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jueves, 20 de julio de 2017

Lugares en el tiempo, “Mein Kampf”. Historia de un libro, Los hermanos Himmler

Fuente: Quimera


Lugares en el tiempo
Jean Améry
Traducción de Marisa Siguan y Eduardo Aznar
Pre-Textos
Valencia, 2011
152 páginas

“Mein Kampf”. Historia de un libro
Anotoine Vitkine
Traducción de Marco Aurelio Gualmarini
Anagrama
Barcelona, 2011
263 páginas

Los hermanos Himmler
Katrin Himmler
Traducción de Richard Gross
Libros del silencio
Barcelona, 2011
406 páginas


Una llaga que no cicatriza




Gracias a obras como Más allá de la culpa y la expiación, Revuelta y revolución o Levantar la mano sobre uno mismo, Jean Améry ocupa uno de los espacios más interesantes entre los ensayistas del siglo XX. Acosado por el pesimismo, fruto de sus experiencias durante la guerra y los años posteriores, este hombre tímido se ve tan incapaz de dominar el pasado que busca refugio en una memoria de puro espectador, confiando en que así se resuelva su eterno conflicto: explicarse quién es, encontrar su identidad. Améry se muestra convencido de estar marcado por la persecución, de ahí que en sus textos y, sobre todo, en las seis balizas que elige para construir Lugares en el tiempo, haga un esfuerzo muy humano, demasiado humano, por definir su lugar en el mundo. Y dicho esfuerzo cae en saco roto. En todos los lugares que visita y quedan reflejados en esta obra, se refiere a sí mismo con una suerte de patronímicos del estilo de el extranjero, el hombre sin nombre, el huésped, el interlocutor… todos ellos sinónimos, de alguna manera, de proscrito. Tan sólo hacia el final, en el capítulo dedicado a su intento de reconciliación con una Alemania con la que únicamente comparte el idioma, Améry abandona esa forma bastante autocompasiva de referirse a sí mismo, para convertirse en protagonista exclusivo. Y es que durante los cinco primeros episodios, durante su paso por lugares como Londres, París, Colonia, Bruselas, Zúrich, etc., ha utilizado la tercera persona a la hora de mencionar al protagonista, convencido de que su experiencia no es única, de que la mayor parte de la humanidad está marcada por los mismos estigmas que le marcaron a él. Algo en lo que no se equivoca, pese a cierto eurocentrismo intelectual, dado que elige ser al mismo tiempo él y los perdedores. Algo casi necesario en quien ha llegado a pasar hambre y ha protagonizado algún intento de suicidio.
Siempre presente en sus escritos, la idea del hombre ético también le persigue en estas páginas. Su recorrido comienza con el vaticinio de la Segunda Guerra Mundial, en el que ya se siente desubicado, a la fuerza, durante su juventud. Posteriormente inicia su exilio particular, sin dejar de extrañarse de sí mismo, no importa dónde repose. Porque el protagonista de Lugares en el tiempo no parece vivir con los hombres, sino pasar a través de ellos. De ahí sus problemas para convivir y de ahí su opción vital, la de refugiarse en la actividad intelectual y estar en el mundo como un voyeur, algo que ocasiona un inevitable malestar: “El primer día huésped, el segundo una carga, el tercero aborrecido”.
La autenticidad del pensamiento de Améry nace de su forma de valorar una subjetividad que reconoce. Y la subjetividad sirve para que, revisando su propia biografía, elabore reflexiones, verdades propias, que terminan por alcanzar valores universales. A pesar de la soledad entre los hombres.
Afrontando la forma más clásica de investigación, la periodística, alejándose de la subjetividad de Améry, Antoine Vitkine pretende, por su parte, explicar lo inexplicable, el éxito del nazismo, cómo se fue instaurando en la sociedad y, sobre todo, en el espíritu de los hombres. Porque, a la postre, la gran pregunta a la que se intenta responder es si ese triunfo, efímero, salvaje y maldito, fue una cuestión que atañera a los sentimientos. De ahí que el libro escrito por Hitler, Mein Kampf -Mi lucha-, sea el centro de interés a partir del cual se procede a una investigación que, en primer término, adopta la figura de un documental propio de una cadena de televisión especializada en historia. Al fin y al cabo, el proyecto periodístico original de Vitkine estaba destinado a este otro medio. Pero lo que se debe contar no cabe en un periodo audiovisual de sesenta minutos, de ahí que se le impusiera la redacción de estas páginas. Porque lo que se pretende resumir es la historia del nazismo y las razones de esta historia. Algo que se ha afrontado tantas veces para caer siempre en la misma perplejidad, aquella que tan bien describió Víctor Klemperer en su obra maestra LTI: La lengua del Tercer Reich: cómo es posible que se llegara al reinado de Hitler, cuando su ideario era tan basto como el que se expresa en Mein Kampf, y de sobra conocido mucho tiempo antes de su toma de poder.
Y esa toma de poder no fue algo puntual, pues la colonización ideológica y, en buena medida, emocional, había ido expandiéndose como una mancha de agua sobre la cal de una pared. Hasta el punto de extenderse a otros lugares del planeta, y de mantener cierta vigencia, como Vitkine trata de demostrar antes de las conclusiones.
Pero previamente se ha indagado en la descripción histórica, sometiendo a la historia a uno de los sesgos clásicos de académicos: considerar que la historia es, en realidad, la historia de la guerra. De ahí que durante la primera mitad del libro se llenen las páginas de nombres, fechas, datos, cifras, etc., bajo la convicción de la violencia inherente al libro de Hitler, al que no se deja de considerar como parte de la guerra, aunque no necesariamente su parte ideológica. Al tiempo que se desarrollan los acontecimientos, se estudia el contenido de un libro que es el compendio de un totalitarismo en el que la ideología es su componente menos importante. De ahí que tantas y tantas palabras gastadas por Hitler en negro sobre blanco sean vistas como un panfleto lleno de prejuicios “con furia de apóstol perseguido”, que llegó a decir su autor sobre su texto lleno de una violencia bruta.
Más interesantes es la segunda parte de la obra de Vitkine, centrada en la postguerra y el sentido de culpa. Aquí se reseñan estudios sociológicos y psicosociológicos, las reacciones de odio inútil y de odio útil, así como los terrores. E incluso se cuestiona si a estas alturas sigue siendo conveniente un psicoanálisis del pueblo alemán. De tal calibre sigue siendo el anatema que afecta a buena parte de la humanidad.
Y si el psicoanálisis consiste, en realidad, en reconciliarse no con la historia o la biografía de uno, sino con el relato de su historia o su biografía, se hace más que conveniente hurgar en todos los rincones de la memoria para tratar de cauterizar heridas. De ese empeño surge el libro de Katrin Himmler, Los hermanos Himmler, una autora en cierta medida marcada por el apellido que comparte con quien dirigiera las SS en su momento más aterrador. Esta obra comparte con las anteriores la seriedad. Se trata de otro libro sobrio, de otra indagación acerca de la locura. Para ello toma como referencia a los tres hermanos Himmler y construye una biografía plural novelada, uno de esos textos que incluyen su propia construcción en el relato sin que se vea perjudicado el hilo narrativo.
Al tiempo que se asiste al crecimiento de los tres hermanos, el lector se convierte en espectador de la historia de Alemania. Y mientras se construye la psicología de cada uno de los hermanos, en la que cabe destacar el síndrome del mediano que caracterizaba a Heinrich, perfectamente descrito sin llegar a mencionarlo, se busca la explicación de la locura. Pues este es el tema del libro: el secreto de la enajenación. Y la respuesta que ofrece se encuentra en la falta de empatía de los actores, una gente que debiera haber sido normal si uno atiende a los hechos, pero que es inevitable calificar como terribles siendo iguales a tantos de nosotros. Pues de esta lectura se concluye que cualquier persona puede carecer de la facultad de compadecer, en el sentido más sencillo de padecer con los demás. Y es posible que exista algún vínculo entre esa falta de compasión y el sentido de deber patriótico militar, la imposición de la germanidad como principio moral absoluto, como esencia nacional ética, alimentada a fuego por razones socioeconómicas que atañen a las penurias de una época. Al menos eso sugiere Katrin Himmler.
Con estas tres obras, uno puede asomarse a la razón del mal. Pero no son suficientes para prevenirlo. A la postre, no dejan de ser voces que gritan pidiendo que el Cielo nos libre de recaer en la locura.