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sábado, 6 de mayo de 2017

LA ANALFABETA

La analfabeta
Agota Kristof
Alpha Decay



Fuente: Revista de letras
Son escasísimos los autores cuya lectura nos hace pensar que comenzaron su obra en el año cero de la era literaria. Agota Kristof (Csikvánd, Hungría, 1935 – Neuchâtel, Suiza, 2011), pertenece a esa generación que se ha ido multiplicando, sin orden ni concierto, a lo largo de la historia y del planeta. Autora de una de las más desconocidas obras maestras del siglo XX, El gran cuaderno, obra que continuó hasta completar la trilogía Claus y Lucas, Kristof posee el mejor estilo desnudo de la frase corta, de la pegada larga, esa que deja al lector con resaca. Su estilo se debe, como cabe concluir de esta recopilación de breves apuntes autobiográficos, a que la lengua en la que escribe, el francés, le vino impuesta. Se debe a esa sensación exagerada de no ser dueños de nuestro destino, ni siquiera a la hora de escoger qué libro leer. Lo cual, tal y como desarrolla sus relatos, sin tomar partido, no es ni bueno ni malo. Como comenta Josep María Nadal Suau en el prólogo, el tono en que escribe delata a quién se dirige el escritor. Y en el caso de Kristof, esa elección, que es y no es voluntaria, nos lleva a concluir que se dirige a un vacío que es nuestro. Y, por tanto, si en nosotros hay vacío, tampoco existen las conclusiones morales.

El libro comienza con la infancia, con el despertar intensísimo de los sentidos, con la percepción del mundo que compagina con la perfecta inutilidad de la lectura, porque en ella los sentidos no nos desgarran. Posteriormente incorpora la imaginación, que es un beneplácito como oyente, pero también un arma cargada de crueldad a su disposición. Al llegar a la adolescencia, en un internado, consigue igualar la objetividad desnuda con cierta ferocidad, y el silencio con la escritura; consigue transmitirnos que en los peores momentos, la nostalgia de la memoria es un muro que ciega el futuro. Con la presencia en esos años de la pobreza, Kristof se da cuenta de que la risa es una evasión, pero que en las evasiones no todo es alegría. Para a continuación exponer lo que supuso para ella la primera impresión del exilio, ese cambio de lengua que desconoce si es una pérdida de identidad; suponiendo que la identidad sea la infancia.Pero siempre está presente el miedo como motor que mueve al mundo, por encima de cualquier otra sensación. La anemia de los capítulos así lo corrobora. Como también corrobora su falta de cobardía a la hora de afrontar cada episodio con una objetividad helada: “fiscaliza cada palabra para que nada resulte sentimental, fantasioso o inexacto”, escribe Nadal Suau. Kristof nació en Hungría en 1935 y tras atravesar la Segunda Guerra Mundial y el régimen prosoviético, con apenas veintiún años y ya siendo madre, dejó atrás su patria, que como va dejando expresado a lo largo de este puñado de páginas, se representa en su lengua. De esta manera, queda un poso a ignorancia de identidad en su obra, un deje de agonía sin llanto. No hay raíz, pero tampoco mentira. Todo es puro esqueleto.
La muerte de Stalin sugiere un capítulo en el que a través de la lectura de Thomas Bernhard, uno se pregunta qué clase de vida existe dentro de lo puramente literario. Después cruza la frontera, la tierra de nadie y por tanto una cosecha para el olvido. En su primera etapa como emigrante, las únicas certidumbres que la acompañan son la escritura y la conciencia del desarraigo. Porque aunque las cosas vayan bien en el exilio, este no deja de ser un desierto, y el desierto es el escenario simbólico de la soledad. Hasta que encuentra en la literatura algo que le reconforta, aunque siempre con esa impresión de momento de agonía congelada que existe en todos sus libros, con esa verosimilitud sin lógica y tal vez sin equilibrio ético. La única vía de fuga que hasta ahora había dejado al lector la literatura de Agota Kristof, era la de salir del cuadro para reflexionar que aquello era una ficción de una aspereza onírica. Mientras que ahora, en esta puerta abierta a su vida, ya no cabe esa distancia. Kristof calificó La analfabeta como una serie de redacciones escolares. En esta ocasión, y en contra de lo que viene siendo la educación formal, acudimos a la escuela para aprender.