de Carlos Gumpert
Anagrama
Barcelona, 2006
143 páginas
14 euros

El principio del final

Uno comienza a leer esta nueva entrega de Tabucchi, y se pregunta a qué se debe esta decisión editorial de publicarlo dentro de la colección destinada a narrativa, en lugar de ubicarla como un ensayo. Y uno termina el libro dándose cuenta de cuál es la razón, pues será al final, con un relato perfectamente artificioso dentro de su vestido de exposición reflexiva, a partir de una anécdota autobiográfica, titulado Historia de una imagen, cuando caiga en la cuenta de que es la ficción, o los tintes de ficción, o el deseo de hacer ficción, es decir, de vivir cabalgando entre dos realidades puramente compatibles, lo que impera en este volumen. Historia de una imagen es un texto inédito, que contiene una preciosa historia sobre el enigma de una fotografía –ciertamente intrigante-, que se cruza en la vida de Tabucchi para revelarle que no es preciso conocerlo todo, que apagar los deseos de saber demasiado es, en gran medida, un principio estético sobre el que comenzar a construir no sólo una obra literaria, sino también la mejor obra a la que uno puede consagrarse, que es la propia vida.
Así, Tabucchi dará por concluido su juego reflexivo, compuesto por textos de diversos orígenes: introducciones a sus novelas, transcripciones de conversaciones, recogidos de revistas, etc., en los que el factor común danza sobre la poética de la creación. De hecho, el subtítulo de este volumen explica bien a las claras las intenciones de su autor: Poéticas a posteriori.  Sin perder de vista la enseñanza del epígrafe de Conrad que Tabucchi ha elegido a modo de presentación –“Primero se crea la obra, y sólo después se reflexiona sobre ella. Y es una actividad ociosa y egoísta que no es de utilidad alguna y que a menudo conduce a falsas conclusiones”-, para evitar el error que un libro de esta índole podría presentar: el tomarse a uno mismo demasiado en serio, se reflexiona un poco a bote pronto, pero siempre con garantías de pensamiento sereno y maduro, acerca de esos tópicos de la creación que con tanta frecuencia aparecen en las entrevistas a escritores con problemas de narcisismo (generalmente, con problemas de exceso de narcisismo): la vida paralela que uno acarrea dentro del relato que escribe, la presencia indómita de un personaje que se impone, cómo se presenta lo que uno ha vivido en la historia que expone, lo lícito del uso de referentes traídos de la realidad y de los conocidos, la traición de todo escritor, esa deslealtad tan atractiva de confesar las confesiones que uno ha escuchado, la relación bidireccional entre autor y narrador, o los niveles de creación que abarcan desde el onírico al del rígido superyo.
Ahora bien, sucede que Tabucchi no aburre con teoría literaria, que sería de inédita arrogancia al venir suscitada por la revisión de sus novelas, ni con abusos metaliterarios, aunque no deja de sobrevolar la sospecha de la invención sobre muchos de los capítulos de este libro, con lo cual se transformaría en literatura que sustituye a la literatura. Tabucchi se limita a narrar un tanto a vuela pluma las ocurrencias, algunas extrañas hasta para él mismo, que le suscita la memoria, que no la relectura, de sus obras anteriores. Él mismo define como hipótesis vagabundas, nómadas, arbitrarias las que el lector ejecuta tras cerrar el libro, y califica el sentido a partir del valor de la mentira y de su utilidad al definir los confines de la verdad. Y así, ni llega a ninguna conclusión ni lo pretende. Sus divagaciones alrededor de la literatura, en completa libertad, más bien parecen demostrar que toda conclusión ha sido, es y será precipitada. Y para ello se vale de su memoria, la más importante herramienta de cualquier autor de ensayos que se precie. En definitiva: hay que leer a Tabucchi, incluso al que versa sobre sí mismo.


domingo, 24 de septiembre de 2017

CON LAS SUELAS AL VIENTO

Con las suelas al viento. Viajeros, eruditos y aventureros
Martín Casariego
La línea del horizonte
Madrid, 2017
169 páginas

Los libros de perfiles son un género dentro del cual todas las avispas son reinas. En pocas palabras, uno debe llegar hasta el fondo de los huesos de la persona retratada y el compendio es una atmósfera que invita a seguir conociendo más, pero deja un sabor tan grato como el helado del verano. Eso sí, sobre ellos debe uno dejar caer alguna sospecha, un detalle que no sabemos cómo interpretar, esa parte de la histeria que hace a la gente más atractiva. Cuando, a mayores, el género viene condicionado por el número de caracteres, el escritor se ve presionado para sacar lo mejor de sí mismo. Eso es lo que ocurre con este Viajeros lejanos, en el que Martín Casariego, un escritor con oficio pero que en sus otras obras no asume tantos riesgos.
El género es tan antiguo que no hace falta remontarse a Truman Capote para encontrar antecedentes. De hecho, Marcel Schwob o Borges se apropiaron de él para escribir libros de perfiles sobre personajes que desearían que hubieran existido. El género es tan antiguo como la cultura en la que todavía no se guardaba registro escrito y los perfiles podían extenderse hasta alcanzar la longitud de La Odisea. Casariego se remonta a personajes anteriores a Heródoto para dar comienzo a su pequeña guía, que se centra en la historia antigua y medieval. Existen otros libros de perfiles de viajeros que prefieren arriesgar más por gente contemporánea, al menos en una buena parte de la selección, y que vienen a complementar a este, que recopila los artículos que Casariego escribió entre 2004 y 2007. Pensamos, por ejemplo, en ese volumen, también digno, que es Viajeros lejanos, de Antonio Picazo, publicado en el año 2015, y que uno debe leer si disfruta de las suelas al viento. Se trata de dos obras que se hacen buena compañía en nuestras estanterías y en nuestras memorias.
En este volumen, diseñado y maquetado con un gusto exquisito, se recogen cincuenta historias o trozos de historias. El número no tiene otro sentido que ser redondo, porque la lista es interminable. Basta con darse cuenta de la selección de exploradores españoles que descubrieron América para Europa, que podría ser ingente. Casariego se enfrenta a ellos sin mostrar filias ni fobias, sin entrar en el debate sobre las consecuencias de su paso, limitándose, por una obligación que llega a ser una virtud literaria, a destacar tres apuntes, los más sugerentes. Tanto en el caso de algunos de ellos, que podríamos tachar de delincuentes, como en el de científicos, naturalistas, ilustrados o los que se movían por ambición o curiosidad, lo que se impone es un ritmo al galope, el mismo que nos hace amar la buena música, porque a Casariego no le falta oído para escribir.

No podemos cerrar la reseña sin destacar que el libro se detiene con Ella Maillart, tal vez la mujer que cerró el sentido del viaje como descubrimiento universal. A partir de ahí, el sentido del viaje cambia. Apenas las expediciones antárticas pueden catalogarse como de aventura en comparación a lo que debieron padecer los tipos con armadura que afrontaban cruzar desiertos, selvas y los Andes, sin brújula ni saber si podrían comer al día siguiente otra cosa que no fueran gusanos. Casariego nos reconcilia con los tiempos en que las rutas no estaban cartografiadas y provoca añoranza por un tiempo que no conocimos, pero que hubiéramos preferido vivir solo en parte, en detalles, en esos que él utiliza para escribir los perfiles.

viernes, 22 de septiembre de 2017

DIEZ DÍAS QUE SACUDIERON EL MUNDO

Enamorados de las ilustraciones de Fernando Vicente para este clásico. Un libro perfecto para regalar a los amantes de la literatura, el periodismo, la historia y la deriva del planeta. Una obra maestra.













ASESINATO

Fuente: Culturamas

Asesinato
Danielle Collobert
Traducción de Pablo Moíño Sánchez
La Navaja Suiza
Madrid, 2017
137 páginas

Muerta tantas veces la literatura de viajes, al igual que la novela, nos sigue quedando la literatura, que siempre es un viaje, y la narración que nos cautiva, que es la cualidad imprescindible de la novela. Asesinato no es una novela. Aunque solo sea por su extensión, no podría considerarse tal. Tal vez una nouvelle, una novela breve de situación, una obra de interiorización, de narcisismo o de cuestionamiento del narcisismo, una secuencia de ideas, imágenes y sucesos que se corresponden a un estado de ánimo, que es el que los unifica. Y, por supuesto, un viaje interior. Desconocemos cuánto hay de autobiográfico en las imágenes de la playa, por ejemplo, pero sí sabemos, porque no puede ser de otro modo, que se alimentan de lo vivido. No negaremos el solipsismo, esa forma de centrarse en el conocimiento inmediato como única realidad de la que podemos dar fe. Pero Danielle Collobert (Rostrenen, 1940 – París, 1978) no cae en el preciosismo tan habitual de quien sabe que maneja el lenguaje, de quien cree que su único compromiso es con la literatura, creando algunas obras huecas, como es el caso de parte de la obra de Beckett, uno de los supuestos precursores de Collobert.
De hecho, está más próxima a la prosa Duras, con un negativismo de Pavese que presta contundencia a las frases, a los párrafos, a las imágenes. Como en los diarios de Pavese, el dolor se impone. Y junto al dolor su sedimento: el miedo. A partir de ahí, y de una primera palabra, Collobert construye este libro existencialista, con un automatismo casi surrealista, pero sabiendo bien a dónde quiere llegar: su propósito es demostrar que existe una deformación del arte de meditar, de la que surgen monstruos. Si la meditación es un estado en el que los pensamientos suceden a su antojo, o nos libramos de ellos, la apuesta de Collobert es un estado en el que los acontecimientos se proyectan hacia un final, que se posterga indefinidamente. Para mayor desgracia, vienen in media res, sin que atisbemos su origen. Ante esta forma de estar, solo cabe verse sumergido en un océano de inquietud. Eso es lo que expresa Asesinato, inquietud. Un exceso de ser uno mismo, una conciencia de no saber cuál es la consistencia propia. Una intuición de ser feo, de no encontrar en uno mismo esa parte que salvar y, por tanto, ser a la vez Sodoma y Gomorra por imperio de la conciencia.

Aunque sí existe la belleza, atisbada en raras ocasiones, que viene siempre desde el exterior y es efímera: el mar, el viento… lo que nos embriaga hasta la llegada del otoño, que no se menciona, pero da carácter a la obra. Ante esta perspectiva, se necesita mucha entereza para vivir. De la biografía de Collobert sabemos poco, entre otras cosas su suicidio a los treinta y ocho años. En ese instante, su mirada debió de terminar de infectarse y eso dio con su descomposición. Pero no debemos caer en el desánimo. El libro trata sobre la tristeza de lo corriente. Pero no cede ante el empuje del horror. Existe una belleza elegante cuando uno sabe estar triste sin perder la dignidad.

jueves, 21 de septiembre de 2017

DIEZ DÍAS QUE SACUDIERON EL MUNDO

John Reed

Diez días que sacudieron el mundo

Traducido por: Íñigo Jáuregui
Ilustrado por: Fernando Vicente
Capitán Swing y Nórdica




«Si el inglés E. H. Carr ha sido el mejor historiador, a mucha distancia, de la revolución bolchevique, John Reed ha sido su mejor periodista».
Manuel Vázquez Montalbán
John Reed fue testigo de la Revolución de Octubre, asistió en Petrogrado al II Congreso de los Sóviets de Obreros, Soldados y Campesinos de toda Rusia y vivió los acontecimientos que cambiaron la historia del siglo xx. Ésta es la crónica diaria y exhaustiva del proceso revolucionario, con entrevistas a los líderes de las diferentes facciones, que supone un excepcional relato del hervidero político que se vivió en Rusia en 1917. Reed, que años atrás acompañó a Pancho Villa durante la Revolución mexicana como corresponsal y viajó a lo largo de todo el frente oriental durante la Primera Guerra Mundial, ofrece aquí un apasionado relato de los acontecimientos vividos en Petrogrado mientras Lenin y los bolcheviques se hacían con el poder. Captura el espíritu de las masas embriagadas de idealismo y excitación ante la caída del Gobierno provisional, el asalto al Palacio de invierno y la toma del poder. Desde su publicación en 1919, este apasionante relato de un periodista occidental, se convirtió en uno de los grandes textos del periodismo norteamericano. Una obra maestra del reportaje que Lenin definió como «la exposición más veraz y vívida de la Revolución».

John Reed (Portland, 1887 – Moscú, 1920).
Fue testigo excepcional de los acontecimientos que cambiaron el rumbo de la historia en la primera mitad del siglo xx. Acompañó a Pancho Villa durante la revolución mexicana como corresponsal de guerra y viajó a lo largo de todo el frente oriental durante la Primera Guerra Mundial.
En Petrogrado (hoy San Petersburgo) presenció el II Congreso de los Sóviets de Obreros, Soldados y Campesinos de toda Rusia, que coincidió con el inicio de la Revolución de Octubre. Al regresar a Estados Unidos, fundó el Partido Comunista de Estados Unidos. Fue acusado de espionaje, se vio obligado a escapar de su país y a refugiarse en la Unión Soviética, donde murió el 17 de octubre de 1920.
Le enterraron en la Necrópolis de la Muralla del Kremlin, en Moscú, junto a los más notables líderes bolcheviques.

Fernando Vicente (Madrid, 1963). Comienza su trabajo de ilustrador a principios de los años 80 colaborando en la desaparecida revista Madriz. Gana el Laus de oro de ilustración en 1990. Colabora asiduamente con el suplemento cultural Babelia del diario El país desde el que muestra su trabajo más literario cada sábado y donde ha ido perfilando su actual estilo como ilustrador. Con este trabajo ha conseguido tres Award of Excellence de la Society for News Design. Para Nórdica ha ilustrado El juego de las nubes, La saga de Eirík el Rojo, El manifiesto comunistaEstudio en escarlata y Alicia a través del espejo.

https://youtu.be/x4N7hBMcwzM


Enlaces:


PARA SIEMPRE

Para siempre
Vergílio Ferreira
Traducción de Isabel Soler
Acantilado
Barcelona, 2005
302 páginas
18 euros

Tristeza de vivir

Un hombre regresa al lugar que definió su pasado, su aliento y las cualidades de lo que rozó, y ante la presencia de los muebles y esquinas que entonces fueron decorados y telón de fondo, pone en marcha los mecanismos de la memoria sentimental. Como no puede ser de otra manera, Para siempre es una novela de flujo de conciencia, en la que todo lo que pasa sucede, en realidad, dentro de la cabeza del narrador, del protagonista. Porque lo prioritario no son los hechos sino cómo se vivieron los hechos. De ahí la cuidadosa selección de estampas significativas, de momentos dulces y amargos, posiblemente con criterios autobiográficos, que se traducen en la construcción de una personalidad regida por preferencias viscerales, pero demasiado débil, demasiado anciana, para expresarlas visceralmente. Y de ahí la confusión vital de pasado y presente que rige la novela, una carencia de trama narrativa que no se debe tanto a un deseo experimental como a la reproducción del funcionamiento de una vida, sin pautas narrativas. Por esa razón, en manos de Ferreira está una libertad en el manejo del lenguaje que le permite derivar de un lado a otro del tiempo y el espacio: “pero estoy tan lleno de cosas que han pasado, me acuerdo sobre todo del violín que aprenderé”, “corté me cortaron la fracción de vida que me pertenece. Ahí quiero vivir lo que me queda. Todo lo demás no va conmigo”.
Aunque en ningún momento se explicita la edad del narrador, el hecho de que se trate de las memorias de un hombre cansado nos hace suponer que se trata de alguien vencido por la vejez. Por la vejez y por el tiempo que no le pertenece, ese que ha transformado las cosas y la existencia, como se deduce del hecho de que sus recuerdos se retrotraigan a una época sin artificios, sin máquinas ni abundante manifestación de medios de comunicación o teléfonos. Dos son las presencias constantes en su pasado: la educación que impusieron sus tías, unas mujeres beatas hasta la paranoia que sustituyeron a unos padres cuya ausencia es un enigma; y el paso del tiempo, representado por los ciclos de estaciones, que al mismo tiempo nos hablan del calor y el frío. Aunque la verdadera protagonista ausente, el único hecho que recorre todas las páginas zurciendo los sucesos, es Sandra y la monomanía por perseguir el recuerdo de Sandra, idéntica a la que en su pasado juvenil tuvo por perseguir a la mujer que acabaría siendo su esposa, su amada.
Escrita de forma muy musical, con un plomizo tono melancólico -“Entonces, desde el fondo del valle, por el cielo carbonizado, es el canto de la vida, resuena a lo lejos por los montes”-, creando una atmósfera de inevitable decadencia, Ferreira va desvelando los vínculos de la vida y el recuerdo con la muerte, en un texto que no terminamos de saber si es combate o lo opuesto del combate, que es el mal de la resignación. A eso se ve abocado quien pretende reconstruir desde las ruinas, utilizando como herramientas la voluntad o el engaño, como demuestra desde el inicio, con presencias de fantasmas: “Se detiene frente a mí, el aire sin culpas:
-Mira, hijo mío, tía Luisa ha muerto.”
Sin que nos consuele con la certeza de presentarnos el paso del tiempo como fraguador de sosiego o como un estigma, refugiándose en la magia de la palabra y de la voz, consolándonos con la presencia ocasional de seres familiares que pasaron por su vida, sugiriendo y negándose a afirmar (“Miro una vez más, mis ojos arden de atención, un temblor de llamas o de lágrimas”), luchando con y contra la memoria voluntaria y la involuntaria porque necesita cerrar el capítulo de su vida, Ferreira y el narrador de Ferreira nos traen un libro para leer despacio. Muy recomendable para los que gusten de leer despacio.


Fuente: Culturas/Tribuna

LA EDUCACIÓN DEL ESTOICO

La educación del estoico
Fernando Pessoa
Traducción de R. Vilagrasa
Acantilado
Barcelona, 2005
98 páginas
12 euros

La incontestable ternura del suicidio

Si no hubiera existido Pessoa, tampoco lo hubiera hecho Bernardo Soares, el autor del Libro del desasosiego, ni este Barón de Teive, que tantas cosas tiene en común con Soares, como demuestra Richard Zenith en el excelente epílogo que titula, no sin ironía “Post Mortem”. Y es que el libro reúne, califica y organiza, los apuntes escritos por Pessoa para otro de sus yoes, unos escritos que definen al heterónimo conocido como Barón de Teive, dispuestos, supuestamente, para aparecer a modo de manuscrito encontrado tras el suicidio del ser que Pessoa había estado creando. Lo más increíble de Pessoa, en este caso, es la capacidad de su soplo para crear vida. Si ninguna de sus versiones humanas nos deja indiferente (la que menos, a mi juicio, la del exquisito Bernardo Soares), esta coquetea con nuestra sensibilidad en un dificilísimo ejercicio que lleva la melancolía al extremo –“El dolor ajeno provocó en mí otros dolores: el de verlo, el de ver que era irreparable, y el de saber que, sabiendo que es irreparable, empobrece incluso la inútil nobleza de querer repararlo”-, pero sin conocer la nostalgia –“Como nada he hecho en mi vida, nada tengo que recordar con añoranza”, “me había vuelto objetivo para conmigo. Pero no alcanzaba a distinguir si con esto me había encontrado o me había perdido”-.
Pessoa no sólo da vida al ser, al narrador, al pensador, sino que elabora un libro especular, en el que Teive se va viendo reflejado: “No he servido para ninguna de las dos maneras de gozar: ni para el placer de lo real, ni para el placer de lo imaginado”. A lo que cabe añadir el buen trabajo del editor, ordenando estos párrafos, tan cortos como intensos, de manera que cobre sentido el despliegue sorpresivo de cada una de las páginas: comienza presentándose, emocionalmente, el narrador, para a continuación explicarnos por qué escribe; se define lo mejor que puede a través de una o dos cualidades y una o dos reacciones, antes de comenzar a explicarnos los principios de su suicidio; habla un poco de su infancia, de las cosas que le faltan en su pasado, los huecos de la memoria sentimental, y lo que ha ido suponiendo su educación en este aspecto, hasta confesar su fragilidad ante el sexo; entonces comienza a preguntarse en qué se ha convertido, reflexiona sobre su obra, entretejiendo estos pensamientos con meditaciones sobre el hombre y la literatura, hasta abocar, de nuevo, en la razón de su muerte voluntaria: “He alcanzado, creo, la plenitud en el empleo de la razón”, como demuestra en las conclusiones: “Hijo, más vale estar a la sombra de un árbol que conocer la verdad, porque la sombra del árbol es verdadera mientras el conocimiento dura, y el conocimiento de la verdad es falso en el conocimiento mismo… el verdor de las hojas puedes enseñarlo a los demás, y nunca podrás enseñar a los demás un gran pensamiento”. “Si el vencido es el que muere, y el vencedor, quien mata, con esto, confesándome vencido, me declaro vencedor”, arguye para cerrar, sin posibilidad de réplica, su decisión.
Así es como provoca un desasosiego sutil y muy estético, gracias a la perfección que Teive confiesa buscar en su escritura, y que alcanza Pessoa en su prosa. Y así este personaje incrédulo, al que no le importa contradecirse en la página siguiente, que ataca los tópicos del pensamiento –“El hecho de que sufro… Sólo demuestra que existe el mal en el mundo, cosa que no supone un gran descubrimiento y que a nadie se le ha ocurrido negar todavía”-, nos lega, desde el principio, una bellísima y triste sensación existencial, tan próxima a nosotros como esto: “He comprendido la saciedad de la nada, la plenitud de ninguna cosa. Lo que me llevará al suicidio es un impulso como el que nos lleva a acostarnos pronto”.


Fuente: Culturas/Tribuna