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domingo, 21 de mayo de 2017

Buscando un pájaro azul

Un libro maravilloso, publicado por Automática, que en su día reseñé para Quimera

Buscando un pájaro azul
Joseph Wechsberg
Automática Editorial
269 páginas
Abril, 2014

Rapsodia para la bohemia


Buscando un pájaro azul pertenece a la envidiable categoría de libros felices. Se trata de uno de esos textos que a cualquiera le gustaría haber escrito. Porque narra anécdotas en las que nos gustaría haber participado. Y para hacerlo recurre a un tono que participa de la alegría de vivir. De hecho, tal vez de esto, precisamente, traten estos textos, de la alegría de vivir. De ahí que transmita felicidad al lector, una dosis de entusiasmo muy recomendable para el próximo fin de semana. Una dosis que nos hace desear que algún editor se anime a recuperar algún otro texto de Joseph Wechsberg (Ostrava, 1907 – Viena, 1983). Sabemos que escribió ensayos y libros de viaje, y también cientos de crónicas y artículos para revistas como The New Yorker o Esquire. Algunos de los cuales se encuentran dentro de este Buscando un pájaro azul. Y confiamos en no tardar mucho en toparnos con ellos. También sabemos que de todas las profesiones que ejerció, aquella con la que se identificaba, a la que confió esa suerte bohemia que consiguió crearse, fue la de músico. Wechsberg ejerció como violinista en orquestas, bares y barcos. Pasó meses sin ver la luz del sol, pues trabajaba de noche en algún garito parisino, y recorrió millones de kilómetros de océano con el compromiso de tocar a diario la Marsellesa.
Y así, a través de sus escritos nosotros descubrimos un mundo al que no podríamos aproximarnos de otra manera. Hay una segunda bohemia, alejada de las buhardillas de pintores y escritores malditos. Y esta es la de los vividores. Como Wechsberg, cuya audacia se caracteriza por el deseo de vivir. Un hombre de ingenio, con recursos para adaptarse sin perder el sentido de humor que conviene preservar para sostenernos en el mundo con dignidad. Y con una capacidad de improvisación notable. Como notable es su empatía, su compasión, su talento, en definitiva, para prestar atención a los detalles de humanidad que dan empaque a las anécdotas que relata, a su estilo, mundano, humilde, ocurrente pero nada mendicante, para buscarse el pan de cada día. De ahí que, por ejemplo, dedique varios episodios a otros humildes exiliados con los que topa en los barcos, como los camareros asiáticos. De ahí que su simpatía se vuelque hacia los que puede considerar sus congéneres, hacia los sencillos.
Siempre reconociendo que vivir es permanecer en el presente, Wechsberg puede llevarnos a su llegada a Nueva York sin olvidar el extrañamiento del desahuciado, que transforma en humor gracias a ese preludio del futuro que podemos llamar fantasía. O nos lleva de la mano a conocer a un pianista en permanente narcolepsia. O convierte a un coro de un local en un protagonista algo decadente, debido a que actúa entre los gestos de la comedia de cine mudo y la nostalgia de lo que ojalá no hubiera tenido lugar. Consciente de su membresía en la comunidad de supervivientes, nos lleva junto a sus compañeros de la claque de la ópera de Viena, desvelando sus manipulaciones con tintes de gamberrada juvenil, y otorgándolas el prestigio de la memoria. Y para combatir las dificultades que tiene a la hora de encontrar su lugar en el mundo, siempre acude al refugio de la amistad. Porque esta le facilitará la verdadera patria. Cabe preguntarse, durante la lectura de sus episodios como músico de barco, qué tipo de exilio es al que se somete, qué carácter se corresponde a quien elige ese desarraigo. Pero ese es un asunto que esperamos resolver el día en que caigan en nuestras manos nuevos textos de Wechsberg. Por lo pronto, sólo cabe recomendar a todo el mundo que el próximo fin de semana no se olvide de colocar Buscando un pájaro azul en su mesilla de noche o en el interior de su maleta.