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domingo, 28 de mayo de 2017

‘Alpinismo bisexual‘

"¿Le importaría no enviarme más correos? Muy agradecido". Y ya. Desconozco el motivo, y más teniendo en cuenta que basta con enviar el correo a la papelera sin abrirlo, si uno se siente incómodo. Lo que sucediera entre este muchacho y los demás, terminó por afectarme. Yo me limito a intentar compartir alegrías, también con él, porque se lo merece. Sea como sea, hoy recupero las impresiones que en su día publiqué sobre su obra en La línea del horizonte

Entre cumbre y cumbre, el mundo

Alpinismo bisexual es una recopilación de las mejores colaboraciones de Simón Elías en medios como Desnivel o Campo Base. Con un fino sentido del humor, el montañero nos cuenta que el mundo puede ser un lugar entretenido y nosotros unos tipos menos frívolos.

Si el Dios del Antiguo Testamento se dejara caer por las calles de una ciudad del norte de Europa, tardaría muy pocos minutos en dar con sus huesos en la cárcel. El mismísimo Tribunal de la Haya decretaría prisión incondicional para el mayor de nuestros mitos, imponiéndole una fianza que dejaría secas las arcas de todos los cielos que ha creado la mitología. Algo semejante ocurriría con muchos de los mitos que nos alimentan, incluido el Panteón Olímpico, con el mujeriego Zeus a la cabeza. Pero si los etéreos habitantes del monte más famoso de Grecia no superarían las pruebas de limpieza moral y delitos penales a que podría someterle el fiscal más perezoso, no es debido a su actuación en lo alto de la cumbre, sino a su paso por la tierra de los hombres, a sus dedicaciones mundanas. Entre col y col, lechuga. Entre cumbre y cumbre, el planeta que llamamos Tierra, el mundo.
Simón Elías (Los Cameros, Rioja, 1975), guía de montaña, profesor en la Escuela de Montaña de Benasque, Piolet de Oro en 1995, y colaborador en varios medios afines a la montaña, recopila en este volumen, Alpinismo bisexual y otros escritos de altura, las mejores de las crónicas que ha escrito cuando se encontraba en el mundo, en los espacios que ocupan su vida entre cumbre y cumbre:
“Lo más interesante del alpinismo no es la actividad, el simple acto de subir montañas, sino todo lo que gira alrededor de una idea tan descabellada: los viajes, las noches de espera en ciudades que intimidan, la ley de países sin política, montar a caballo, despellejar animales, las pulgas, el nomadismo, las diarreas…”.
Ahí es donde debe mostrarse como un poeta de la acción, y acude a la poesía con un sentido del humor empeñado en darle la vuelta, como a un calcetín, a lo cotidiano, para ver qué resulta de su enfrentamiento con un idealizado mundo alpino que, tal vez, se encuentre en peligro de extinción. En realidad, lo que Simón Elías hace es prestar atención a los detalles con los que resulta imposible no encontrarse: en los baños del avión, en los pasillos de los aeropuertos, en los autobuses públicos nocturnos, en las calles de Londres, en las rutas de Tíbet, en los bares de Logroño, en las fiestas populares del mundo rural. Y, a continuación, pone en marcha su mirada, repleta de parodia, para hacer de los encuentros una fiesta y salir disparado hacia adelante, hacia su proyecto de sentir que está existiendo.
El absurdo, y la calidad del absurdo, en este caso entre la ternura y una sofisticada dosis de intimidación, se encuentran en la mirada del observador. Lo que importa es estar dispuesto a sonreír. Y para ello, nada mejor que la sorpresa. Y los hechos se califican como sorpresa por su capacidad de hacernos sentir que estamos aprendiendo: cualquier acto, cualquier cosa, cualquier persona que nos sale al paso, es una novedad: “Viajar es educar la mirada para que encuentre lo diferente, lo insólito”. Y el recurso que tenemos a mano es una combinación de heroísmo y humor, porque leyendo Alpinismo bisexual es imposible no esbozar sonrisas, pero también no sentir que se echan de menos los mejores tiempos:
Durante años hemos ido a la montaña para buscar espacios de libertad. La escalada, el puro ejercicio físico de ascender, era algo anecdótico; lo importante era compartir un vivac con los amigos, comer una pasta que sabía a té del desayuno y compartir un cigarrillo bajo las estrellas, lejos de toda legislación. En la montaña, en la naturaleza salvaje, nos alejábamos de las constricciones sociales y crecíamos como personas, como amigos, como comunidad; luego intentábamos implementar esos valores en la vida urbana para hacer de ese mundo violento un lugar un poco más apacible. Finalmente hemos hecho lo contrario. Hemos traído a la naturaleza la competición, la selección biogenética y los cronómetros. También el respeto a las leyes y la implantación del intercambio comercial como centro de una actividad en la que la felicidad se medía por la cantidad de tierra acumulada en las orejas. Hemos creado un conjunto de reglas inviolables que rigen la vida campestre y que asfixian todo elemento lúdico. Vinimos a buscar espacios de libertad y construimos monstruos normativos. Íbamos a hacer un viaje de escalada y acabamos haciendo turismo de montaña”.
Sin duda, Simón Elías es una de esas personas que desean pasar por la vida sin alterar lo que le sale al paso. Y, sobre todo, sin alterar la paz y la limpieza de la naturaleza, de los picos, convencido de que el mundo es mejor que nosotros. A pesar de lo divertido que resulta leer sus crónicas, uno termina convencido de que Simón Elías es alguien para quien la vida, por suerte, es una cosa muy seria. De ahí que sea capaz de encontrar una definición de la enfermedad de quien se embarca en un viaje sin compañía, tan sutil como esta:
“Tras una cena frugal regresé hacia el hostal con la primera punzada de melancolía. Es un sentimiento conocido: la enfermedad de los viajeros solitarios, mezcla de clase magistral y de tristeza”.
Cualquiera que haya pasado varios meses en solitario, recorriendo mundo, puede reconocerse en esas palabras. Y cualquiera que desee leer unas cuantas páginas dignas de estar en nuestras estanterías, debería hacerse, ya, con estos escritos de altura.