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lunes, 10 de julio de 2017

El inútil de la familia

El inútil de la familia

Jorge Edwards
Alfaguara
Madrid, 2005
358 páginas


Tal vez el mayor peligro de las novelas que llegan de América Latina, incluidas, o sobre todo, las escritas por los autores de mayor pretigio, sea el exceso de conciencia de pertenecer a una élite intelectual, cultural y hasta aristocrática. En ciertas obras se trasluce la certeza subjetiva de que ellos son lo mejor de sus países, pues igualan o superan a los pensadores europeos, y además han visto tanto mundo como los exploradores del siglo XIX, o al menos con la mirada igual de despierta que ellos, y sus virtudes deben valorarse en relación aritmética con las dificultades sociales y económicas de sus regiones de origen. El hecho de que se consideren hombres de mundo y reivindiquen sus raíces es lo mejor de sus obras. Lo peor, que pretendan apoderarse incluso de los emblemas de hombres y escritores malditos, cuando posiblemente sean privilegiados. Y Jorge Edwards cae en la falacia. Eso sí, con cierto estilo y disimulándolo muy bien gracias a los espejismos verbales.
El estilo al que recurre es el proceso de identificación latente al escoger a un familiar de cuya biografía y obra no deja de considerarse deudor. La presencia del narrador (que cabe suponer es el propio Jorge Edwards) se mantiene constante, concediéndose libertades discursivas, interpretativas, narrativas o comunicativas de todo lance, y a tal fin construye un texto en el que las distancias se unifican: tan pronto el protagonista es él, como tú o yo, un tráfico de personalidad que sucede, ocasionalmente, en una sola frase.
En cuanto al espejismo verbal, nos encontramos con un ritmo sincopado, de galope, en el que abundan las redundancias como si eso supusiera dar mayor credibilidad a sus ingenios, en un riesgo equivocado, pues las enunciaciones reiteradas, aunque varíen los términos, suponen fallos semejantes al de las afirmaciones inglesas, en las que una negación sumada a otra negación equivale a una afirmación; curiosamente, este fenómeno se produce en enumeraciones en las que casi siempre los elementos enunciados son tres. De manera que Edwards prefiere el lenguaje a la peripecia, una opción que el que suscribe desconoce si fue la elegida por su familar, Joaquín, impulso que justificaría esta decisión, si bien, por lo que sugiere en las reseñas y análisis de las obras de Joaquín, no parece ser el caso. Los referentes van variando en cada párrafo, desde las personas de la familia a los artistas famosos o la abundancia de chilenismos, ganando en intensidad cuando estos son acontecimientos históricos, pues donde más acertado se encuentra Edwards es en el flujo de historia que recorre el texto, y que abarca los años anteriores y posteriores a la Primera Guerra Mundial.

Fuente: Lateral