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viernes, 30 de junio de 2017

Cuentos de Malá Strana

Cuentos de Malá Strana
Jan Neruda
Traducción de Clara Janés y Jana Stancel
Pre-textos
Valencia, 2006
354 páginas
20 euros

Haber vivido en Praga



Un día alguien consiguió que la literatura cristalizara en Praga. De algún lugar tuvo que venir la idea literaria que se ha forjado de esa ciudad y que culminaría en el siglo XX con el maestro Hrabal o con Kafka –tal vez el escritor más importante de los últimos cien años-. Y así, como apuntaba Borges, la aparición de un gran autor crea no sólo una gran obra, sino también toda una caterva de antecesores. Uno de ellos se crió en la trastienda de una expendeduría de tabaco en el barrio de Malá Strana, observando, amando y sintiendo todo lo que uno puede sentir por la gente que comparte su vida. Porque el barrio puede tener sus cualidades, su encanto o lo que sea, pero lo que realmente le da vida son las personas, y ellas protagonizan estos magistrales cuentos que recupera, en buena hora, la siempre atenta editorial Pre-Textos. Como no podía ser de otra manera, el barrio significa para su autor algo mucho más cardinal que una mera región donde se encuentran unos y otros: “Y contra la rusa, se desencadenó aquel día la animadversión de Malá Strana, yo diría del universo, si Malá Strana, como desearía yo, que soy hijo de este barrio, se extendiera por todo el mundo”. Claramente, eso que se conoce como infancia es un recuerdo universal para cualquiera, o una sinécdoque del universo, pues la materia del mismo parece configurada por la infancia de los hombres. Hasta tal punto es así, que en el barrio de Malá Strana “… si un comisario podía prohibir que unos se muriese, cuánto más asistir a los entierros”. Esto se nos comenta a cuenta de una mujer solitaria, como solitarios son muchos de los seres que tan sinceramente nos presenta Neruda, aficionada a acudir a los entierros para derramar un puñado de lágrimas. Sin pretender asustar a nadie, Neruda es amable hasta en la tragedia, y su ironía no provoca dolor, aunque nos despierte toda la ternura al acercarnos a esos seres que pasean solos, se encuentran solos, o son solos.
Como la rusa antes mencionada, o los ancianos Rysanek y Schlegel, protagonistas de un hermoso cuento en el que se nos habla de lo absurdo del rencor; o el mendigo Vojtisek, que se afeitaba solo los domingos y acabó sufriendo el exceso de maledicencias; o el bajito doctor arruinamundos, que sufre un estigma lanzado contra él durante un funeral, una maldición que alguien vierte con ingenua hipocresía; o el señor Vorel, que requemó su pipa y su vida a la espera de que la sociedad cerrada aceptara a un extraño; o el personaje que se enamora tan real como fantásticamente durante una noche en que espera a que amaine la tormenta sentado en la taberna Los Tres Lirios; o esa mujer madura que el día de Todos los Santos va a llevar flores a las tumbas de dos hombres, dos amigos, que se declararon y la desengañaron casi a un tiempo, en una broma que despertará en ella el buen amor.
El libro se abre con un relato plural, largo, Una semana en una casa tranquila, en el que el narrador testigo pega un tajo a la fachada de un edificio para mostrarnos las múltiples acciones simultáneas de los vecinos, y se cierra con un relato especular y deformante del anterior, Figuras, narrado en primera persona por un opositor que decide refugiarse en ese mismo edificio, creyendo haber encontrado el lugar más bucólico del planeta para concentrarse, y desengañándose de a poco, a medida que conoce la inocencia acerba de sus habitantes. Centrándose en “el pormenor cotidiano ensombrecido por la historia”, como comenta Claudio Magris en la excelente introducción que acompaña al texto, Neruda crea una de las primeras versiones de la Praga mítica y real que un día será mágica en unos actos de sublimación de los escritores que tanto deben a Jan Neruda.

Fuente: Culturas/Tribuna

'La cometa dorada', de Dezso Kosztolanyi

La cometa dorada

Dezso Kosztolanyi

Traducción de Marta Komlosy

Ediciones B
Barcelona, 2005
333 páginas
17 euros

Lo que nos hace la vida


Es posible que entre los lectores de este país se esté formando una comunidad clandestina, cuyos lazos son la afición por las novelas del centro y este de Europa, de la región oscura, impermeabilizada por el telón de acero durante docenas de años. Algunas editoriales, como El Acantilado, Minúscula o la propia Ediciones B, van recuperando la memoria de esos territorios para presentarla al público español. Y me refiero a la memoria al hablar sobre literatura de ficción, porque suele ser en el terreno de la narrativa, y no en el de la escritura de historia, donde cabe hallar trozos de geografía humana. No hay que pensar mucho para darse cuenta de que esta novela, La cometa dorada, es una muestra de lo cotidiano, de lo real. El protagonista es Antal Novak, un profesor de matemáticas y física en una escuela pública, un hombre de cuarenta y cuatro años, viudo y con una hija de dieciséis años enamorada de uno de los alumnos del profesor. Y los secundarios son los alumnos del instituto que se preparan para el examen de reválida, los otros profesores, algún familiar de Novak y mucha, mucha, gente de la calle: tenderos, abogados, médicos, farmaceúticos y niños que vuelan cometas doradas. Alrededor de estos personajes, Kosztolanyi despliega los detalles que dan vida a una ciudad de provincias, autónoma, en la que los habitantes digieren su propia existencia como si se tratara de un organismo autónomo, capaz de regenerarse fagocitando sus propias proteínas. Dichas proteínas comienzan siendo datos humanos y paisajísticos, de la calle, que en una bonita obertura tratan sobre la alegría de vivir, representada en la contemplación de una cometa dorada. A medida que vayamos penetrando y conociendo el microcosmos propuesto, nos iremos dando cuenta que los matices del gris van sustituyendo a la vitalidad de la primavera, hasta que a un hombre gris sometido a una existencia gris se le presente un final para el que la vida no le ha entrenado. Y así pierde.
Entre ese inicio y el epílogo en el que en breves trazos se comenta qué ha hecho la vida de cada uno de los personajes secundarios, en qué pueden transformarnos diez años sobre la Tierra, una caterva de arquetipos, personajes bien definidos para evitar confusiones dado que estamos ante una novela coral, actúan ante nuestros ojos por unos impulsos que ignoramos de dónde proceden, pero que se nos antojan exteriores a sus personalidades. Algo extranjero al cuerpo humano les obliga a hacer lo que hacen, algo que de no ser por un pudor educativo, yo llamaría conciencia; de hecho, uno de los parámetros utilizados para diferenciar personalidades, parece ser la cantidad y calidad de la conciencia de cada individuo. Los caracteres quedan perfectamente definidos por sus reacciones, por sus comentarios, por cómo disponen las cosas a su alrededor, sobre todo a partir de la mitad de la novela, pues Kosztolanyi hace coincidir el cénit de la misma con el centro del texto, disponiendo la historia en un díptico simétrico. Los hechos clave serán la fuga de la hija y el examen de reválida a que se someten los alumnos, una prueba cuya trascendencia supera lo académico pues, como casi todo lo que se dispone en la novela, posee un significado metafórico, ritual: se trata de la línea que marca el paso a la madurez.
Siguiendo una estructura de eslabones encadenados, en la que los personajes se pasan constantemente el relevo de la acción, asistimos a una proyección protagonizada por seres que nos invitan a que nos identifiquemos con alguno de ellos. Lean y escojan con quién empatizar.



Volcanes dormidos

Volcanes dormidos
Rosa Regás y Pedro Molina Temboury
Premio Grandes Viajeros 2005
Ediciones B
Barcelona, 2005
288 páginas
18 euros

Un poquito de América


Limitados por los confines de la propia literatura de viajes, cada día resulta más complicado encontrar un destino que sea atractivo por sí, un lugar cuya visita reclame la atención del viajero. En un primer vistazo, uno diría que todos los lugares de la Tierra ya fueron pisados para ser transcritos a libro, incluidos aquellos tan arriesgados como los que tienen los pies hundidos en el barro de la guerra. Quedaría, entonces, el recurso del viaje en sí, es decir, de un planteamiento narrativo que se justifique por lo aventurado de los desplazamientos, o si no aventurado, al menos con descaro o con una fina dosis de locura. Pero las estanterías de viajes también están llenas de marinos, y de marinos de agua dulce y de ciclistas y deportistas, y gente cuyas hazañas se registraron en documentales. Por otra parte, siempre estará el atractivo de lo ecológico, aunque esta partida la ganó hacer tiempo la fotografía. Y así, solo cabe confiarse a la mirada del viajero o, lo que viene a ser lo mismo, a su escritura, a su literatura. Por esa razón, uno abre este libro confiando en encontrarse con lo mejor de Centroamérica, porque tras los verbos y los sustantivos se encuentran dos escritores de sobrada solvencia. A su trayectoria, cabe añadir que la elección del destino tiene, como no, un afán humano. Su elección se debe a criterios sociales, culturales, históricos y políticos. Y así, el lector confía en que esta vez el Premio Grandes Viajeros, que con tanta frecuencia ha pasado por las librerías escondido tras los demasiados libros, presente la mejor cara posible.
Y así es como uno cae en el desengaño. Porque el libro Volcanes dormidos se queda a mitad de camino de lo que debe ser una obra literaria. Revisemos: la obra comienza con un planteamiento muy digno: Rosa y Pedro se deciden a visitar una región en vías de desarrollo, porque saben que el verdadero viaje es el que tiene por lugar las regiones menos beneficiadas del planeta. Su documentación es perfecta y no cesan de reconocerlo, trayendo constantemente a colación la historia de los desfavorecidos, desde los que sufrieron los rigores de la colonización hace quinientos años, hasta los que sufren los efectos de las decisiones de instituciones tan salvajes y poco humanas como el Fondo Monetario Internacional. La toma de partido de los autores, gente culta y sensible, es, inevitablemente, a favor de los perdedores. Pero sin considerar que la lucha está perdida. De hecho el título del libro es una alusión metafórica al potencial revolucionario de la zona, que a fuerza estallará nuevamente un día de estos. Hasta aquí todo va muy bien. Y mejora si tenemos en cuenta el interés que muestran por los poetas, los escritores, profesores y revolucionarios retirados que han tenido tiempo de meditar acerca del contenido social de sus países.
Pero llega el momento de poner en negro sobre blanco ese trabajo, y al parecer las prisas mandan sobre las intenciones. Una redacción apresurada, con disfraz de lenguaje periodístico, no consigue que el lector se interese por lo que están conociendo los autores. La impresión global es que el libro apenas contiene un viaje a todo trapo por tierras centroamericanas. El grueso del contenido está elaborado desde detrás de un ordenador. Son escasas las pinceladas de una aportación propia, que uno va lamentando cada vez más a medida que avanza en la lectura, pues lo mejor, sin duda, son los destinos de la gente que van conociendo personalmente o por referencias. Esos episodios, con finales tan insólitos e insospechados para quienes los vivieron, son los que merece la pena rescatar de esta obra. El resto, es un buen trabajo periodístico que cobra la forma de un libro de texto cuya asignatura es Centroamérica.

Fuente: Culturas/Tribuna


El hambre

El hambre
Martín Caparrós
Anagrama
Barcelona, 2015
627 páginas

El asco que deberíamos tener



En un sótano acorazado, bajo el campo de deportes de la Universidad de Chicago, el físico Enrico Fermi consiguió la que sería la primera reacción nuclear en cadena. Una reacción, eso sí, controlada. El problema del hambre es, tal vez, que ningún Enrico Fermi, ningún especialista en las reacciones en cadena en ninguna de las versiones de las ciencias o las letras, o la economía, ha sido capaz de reventar el planeta con una reacción tan potente como la nuclear. Aunque no tuviera el control sobre ella. Y eso que a nuestro alcance está la materia que nutriría hasta la extenuación una reacción de ese tipo. Y esa materia es el asco. El asco se ha acumulado por todos los rincones del planeta y para protegerse de él uno debe colocar sobre el puente de la nariz unas gafas opacas con cristales que giren como en un caleidoscopio. Bastaría con arrancárselas una décima de segundo para que tuviera el arrojo, también asqueroso, de Cesare Pavese, y se quitara la vida. Pero es más sencillo negar que exista otra cosa que no sean los colores brillantes, capaces de desmayarte no por asco, sino por el síndrome de Stendhal, como el japonés que cae de bruces al contemplar la estampa de Roma al principio de la película La Gran Belleza.
Existe otra opción, sin embargo, una alternativa mucho más decente, una reacción más ética, cuando uno separa de su rostro esas gafas de colores. Y al observar la fealdad extrema, el asco que deberíamos tener por lo que existe o por no sentir asco por aquello a lo que deberíamos enfrentarnos. Una alternativa que es preguntarse qué puedo hacer y responder en función de las capacidades, las cualidades, el mapa temperamental de cada uno. Así es como nace este libro, El hambre, escrito por Martín Caparrós, que inaugura el año 2015 poniendo el listón muy alto. Estamos en enero y ya disponemos del que casi seguro va a ser el mejor libro del año. Caparrós hace lo que mejor sabe hacer: escribir, escribir bien, sin excederse en esos ritmos y juegos verbales que luce en otras obras y aquí, bien lo sabe, debe manipular con prudencia. Porque de lo que se trata es de azotar la conciencia, sí, pero con ese lugar común que es el hambre. Y lo complejo es que si no existe un Enrico Fermi capaz de producir la reacción en cadena, en el asunto del hambre sí han existido muchas industrias farmacéuticas elaborando vacunas. Y Caparrós debe escribir contra esa inercia.
Este libro, inmenso, es un libro coral. Es un ensayo a la vez que un libro de crónicas. En cuanto a la parte ensayística, reúne y dosifica información que está al acceso de la mayoría de la gente; todo lo referido al funcionamiento de algo que a falta de un término con el que entenderse mejor, llamaremos sistema: globalización, mercado, especulación… El darwinismo económico, el darwinismo social, el darwinismo político, y los disfraces que lo hacen avanzar o que sirvieron para justificarlos desde hace cientos de años: las tendencias culturales, la tradición, la religión. Cosas que, en definitiva, actúan sobre nuestros cuerpos y que los estados modernos, que han demostrado, hasta la fecha, ser meros sistemas de distribución de poder, utilizan para decidir. Lamentablemente, en ocasiones para decidir hacer los estados más pequeños y descabezar así al enemigo, que en última instancia son nuestros cuerpos. Caparrós nos da una lección de historia explicando la evolución de la humanidad, desde que se constituye en sociedades, y la distribución y redistribución del hambre. Sabe que en sus manos tiene moralejas que son lugares comunes y de ahí que se proponga una alternativa a la fábula lo suficientemente contundente como para obligarnos a retomar el asco que deberíamos sentir.
Entonces es donde aparece el mejor Caparrós, el de las crónicas, el que nos trae los testimonios de gente que puede llegar a odiar, como confiesa alguna de las mujeres entrevistadas, tener hijos. Caparrós es un interlocutor que no oculta su presencia, pero sí muestra un saber estar, un respeto sobreponiéndose al asco, digno del mejor periodismo. Posiblemente, digno de la mejor literatura. Pero utilizar la palabra literatura aquí es una frivolidad. Caparrós relata sin caer en el melodrama, pero sacando gran resonancia a las voces de las personas que va conociendo. Y cada voz representa a una forma distinta del hambre. La mayor parte de ellas nos guían hasta la hambruna, como en el sur de Sudán o en los campamentos de Médicos sin Fronteras de cualquier lugar de África. Como en poblados de la India o en las calles de Calcuta, donde llega a denunciar a quien recogía enfermos para que tuvieran una muerte limpia, santificada, en lugar de utilizar los ingresos que su popularidad mundial producía para dar de comer. Recorre los basurales de las Villas Miseria metiendo los pies, los del escritor y los del lector, en un barro de un color que no es el del barro. Cae en Madagascar como un extraterrestre para comprobar las consecuencias de la codicia sin otro fundamento que alimentarse porque la codicia es la droga de ese uno por ciento de la población mundial, en la compra de tierras. Y no rehúye ninguna de las caras del poliedro, pues añade a sus viajes a territorios inhóspitos a causa de la escasez, una visita a Estados Unidos, a los mercaderes que especulan con la comida y a los guetos donde el hambre se traduce en la paradoja de la obesidad: una mala nutrición, estar desnutrido, significa acumular grasa de bajo coste y carecer de recursos para sanar.
“Uno de los primeros trucos del manual es hablar (…) de un hambre impersonal, casi abstracta (…). Pero el hambre no existe fuera de esas personas que la sufren. El tema no es el hambre; son esas personas”. “No se me ocurre otra forma más bruta de injusticia”. “El hambre desnuda muchas cosas, pone sobre el tablero formas de violencia que en otras circunstancias seguirían escondidas”. Entre dedicar unas vacaciones al síndrome de Stendhal que puede hacernos desmayar, un tanto falsamente, con inverosimilitud, y dedicar su tiempo al asco, a la fealdad extrema, Caparrós, con valor, elige el asco. Para, a continuación, escribir este libro que final de año todo el planeta que sabe leer, que puede permitirse el lujo de dedicarse a leer porque su prioridad no es solventar el hambre, la supervivencia minuto a minuto, debería haber leído.

Fue la primera reseña que se publicó sobre este gran libro, en La línea del horizonte

jueves, 29 de junio de 2017

Por el mar de Cortés

Por el mar de Cortés

John Steinbeck

Traducción de María Teresa Gispert
Austral
Madrid, 2017
234 páginas
Conocido por sus obras más sociales, donde demostró ser un maestro en la combinación de la narrativa y la denuncia, Steinbeck fue, en las escasas ocasiones en que lo protagonizó, un extraordinario escritor de literatura de viajes. Su paseo por Estados Unidos, en caravana, acompañado por su perro, Viajes con Charley, es un libro íntimo, de un humor con el punto adecuado de dulzura y de un ritmo sinfónico. Por el mar de Cortés respeta mucha de esas reglas: la confesión de no pretender ser objetivo, pero sí prestar atención a los temas que conciernen a lo humano y a la humanidad, las reflexiones teológicas y de filosofía social que surgen a medida que recibe impresiones, el respeto a los humildes y la reivindicación del trabajo por los humillados y ofendidos, todo esto mientras la ruta le lleva por el mar, espacio simbólico de la belleza eterna. Un libro que solo los grandes escritores son capaces de compaginar con una estructura tan sencilla que da envidia y una redacción de la que no podemos escapar. Y la amistad, como siempre, presentada a modo de tabla de náufrago.
Un escritor y un científico en busca de una filosofía natural en medio de un mundo a punto de estallar en mil pedazos.
«Sus límites, un barco y un mar; su duración, seis semanas; su objetivo, todo lo que podamos ver, pensar e incluso imaginar; sus términos, nosotros mismos, sin reserva.»
En marzo de 1940, John Steinbeck y su amigo el biólogo marino Ed Doc Ricketts se embarcaron en un viaje que llevaban tiempo soñando con hacer juntos. Mientras en Europa la guerra amenazaba con hacerse mundial, Steinbeck y Ricketts recorrieron durante seis semanas, en un pequeño barco sardinero llamado Western Flyer, más de cuatro mil millas: desde la bahía de Monterrey hacia el sur, bordeando la península de Baja California, hasta adentrarse en el entonces casi inexplorado mar de Cortés.
El diario de a bordo narra su memorable encuentro con el golfo de California: deslumbrado por la belleza y la prodigalidad del entorno, John Steinbeck escribió uno de los libros más emotivos sobre el mar y más respetuosos con la naturaleza, a medio camino entre la crónica de viaje, la revelación científica y la exaltación de los silencios y las riquezas del universo marino.
John Steinbeck nació en Salinas, California, en 1902 y murió en Nueva York en 1968. Tras dejar la Universidad de Stanford antes de graduarse, ejerció oficios tan diversos como los de obrero, agrícola, albañil o vigilante nocturno. Su obra alcanzó rápidamente un gran éxito de crítica y de público, sobre todo a partir de Tortilla Flat (1935). Fue reportero durante la segunda guerra mundial, periodista ocasional, guionista de cine (escribió el guión de ¡Viva Zapata!  y recibió tres nominaciones a los Oscar), pero ante todo fue uno de los novelistas más importantes del siglo XX, autor entre muchas otras de la insuperable novela Las uvas de la ira (1939), De ratones y hombres (1937) y de La perla (1948)

'En solitario', de James Salter

En solitario

James Salter

Traducción de Concha Cardeñoso
El Aleph
Barcelona, 2005
220 páginas
16 euros

La cima de la nada




A mediados de los años setenta, y por encargo de Robert Redford, James Salter escribió un guión cinematográfico basado en la vida de Gary Hemmings, un escalador de gloria tan merecida como efímera. Se trataba de un joven beat-nik, un bohemio de las alturas que improvisó un rescate inverosímil en una de las grandes paredes del valle de Chamonix, en invierno y accediendo en un tiempo récord a los moribundos, secuestrados por la montaña, escarpando la vertiente más difícil. Unos años más tarde, Hemmings desaparecería en las profundidades del tiempo y el espacio, en los huecos del mundo de los que había venido. La película proyectada por Redford nunca llegó a realizarse, y Salter aprovechó el material para escribir esta novela, una narración en la que la montaña es metáfora de la vida que uno quiere elegir, frente a la que se le impone, y que, además, contiene un valor didáctico al introducir al lego en el lenguaje, la técnica y el mundo del alpinismo. Porque Salter escribe para que le leamos.
El mensaje, arriba expresado, surge directamente de la secuencia pendular y no acumulativa que es la estructura de la novela; los episodios se suceden en rigor cronológico, alternando los lances heroicos en la montaña, en los que el protagonista supera cada vez metas más difíciles, con hechos o batallas cotidianas, la mayoría relacionadas con el rastro de mujeres que ha ido dejando en su vida. Rand, nombre que aquí toma Gary Hemmings, se lanza a vivir entre las montañas, ocupando una tienda y manteniéndose a dieta de paquetes de galletas durante el invierno, escalando en verano la cara norte del Dru, conociendo a una chica, escalando el Eiger, volviendo al amor y al peligro de ser padre, encarando las paredes en solitario y participando en el rescate, y pisando tierra urbana. Finalmente, un fracaso en la ascensión al espolón Walker, encontrándose fuera de forma, unido a la noticia del accidente de su mejor amigo, le empuja a dar por terminada su vida alpina y regresar a un hogar que nunca estuvo en el núcleo de la vida que eligió, la del vividor vehemente. El episodio final, tras su naufragio conviviendo con los ritmos de la ciudad y de la gloria, plantea cuál es la verdadera lucha.
Salter escribe sin apenas complicarse la vida, como quien está haciendo cualquier otra cosa, excepto en momentos claves como la descripción épica del Dru: “oscuro, con líneas negras que caían como lágrimas, un templo babilonio derrumbado por los siglos, las columnas y pasadizos desgajados, los enormes fragmentos cayendo desde miles de pies de altura hasta estrellarse en las lajas de la base...”. Este es el ambiente donde Rand encuentra su equilibrio interior, un ambiente tan especial que incita a la amistad a desarrollarse en apenas minutos, como ocurre durante la primera escalada que lleva a cabo con un tipo al que le enseña cómo detener la caída sobre una pendiente de nieve, y que éste no ejecuta cuando llega el accidente pese a las indicaciones de Rand:
“-¿No me oías? –gritó Rand, acercándose presuroso.
“-Te oía, claro –dijo, levantando la mirada-. Te oía. Me dije, es mi amigo.
“-¿Qué?
“-Mi muy querido amigo –dijo Love.”
Puede que esta enseñanza sea lo mejor de esta novela, la consideración de que “algo semejante a la amistad surgió entre ellos en medio del verdor del bosque, la tierra fragante de lluvia y el aire puro y sereno.”


Fuente: Culturas/Tribuna

El solitario del desierto. Una temporada en los cañones

El solitario del desierto. Una temporada en los cañones
Edward Abbey
Traducción de J. Manuel Álvarez
Capitán Swing
Madrid, 2016
319 páginas

Para Theodor Monod (Ruan, 9 de abril de 1902 - Versalles, 22 de noviembre de 2000), el desierto era la pureza. Paseaba al encuentro de los lugares más depurados del inmenso Sáhara, con menos rastrojos y más cielo, con un Nuevo Testamento debajo del brazo. Aspiraba a una comunión con el universo que sólo podía tener lugar en el silencio tan potente como suave de las dunas. Luego plasmaba en sus cuadernos impresiones con una delicadeza espontánea, que nos invita a comulgar con él. Por otra parte, Monod es al desierto algo así como Costeau al océano. Un gran naturalista. Monod es por excelencia el peregrino del desierto porque el desierto es, para él, el espejo del universo. Y el universo es la vida. Y el mundo es la vida.
Ahora bien, ¿qué es el mundo? El mundo para los mortales que no heredamos el espíritu de anacoreta de los desiertos es pasar las de Caín y darte cuenta de que incluso esa sensación es un deleite, un estigma, una alta temperatura en el termómetro que mide la graduación de vivir. Asegurar que la soledad no siempre ha sido buena, porque en ocasiones uno se ha sentido aislado, por muy ermitaño que se haya despertado ese día. Y que al ver venir a la señora de la guadaña, sin más recursos que un poco de autoestima, seguir afirmando que prefiere eso, y además pasar por ahí solo, en sitios donde ningún andarín quiere poner la bota, no frenar en su empeño de defender que la verdadera contemplación sucede cuando no hay muchos observando a tu lado la misma puesta de sol. Y luego irse a dormir en unas condiciones penosas, dentro de una madriguera de coyote, donde uno se estira lo que puede, apoya la cabeza en el brazo, a modo de almohada… “y padecí a través de la larguísima noche, humedad, frío, dolores, hambre, destrozado, soñando pesadillas claustrofóbicas. Fue una de las noches más felices de mi vida”.
A este hombre, Edward Abbey (Indiana, 1927 – Tucson, 1989) se le ha llamado el Thoreau del desierto con un acierto a medias. Sí, Abbey sentía por el desierto, en el que trabajaba como guarda de un parque nacional, la misma intensidad sublime que Thoreau por los bosques de Maine. El mismo amor. Pero Thoreau jamás dejó de pensar en los demás, de plantearse temas políticas, entendiendo como tales al gobierno de la polis griega. De ser un filósofo en sus artículos. En cambio, Abbey, que escribía mucho peor, cuestión que carece de relevancia a la hora de leer este magnético El solitario del desierto, regresaba a su caravana rezando porque nada separe al hombre del mundo que le rodea. Rezando, sin creer en ningún dios. Porque rezar es algo lícito hasta para los ateos. Y tomando al mundo que nos rodea por el mundo salvaje. Cuando habla de la belleza de los habitantes del desierto, no renuncia a que de ellos formen parte cautivadoras serpientes mortales, alacranes, termitas y cardos y cactus de la peor calaña. Y pasar hambre y sed, y saber que de perderte, has hecho un mal apaño con la ansiedad. Porque el desierto no ofrece los recursos del bosque. Todo lo que habita el desierto se ha adaptado a lo más rudo y peligroso.
Este libro es, en definitiva, un rezo. Está atravesado por una espiritualidad muy rudimentaria, es decir, muy sincera. En una época en que los universitarios se reunían en Woodstock, cuando jóvenes movimientos sociales ponían sobre el tapete el debate conservacionista, el ecologismo, la reivindicación feminista, la defensa de las etnias y los pueblos minoritarios que estaban siendo arrasados por el capital, las protestas contra el armamento nuclear y las masacres en Asia, Abbey ya había resuelto todas las dudas. Él entiende que un amor idéntico al suyo por el suelo de arcilla y un cielo inseparable del viento se pueda sentir por el mar, la montaña o el río. En caso de no ser similar al suyo, al de John Muir, al de Thoreau, podríamos estar hablando de codicia. Pues hasta la codicia termina por deteriorar un sobreexplotado paraje agreste, austero, a veces barroco, sencillo, melancólico, desconcertante y, en ocasiones, simplemente inhabitable. Sin embargo, para Abbey hasta la presa comulga del mismo amor que el águila. Para expresarlo con términos semejantes a los que él utiliza, el Paraíso no tiene por qué ser un jardín. Cualquier enclave natural, salvaje y compensado es el Paraíso.

En el libro tienen cabida también los excursionistas, empresarios o cazadores que no supieron entender lo salvaje, un concepto de naturaleza leal que comparte con Gary Snyder. Y también ese lamento por la suerte de los indios navajos, arrojados al arroyo, condenados a cualquier forma de decadencia. El alcoholismo y la pose para el turista tienen en común la misma pérdida de dignidad. Abbey sabe que lucha una guerra perdida, pero no quiere largarse sin dejar testamento. Algo que también le iguala a Gary Snyder. De ahí este libro escrito con la misma textura que la película de Sam Peckinpah, La balada de Cable Hogue, posiblemente su obra maestra. Aunque lo prioritario, él mismo lo indica, no es la escritura, sino la paradójica elegía a algo que permanece con vida.

Fuente: La línea del horizonte

miércoles, 28 de junio de 2017

EL TURISTA DESNUDO

Sabiendo que es casi imposible repetir la magnética sensación de un gran viaje, Lawrence Osborne se empeña en llegar a la última frontera: los Kombai de Papúa. Por el camino se detiene en Dubai, Calcuta, Bangkok o Bali, en un delicioso libro escrito con la memoria destilada.

En el último libro de Paul TherouxEl último tren a la zona verde, se dedican cuarenta páginas, las últimas, a una especie de epifanía: la transformación, la revelación del viajero que de repente entiende que ya ha viajado. Lo complicado, sobre todo en el caso de Theroux, es comprender eso por encima del condicionamiento. Al fin y al cabo, sus viajes y sus libros de viajes han sido su vida, su pasión, su alegría. Durante esas páginas, da cuenta de una rendición, y a los setenta y cinco años se repite a sí mismo que tiene que haber otras vidas, otras pasiones, otras alegrías. Tal vez sean las páginas más interesantes de la obra de Theroux.

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“Todo lo bueno es libre y salvaje”

Fuente: Culturamas

THOREAU

Todo lo bueno es libre y salvaje

Varios traductores
Errata Naturae
Madrid, 2017
211 páginas


Extrañamente, Thoreau era un pensador de pulso vital, constante. Al contrario que la mayoría, no buscaba la frase brillante que se pudiera aislar, sino mantener siempre la idea en marcha: lenta y por tanto natural. Publicar un libro con una selección de piezas, demuestra que era siempre el mismo hombre. Por poner el ejemplo opuesto: Ciorán era capaz de defender una idea en un aforismo y la contraria en el siguiente, siempre y cuando tuviera buena pegada, estuviera escrita con potencia. Pero Thoreau era un hombre que vivía en el sueño, y eso no es algo esporádico. Por eso este libro está dedicado a su homenaje constante al origen de la bondad, que está en la naturaleza, o de lo que deberíamos haber sabido conservar de la naturaleza. La civilización, la creación del hombre, si no mantiene el respeto al medio ambiente, es una mancha. Porque no reniega de las buenas invenciones, de la música, por ejemplo, que hasta puede escucharse en el tañido de una campana. Thoreau siempre fue espiritual, y eso no es lo mismo que ingenioso. Quien busque en este libro una demostración de inteligencia parecida a la de Oscar Wilde, se equivoca. Cioran o Wilde podrían haber destrozado a Thoreau en una tertulia de radio al uso, pero Thoreau dio una demostración de sensibilidad con su vida. Esta selección de textos es parte de ella. De ahí su valor, en todos los sentidos de la palabra “valor”.
Pocos escritores o pensadores han tenido la puntería y el pulso de Henry David Thoreau. Pero a Thoreau no le gustaba la caza, así que usaremos otra metáfora: digamos mejor que pocos escritores o pensadores han sabido extraer la miel del mundo a partir de una sola flor, pocos han estado tan dotados para ese aforismo, esa frase o ese breve fragmento tras cuya lectura sentimos que algo destella, que algo en nuestra vida puede cambiar, que se despliega un conjunto inédito de posibilidades existenciales. Los libros de Thoreau, sus ensayos, sus diarios, sus poemas, sus cartas y sus manuscritos inéditos son una fuente inagotable del pensamiento más luminoso e inmediato, aquel que nos golpea en la cara como una ráfaga inesperada de aire fresco y vivificador. Desde esta premisa, hemos recorrido toda su obra y hemos recogido en este volumen una amplia antología de los mejores pensamientos de Thoreau: aquí se trata sobre la belleza y el azar, la aurora y el crepúsculo, la amistad y la imaginación, la moda y la dieta, la libertad y la insumisión, la música y el silencio, los indios y la sabiduría, la simplicidad y el dinero, los viajes y la soledad, los árboles y los pájaros, el trabajo y el amor, la muerte y lo que nos salva, lo salvaje en la naturaleza y en nosotros mismos, los libros y el inextinguible deseo de leer, lo sagrado en el cielo y en la tierra, la felicidad de las marmotas y de los humanos, los paseos por el bosque y también por la ciudad, la estaciones y el ciclo interminable de la vida… Un verdadero regalo para todos aquellos que, tal como dijo Thoreau, saben que todo lo bueno es libre y salvaje.

martes, 27 de junio de 2017

'Viajar es muy difícil', de Nuria Amat

Publicada en Quimera, por idea de Jorge Carrión

Viajar es muy difícil
Nuria Amat
Bruguera
Barcelona, 2009
236 páginas

Mis canciones favoritas



Publicado por primera vez en 1995, en la extinta editorial Anaya & Mario Muchnik, Bruguera recupera este libro de Nuria Amat, uno de los textos que dieron pie a la introducción en el mercado español de los géneros híbridos, esos que pretenden combinar la ficción con el ensayo, el libro de viajes con la poesía. De entre la relación de autores que han cultivado este modelo, creando un género a partir de la combinación de los ya existentes, cabe destacar el éxito de Sergio Pitol –El viaje- o de W.G. Sebald –Los anillos de Saturno-, quienes entendieron que el buen hacer literario radicaba en conseguir un mestizaje y no un mero cóctel de párrafos con origen más o menos singular, más o menos sofisticado.
Leído después de este tiempo, cuando ya no hay lugar para la sorpresa, el libro de Nuria Amat resulta ser una mera selección justificada de sus escritores favoritos del siglo XX, un canon subjetivo que es bien difícil de cuestionar: Proust, Pessoa, Kafka, Nabokov, el matrimonio Bowles, Joyce, Svevo, Kavafis, Anna Frank, Borges y Gombrowitcz. El asunto del viaje queda supeditado a la biografía de cada uno de ellos, encajando las piezas en ocasiones con una soltura fácil de comprender, como en el caso de Bowles, o forzando la asociación con una reconocible arbitrariedad, para lo cual basta leer el capítulo “Imaginar La Odisea con un Ulises imposibilitado para moverse”, dedicado a la inmovilidad aparentemente voluntaria de Kafka y Pessoa.
Con intención de sacralizar el oficio de escribir, la primera parte del libro es una digresión no exenta de un narcisismo corporativista. Considera que los grandes escritores han sido exiliados sociales, malditos en su temperamento nómada o antinómada, apartados del hombre común: “La vocación del escritor y la vocación del proscrito son inseparables”. Para ello se refugia en la búsqueda, dentro de distintas ciudades vinculadas a su canon, de elementos anacrónicos, casi siempre heredados de la literatura clásica del siglo XIX: las sombras, los tranvías, los artistas alcohólicos, las prostitutas envejecidas, los empleados de banca y oficinistas humillados, e incluso las farolas de gas. Amat se muestra convencida de que la causa militante del escritor posee una doble vertiente: el compromiso con lo más literario de la propia literatura y la denuncia social. En consecuencia, el escritor se ve sometido al conflicto que surge de meter dentro del mismo cuerpo la escritura y la vida. De ahí que establezca unas categorías muy cuestionables, como la que crea en el capítulo “La casa de atrás”, en que trata de encajar a sus autores preferidos en dos bloques: los que eligen la clandestinidad y los de actitud solidaria.
De mayor interés y osadía narrativa es el segundo bloque de textos, unos saltos a través de la literatura y la geografía que van emparejando a los autores. Y para cada uno de los doce capítulos elabora un recurso diferente: a través de un lector común, mediante una misiva, enlazando locura con locura, inventándose un encontronazo o compartiendo tertulia. En todos los casos, la prosa de Amat es de una calidad irreprochable: precisa, limpia y rica en matices de talante sensitivo, como explica Ana María Moix en el prólogo. Pero no en todos ellos la narración es suave, no siempre la transición está lograda. En alguno de los capítulos, como el que vincula a Pessoa con Svevo a través del tabaco, se notan demasiado las costuras, pues resulta una asociación evidente.
El libro termina con un arrebato de cólera, con un texto producto de la impotencia que produjo en la autora la guerra de los Balcanes, la matanza de civiles, los argumentos con que se justificaron y la connivencia de la comunidad internacional. Sin embargo, la razón noble que lo llevó a redactarlo no impide al lector reconocer un pedestal burgués desde el que se emiten los tópicos pacifistas. A este canto nostálgico al exilio del escritor, al miedo a volar y al autoritarismo que desencadena guerras, que pretende ser el libro, cabría revisar la oportunidad y pervivencia de estas páginas.



‘Mañana. Una revolución en marcha’, de Cyril Dion

Mañana. Una revolución en marcha

Cyril Dion

Traducción de Silvia Moreno Parrado
Errata Naturae
Madrid, 2017
355 páginas

Subidos en lo alto de una torre de una central nuclear, exhibiendo una pancarta de dos hectáreas, o flotando contra las olas de los buques balleneros, en la línea de disparo del arpón, las imágenes de activistas que se dedican a denunciar la violencia contra el planeta no cesan. Como no cesa el debate sobre lo oportuno de sus actuaciones o los interrogantes sobre su producción sobre el respeto a Gaia. Pero existen otros actores, menos populares, que no se encuentran tanto en el colectivo de denuncias como en el de construcciones. Es cierto que necesitamos la bandera de la lucha a favor de la integridad de la naturaleza, de la vía campesina, de la educación moral, de la salud de las ciudades y de todo aquello que permita la supervivencia del planeta y el aire fresco dentro de nuestras molleras. Pero también lo es que nada se puede hacer sin propuestas que demuestren ser viables, humanistas, humanitaristas y humanas. De eso trata este Mañana. Cyril Dion (Poissy, 1978) dirige un grupo de personas encargadas de filmar un documental sobre distintos proyectos en diversos lugares del planeta. A lo largo de ese recorrido, a la par que la filmación ha ido escribiendo este libro, que es mucho más que un recorrido por las libertades, en el que se reproducen los contenidos del documental.
La conclusión a grandes problemas, en este caso, son pequeñas iniciativas. Nada de doblegar el mapa político. Aquí de lo que se trata es de dar por finalizado el mundo tal y como lo conocemos organizado, pensar que esa guerra está perdida, y construir algo a partir de la sociedad civil. Dicho de otro modo: Robin Hood montó la primera experiencia de solidaridad libertaria en el bosque de Sherwood, mientras que el resto del planeta se deshacía en guerras de señores feudales. Pero hoy son las multinacionales y el sector financiero, y sus marionetas, las cámaras parlamentarias y los grupos políticos, el equivalente a los señores feudales. Mientras que Robin Hood son las valientes aldeas que hacen la transición energética por su cuenta. O la agricultura urbana que empieza a revivir a ciudades tan decadentes como Detroit. En San Francisco, un grupo de voluntarios demuestra que, para proceder a un compostaje valioso, lo único que hace falta es paciencia, algo que se echa de menos en nuestros días. Cualquier experiencia que tenga cabida bajo el neologismo permacultura -imitación de la naturaleza-, es susceptible de caer bajo la mirada de Cyril Dion y sus compañeros. Las experiencias que narra no dejan de sorprendernos, porque todas ellas buscan producir algo que no sea dinero. Por ejemplo, y aunque parezca mentira, comida.
Descentralizar la producción, distribución a pequeña escala, autonomía de las poblaciones para facilitar la seguridad alimentaria, cómo reducir las emisiones de CO2… todo ello parte de un valor inigualable: el hombre está hecho para crear, no para consumir. La creatividad pasa a ser el eje de la educación, junto con el respeto, para lo cual viajan a Finlandia y demuestran que, en definitiva, se trata de tener sentido común: el respeto no se supone, se gana siendo persona. Esos serán quienes entiendan que la economía debe ser colaborativa y que, paradoja por paradoja, internet facilitará este modo de vida. Sin violencia ni grandes medios de comunicación ni presupuestos desmesurados, las experiencias que se narran son pura insurrección. Iván Illich es uno de los autores recuperados, como Vandana Shiva, la agricultora que denuncia la apropiación del mercado de semillas por parte de Monsanto, que fue discípula de Illich. Y que, al igual que él, piensa en la desescolarización necesaria, en tanto la fractura escolar siga siendo hija del siglo XIX.
¡Ah! Sí. Además, está un capítulo interesantísimo sobre el dinero. En ese no entraremos en detalle, porque merece la pena leerlo varias veces. Una vez que existe el patrón oro de los señores feudales, viene a sugerir, eso no impide que las pequeñas poblaciones creen -de nuevo la creatividad reivindicada- una moneda que les sirva para sus transacciones. Porque eso del crecimiento económico como panacea es un invento muy discutible. Está claro que no sirve para estabilizar la economía de un país, ni mejorar la salud de la gente, ni siquiera para crear empleo. Crear. Bonita palabra. Creación, creatividad, todo eso que nos hace humanos, humanistas y humanitaristas, que será lo que nos salve de la maldición de la economía moderna. Gracias, Cyril.

Fuente: Culturamas

Algún día escribiré sobre África

Este libro, que reseñé para Quimera, es sencillamente buenísimo

Algún día escribiré sobre África
Binyavanga Wainaina
Traducción de Jesús Gómez Guitérrez
Sexto piso
Barcelona, 2013
324 páginas

Flores que brotan lejos del conocimiento



¿Cuál es la verdadera materia con la que se construye la literatura? Al principio, están las palabras. Cada palabra es un concepto, una idea. Cada pareja de palabras es una nueva idea, un enriquecimiento, una polisemia al tiempo que una novedad. Y a medida que se incrementa el número de palabras, asciende el sentido de lo que hablamos, de lo que escribimos. Pero además está la música. El ritmo de las palabras, que es la demostración de los diferentes grados de la sensibilidad, de las alteraciones emocionales. Escribir es también una cuestión de oído. Y de imaginación, de esa versión de la inteligencia que consigue que la fantasía se nutra de la realidad en un camino de ida y vuelta. En literatura, la realidad nos sacude desde la ficción. Aunque el texto sea autobiográfico. Como en el caso de este excelente libro, de esta crónica en la que queda patente otro de los requisitos que debe poseer la materia de la que se construye la literatura: que el que gaste palabras e ideas tenga algo que contar.
“Tengo siete (años) y sigo sin saber por qué todo el mundo parece saber lo que hace y el motivo por el que lo hace”, confiesa, al principio del libro, Binyavanga Wainaina (Nakuru, Kenia, 1971), y mantiene viva la pregunta a lo largo de cada página. Consciente de que él es mundo, procede, desde esa declaración de intenciones, a narrar sin trama su extrañamiento. Porque en esta obra magistral de la literatura, Wainaina da fe de que la gran certeza no ayuda a conocer, que es casi hasta necesario preguntarse constantemente quién es uno mismo, extrañarse de uno mismo. Y, en su caso, representar el extrañamiento por esa África de la que desearía hablar, pero siendo un escritor con un alma tan africana como Ben Okri o Ngugi Wa Thiong’o, reconoce que sólo está en ruta. Cada párrafo, cada expresión, cada capítulo, representa mirar de nuevo, volver a sentir, ir a cada episodio de la vida como si uno estuviera naciendo. Dado que el mundo está en transformación, ninguna experiencia, y mucho menos la literaria, debería ser ajena a los momentos iniciáticos. Como los que van construyendo el sentido de un libro sensato, creativo y honesto: Wainaina reconoce que el muestra sólo un trozo de África, su trozo de África. Y eso pedazo, que es al mismo tiempo su vida, tan pronto es un lugar como una sensación, un gesto como un acto, un sonido como una reacción. Hasta un lugar común puede tener cabida en el libro, un tópico aceptado por el occidente colonial e incrustado en este mosaico atomizado.
Al fin y al cabo, este libro trata sobre la memoria, y la memoria funciona sin argumento, sin hilo narrativo, sin la perfección de una trama, pero salpicada de flores y de conflictos. Los recuerdos son inmediatos y por tanto breves. A lo que más se parece la memoria es a un parpadeo, seguido de otro parpadeo. Y cada vez que cerramos los ojos, junto a las sensaciones nos sacude la conciencia de vivir en el presente: “La peor de las maldiciones del pasado es que siempre empiezan ahora mismo”, dice Wainaina, que siente que no debe seguir viviendo en su propia historia. De ahí esta nostalgia con un punto dulce de acritud, de drama ambiguo, de ahí la necesidad de cauterizar que vincula un recuerdo con el siguiente. Aunque no se trate de un libro catártico. Es, más bien, un canto reclamando la falta de sinceridad que existe en quien pretende enunciar y explicar la complejidad y diversidad de una tierra, la tierra donde nació la música. Y donde las metáforas viven en plena ebullición. Y no sólo entre las líneas de la literatura, sino incluso en el concepto con que se gestó este libro, esa metáfora del hombre perdido que, de alguna forma, también se encuentra en Teju Cole y su Ciudad abierta, por ejemplo, una obra que Wainaina consigue superar a lo largo de estas trescientas páginas que no deberían faltar en ninguna biblioteca.




sábado, 24 de junio de 2017

El abrigo de Thomas Mann. Golo Mann y sus amigos españoles

Fuente: Revista de letras

El abrigo de Thomas Mann. Golo Mann y sus amigos españoles

Juan Luis Conde
Reino de Cordelia
Madrid, 2016
286 páginas

Para eludir cualquier mal olor a despedida, mientras agitas una mano al aire en señal de adiós, la otra la guardas en el bolsillo, donde escondes un amuleto de tu infancia o de tu juventud, que aprietas fuerte para aferrarte a la sensación de que a pesar del instante, conservas contigo tu universo intacto. Ese ejercicio conviene ponerlo en práctica de vez en cuando, para asegurarnos de que la memoria es un ejercicio del presente, pero aquel que se marchó, que solo habita allí, en un ángulo de sol de la memoria, se marchó para siempre y para siempre habrá merecido la pena haberle conocido. Despedirse es una derrota. No despedirse es la caída en el infierno. Por eso, con la sabiduría que heredó del “hijo feo” de Thomas Mann, el historiador Golo Mann, Juan Luis Conde (Ciudad Rodrigo, 1959) vuelve a apretar su fetiche en el bolsillo y ejecuta un ejercicio de despedida, un testimonio que demuestra que lo más profundo está a flor de piel. A Golo Mann, no cabe duda, le hubiera encantado leer este libro. En él se da cuenta de la falta de respeto hacia sus últimas voluntades por parte de sus herederos o albaceas, y contra ellos se rebela Juan Luis Conde sacrificando lo que hubiera de gloria en Golo Mann, que fue mucha, por una descripción minuciosa de sus paseos. El respeto hacia su figura no lo obtenemos por una enumeración de destellos de ingenio, por un dibujo de alguien que nos deslumbra. No. Aunque sí aparecen pequeñas dosis de consejos hacia el autor, en forma de notas sobre el amor, la juventud y la vejez o la aventura que es vivir, donde se da fe de la sabiduría de Golo Mann es en la precisión con que se describe la intensidad suave, pero firme, durante unos paseos de octogenario, agarrado a sus bastones mientras sube las cuestas de un valle alpino.
¿Qué llevó a Juan Luis Conde a compartir una década de su vida con Golo Mann? Si nos atenemos a los acontecimientos, fue casi una casualidad bohemia, una oportunidad que les salió al paso a unos jóvenes que trataban de ganarse unos cuartos en Suiza antes de regresar a España para, en el caso del autor, sacrificar un año en el servicio militar. Pero las casualidades no existen. La suerte nos la hacemos. Y en este caso, Juan Luis Conde nos ofrece un libro que trata a conciencia ese momento descabellado, intenso, dramático e incierto, que empieza con sabor a gloria cuando uno recoge su título de licenciado. La vida académica, en este caso dedicada a la filología clásica en su capítulo universitario, ha finalizado, y ahora lo que toca es hacerse mayor. Y eso que comienza con euforia a los dos días se ha transformado en miedo a vivir.
Para echar más leña al fuego, Juan Luis Conde sale disparado de una ciudad media española en la que no faltan las miserias, una ciudad trazada con cartabón mellado, según sus palabras, por la que ningún visitante se perdería, y que va devorando al conjunto monumental. Existe una Salamanca, sí, que concita cierto respeto de los académicos, “pero solo la otra es real”, afirma, antes de comentar que para los habitantes de esta ciudad la degustación de las criadillas de marrano es la más refinada de las experiencias. No se puede estar más de acuerdo. Hay que salir o vivir de espaldas a la vanidad de esas ciudades. En su caso, para topar con un viejo gruñón, misántropo, que reniega de su apellido y admite cuatro nacionalidades, que desearía ser recordado por su obra y sus amistades y no por ser el hijo feo de Thomas Mann, alguien que en Alemania es de por sí un género literario. Una aseveración que tal vez no sea un elogio. Un anciano que está enamorado de un joven mexicano, un tipo muy magnético y que desde la distancia admira a España, un país que, para Juan Luis Conde, es o era una caricatura. No hay que olvidar que nos estamos situando en la década de los ochenta, durante la consolidación de la transición o el triunfo del PSOE y otra serie de acontecimientos que se reflejan en la narración autobiográfica, porque ni Juan Luis Conde ni sus amigos, entre los que destaca su hermano pequeño, son impermeables a los acontecimientos sociales de un país por el que no saben si merece la pena luchar. Esa ignorancia es parte de lo difícil que es salir de la crisálida para hacerse adulto.
El grupo afín al autor, según él nos va relatando, tiene a la razón por refugio contra la ignorancia. Sin embargo, de Golo Mann va aprendiendo la sabiduría del instinto. Ese saber escuchar a todas las células del cuerpo, que saben cosas que el cerebro ignora. Y que vienen, sí, de la experiencia de vivir. En lugar de entretenerse en detalles más propios de libro de autoayuda, Juan Luis Conde recurre a la forma de ficción verdadera. El libro podría ser, perfectamente, una novela, si cambiáramos los nombres por otros figurados. Una de esas novelas que te llevan a las lágrimas en los párrafos finales. Porque es sorprendente en un autor como Juan Luis Conde, un intelectual que nos ha dado libros de aventura barrocos, como Hielo negro, ensayos a conciencia, como El segundo amo del lenguaje, y la maravillosa novela El largo aliento, es capaz de conmovernos. Es capaz de escribir, precisamente, con todas las células del cuerpo. Esa es la salida que ha encontrado para cerrar una herida, o a dejarla abierta -¿por qué cerrar una herida que nos ha ayudado a crecer?-, hablando sobre la vejez de un testigo del siglo XX. Un hombre, Golo Mann, que entiende que para desnudar su inseguridad debe recurrir a la poesía, una obra en la que, de vez en cuando, existe una ligerísima tendencia a la glosa que nos remite a la poesía. Y sobre la poesía también trata la soledad tanto de Golo Mann como de Juan Luis Conde, pues a la hora de afrontar los momentos complejos, pese a contar cada uno de ellos con el apoyo del otro, se dan cuenta de que están solos. Y para esa soledad inventan el bálsamo, como no podía ser de otra manera, de la poesía.
Sí. A este mundo, como dijo tantas veces Ernesto Sábato, le falta poesía. Por eso estos libros son tan imprescindibles como quienes los protagonizan.



'Cuerpos sucesivos', de Manuel Vicent

Una reseña que no llegó a publicarse, escrita para Lateral hace tiempo



Cuerpos sucesivos

Manuel Vicent

Alfaguara
Madrid 2003
207 páginas
17,50 euros

Manuel Vicent ha escrito una novela sin perfiles. Afortunadamente. Sabedor de la potencia y belleza de su estilo, Vicent se ha propuesto hablar del amor, algo que carece de un contorno definido, reflejado en las pasiones más brutales y en la derrota que la vejez supone para los cobardes. Para lograrlo ha creado dos protagonistas en los que se funden a un tiempo los extremos: son a la vez orgullosos y miserables, tímidos y vehementes, voluptuosos y temerosos de la muerte, de espíritu atormentado y cuerpo improbable. Porque los referentes de la novela se encuentran en la poesía de amor, en la cultura neoclásica y romántica y gótica, en las vidas de Virginia Woolf y el grupo de Bloomsbury, quienes fundían la estética y los vicios decadentes. Y así el maduro profesor de literatura y la joven violonchelista van repasando sus lances de amor, que son encuentros de pasión ardiente hasta el sadismo físico y moral, mientras viven el propio, una historia condenada al desenlace fatal a no ser que la magia acuda en su salvación. Pues será la magia, lo místico, lo espiritual, lo único capaz de librarnos de los peligros del amor, que en este caso, parece decirnos Vicent, son los peligros del sexo sin límites: la licantropía, el vampirismo, las prácticas sadomasoquistas, el esoterismo, lo diabólico. Consciente de la fortaleza de su forma de mirar, que pasa necesariamente por las virtudes de su estilo, la prosa llena de luz de Vicent sirve para poder observar de frente a todos estos vicios, a unos fragmentos de vida que a pesar de su corrupción pueden ser entendidos como una forma de belleza muy grave. Tan sólo cabe lamentar que en los diálogos el autor siga rigiéndose por idénticas pautas sin otra justificación que la mitomanía de los protagonistas, lo cual crea un inmerecido aire de irrealidad, y también es censurable una tendencia a lo solemne difícil de mantener durante doscientas páginas sin caer en la monotonía. Por otra parte, sí acierta en la imagen de una ciudad irreal, desdibujada, que sirve de escenario. Porque los perfiles no importan. Importan los entes de pasión colmados de sensaciones, importa la belleza adolescente, la magia del alma, el azar, los recuerdos y todo lo que pudiera significarse bajo una expresión tan imprecisa como “matarse de amor”. Aunque lo mejor de Manuel Vicent nos sigue llegando en forma de culto a la memoria o en distancias más cortas, cabe recibir con interés esta novela breve que busca consagrar la idea de que el amor son los mordiscos que perfuman los corazones... y los cuellos.