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jueves, 22 de junio de 2017

Razones para leer 'Luz en las grietas': un resumen





Uno de los mejores libros de los últimos doce meses.

Aquí algunas de las razones 


Es un libro honesto y valiente (Luis Fernando Moreno Claros, Babelia)
Mientras tanto, el autor juega con el presente, la situación que lleva al narrador a afrontar este texto, esta carta de despedida, donde se desgrana la lucha por sobrevivir. Poco a poco se van imponiendo los diferentes relatos de viajes y montaña hasta centrarse en los más importantes episodios de su vida de aventuras. Esta nueva obra tiene un altísimo nivel literario. (Pilar Martínez, Culturamas)
Esta es la clase de obra que nos hace más humanos, porque nos da a conocer el dolor de otros. Es dura, hermosa, reveladora. Valiente: el autor llora el desamparo familiar. Y aunque con solo 50 años dice haber renunciado al éxito literario, Luz en las grietas debería alcanzar a muchos miles de lectores. (Román Piña, Revista de letras)
Leer este talento de las letras, Ricardo Martínez Llorca, brillante y creativo (Wishars, la web de arte)
Es un relato  especial, escrito a corazón abierto, por eso va más allá de las confidencias de un gran escritor y también un  gran amante de la montaña y los espacios abiertos. La vida siempre anda discreta en las grietas, en los pliegues de las cosas aparentemente importantes. Cuando se mira atrás, cuando el temor impide mirar hacia un futuro desdibujado, es cuando encontramos el valor de los recuerdos, y las emociones  que el tiempo superpone como las hojas pródigas del otoño. A veces la vida está hecha de pequeños instantes que nos traen la plenitud gracias a las cosas y las personas que amamos. Todo forma parte de la aventura de vivir. (Pilar Rubio Remiro, crítica literaria)
“El libro tiene palabras que viajan de la sombra hacia la luz para sumergirnos en el interior de su protagonista dejándonos hacer un recorrido vital doloroso, hermoso, aventurero”. (Pati Blasco, escritora y escaladora)
No soy de desear nunca el mal a nadie, pero tengo que reconocer que algunas veces he agradecido ciertos males que han sufrido escritores a lo largo de sus vidas porque gracias a estos han salido libros geniales. Eso me ha pasado con este libro: ‘Luz en las grietas’, de Ricardo Martinez Llorca. (Víctor González Molero, crítico literario)
Es realmente hermoso (Jesús del Campo, escritor)
Luz En Las Grietas, ha sido una experiencia sobrecogedora. Ha sido una lectura especial, con sobresaltos, pero, sobre todo, para mi muy enriquecedora y especial. No podía imaginar que este libro me haría descubrir y disfrutar de un narrador ejemplar. Cuando coges este libro, no puedes ni intuir lo que te vas a encontrar, y a cada hoja que pasas más trabajo te cuesta cerrar. Saber quién hay detrás de cada línea o palabra de este libro, a través de esta narración, te hace conocer la fuerza natural de Ricardo Martinez Llorca a través de sus, viajes, vivencias, escaladas, montañas y sobre todo su vida llena de grietas… llenas de luz. (Noel González, alpinista)
Aún no os habíamos recomendado el libro de Ricardo Martínez Llorca, lo hemos leído, paladeado, sufrido…LITERATURA con mayúsculas. Creemos que ni el propio Ricardo sabe el inmenso talento que tiene para la escritura.
Por favor no se lo pierdan (Charo Ruano, escritora)
Me ha hecho sentir, más que cualquier compasión, orgullo. (Juan Luis Conde, escritor)
Lo pierde, como tantas otras cosas, y lo cuenta con un baile excelso de oraciones que van y que vienen, que se alargan como laberintos borgianos y se reducen aforísticamente. Del aforismo al flujo de conciencia, de la sentencia a la oración. Y todo regido por unas leyes poéticas que convierten al relato en el solo de violín que busca ser Martínez Llorca en la vida. (Víctor G. Molero, Todoliteratura)
Igual que las palabras, cuando nacen, crean el silencio de la confusión, la memoria es un manto de niebla sobre el reflejo de nuestras vidas. Ricardo grita suavemente mientras pinta a trazos de un pincel de agujas las curvas de su vida. Que como las piedras de un pueblo abandonado de la sierra se resisten a las dentelladas del viento del puerto y los arañazos eternos de la hiedra. Pero el destino no es un sueño y es el que nos llama por el nombre cuando estamos solos en el rellano de la escalera. El autor es de aquellos hombres valientes que se visten día a día con la hoja del calendario para llevarse la vida puesta. De aquellos humildes y generosos que nos regalan su corazón desnudo en tinta. “Luz en las grietas” es el viaje de un valiente, de uno de aquellos que encuentra un rayo de luna en el fondo de una callejuela una noche de tormenta. Un viaje por la vida a través de las montañas, de los libros, de la música, de las emociones. No diría que es un libro de viajes sino un libro de vida. (Jordi Tosas, guía alpino)
Uno de los destinos que no quise, pese haber tenido como asturiano la tentación tan cerca, fue el de ser alpinista. No quise y no fue por no quererlo mucho: demasiada era la luz que me proponía la mano en el vértigo donde nacía, imposible, una flor nacida entre las rocas. Hoy me llega «Luz entre las grietas», de Ricardo Martínez Llorca, y lo leo conmovido en mi cabaña. Otros están arriba, desde donde se ve el fin del mundo: en mis dedos, sin embargo, está el paso difícil, la geografía mínima del tacto; de pastor, persiguiendo la cabra de la luna, mis pasos sobre la tierra. (Xuan Bello, escritor)
Con la duda del mañana, pero con la responsabilidad y la necesidad de ser contada, Martínez Llorca logra tejer un texto intenso y muy emotivo. Con una notable prosa, con un pulso directo pese a sentir cerca una posible despedida, y con el deseo de seguir soñando con la vida, Luz en las grietas conmoverá al lector que se deje llevar por las emociones, por el sentido de la amistad, por la soledad. (R.G., Másjerez)
Frente al acoso escolar y la defensa del débil, que le supondrá un derribo tras otro, Martínez Llorca nos abre una ventana en cuanto entra en la pasión. La vida sin pasión es menos vida. Y en su caso, tras una infancia forzosamente contemplativa, conoce el verdadero amor en la amistad al aire libre, en los grandes viajes que protagoniza, hasta que se rompe en uno de los episodios que da más temor leer, o en la montaña, donde perdió la vida su mejor hermano y sobrevive a situaciones límite. (Teresa Rivas, Quimera)
Y así continuamos luchando, “siempre en derrota, nunca en doma”. Porque la vida es lo único que tenemos, lo único que nos queda. (Koldo CF, Un libro al día)
Olvidamos en la mayoría de ocasiones en las que cogemos un libro que el que ha hilvanado esas líneas es alguien y no algo, pensamos que con poner la atención al producto ya bastará sin dejar ningún momento nuestro al artesano. Pues bien, si eso es lo que solemos hacer, con Luz en las grietas no nos quedará opción porque producto y productor se funden en un mismo relato. El relato es el relator, el cuento es el cuentista, lo escrito es el escritor. (V.G., Libres de lectura)
Acabo de terminar Luz en las grietas y ahora ya sé que no habrá una sola página que me ofrezca aunque sea una pequeña tregua, sino que todas y cada una de ellas no harán más que enfrentarme a verdades dolorosas. Sé que he alcanzado las últimas palabras, las últimas letras, casi con la lengua fuera, sin poder sobreponerme del todo a la profunda impresión que supone su lectura y de la que no es fácil recuperarse. (Jokin Azketa, La línea del horizonte)
El libro es estupendo. El autor, además, deja algunas frases en distintas páginas, que nos invitan a reflexionar tal y como lo hace él. Es por ello por lo que el libro necesita un momento de tranquilidad, un lugar en el que leer con sosiego. (Gabriel Ramírez, El Correo de Andalucía)
Una historia de superación que dura toda una vida dónde el protagonista se arriesga a vivir para superar sus miedos conmocionando al lector constantemente. (Nonstopes)
Porque Luz en las grietas es un canto a la vida. (Alberto Piernas, Acualidad literatura)
Gracias por obsequiarnos con esa “desnuda” confesión que es “Luz en las grietas”. La leí y no fui capaz de nada más. Ni un comentario en RRSS, ni decir que la había leído. He necesitado tiempo para “entenderte” y para digerir todo lo que transciende de esas 171 páginas. (J.J.D.L.)


“Una podría llegar a pensar que el oficio de escritor consiste en no 
correr riesgos innecesarios. Pero con este libro creo que los has 
corrido todos. Supongo que es esa alma de montañero que llevas dentro y 
que tanto me cuesta entender, pero no has dejado precipicio sin 
explorar, ni ha habido abismo al que no te asomaras… y eso es mucho 
para un hombre que elige el gesto de levantar el pie para no pisar una 
hormiga.” (M.C.L.)

Luz en las grietas

Ricardo Martínez Llorca @rimllorca

Desnivel
Madrid, 2016
176 páginas

Luz en las grietas nace como un libro maldito.
Sufrirá la primera maldición, la clásica, la de pasar desapercibido de cara al lector. Porque el tipo de poesía que destila es la poesía de los malditos. Si tuviéramos que emparentar el bellísimo trabajo de Ricardo Martínez Llorca (Salamanca, 1966) con alguien, sería más con Rimbaud, con Shelley, con Claudio Rodríguez, que con los escritores de su época. De hecho, cualquier párrafo de Luz en las grietas transforma las obras de sus contemporáneos en escritura plana. Muy plana. Delante tendremos lo que es un testimonio, pero también un testamento, una narración sincera y brutal, de una lírica desconcertante, que a lo que más nos recuerda es a Ebrio de enfermedad, de Anatole Broyard, o a Esa salvaje oscuridad, de Harold Brodsky. Solo la proximidad de la muerte da sentido al texto, que leemos con el corazón encogido, a la par que con el deseo de que no se termine nunca. Pocas veces se siente tanto como aquí el impulso de volver a leerlo, una vez cerrado el libro.
Pero el hecho de haberse publicado en una editorial de género, del género más respetable, que es la épica y por tanto la resiliencia, hará que se catalogue mal en las librerías y en los prejuicios del lector. Desde aquí sugerimos a quien nos escuche que se acerque al libro sin prejuicios. Se sorprenderá. Por poner un ejemplo con el que comparte cierto espíritu, se sorprenderá como se sorprendió con Hermano de hielo, de Alicia Kopff. La familia y las expediciones son ámbitos comunes a las dos obras. Lo que sucederá es que, Hermano de hielo, que es un libro producto del ingenio y de un buen oído, un libro estupendo y muy digno, empalidece ante el acoso y derribo de honestidad y valor de Martínez Llorca. Porque está escrito con la última sangre y el último aliento, saldando deudas. Por supuesto con los viajes y la montaña, que aparecen reflejados como una metonimia de la ilusión de vivir. Pero también con la familia, un tema recurrente en la obra de Martínez Llorca, que hasta ahora nos había sorprendido por ser el escritor que mejor describe, al menos entre los que hemos leído en mucho tiempo, y su creatividad. Basta echar un vistazo a ese díptico que es Hijos de Caín y Después de la nieve, sus obras anteriores.
Luz en las grietas también será un libro maldito porque el autor sigue viviendo. Y aquí cierra heridas, que quedarán abiertas para otra gente. Los hermanos aparecen en primer término, como ya lo hicieron en Tan alto el silencio. El buen hermano y el hermano canalla son una metáfora ética, del sentido de la ética que tiene Martínez Llorca. Pero hay algo más. El autor nace con un corazón destrozado, deforme, un demonio que le obliga a tener presente a la muerte en cada aliento. Y mientras tanto, la elipsis de los padres en su vida y en el libro es de lo más significativa. Uno no pretende jugar a ser un buen psicólogo, pero se deduce que sus padres sufrieron durante años y años la enfermedad de su hijo, a la que dieron la espalda creyendo que eso era tratarle como a una persona normal. Pero, en realidad, los padres no superan esa barrera y el dolor que sobrellevan es superior a sus fuerzas. Así pues, la relación entre padres e hijo está sobrevolada por una maldición, que consiste en que alguien tiene que tener la culpa de lo mal que lo pasan los adultos, del malestar que ocasiona esa enfermedad. Dado que a los padres no les cabe la idea de culparse entre sí, pero niegan la mutilación del hijo, solo cabe una solución: la culpa del sufrimiento de los padres la tiene el bebé. Y la ha seguido teniendo durante cincuenta años.
Pero todavía nos queda, eso sí, comentar el libro: el libro no es una autobiografía, sino un texto sobre lo vivido con un corazón defectuoso, que ignora que guarda entre las costillas, mientras poco a poco, y a pesar de ello, ganan terreno las pasiones: la literatura, los viajes y la montaña. El autor refiere sus dificultades para no rendirse, en un libro acerca de las memorias sensoriales. Es una historia de dignidad, es una historia sobre la imposibilidad de olvidarse de la vida, que está siempre ahí, clavándose como un punzón en los riñones y que es lo que hacemos cuando todo va bien. El narrador cuenta lo que le pasa, con mucha más fuerza que compasión, y la sinceridad se impone.
Martínez Llorca ejerció de ángel de la guarda de sus hermanos pequeños en casa y en el patio del colegio, donde salía siempre derrotado en las batallas. Sobrevivió a un coma tras un accidente. Se impone la obligación de mantener el tipo, a costa de lo que sea, en los peores momentos que vive su familia, como tras el fallecimiento de su mejor hermano. Y a medida que avanzamos, la prosa se vuelve más reflexiva y el tiempo se vuelve más cercano. El narrador supera la adolescencia, llega a la universidad, se convierte en un adulto. Por fin encuentra un ritmo en el que sus pasiones puedan desatarse sin que peligre el corazón: la soledad y la literatura, la soledad y los viajes, los compañeros de cuerda en la montaña y el reconocimiento de la amistad. Será la amistad la tabla de salvación del náufrago, la representación generosa de la ética de Martínez Llorca, que se desnuda, identificando todo aquello que le transformó en un ser tímido, tal vez por la férula de un hermano mayor incapaz de superar el síndrome del príncipe destronado. La inmovilidad se convierte así en la única defensa frente a cualquier tipo de ataques de quienes son más fuertes que él. Y mientras tanto, el presente, la situación que lleva al narrador a afrontar este texto, que es a la vez una confesión y una carta de despedida, se describe la lucha por sobrevivir, a merced de una medicina más preocupada en controlar una enfermedad que en sanarla.
De alguna manera, la parte de la vida que uno no puede elegir le orienta hacia unas veleidades que ha podido extraer del tiempo libre, del aire libre. Aquí ya no se ocultan las filias y fobias que no llevan a ninguna parte. Aunque lo que predomina sigue siendo esa lucha por la vida, frente a unas enfermedades invisibles, crónicas, congénitas, que se han terminado por imponer y, definitivamente, modelan su temperamento. Pero ya a medida que se avanza en la lectura, se imponen los relatos de viajes y montaña. La sensación final es que se ha de ir librando batalla tras batalla, aunque seamos conscientes de que las posibilidades de derrota son superiores a nuestras fuerzas. Sin perder la orientación ni la conciencia de canto de cisne que implican las enfermedades, la última parte del libro, se centra en las narraciones de los más importantes episodios de su vida de aventuras: los momentos en que la muerte tocó de cerca a las cordadas de las que formaba parte o los agradecimientos a los grandes hombres del mundo de la montaña, que le apoyaron en sus primero pasos en la carrera literaria.
Y ya solo queda menciona a los autores que aparecen a lo largo de la obra, que son nuevos referentes vitales, pues leyendo Luz en las grietas uno conviene en que literatura y vida son sinónimos: Conrad, Montaigne, Whitman, Tolstoi, Pessoa.
Luz en las grietas es un libro híbrido, sin necesidad de aturdirnos con los fuegos artificiales que practican los autores tan en boca de todos hoy en día. Aquí no se lucha contra la complejidad de niveles textuales, metatemas y guiños cultos. Aquí nos sumergimos en relatos reales y reflexiones reales, que hablan de la aventura de vivir o de la intención de hacer de la vida una aventura, pese al tormento de la enfermedad. Huyendo del sentimentalismo, el miedo a la muerte queda vinculado a una vida que comparte pasión y aflicción. El resultado es un libro que consigue una hondura y una belleza que en lugar de iluminar, esclarecen. Una obra maestra, una obra maldita.

‘El hombre que susurraba a los elefantes’, de Lawrence Anthony

Fuente: Culturamas

EL HOMBRE QUE SUSURRABA A LOS ELEFANTES

ANTHONY,LAWRENCE

Las célebres memorias del «Indiana Jones» de la conservación, que dedicó su vida a la conservación de los animales y a la protección de especies en peligro de extinción.
CAPITAN SWING
Magadalena Palmer
354 páginas

África es un continente que no se acaba nunca. La sensación de estar todavía fraguándose, ese lugar donde nació el hombre, es inevitable en cualquier testimonio. Europa nunca ha podido ser mejor que en el pensamiento de los clásicos griegos y en los panteones de Miguel Ángel. América del norte tomó el mando hace tiempo y ahora dicta las modas, que cambian cada vez a mayor velocidad. América latina no deja de ser una extensión de países europeos y su vecino del norte. En cuanto a Asia, apenas queda nada allí por colonizar, por descubrir, por amar. Y Oceanía sigue siendo la imagen ideal del paraíso. Pero África es la obra de un alfarero que todavía no se ha puesto a trabajar en darle forma. La representación básica que tenemos del continente, se reduce a la fauna y a la caridad. A África uno va a ver leones o como cooperante. Y, sin embargo, es un lugar donde se sigue sucediendo a la par los distintos valores morales. En este caso, el conservacionismo es el eje, pero no faltan los ayudantes que garantizan el bien a pesar del hambre, los pícaros, los ladrones cuya necesidad todos podemos entender, o los asesinos a sueldo.
Lawrence Anthony (Sudáfrica, 1950-2012) nos narra en este libro la parte biográfica que le corresponde a la transformación de África. Anthony no es un biólogo ni un ecologista combativo. Es un conservacionista y su apuesta es por defender un trozo de Sudáfrica a modo de reserva natural. La finca posee dos mil hectáreas y allí tiene cabida toda la población animal propia de la zona. Y también un grupo de gente que trabaja con él, más que para él, esforzándose por tratar a lo libre y salvaje como se merece. Pero en su proyecto falta uno de los dos animales más emblemáticos de la fauna de África. El primero es el león, el segundo el elefante. Así que acoge a una manada de elefantes que no han conocido nada parecido a la civilización, descabezados de sus líderes por cazadores furtivos. Lo furtivo también tendrá su protagonismo en este libro, no solo por la defensa de los animales contra los rifles, también por negocios tan sucios como la venta de crías de elefante a zoológicos chinos, donde vivirían maltratados.
El proyecto se antoja demasiado grande para Anthony y los suyos. Ni siquiera disponen de plazo para construir la cerca. Eso para empezar. Porque si África se distingue de los demás continentes por algo, es por lo impredecible. Se trata de otra de las características de un territorio en formación. Ganar a lo impredecible es poder lo imposible. Y de eso es de lo que trata, en realidad, este libro. Uno tendería a creer que el proyecto se irá haciendo paso a paso. Sin embargo, el objetivo de Anthony queda reflejado desde el principio: es eso que conocemos como empatía. Conseguir no domesticarlos, pero sí llegar a tener una relación cordial, hasta el punto de llegar al gesto humano de la caricia, es un acicate. Las ganas de vivir que transmite el libro, la biografía, son inmensas. Anthony y su mujer, sobre todo su mujer, de origen francés, que siempre ofrece el contrapunto de las posibilidades de adaptación del hombre, sueñan. Viven en un territorio en el que lo único permitido es la supervivencia. Pero elegir esa África incómoda, llena de termitas y mosquitos, para consagrarse al conservacionismo, sigue siendo romántico. Aunque controlar los vínculos con los animales sea lo menos problemático. Su actuación no deja de afectar a la gente, y es ahí, en los encuentros con los nativos, donde él es extranjero, donde las leyes que debe respetar apenas conoce, donde Anthony demuestra más dotes de Tarzán.
Puede que la impresión que tengamos de África sea la de un continente todavía sin fraguar. Pero lo único que salvará la vida en el territorio donde uno debe adaptarse a cada paso, será el respeto. Anthony sabe que la sabiduría es un limbo. Por eso pisa tierra e intenta elegir el respeto en cada uno de sus gestos.

Montañas, montañas, más montañas

Fuente: Sal&Roca


Llega la época de las vacaciones y se plantea el clásico debate: el mar o la montaña. Nos encantaría que existiera una editorial especializada en el mar, que publicara obras como ‘Años salvajes’, las excelentes memorias de William Finnegans (Libros del Asteroride). Porque seguro que muchos libros de semejante contenido, el surf, la navegación, la literatura del mar, están todavía por descubrir. Pero de cara al debate, hemos podido hallar editoriales que prestan su atención a la montaña o, como alternativa, al tercer objetivo en la discordia: los viajes. Este mes nos centramos en Desnivel, aunque solo sea por los libros de Ueli Steck que ahora están publicando. Y por todo lo que significó el alpinista con más talento de la historia en nuestros sueños. Su desaparición ha sido algo así como quedarnos huérfanos, pero con el desaliento añadido de saber que nuestro padre era Supermán.
Aquí van las últimas publicaciones sobre montaña que hemos recogido:
8.000+
Ueli Steck
Traducción de Pedro Chapa
240 páginas

“El deseo “de quitarme el esfuerzo involuntario de ser” es una triste expresión de un poeta triste, Fernando Pessoa. Rezar a un enfermo cuando uno quiere hablar de alguien que nació cuando ya se había puesto nombre a todas las galaxias, es una reacción común: la derrota que supone la desaparición de Hércules es el único mito que comparten todas las culturas. Ueli Steck, como Cástor y Pólux, como las Hespérides, como Andrómeda, se merece un trozo de universo a modo de lápida. La próxima galaxia debería llevar su nombre. Será, entonces, el momento de celebración, cuando hallamos diluido un tanto el duelo. Pero hoy, paseando por unas ciudades o por unas montañas a las que el sol no se queda pegado, sino que resbala, no nos queda más remedio que sentir que ser es un esfuerzo que otro eligió que hiciéramos. Y la única manera de librarnos del dolor es quitarnos ese esfuerzo por nuestra propia voluntad. Pero a Ueli no le hubiera hecho gracia que el sol resbalara sobre el dorso de los girasoles que somos, y que hoy nos cuesta alzar la cara para que el sol nos dé un día más de vida.” La cita es del artículo dedicado a su memoria publicado en La línea del horizonte
“Lo que nos conmueve de la muerte de Ueli no es que le falte una de las doce pruebas para alcanzar a Hércules. Lo que nos conmueve es que ya nadie subirá miles de metros con botas y chaqueta de camping, en un tiempo récord, porque no consiente que un amigo muera solo. Tenía cientos de patrocinadores que le facilitaban su dedicación a la alta montaña, porque sus cualidades eran las de Hércules y eso le permitía acaparar páginas y páginas de revistas especializadas. Pero era uno de esos rostros en los que jamás nos hubiéramos fijado de encontrarnos con él por los senderos. No medía dos metros ni movía montañas. Las subía porque en el único sitio de la montaña donde es seguro que da el sol es en la cima. Nos enseñó la importancia del entrenamiento y la planificación a la hora de partir en una excursión segura. Pero si uno no quiere refugiarse en el esfuerzo involuntario del ser y montarse toda una vida existencialista alrededor de la maldición de haber nacido, sabe que no es el dueño del planeta y quedarse en su casa. De ahí que lo bonito de vivir sea salir a conocerlo. Vivimos en una época de locura y felicidad. Ueli Steck lo sabía y fue capaz de dar un paso más que los otros, al demostrarnos que locura y felicidad son una misma cosa. Al recordarle, pues, nos sobra una de las dos palabras. Yo elijo quedarme con felicidad.” Así termina la elegía.
Un fatídico accidente en el Nuptse durante la primavera de 2017 interrumpe la brillante carrera del alpinista Ueli Steck, un alpinista de vanguardia que destacó por sus grandes escaladas y su particular filosofía sobre cómo alcanzar las cimas más altas de la tierra. La combinación entre la dificultad extrema de sus proyectos y la velocidad se convirtieron en sus señas de identidad.
Con su trilogía de ascensiones rápidas en las caras norte del Eiger, las Grandes Jorasses y el Cervino pasó a ser conocido más allá de la escena alpinística. Pero quiso dar un paso más y trasladar su particular filosofía en la roca alpina hasta los ochomiles del Himalaya, y este libro es su testimonio más directo y sincero.
Desde su soñado Annapurna hasta su sensacional ascensión en solitario y en diez horas al Shisha Pangma, Ueli nos cuenta de manera cautivadora cómo, gracias a un duro entrenamiento y a su gran resolución, dio el salto desde la escalada en roca al himalayismo. La emoción, el riesgo y el compromiso que asume brotan en cada una de estas páginas. Pero también nos desvela su faceta más humana y sus palabras también nos hablan de sentimientos como el miedo, el amor a su mujer Nicole y a su familia, la amistad y la responsabilidad, y que inevitablemente dibujan y marcan la trayectoria de este hombre excepcional.
Estos son algunos de los libros que acompañan en la mesa de novedades a Ueli Steck
Una aproximación
Josep María Cuenca
96 páginas

Hasta la última suela
Gabriel Rodríguez García
127 páginas

La Torre. Una crónica de la escalada y controversia en el Cerro Torre
Kelly Cordes
408 páginas

Ganador del premio Banff al mejor libro de montaña, ese galardón debería bastar para atrevernos a leer esta obra. Ese y que estamos, tal vez, frente a la ascensión a la aguja de roca más hermosa del planeta. Y una de las más difíciles por el clima extremos de la Patagonia. Un relato que se lee de un tirón, aunque con cierto desaliento: el de saber que la montaña debería ser el lugar simbólico de la amistad, y en esta ocasión estuvo lejos de suceder el cariño.
Entre el vasto Campo de Hielo Sur y las onduladas estepas de Patagonia, en el extremo sur de Argentina, barrido por el viento, se eleva el Cerro Torre, una torre de hielo y roca de 3.133 metros de altura. Considerada por muchos la montaña más bella y cautivadora del mundo, atrae la atención de los más dedicados alpinistas de alto nivel de todo el mundo. Reinhold Messner, el más grande montañero de la historia, la llamó «el aullido convertido en roca».
Pero la controversia se agita en torno al Cerro Torre desde que en 1959 el escalador italiano Cesare Maestri afirmó haber realizado la primera ascensión de esta montaña. Su compañero murió durante el descenso, y generaciones de escaladores de primera fila de todo el mundo solo han hallado contradicciones cuando han intentado seguir su ruta. En 1970, encolerizado por las dudas y obsesionado con probar su éxito, Maestri utilizó un compresor de gasolina para colocar en la pared del Cerro Torre cientos de buriles, separados justo lo suficiente para poder utilizarlos como una escalera. Instantáneamente, la Ruta del Compresor pasó a ser una de las vías más polémicas del mundo montañero. Y en las décadas siguientes, llegó a ser también la ruta más popular de la montaña. En 2012 Hayden Kennedy y Jason Kruk, dos jóvenes escaladores, brillantes e idealistas, retiraron muchos de los buriles de Maestri. Y entonces la polémica volvió a surgir. ¿Qué papel debe jugar el equipamiento en los logros de los escaladores? ¿Quién tiene el derecho de alterar una ruta, o una montaña? ¿Cuál es el impacto de la Historia en la ética de nuestra relación con las montañas? Y la pregunta fundamental: ¿qué es lo más importante en el alpinismo, la cumbre o la escalada? Esta crónica de la arrogancia, el heroísmo, los principios y los lances épicos es también una mirada a la condición humana, y explora las razones por las que algunas personas persiguen empresas extremas cuyo valor nominal es casi cero.
Esta edición incluye, con respecto a la edición original americana, un interesante capítulo final en el que Kelly Cordes, con la colaboración de Rolando Garibotti, nos desvela los resultados de sus últimas pesquisas sobre la polémica ascensión en la que desapareció Toni Egger, apoyadas con valioso material gráfico que contradicen las afirmaciones de Maestri.

lunes, 19 de junio de 2017

Varados en Río

Esto fue lo que me pareció en su día este libro heterodoxo, sobre gente heterodoxa

Varados en Río
Javier Montes
Anagrama
Barcelona, 2016
305 páginas

Para considerar que una urbe del tamaño de Río de Janeiro es un Shangri-Lah, una Arcadia, una Ítaca o un paraíso, uno debe hacer un ejercicio de estilo con las corrientes eléctricas en el cerebro, reduciéndolas a la postal. A estas alturas, nadie desconoce los riesgos de dejar la cartera sobre la toalla en la arena de Copacabana o de salir de los metros que separan la ciudad turística, aunque solo sea asomando la punta de un pie en el territorio de las favelas. A pesar de todo ello, un paraíso puede ser cualquier sitio del que todavía no conozcas sus miserias en vivo y en directo, cualquier lugar en el que no hayas estado o en el que no estés. O en el tuviste un momento de dicha junto a un amigo que se quedó truncado por la salida del tren. Río de Janeiro ofrece la posibilidad, eso sí, de ser tan grande que resultará imposible conocerla entera, y un nombre legendario en la enunciación de paraísos terrenales, de esos que junto al susto que sufrimos se adhiere, como animal simbionte, el afecto. Como si no pudiera haber enfado sin admiración.

En este libro, Varados en Río, Javier Montes (Madrid, 1976) sigue la huella de unos pocos escritores, ninguno brasileño, que dejaron algo de rastro en la ciudad, como desterrados a la fuerza o viajeros voluntarios, o cualquiera de los enigmas que existen entre uno y otro lado de la elección: “¿qué podemos hacer cuando nos sorprendemos desterrados en el paraíso? ¿Cuándo se nos ofrece a manos llenas una belleza, una ilusión de plenitud, que no queremos o no sabemos aceptar?”, se pregunta Javier Montes, antes de emprender este libro que comienza por carecer de género pero acaba con tono de conferencia erudita sobre la poesía de Elizabeth Bishop. Montes considera que tanto Bishop como los escritores antes tratados, Rosa Chacel, Stefan Zweig y Manuel Puig vivieron una ciudad al mismo tiempo lejana y doméstica, vivieron en Río su verdad y su ilusión. Y como resultado una suerte de decadencia de algo que nunca llegó a estar formado previamente. Esa decadencia, que Monte sitúa en el horizonte y por tanto es el lugar al que nunca llegamos, puede ser atractiva porque no iguala a la fealdad. Pero sí genera expectativas y vivencias de amor y odio que en alguna frase de la escritura deben de reflejarse.
El caso de Zweig es el más evidente y en el que menos se incide. Un tipo como aquel se suicidó en Río porque ya no le quedaban lugares a los que exiliarse sin encontrar algo de sí mismo y sin echar de menos la juventud. Sin embargo, en el tratamiento biográfico de las personas de Manuel Puig o Rosa Chacel, proyecta un hermoso ejercicio de empatía. Al tiempo que refleja, aquí y allá, algo de sus viajes por Brasil, elogia las pequeñas cosas, como la historia del pueblo brasileño, en un ejercicio de recomposición en el tiempo. Se preocupa por reconocer al Río de Janeiro de hace varias décadas. Esa distancia establece el otro principio sobre el que está tratado el libro, el de la investigación abierta. Y por tanto la conciencia de que las cosas pueden suceder o han sucedido en un sentido diferente al supuesto.
Rosa Chacel es tratada con el cariño de una anciana, pese a que su estancia en Brasil fue tan larga que cuando aterrizó todavía conservaba la energía de un adulto bien completo. Su exilio es el de quien abandona una Europa decadente para aterrizar en un Brasil decaído antes de haberse levantado. La senectud de Chacel iguala a la de cualquier otra persona merced a la soledad, o eso supone Montes en un retrato de alguien tan sencillo como carismático, de una persona discreta, que gusta de buscar lo crepuscular en sus confesiones. Pues en este caso, Montes cuenta con el apoyo del Diario de la escritora. Más intenso, por tratarse de alguien que entendía la vida como una montaña rusa, es el caso de Manuel Puig, quien vivió una etapa de alta burguesía que fue muy efímera en el sur de América. Retratado como un excéntrico manipulador, a partir de testimonios de gente que le visitaba, Puig aparece como un tipo malhumorado pero poliédrico. Hasta que le invadió la monomanía por el cine, que fue para él un bálsamo necesario en un Río de Janeiro que terminó por resultar otro valle de lágrimas. Las páginas dedicadas a Elizabeth Bishop, con las que se cierra el volumen, son bastante más doctorales. Parte del síndrome del Holandés Errante de la poeta, principio con el que estudia sus versos, su poesía, que es una traducción directa de su vida bohemia. Y si el bohemio se caracteriza por algo es por vivir en el pasado, por añorar, y por el deseo semioculto de ser pobre.

En algunos momentos, el lector percibirá las costuras con que está hilvanado el texto. Las primeras versiones de distintas partes del libro fueron apareciendo en hasta seis medios y varias conferencias. Pero eso no es ninguna traba. Varados en Río puede ser un libro sin género, como se nos indica en la contracubierta, o un libro que desafía los géneros. Independientemente de dónde y cómo lo ubiquemos, es un libro que nos cuenta muy bien unas personalidades magnéticas, cada una en su estilo, entre las que destaca la de la gran ciudad que se llama Río de Janeiro.

Viaje a una guerra

Viaje a una guerra
Christopher Isherwood y W. H. Auden
Traducción de E. Uriarte y R. Vásquez Ramil
Ediciones del Viento
La Coruña, 2008
334 páginas

De camino hacia el frente

Nada de lo que escribieron Isherwood y Auden fueron palabras vacías. 
Este libro en un imprescindible



Viaje a una guerra es un libro de encargo, pero no es un libro sencillo. Dos jóvenes escritores, un Christopher Isherwood que ya había sido capaz de componer una obra maestra como es Adiós a Berlín y el exquisito poeta W. H. Auden, combinan sus oficios para dejar en el lector una extrañeza inquietante. Por una parte, Isherwood se encarga de relatar la crónica del viaje, manteniendo casi siempre una distancia que en ocasiones puede llegar a ser hasta frívola, excepto en la coda visceral con que se desata en las últimas páginas, dada la enjundia del tema, pero casi siempre es flemática y perspicaz. Y por otra Auden le toma el pulso al horror gestando una poesía compleja, sin dudar en intercalar versos crípticos cuando su misticismo lo requiere. En un acierto editorial, al final del libro se introducen los poemas del Auden en inglés, ampliando así su efecto al poder comprobar el dominio del ritmo, de la metáfora, de la sensibilidad y de la técnica del soneto de este poeta.
El volumen empieza con una despedida a cargo de Auden: “¿Hacia dónde mira el viaje que quien contempla desde el muelle, / plantado bajo su mala estrella, tan amargamente envidia?”. Dos versos que constituyen toda una declaración de sentimientos encontrados a la hora de partir. A este poema le siguen varios sonetos antes de pasar al cuerpo principal del libro, en cuanto a volumen, pues tal vez en esta ocasión la poesía de Auden supere en calidad literaria a la prosa de Isherwood. Isherwood nos describe, con sobriedad y una finísima ironía que no hiere, el viaje por la geografía de China de dos jóvenes empeñadísimos en alcanzar el frente de la guerra que en 1938 estaban librando chinos y japoneses. El lector tardará poco tiempo en darse cuenta de que no se halla ante una crónica de una guerra, que las intenciones del escritor no serán las de reflejar la faceta más terrible de la condición humana, que el autor no se implica, de entrada, en la denuncia. La magia de Isherwood será sostener la flema, con pulso firme, durante un diario de tres meses, para escribir una crónica de un viaje. De hecho, llega a confesar que cuando las editoriales les dieron a elegir destino para su viaje, escogieron China sin saber muy bien en qué consiste eso de la guerra: “Desde nuestro puesto contemplábamos la guerra como lo habría hecho un pájaro, viendo tan sólo una especie de agricultura siniestra…”. Conservando siempre la compostura, Isherwood disecciona tanto los detalles costumbristas de la vida en las calles chinas, que es el aspecto del viaje que le suscita un mayor interés, como las facetas a las que cabe sacar punta de la gente con la que se van encontrando, entre la que destacan, al margen de militares, misioneros o políticos, dos viajeros impenitentes como son el fotógrafo Robert Capa y el escritor Peter Fleming. Aunque en un par de ocasiones rompe su sentido del humor, rasgando la categoría de la crónica para adentrarse en la realidad, como sucede cuando ante los comentarios de un militar que traza movimientos de batalla sobre un mapa interpreta que la guerra no es así: “Es el bombardeo de un arsenal abandonado que provoca la muerte de unas cuantas ancianas. Es agonizar en un establo con una pierna gangrenada”. Y también a la hora de reflejar la vida de los miserables culíes. Y, sobre todo, en ese arranque final en el que se despacha a gusto sobre la tragedia, llegando a perder su flema, una vez han regresado a terreno seguro, durante una conversación con insensibles militares japoneses.
Ese arrebato, unido a los poemas de Auden, un intelectual preocupado por los problemas del mundo (“no hay forma de discutir con la autocomplacencia de un místico”, dice de él su compañero de viaje, “así que di la vuelta y me fui a dormir”), dan trascendencia suficiente a este libro para que sea algo más que una visita al patio trasero de la guerra. Dentro de la obra de dos escritores de tanto talento, puede que no sea un libro mayor. Pero dentro del género de literatura de viajes, el que triunfa cuando consigue que el lector participe de un itinerario y unos encuentros, se trata de una obra a la que merece la pena dedicarle unas horas de lectura.


Fuente: Quimera

Zona de obras

Zona de obras
Leila Guerriero
Círculo de tiza
Madrid, 2014
244 páginas

Siempre genial: Leila Guerriero. Esto publiqué en su día en Quimera

No saber es conocer



Antes de afrontar la lectura de este libro, si no conocen las crónicas y perfiles escritas por Leila Guerriero (Argentina, 1967), paséense por Frutos extraños (Alfaguara, 2012). Allí encontrarán los textos a los que se refiere la excelente periodista cuando alguien le pide que explique su trabajo. Y en este libro de lectura obligada, Zona de obras, encontrarán la respuesta, la clave con la que elabora su literatura: pocas veces nadie ha sido capaz de responder con tanta sinceridad, con tanta vehemencia sin ironía ni viveza, limitándose a decir, de mil formas: “no lo sé”. En el periodismo, en ese periodismo que es literatura porque, a fin de cuentas, se escribe con las mismas herramientas que un relato, todo son preguntas, las mismas preguntas que salen al paso a quien elige vivir. Y no cabe hablar de excusas o de academias, de fórmulas de trabajo o esquemas infalibles. Leila va dejando bien claro, a lo largo de sus artículos, de sus intervenciones, que lo único que puede decir es que debemos mirar con carácter, contar un mundo, tratar de entender. Dicha base creativa es el substrato de Balzac o de Dickens. Pero también de Gay Talese y de Ryszard Kapuściński.
Olvidémonos de un manual ni de un ensayo. Zona de obras reúne diversos textos sobre el oficio de ser periodista. Oficio porque Leila considera que escribir es una labor ingrata. Pero que es muy satisfactorio haber escrito. No conviene que nadie se acerque a esta obra pensando en que va a toparse con algo así como un libro de autoayuda para escribir mejores reportajes. Porque lo que contiene Zona de obras es, más bien, un libro espiritual, en el sentido en que Leila habla del espíritu de la crónica, del perfil, del relato de la realidad. No de su materia, no de su infalible olfato ni de cómo ordenar las palabras, las frases, los párrafos. Sí que nos acerca a su eficaz estilo, que no olvida ni siquiera en las conferencias, con esas metáforas que son tan precisas como poco ornamentales (las bocinas raspan el cemento, el sol nace enrojecido por la contaminación). También confiesa su formación literaria, que es una formación humana, su amor por el cine (sobre todo por Lawrence de Arabia), por un poliedro de músicas, de poemas, por alguna novela gráfica, por las conversaciones, por no transformar ninguna forma de arte en algo endogámico. Y por convertirse en un ser transparente durante su trabajo de investigación.
Y menciona, de cien maneras, la pasión. La pasión por vivir que mejor se ha acoplado a su mapa genético: “Yo siempre estaré buscado, como un tigre cebado, como un lobo en la noche, los rastros de esa fe, las huellas de ese estremecimiento”. Para Leila no existe esa leyenda del periodista que a tantos justifica subirse a algún pedetal. Porque no hay más mito en escribir, publicar, ser leído y ser querido por lo que has escrito, que en cualquier otra suerte de vida: “El oficio que practico me enseñó a escuchar mucho y a hablar poco, a olvidarme de mí y a entender que todas las personas son su propio tema favorito”. La vida es algo holístico. Todo es vida. Todo es materia sobre la que escribir. Y será esa materia la que te facilite el arranque poderoso, el tono de la prosa, el gancho verosímil que nadie nos había advertido que podría golpearnos. Y la que nos lleve, una y otra vez, a poner a todo trapo a funcionar esa máquina interior que nos indica que no estamos muertos y que, a falta de un nombre mejor, llamaremos curiosidad.
“Dar consejos es oficio de soberbios”, escribe. Por eso la mejor forma de conocer es ser consciente de lo poco que uno sabe. “Expónganse a chorros de emoción ajena”, dice. Porque la dicha no es un argumento que se exprese con palabas. Y recuerden que lo más importante es que quien hable, quien escriba, tenga algo que decir, y que a esa prosa deben llevar el entusiasmo con que vivieron, el nervio y la sangre que restallará en el oído del lector.


Fuente: Quimera

El tamaño de una bolsa

El tamaño de una bolsa



Sinopsis

Así define el gran John Berger El tamaño de una bolsa, una de sus obras más lúcidas y conmovedoras, hoy más pertinente que nunca: «La bolsa en cuestión es una pequeña bolsa de resistentes. Una bolsa se forma cuando dos o más personas se ponen de acuerdo y se unen. Se unen para resistir contra un nuevo orden económico mundial que no puede ser más inhumano. Nos reunimos tú --el lector--, yo y todos aquellos de quienes se habla en los ensayos que contiene este libro: Rembrandt, los pintores de las cuevas rupestres, un campesino rumano, los antiguos egipcios, un experto en la soledad de ciertas habitaciones de hotel, unos perros en la media luz del crepúsculo, un locutor de radio. Y este intercambio refuerza inesperadamente nuestra convicción de que lo que está sucediendo hoy en el mundo es perverso y que las explicaciones que se nos suelen ofrecer al respecto son un montón de mentiras. Nunca he escrito un libro con mayor sensación de urgencia».
John Berger (Londres, 1926-París, 2017) se formó como pintor en la Central School of Arts. Además de un gran escritor -con G. (Alfaguara, 1994, 2012) obtuvo en 1972 el Premio Booker-, ha sido uno de los pensadores más influyentes de los últimos años. Autor de novelas, ensayos, obras de teatro, películas, colaboraciones fotográficas y performances, ninguna manifestación artística ha escapado a su talento. Sus ensayos y artículos revolucionaron la manera de entender las Bellas Artes, y su compromiso con el campesinado europeo en la trilogía De sus fatigas, compuesta por Puerca tierra, Una vez en Europa y Lila y Flag, es ya un modelo de empatía y lucidez. Alfaguara también ha publicado Hacia la boda, Un pintor de hoy, Aquí nos vemos, Fotocopias, King, Un hombre afortunado, De A para X, Con la esperanza entre los dientes, El cuaderno de Bento y su monumental ensayo Fama y soledad de Picasso. En 1962 abandonó su residencia en Inglaterra para instalarse en un pequeño pueblo de los Alpes franceses. Rondó para Beverly es su último libro, escrito tras la muerte de su mujer.
En la cubierta de esta edición se reproduce un dibujo inédito que el propio Berger regaló a su traductor al alemán Hans Jürgen Balmes: tan personal, único y expresionista como cada página de este libro excepcional.
Reseñas:
«Una de las voces esenciales para comprender el estado de nuestra sociedad [...]. Combina a la perfección compromiso y reflexión.»
El Confidencial
«Un autor esencial. [...] Una mirada humanista, rebelde y serena al mismo tiempo, la de un renacentista.»
Pedro Antonio Curto, El Comercio
«Fue la voz de los frágiles, residuos del mundo moderno a los que su obra otorgó dignidad de reyes.»
Javier Rodríguez Marcos, El País
«Su obra parece labrada con una precisión de relojero, y una intimidad que podría confundirse con ternura.»
The New York Times Book Review
«Desde D. H. Lawrence no ha habido un escritor como Berger, capaz de ofrecer al mundo tal atención sobre los problemas humanos más disímiles, con una sensualidad que no renuncia a los imperativos de la conciencia y la responsabilidad.»
Susan Sontag
«Fue el Leonard Cohen de otra clase de rotunda melancolía: la de la tristeza (social, íntima) que provoca el auténtico saber en mitad de la sociedad capitalista de fauces abiertas y hambre incansable.»
Diego Medrano, El Comercio
«Los libros de Berger poseen la peculiar cualidad de parecer libros solo por azar. Hechos de palabras, las portan, sin embargo, con indulgencia, casi a regañadientes, como si igual pudieran estar hechos de lienzo y pintura o, aún mejor, de polvo y paja, barro y hueso.»
Herald Tribune
«Un faro de luz tenue pero inagotable, constante, esperanzada.»
Àlex Susana, Ara