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martes, 12 de diciembre de 2017

DIARIOS DE LAS CANARIAS

Diarios de las Canarias

Sanmao

Traducción de Irene Tor Carroggio
Rata Books
Barcelona, 2017
373 páginas

Eco es el nombre de una ninfa que se vio reducida a sonido, a palabras que repetían las palabras de los hombres. Al fin y al cabo, de manera más o menos sofisticada, a eso se reduce la literatura. Cuanto más sofisticada sea, eso sí, a menos voces de menos gente representará. Echo, cuya pronunciación es la misma que el nombre de la ninfa griega, es el nombre real de Sanmao, de quien ya habíamos leídos sus Diarios del Sáhara.Ahora, esta mujer de Taiwan se ha asentado en una casa de Tenerife, mirando al mar, junto a su marido. Habla un castellano perfecto y con ese sonido, con ese eco, puede reproducir lo que siente en palabras. Para la escritura, eso sí, utiliza su lengua materna. Pero eso carece de importancia, dado que la traducción de Irene Tor deja bien claro que se trata de una comunicación con la gracia de la ingenuidad. Es más ingenuo el niño que el adulto, el campesino que el urbano, el analfabeto que el erudito, el sabio que el cínico. Ser más ingenuo, como demuestran las comparaciones anteriores, significa ser más libre. Sanmao se otorga a sí misma el derecho a la libertad, a la ingenuidad y refiere que solo hablará de aquél o aquello que haya amado o le haya acariciado las mejillas. Escribir será un acto de felicidad.
Apenas roza las ciudades y pasea mucho para recoger cosas de la basura, como hicieron Picasso o Miró con sus obras de Objects Trouvées, reutiliza, decora, lee. Cree que la tradición es una artrosis y prefiere la moda hippy. De hecho, tiene el alma hippy. Por eso sus escritos son sobre un burro o el cine, sobre una comida típica o cómo ve desde fuera a los turistas chinos, sobre la paz del hogar o el cementerio de los vivos. O sobre una noche en el desierto. Habla en un lenguaje en que se refiere a cada faceta del ser como praderas del alma, celebra la amistad y pretende que, en lugar de meditar en cada acto, lo que suceda es un juego. Da la sensación de dejar lo excepcional fuera del cuadro, de centrarse en ser uno más porque lo interesante, lo que destaca, no es lo que nos hace felices.
Y así vamos leyendo a esta persona que se construye como generosa, delicada, compasiva, pobre, humilde, tozuda, sobre todo cuando pretende alcanzar la sencillez, que es la cumbre de la felicidad: estar donde estamos todos. Hasta que un accidente de mar siega la vida de su marido y así lo que antes era paisaje ahora será tumba.
Años más tarde volverá a España para cerrar este capítulo. Necesita despedirse. De eso tratan los últimos capítulos, tal vez los más inocentes, porque son en los que más derecho tiene a ser inocente. Confiesa que en situaciones como la suya lo que se necesita es tranquilidad antes que afecto, de ahí que las despedidas contengan una emotividad justificada y real, pero no nos saquen lágrimas. Ejercer los ritos de despedida es un acto de bondad que se concede a sí misma. Por ejemplo, regalar. Porque el valor de las cosas no existe y no es posible vender. Sí, todo esto suena a felicidad y a infelicidad de hace cuarenta años, cuando pensábamos que la vida le devuelve a uno lo que se merece. Pero eso no es cierto. Lo que ocurre es que Sanmao no aprieta esa clavija y nos permite convivir con ella y con lo que le da la vida, que suelen ser cosas pequeñas.

Fuente: Culturamas

lunes, 11 de diciembre de 2017

CORÓNICAS DE INGALATERRA

Corónicas de Ingalaterra
Una visión crítica de Londres
Eduardo Moga
Varasek
Madrid, 2016
307 páginas

Si Londres muriera, sería enterrada con honores militares del siglo XIX. Salvas con bayonetas, misa en latín con traductor simultáneo, incluido el traductor para sordos, un paseo silencioso por barrios de casas con buhardilla y gatos sobre las tapias, que evitaría las calles del Soho, aunque las prostitutas de Londres habiten ya en arrabales y sean mestizas. Lo que cuenta es conservar la fama. Las puertas del British Museum se cerrarían y un crespón negro se colgaría en cada estatua, incluida la del almirante Nelson, a quien se fotografiaría asegurando que se le veía caer una lágrima. Los policías dejarían sus nuevas gorras de plato y cuadrados blancos y azules, para ponerse el uniforme de gala, ese que lleva un orinal en la cabeza. Si Londres muriera, seguiría siendo el mismo Londres de hace siglos, el mismo Londres que visitó Julio Camba o Ignacio Carrión, un sitio raro porque los coches circulan por la izquierda y los punkies lucen crestas de gallo diseñadas por alcohólicos de cerveza negra. Sería el mismo Londres en que se jugaba al fútbol con pelotas de cuero reforzado y volvería la tristeza durante un día, de tal manera que el vaho de sus habitantes haría regresar la niebla que desapareció el día en que se puso filtro a las chimeneas de las fábricas. Pero al día siguiente el Speakers Corner se llenaría de orates, las cabinas se barnizarían para que posen junto a ellas los turistas, el Big Ben volvería a dar las horas con una puntualidad marcada por la ciencia de Greenwich, la gente sería amable y, sobre todo, se hablaría inglés. El inglés es un idioma muy extendido, a pesar de ser originario de una parte de las islas británicas. Se conoce como inglés, no como británico, una batalla que ganó Londres al mundo, como la ganaría Burgos si nuestra lengua se llamara en todo el planeta castellano y no español. Y además, Seguiría siendo un sitio caro, carísimo, excepto los museos nacionales, que seguirían siendo gratis.
En Londres, uno siempre es un invitado.

Debe existir, sí, el londinense, la persona cuyo árbol genealógico no saca sus raíces de Londres en centurias. Pero los demás, quienes se afincan para el resto de la vida o quienes pasan allí un fin de semana, siguen siendo unos invitados a esa ciudad en la que cuerpo y prótesis son una misma cosa. Eso sí, las prótesis se las ingeniaron para gestarlas cuando se inventó la literatura, y se las ingenian para mantenerlas igual de seguras. Los genuinos de Londres son aquellos que defienden que las cosas están bien como están, porque siempre han estado así. El problema para el visitante, para Julio Camba, para Ignacio Carrión, tal vez para Azorín, para Eduardo Moga (Barcelona, 1962) es cómo describir el Londres que visita. Si lo vista, pues, no puede ser otra cosa que un espectador más o menos sofisticado: desde el voyeur al peatón que no se acostumbra a que los coches circulen por el lado contrario. La crónica será costumbrista, porque muerto y resucitado, Londres es una costumbre. Y el lenguaje tendrá cierto tono antiguo, como de buena redacción escolar de los años sesenta, cuando las normas las dictaba Lázaro Carreter y se imponían en los colegios de curas. El Londres que Moga ve, es el Londres de siempre. Los encabezados serán los tópicos del lugar. En un lugar en que los tópicos dan para una enciclopedia. La mirada entre la extrañeza y el humor, porque en Londres lo que uno no pierde es la esperanza en que lo que suceda provocará una sonrisa. Da la sensación, leyendo a Moga, de que la inocencia es una virtud que se conservará siempre en Londres. Pero uno puede subirse a un pedestal o a unas escaleras para observar la ciudad. Moga no la visita en horizontal, a pie de calle, de modo que los árboles no le permitan ver el bosque. Moga quiere ver el bosque y para eso es preciso elevarse. De ahí que forme bajo sus pies un cierto empaque de conocimientos, de competencia, de orgullo se saberse una de las personas mejor preparadas para transmitirnos qué o quién es y ha sido, por los siglos de los siglos, Londres.

Fuente: Culturamas

LAS VIEJAS SENDAS


Después de ‘Las montañas de la mente’ y ‘Naturaleza virgen’, Robert MacFarlane completa su trilogía del paisaje con una delicia donde el escritor de Nature Writting recorre rutas ancestrales por Inglaterra, Escocia, Palestina, el Himalaya y España a pie, demostrando que caminar es crear sendas.



Enamorado de la poesía de Thomas A. Clarke (Escocia, 1944) y enamorado de lo telúrico de los paisajes, siempre y cuando en el paisaje entre la huella del hombre únicamente como tal, como huella de la pisada, no como ente urbano o exceso de civilización, Robert MacFarlane (Nottingamshire, 1976) camina.



CONTRA EL CAMBIO y VIAJE A LA PALESTINA OCUPADA

Contra el cambio
Martín Caparrós
Anagrama
Barcelona, 2010
275 páginas

Viaje a la Palestina ocupada
Eric Hazan
Traducción de Sara Álvarez Pérez
Errata Naturae
Madrid, 2010
125 páginas


La conclusión antes del viaje

Lo más admirable en la obra de un escritor de viajes como Paul Theroux es la distancia que establece entre el ineludible autor y las presencias que le salen al paso. Frente a los lugares y las personas, siempre se presenta sin prejuicios, dispuesto a aprender, pero como aprende el hombre inteligente, con un punto preciso de cinismo y de confianza, pero sin ser un cretino ni caer en la autocomplacencia. En ese sentido su último libro, Tren fantasma a la estrella de Oriente, es una obra maestra.
Frente a un autor de viajes como Theroux, otros se plantean, de inicio, crear una obra comprometida, partir a la defensa de unas ideas preconcebidas que en mayor o menor medida merecen ser consideradas. Ese es el caso tanto de Martín Caparrós como de Eric Hazan, dos escritores a quienes los viajes aquí reflejados no consiguen transformar en alguien nuevo, tal vez por un exceso de implicación emocional desde antes de la partida.
El primero de ellos, el periodista argentino, Caparrós, parte en un viaje múltiple que le lleva a lugares tan dispares como Nigeria, Australia o las islas Marshall, para entrar en el debate sobre el cambio climático o, para ser más precisos, sobre la conveniencia de exprimir el fenómeno socioecológico del cambio climático en la medida en que se está haciendo. Escéptico desde el inicio, se preocupa en disparar contra todo lo que le sale al camino: el ecologismo –sin distinguir entre conservacionistas y medio ambientalistas-, la globalización cultural a la baja, los agentes contaminantes, los apóstoles del cambio climático y la desnaturalización del planeta. Para ello se refugia en un estilo que da la impresión de sugerir un pensamiento caótico, en la fragmentación y la digresión, confiando en que la impresión de improvisado resulte natural, preocupándose más por conseguir una frase impactante que por la originalidad de su pensamiento. Y así no termina de elaborar en condiciones los asuntos que reúnen estos textos, los que impulsan al viaje y a todo lo que eso debería de suponer: la denuncia bien transformada en narración. Da prioridad a un humor en ocasiones demasiado tópico, a una intención de mostrar ingenio basada en la primera reflexión que le sugiere la información que recibe, con demasiada frecuencia, a través de segundas fuentes. De ahí que en sus conclusiones no se dé prioridad a la puesta en marcha de soluciones contra el cambio climático, sino que se limite a enunciar los beneficios que este está reportando a la casta de los que saben ver las oportunidades en cualquier desgracia. Para Caparrós, hay demasiado de farsa en todo el revuelo que se está levantando a cuenta del cambio climático.
En el segundo libro, Viaje a la Palestina ocupada, Eric Hazan reincide en la herida de un país y un pueblo abandonado a su suerte y al afán de los opresores. No termina de mostrar ninguna idea que antes no expresara, por ejemplo, Edward Said, en este texto construido en párrafos cortos, transcripciones directas de una libreta de apuntes o del contenido de una grabadora. Pero aunque el mal resulte evidente a estas alturas, conviene detenerse en el individuo. Hazan es un hombre sensible, más próximo al arte que al periodismo, que trata de poner rostro a la ocupación transcribiendo sus encuentros, a través de entrevistas o minúsculas crónicas que representan la biografía del desahuciado. En unas pocas páginas, se preocupa por fabricar un mosaico representativo, una suma que sustituye a la obra coral por un texto de voces sucesivas que no terminan de aceptar la derrota pero no acaban de reconocer dónde está la lucha en la actualidad, como si se hubieran agotado los cartuchos de la resistencia. De ahí la intención de este libro, que es despertar conciencias, soplar sobre los rescoldos para avivar la llama.
Mantener el debate vivo, como hace Caparrós, o las espadas en alto, como en el caso de Hazan, son razones suficientes para justificar una obra. Pero no siempre son argumentos sobre los que construir un relato. Con todo, merece la pena echar un vistazo a ambos libros.


Fuente: Quimera

CITA CON LA CUMBRE

Cita con la cumbre

Juanjo San Sebastián

Desnivel
Madrid, 2005
192 páginas
13,50 euros

Gracias por existir


Publicada por primera vez hace unos cuantos años en una de esas editoriales que se rigen por criterios periodísticos, es decir, para las que una obra pierde su vigencia con la celeridad con que una noticia desplaza a otra en la cabecera de los telediarios, Desnivel rescata este texto para que conste que merece estar entre los fondos de cualquier biblioteca. También de las particulares.
Juanjo San Sebastián es un alpinista que frecuenta toda clase de aventuras, desde la escalada de paredes norte al boxeo aficionado, desde el vuelo sin motor hasta las grandes alturas. Cargados de prejuicios, uno puede pensar que un tipo duro, un superviviente del Himalaya, apenas ha tenido tiempo para cultivarse o para educar su sensibilidad. Y uno puede engañarse. Estamos ante un escritor que se emociona ante un trago de aire. Y, por supuesto, ante la amistad y su expresión más extrema.
El libro se inicia con unas hermosas páginas acerca del aprendizaje y el sufrimiento. Remontándose a su infancia, Juanjo asocia los hechos que moldearon su vida con el tipo de dolor que le produjo. Y ese aprendizaje le resultará imprescindible no sólo para superar la pérdida de algunos de sus dedos tras un escalofriante episodio en el K2, sino también la amputación interna, la más dolorosa, de la pérdida de un amigo que fallece en sus brazos. Y así, a lo largo de las siguientes páginas, en las que detalla los sucesos que se precipitaron en las alturas, los vivacs por encima de ocho mil metros, la dureza de la escalada, las inclemencias meteorológicas, el desfallecimiento, los accidentes, la flaqueza y los encuentros, Juanjo San Sebastián va refutando ese tópico de la conquista de lo inútil con el que se ha calificado con frecuencia a este tipo de aventuras, y que los propios montañeros han hecho suyo. El contenido del libro, en realidad, es elogiar la versión más pura de la utilidad: lo inútil no es lo opuesto a lo práctico, y nadie con una mente armada para lo práctico se lanzaría a trepar cuatro mil metros de pared en una región empobrecida por el oxígeno; lo inútil es lo opuesto a lo útil, y nada hay más útil que vivir. Ese es el objetivo de este libro, demostrar que se está vivo, que se ha vivido. De ahí que se escoja a la amistad como el reflejo más caro del sentido de la vida. Juanjo debe de pensar, como Joseph Conrad, que la mayor de las virtudes humanas es la lealtad.
Resumamos el contenido del libro: grabando un documental para Al filo de lo imposible, cinco alpinistas afrontar la vertiente norte del K2. Dos de ellos hacen cima y descienden, y unos días más tarde, Atxo y Juanjo hacen cima a su vez. En el descenso se ven atrapados en una tormenta y un accidente les separa. Juanjo corre mejor suerte y puede refugiarse en un campo de altura, mientras Atxo afronta su tercer vivac. Sabiendo que es casi imposible que sobreviva, y a riesgo de su vida, Juanjo llega hasta Atxo mientras dos de sus compañeros acuden en su ayuda subiendo desde el campo base. Otro montañero, un italiano, renunciará a la cumbre del K2 para estar junto a ellos las últimas horas de vida de Atxo. Todos actúan bajo una idea no revelada: que Atxo no se sienta solo.
Cita con la cumbre es un libro elegíaco, escrito por un montañero que carece del don poético de la metáfora pero que, milagrosamente, elude caer en la sensiblería apocada. Es un libro para todos, es un homenaje a lo mejor del hombre: “No me ocurre lo mismo con Atxo, ni con unas cuantas personas a las que he perdido en estos últimos años, cuyo vacío puedo conservar ahora, exento de dolor. Si se pudiera inventar alguna clase de estimulador o artilugio que llenase esos huecos, no me lo pondría jamás”.



COMO SI MASTICARAS PIEDRAS

Como si masticaras piedras
Sobreviviendo al pasado en Bosnia
W. L. Tochman
Traducción de Katarzyna Olszewska Sonnenberg
Libros del K.O.
Madrid, 2015
157 páginas

Porque necesitamos una lápida donde depositar flores

El ejemplo sencillo al que recurren los psicólogos es devastador, pero puede llegar a ser insuficiente. Para representar los efectos del duelo, recurren a la anécdota del niño que vive en una casa desolada. El abuelo murió la noche anterior de un infarto y hoy toda la familia viste de luto y hasta el azul del cielo parece más oscuro. Pasa el día y el niño no alcanza a ver las lágrimas, dado que los adultos tienden a creer que proteger al niño equivale a no compartir el dolor con él, a esconder lo que no debe ser escondido. Al menos esa es la conclusión a la que llega el niño. Al finalizar el día, la familia vuelve a reunirse a la hora de la cena y una de las sillas, la única que tenía un dueño fijo, el abuelo que apoyaba los riñones en un cojín, está vacía. Es entonces cuando los padres le explican al niño que el abuelo ha muerto, que se ha ido a un sitio muy lejos, a reunirse con otros seres queridos en un campo de amapolas que crecen en el anverso de las nubes. El niño mira extrañado a los padres, porque conoce perfectamente lo que es la muerte. Un año antes, sin ir más lejos, falleció el canario que nunca fue sustituido por otro pájaro y así el salón se quedó con el único ruido de los telediarios. Cuando los padres ya no saben cómo consolar a un niño, que no es consuelo lo que necesita, éste les replica: “Vale, está bien. Lo entiendo perfectamente. Entiendo que el abuelo ha muerto. Lo que no entiendo es que no venga a cenar”.
Wojciech Tochman (Cracovia, 1969), es un periodista polaco que no está dispuesto a dejar a los niños que fuimos sin esa pesadilla que necesitamos conocer: que lo peor de la muerte es que la gente desaparece. Al mismo tiempo, decide que lo peor del genocidio es que también desaparezcan de la memoria del mundo. En este Como si masticaras piedras, viaja a la República Sprska, en Bosnia, varios años después de que tuviera lugar algunas de las matanzas más sangrientas del siglo pasado. Desgarros familiares, crueldad en las violaciones, torturas infernales, regocijo en el asesinato indiscriminado… todo ello deja un rastro en lo supervivientes, alguno de ellos único miembro vivo de toda una familia. Al margen de los terremotos de desolación que será desde entonces cada año vivido como un dardo de fuego en el interior de las almas de estas personas, Tochman presta atención a la necesidad de encontrar un remanso donde si no hay paz, exista al menos la posibilidad de desahogarse llorando. Y para ello necesitan una lápida.

Tochman no sólo relata retazos del terror que expresan los vivos. También acompaña a la doctora forense Ewa Klonowski durante su trabajo desenterrando, limpiando, encajando huesos y luego encargando pruebas de ADN para certificar las identificaciones de los cadáveres. El libro es de una contundencia tan lúcida como desgarradora. Tochman despelleja lo que va a relatar de todo lo innecesario, hasta de su propia presencia. Depura la atrocidad con frases breves, con párrafos cortos, con la clarividencia que da el llegar a una conclusión tras tanto viajar a la desolación. Si con dos palabras basta para decir de qué calidad inhumana es un duelo, un odio, una locura, un asesinato, no buscará la tercera para decir nada más. Como si masticaras piedras es un libro de viajes demoledor hasta el escándalo: porque nos recuerda lo que hemos olvidado y nos hace sentir salvajes en ese olvido. Por esa razón debemos leerlo.

Fuente: La línea del horizonte

CONSTANTINOPLA

Constantinopla
Julio Camba
Renacimiento
Sevilla, 2015
377 páginas

Esta obra, Constantinopla, debería ser la que inaugurara nuestras lecturas de Julio Camba (Vilanova de Arousa, 1884 – Madrid, 1962). Y no sólo por el orden cronológico, pues el grueso de las crónicas están escritas cuando Camba contaba con 22 o 23 años. Entonces ya era consciente de que su punto fuerte radicaba en prestar atención al detalle, a la anécdota y ser rápido en su registro crítico, sin amargura, con un humor nada cínico y que significara, también, una reflexión sobre el global de la realidad. A principios del siglo XX, Camba se instala en una Turquía inmersa en cambios políticos. La idea le encantó a Camba, dado que no podía por menos que identificarse con ese espíritu libertario que representaba la Revolución de los Jóvenes Turcos, un movimiento creativo y anarquista, romántico y libertario, al que se abrazaba Camba no sin ingenuidad. Pero sucede que la ingenuidad es siempre un valor literario. De hecho, en ese sentido estas breves crónicas son superiores a sus futuros relatos viajeros, menos inocentes y con un punto de azúcar que facilita el humor algo canalla.
Leyendo Constantinopla no dejamos de tropezar con los tópicos de otra época, lo cual es un viaje para el lector. Esa Constantinopla que nos va presentando de a poco, es cosmopolita pero no mestiza. Existe una buena convivencia entre culturas y religiones, incluso fraternidad por encima de los credos, pero no tropezamos con gente híbrida. Camba da con un lugar que se está europeizando, sin olvidar la magnificencia asiática. Comparada con la España rancia, Constantinopla es una ciudad donde se puede sentir la libertad pisando la calle. Aunque el parlamento turco es un auténtico desastre a la hora de intentar organizar esa libertad, y lo intenta mientras sobrevive un Sultán tiránico a quien ya nadie teme. Camba va entregándonos piezas del mosaico sin engañar, porque nada de lo que presencia engaña: todo el mundo le atiende sin rodeos y él escribe, por tanto, sin diatribas: sobre las reivindicaciones de las mujeres, sobre los cambios en la relación con Grecia, sobre el servicio de bomberos, sobre la Edad Media de la que se sale con humor pero sabiendo que lo que se vive en ese trance no es ninguna broma.
Camba cree en la buena fe de las autoridades, y confía en su buen hacer, imprescindible en una región que ha vivido la historia de los Balcanes. Esa que supone la confrontación constante, la guerra sin descanso, aunque en esos años esa guerra fuera mayormente comercial. Y como consecuencia de la situación, no puede dejar atrás el hambre que tantos padecen, algo que debería ser prioritario. Pero que pronto deja paso a lo que él necesita vivir como corresponsal, que es la identificación con la juventud, con sus problemas para resolver la mala herencia sociopolítica vinculada a la tradición. Camba advierte que las revoluciones no deben hacerse para conquistar el pasado, para imponer la narración propia. Y se preocupa por el futuro de los turcos, mostrándose como un escritor de gran sensibilidad, como un idealista.
El libro contiene una introducción a cargo de José Miguel González Soriano, quien reseña en extenso la biobibliografía de Julio Camba. Y también con algunos artículos que Camba fue escribiendo a lo largo de los años posteriores, porque nunca olvidó Constantinopla, ni la recordó con amargura o melancolía. Y, finalmente, con varias impresiones de un viaje a Perú, del relato de sus traslados en barco que cobran especial valor al contrastarlo con la inocencia de sus anteriores escritos. Aquí ya ha alcanzado la madurez irónica. Pero, repetimos, la ingenuidad es un valor literario.

Fuente: Culturamas

CINEASTA BLANCO

Cineasta blanco, corazón negro. 
Aventuras y desventuras cinematográficas del continente africano.
Jesús Lens
Ultramarina
Granada, 2013
569 páginas


Viajar con el corazón

Resulta imposible atravesar todas las experiencias. De ahí que se nos haya dado la capacidad de vivir a través de los otros. Reconocer los sentimientos de los demás es empatía. Sentirlos con la intensidad con que los otros los sienten, es compasión. Esta es la explicación que nos ha llevado a cultivar la pasión durante las escenas que pasaban ante nuestros ojos en programas como Al filo de lo imposible. Por no hablar de otras series documentales como las maravillosas Planeta humano o Tierra. Este es el argumento que podría justificar el cine erótico, e incluso el pornográfico si hubiera alguna cualidad estética en él. Porque en el cine erótico uno puede creerse enamorado, algo que no ocurre frente a la pornografía. Y enamorarse genera intensidad de sentimientos, sobre todo de buenos sentimientos. Uno puede enamorarse de una persona, que tal vez sea la forma más sabia de encauzar el amor, pero también de las montañas, de las puestas de sol, de los deportes de naturaleza, de la euforia de la amistad, del oro que baña la piel del melocotón o de la mirada que te devuelven los seres a quienes salvas, aunque sólo sea para que vivan un minuto más. Y también puede enamorarse del cine.
Lo contrario a la dicha del enamorado, puede ser la avaricia o la ambición, la violencia o incluso la inteligencia más epidérmica. Puede ser el asesinato y puede ser la envidia. Como la envidia que se gesta entre el hombre sedentario incapaz de comprender al hombre de acción. Al ver a un par de tipos ascendiendo por las Torres del Trango, uno puede tacharlos de locos o desear ponerse en su piel. A uno le gustaría haber abandonado su hogar para acompañar al Doctor Livingstone, o puede opinar que el misionero británico hubiera estado más a gusto en la mecedora junto al fuego. Se puede desear repetir la ruta de Marco Polo o creer que no hay necesidad de pasar hambre y sueño. Cabe admirar al que recorre América en canal, montado en bicicleta, o preferir no enterarse de que existe esa versión tan apasionada de la existencia, defendiendo a capa y espada la vida de asfalto. La pregunta a que llegamos, tras reflexionar sobre la elección de vida que uno hace, es ¿por qué se considera la vida de acción más intensa que la vida contemplativa?

Afortunadamente, el cine ha venido para enseñarnos que el uso de la compasión no beneficia únicamente a los demás. Cuando vemos una película, los sentimientos que baten dentro de nosotros son tan intensos como los que tendríamos en caso de ser los protagonistas. La contemplación pasa a poseer la potencia de la acción. Y es esta cualidad, la que nos hace reconocer dentro de nosotros buenos sentimientos buenos, como si estuviéramos enamorados, la que hace de obras como El hombre que mató a Liberty Vallance una obra maestra, y reduce a directores como Tarantino al grado de virtuosos energéticos. Ver una película es viajar. Y de todos los continentes, el más romántico y el más peligroso, es África. Jesús Lens ha viajado por África a través de las películas que en él se han rodado. El recorrido nos lleva desde el realismo documental de 14 kilómetros, de Gerardo Herrero, en un viaje hacia el sur, hasta Distrito 9, la obra de ciencia ficción que dirigió Neill Blomkamp. Por el camino quedan clásicos como Casablanca o Memorias de África, documentales tan imprescindibles como La pesadilla de Darwin y obras casi marginales, al estilo de El último tren a Katanga. De todas ellas nos va hablando Jesús Lens con el acierto que es entregarse a la divulgación. Pero con algunos errores que cabría corregir con facilidad, como esa costumbre de relatar los finales. O los lugares comunes a los que recurre en las escasas ocasiones en que entra en análisis crítico, limitándose a unos pocos adjetivos, cuando cabría más cancha al razonamiento, aunque esta pega bien puede ser orgullo de lector. El grueso del  libro lo componen largas sinopsis de las películas, algunas no muy necesarias, dado que casi todo el mundo ha podido verlas en más de una ocasión. Hay alguna intervención directa del autor, reseñando parte de sus viajes o citándose a sí mismo, y alguna intromisión de carácter entre periodístico e histórico, que resultan las más acertadas. Y luego están esas anécdotas de los rodajes, a las que, tal vez, se podría haber sacado más partido, pero que poseen encanto para los amantes del cine. Cineasta blanco, corazón negro, es un libro lleno de buenas intenciones. Algo que puede ser insuficiente, pero que resulta conveniente poseer para gestionar en condiciones la compasión.

Fuente: La línea del horizonte

domingo, 10 de diciembre de 2017

CINCO VIAJES AL INFIERNO

Cinco viajes al infierno
Martha Gellhorn
Traducción de Ana Guelbenzu
Altaïr
Barcelona, 2011
335 páginas


Mis pesadillas favoritas

“Nada mejor para la autoestima que la supervivencia”. La sentencia es de una pionera corresponsal de guerra, alguien que tras atender durante años a expresar la supervivencia de los perdedores, se plantea cuáles han sido los peores destinos para ella y escribe desde la memoria un revulsivo contra la desmoralización. Valiente, decidida y en combate constante contra el aburrimiento, Martha Gellhorn (St. Louis, 1908 – Londres, 1998) se pasó toda la vida, incluida la senectud, viajando como reportera, hasta el punto de enrolarse como camillera en un buque de guerra para vivir un desembarco en primera línea, porque no quería vivir un conflicto como si fuera algo ajeno. Participó como cronista en múltiples conflictos y algunos de sus reportajes, como los que versaban sobre la Guerra de los Seis Días o Vietnam, le valieron no volver a obtener visados para visitar muchos países. Apasionada por la libertad, hasta el punto de elevar a máxima vital el principio que enunció Séneca: “No desear es lo mismo que tener”, confesaba que acumular y mejorar posesiones es una pérdida de la vida, que las posesiones son una trampa, unos grilletes, y que librarse de ellas es una manera de ser más libre: “Tengo las cosas que necesito y no codicio ni colecciono por voluntad propia”, afirmaba.
En su madurez, y trabajando desde la memoria, Gellhorn nos sorprende con el relato de los cinco viajes más desastrosos que ha protagonizado en su vida, una pequeña colección que refleja su única codicia: la de tener un billete de avión en el bolsillo. Tras tantos años como periodista en los rincones más maltratados del planeta, centrando su prosa en rincones oscuros y en ocasiones llenos de moscas comiéndose la sangre de los cadáveres, Gellhorn encuentra cinco lugares en los que resulta increíble que alguien viva allí. ¿Cómo lo hacen y, sobre todo, por qué viven allí? Escrito con una dosis exacta de sarcasmo, lo que resulta incomprensible para ella, lo que configura el infierno, son las condiciones higiénicas, el olor de las letrinas y los lavabos, los colchones con chinches y la basura en las calles. “Tal vez me he vuelto lo bastante sabia para saber cuándo retirarme”, confiesa tras tantas visitas a tantos lugares. Ya ha perdido el interés por lo novedoso y quizás por la nueva gente, y percibe en exceso la epidermis del planeta. Es posible que no sea la sabiduría, pero sí los demasiados paisajes –“no me gusta ningún lugar de forma permanente”, dice– los que la llevan a pensar en dedicar los últimos tiempos de su vida a un viaje más interior. Por eso este libro está escrito con recuerdos, de ahí que resulte tan alejado del clásico cuaderno de campo.
“El único aspecto de nuestros viajes que tiene público garantizado es el desastre”, confiesa Gellhorn, antes de regresar a una China en la que interviene tanto una extraña compasión por los humildes como un rechazo estético. En el recuerdo se combina la pena y la suficiencia, productos del choque cultural. Gellhorn colecciona extrañas imágenes en la retina y reconoce sus prejuicios, sin complejos. El hecho de haber regresado de un viaje por el Caribe en el que toda la magia estaba en los nombres de los lugares, la llevará a lamentar el mundo que se fue sin haber terminado de entenderlo. Cruza África de costa a costa, interesándose por los vividores y exiliados de Occidente, empatizando con unos africanos que la sacan de quicio y sintiéndose aislada. Califica Moscú como la ciudad de la depresión, y describe con mucho desaliento su paso por la entonces capital soviética durante el reinado de Stalin. Y a lo largo de tantos kilómetros, demuestra que es incapaz de comprender las reacciones humanas y que dicha perplejidad la desalienta.
Gellhorn se pasó la vida viajando para aprender algo de la vida a través de las costumbres locales. Y también huyendo de su paisaje natal y de cualquier lastre, pues para ella construir una casa para fundar un hogar permanente es mucho peor que el viaje más horrible. Entre otras razones, porque de los viajes horribles ha regresado y eso la permite trazarlos en su memoria con ternura.


Fuente: Quimera


HABITACIONES CON MONSTRUOS

Habitaciones con monstruos

Ángeles Sánchez Portero

Talentura
113 páginas
Estas habitaciones no son exactamente un libro de relatos. Son estampas a las que se les suma la condición del tiempo, que es tan infame como inevitable de aceptar si uno pretende estar cuerdo. Porque el punto fuerte de la literatura de Ángeles Sánchez Portero, o al menos el que da a entender que será su cimiento, son las descripciones fabricadas en secuencia, a base de enumeración. En realidad, aunque los centros de interés varíen, el grupo está unificado no solo por esa pretensión, sino por la cadencia de una prosa que reproduce la secuencia, a su vez, con que sucede lo que sucede en las ciudades, que es donde el tiempo se embala. Hay, sí, un juego de fantasía, en la que los límites de lo creíble los definen los propios relatos y no el exterior, algo que también debemos agradecer, pues no son tantos los que fían la verosimilitud al interior de su propia obra. Sánchez Portero es una escritora que promete. También promete cierta tristeza que entra y sale, pero que en muchas ocasiones es inevitable, pues el relato se agarra al final de una o dos vidas. Si es que esto que supone existir en una ciudad occidental es la única vida, pues las puertas a una nueva dimensión no quedan cerradas. La intuición de que exista algo más allá de la muerte, una intuición que carece de la precisión de la esperanza, está vigente en esta escritura verbal. Pues la redacción de Sánchez Portero da prioridad al sonido frente a la creación de imágenes.
A eso se le conoce como coherencia. Si formara imágenes, en tanto que, a la par, no termina de cuadrar lo que nos narra con lo que llamaríamos realismo, sentiríamos cierta descompensación. Los relatos, o estampas, o momentos, no desfallecen. Para ello se refugia, con frecuencia, en la sintaxis anglicista del uso de la segunda persona para generalizar: en lugar de escribir, por ejemplo, “uno piensa” o “se piensa”, elige: “piensas”. La fórmula está integrada en nuestra literatura, con mucha naturalidad, desde Juan Goytisolo. Ahí se termina su comunión con el clásico. Porque Sánchez Portero presta atención a las infancias compartidas y sus secuelas en los últimos años, o a la identificación de la unidad de un solo cuerpo con la de un mundo, este mundo. También es capaz de integrar una comunidad de vecinos disparatada como la Rue del Percebecon la influencia de El Aleph sin perder el sentido de la estética, o puebla el cerebro en formol de Einstein de todo lo que acumuló en sus días y sus noches y que se niega a morir. Enreda a un pasajero con la voz de locución de un autobús en un pasaje tan claustrofóbico como el corto La cabina, de Antonio Mercero. Estudia los vínculos que supone la maternidad frente a la personalidad, los miedos y la neurosis, o define el hecho de ser ciudadano con un detalle tan común como es portar una bolsa de plástico. Todo ello sin perder la cadencia, atenta a las palabras, al ritmo y, sobre todo, a la memoria. Como si el pasado significara todo para ella. Como si, incluso, pudieran coexistir dos pasados, el de la ciudad en la que llueve y la gente se guarece, y el de la ciudad en la que sale el sol y la gente hace vida en la calle. Así es como pone punto final a esta creación de buena literatura.

Fuente: Culturamas

CASTILLA Y OTRAS ISLAS

Castilla y otras islas

Jesús del Campo

Minúscula
Barcelona, 2008
197 páginas

Los recuerdos de los otros


Recuerdo haber escuchado en boca de un escritor chileno, paseando por una ciudad castellana, un comentario que vinculaba lo pétreo de las calles al pensamiento de Unamuno. No estaría mal que para reconciliarse con el fondo peyorativo de una sentencia que no deja de tener su acierto, se lea este libro de viajes escrito por otro autor del norte de España. Y es que en Castilla y otras islas, Jesús del Campo nos acerca al aspecto más amable de una esencia castellana que sigue siendo rural, incluso en las urbes de mayor tamaño, de las cuales, por cierto, Jesús del Campo parece huir. Y para ello recurre a unas estrategias de construcción aparentemente clásicas en la literatura de viajes, como aparentemente clásicos eran sus planteamientos de base en alguna de sus obras anteriores, tan clásicos como fuertes, entendiendo por fortaleza el potencial inventivo que se puede extraer de sus ideas y su escritura, sobre todo en Los diarios clandestinos de Blancanieves.
Veamos: un tipo solitario, porque en solitario es como se cumplen los ritos del viajero que acude al encuentro de lo que quiera la suerte traerle, conduce por autovías y carreteras secundarias del pellejo castellano. Durante su trayecto, visitará lugares elegidos con intención de respirar lo que queda de los fantasmas de la historia. Al tiempo que se encuentra con esos fantasmas que han ido construyendo lo sustancial de una tierra poblada por gente que no desea que dicha sustancia se altere, asoma su cabeza para ver detalles, los detalles que construyen lo particular de un relato. Por supuesto, no faltan los encuentros con gente de la calle y su consabida intervención en la esencia del desarrollo narrativo.
Hasta aquí lo que promete ser un libro de viajes al uso, un texto periodístico que configura algo así como el libro de texto de la región visitada. La cuestión es cómo elude Jesús del Campo la normalidad para escribir una obra tan agradable como extraordinaria. Y la primera herramienta que se reconoce es el lenguaje, un lenguaje depuradísimo, al servicio de transmitir una idea de serena tristeza que reconforta: “Al tener ante sí tanta extensión de tierra, el viajero se ve de nuevo asaltado por la callada sensación de poder que trae encontrarse a solas con la sumisión del paisaje”; un lenguaje acertado para transmitir las sensaciones de “soledad telúrica” que impone el verse desplazado del centro del mundo, para describir “la polilla de la gloria” presente en Castilla por tanto tiempo y quizá para siempre. En segundo lugar está esa erudición que provoca intriga, y que es el impulso que gesta el viaje; un saber sin rencores que en lugar de oponer esa idea de Castilla, tan identificada con España, enfrentada a otros reinos, le lleva a hermanarla con la Francia de siglos pasados y, mayormente, con la Gran Bretaña histórica. De ahí que en el mismo párrafo se lleguen a engarzar las vidas y emociones de T. E. Lawrence, Falstaff y Santa Teresa, o Francis Drake, Quevedo y Montaigne, porque él ve una Castilla ensanchándose, vinculándose a Europa y al orbe. En tercer lugar está el itinerario, un itinerario digresivo, un deambular que justifica el título pues le guía de territorio a territorio con el rigor de quien somete su destino al capricho de las olas y las mareas, aunque siempre con el afán romántico de quien ve en los bandoleros unos seres de leyenda, por ejemplo, pues trata de acercarse al pasado como un acto de reclamación: “Omnívora es la tierra cuando puede tragarse tanta historia”. Pero esta historia no está presente como mero dato, si no que constituyen la esencia del viaje, unas escenas que contempla pero en las que, respetuosamente, no participa, al igual que las de lo cotidiano rural, las que en varias ocasiones sirven para romper su ensueño con la paradoja del presente: el paso por una autopista, las obras de un edificio, o la joven que fuma drogas en un ático y que ella sola se basta para desequilibrar la balanza de lo sutil, pese a que en el otro platillo haya colocado, previamente, a duelistas santiguándose, pícaros marcando naipes, estudiantes remendando calzas, soldados templando vihuelas, cirujanos sangrando reinas, comediantes maldiciendo el vino aguado, escribanos narrando chismes del valido o todo el peso de una devoción todavía presente en tantos rincones de la llanura. Llama la atención, además, la ausencia de diálogos, situando al lector en una distancia próxima al extrañamiento dada la dificultad para sentir que, de ser él el viajero, podría intervenir modificando conductas, provocando situaciones y anécdotas; pero los diálogos hubieran interrumpido cierta monotonía necesaria, la que sirve para igualar la lejanía con el pasado que se escapó porque nacimos demasiado tarde, la que convierte la imaginación en la sustancia de un sueño que transcurre despacio, pero más rápido de lo que puede soportar el viajero.

Fuente: Quimera

sábado, 9 de diciembre de 2017

CAPE COD

Cape Cod
Henry David Thoreau
Traducción de Héctor Silva
Baile del sol
Tenerife, 2015
230 páginas

“¡Los anales de esta playa voraz! ¿quién podría escribirlos, si no fuese un marinero náufrago”.

Naufragio. Esa es la palabra. Con naufragio se resume todo lo que Cape Cod significa: su aroma, los deseos frustrados, la lentitud de cada paso, el viento y la desdicha del viento, la leyenda si es que cabe calificar como leyenda las pequeñas historias, los hechos que se dice que sucedieron en la región abandonada de Cape Cod. Abandonada por lo civilizado. Así es este libro en el que Henry David Thoreau (Concord, Massachusets, 1817 – 1862) sigue siendo el mismo Thoreu de siempre. El de los minúsculos sucesos en que se concentra la esencia del universo. Porque todo existe para volver a ser la huella que uno está dejando en el camino. Esa es la forma de viajar de Thoreau: el viaje a pie, el caminar, la excursión pateando. Y nadie se imagina una excursión a pie por un lugar civilizado. Caminar es caminar al aire libre. Y a partir de varios de esos paseos, dándoles continuidad, como si se tratase de un único acto, Thoreau se aproxima a la región de Cape Cod. A un trozo de mapa en la costa. Pero no es la orilla lo que más le interesa, ni tampoco el mar. Aunque no reniega de ellos y sabe que son parte imprescindible de la vida natural de la zona, y en cuanto puede se aleja un poco para observar lo que forma parte de los otros, él se concentra en la costa. Es decir, más hacia el interior. En donde puede dar rienda suelta a ese naturalista que es, en una época en la que todavía no había nacido la biología y ser naturalista era cometer múltiples errores de interpretación. Pero observar mucho.

Este es de nuevo Thoreau. El hombre que pretende visitar los lugares donde los demás aseguran que no hay nada que ver. Apartados del mundo civilizado. Deseando sentir nostalgia hasta por lo que no ha vivido. De ahí que el libro comience con un naufragio, del que se describen los restos que llegan a la orilla, sin inmiscuirse en lo obsceno. Tan reposado al escribir como al caminar, pues consideraba que no valía la pena tener prisa si todos los caminos terminarían por conducirle a su villa natal, a Concord, le llama la atención tanto la gente que vive una supuesta existencia de Beatus Ille, aunque tal vez no elegida, como los pájaros o las hojas de los árboles. Thoreau es de los que se proponen ser sublime sin interrupción. Lo cual, en los tiempos que corren, es un regalo. Porque eso pretende con sus escritos, regalarnos un rato de sosiego. A Thoreau no se le puede leer deprisa. Se le debe leer con la lentitud con que cambia la Tierra, que es el verdadero tema de su obra. Thoreau, el creador de la desobediencia civil, es en lo que respecta a lo ecológico un conservador. Porque maldice la destrucción. Pero conserva siempre, a lo largo de cada página, ese poso de naufragio pero sin caer en los sentimientos. Consigue ser un poeta sin lírica. Un estilista sin estilo. Un sabio con nada personal que contar, a no ser que consideremos que dar fe de la belleza de un naufragio sea un relato.

Fuente: Culturamas

viernes, 8 de diciembre de 2017

CANSASUELOS

Cansasuelos
Seis días a pie por los Apeninos
Ander Izaguirre
Libros del K.O.
Madrid, 2015
110 páginas



El día que uno olvida los mares azules, al ilusión del sol de invierno en las mejillas cuando el termómetro baja de cero grados o las líneas rotas de los perfiles de montaña que pierden la densidad del color a medida que se alejan, ese día está más cerca del suicidio. Y este vendría tras una toma de somníferos para intentar quedarse para siempre en el sueño, donde no le duele la espalda ni la cabeza. Sobre la mesilla de noche, habría dejado una nota pidiendo que esparcieran sus cenizas bajo un árbol al que trepó con cinco años, y pidiendo, también, que por favor no se preguntaran nada. Pero para no perder la memoria que a uno le permite seguir valorando cada día, seguir siendo la parte bondadosa de quien ha sido, la buena moral que sintió frente a los más hermosos paisajes, cabe el recurso del cuaderno de fotografías o de la escritura de una crónica.
Aunque el tono de las crónicas viajeras de Ander Izaguirre (San Sebastián, 1976) sea desenfadado, sus pretensiones, sin llamar a engaño, son las de contribuir a no perder la memoria. Son las de conservar una experiencia junto al tarro de mermelada de la abuela, ese que nos mantiene a flote durante la tempestad. En este Cansasuelos. Seis días pie por los Apeninos, Izaguirre mantiene su estilo fresco, oral. Ese que requiere muchísimo trabajo, muchísima dedicación y muchísimo talento para lograr el efecto de la espontaneidad. A lo largo del relato de esos seis días en que recorrerá los montes que separan Bolonia de Florencia, en compañía de una mujer de la que solo conocemos la inicial de su nombre, S, y su oficio de fisioterapeuta, Izaguirre iguala camino y memoria. “La alquimia consiste en separar lo falso de lo verdadero”, dice que dijo Paracelso. Y también la crónica como método de conciliarnos con el relato de una vida. Un relato que uno refleja con más sabiduría si lo practica caminando, porque caminando se piensa mejor, es decir, se avivan buenos sentimientos.
Izaguirre escribe con un ritmo que apenas permite descansos, sin ornamentos, eficaz. Y junto a sus pequeñas aventuras, como salvar a un caracol de ser pisoteado, va mencionando algún detalle biográfico de Da Vinci, por ejemplo. O repite los pasos por los que transcurren las calzadas romanas, pues para él caminar cobra mayor sentido si lo hace por los lugares por donde pasó antes tanta gente, como si así comulgara con ellos, obtuviera el beneplácito de aquellos espectros. Y presta especial atención a sucesos que ocurrieron durante la Segunda Guerra Mundial. Por la sencilla razón de que hay un antes y un después, porque esa guerra provocó que la gente de la región sintiera que volvían a nacer.

Lo curioso es que este estilo parlanchín, pero serio, con la seriedad de lo que hoy es divertido y mañana será melancolía, esté escrito bajo un principio que él mismo confiesa: “Caminar es callar, escribir también es callar, no se puede escribir sin callarse primero y sin callarse bien”. De ser esto cierto, bienvenido sea este silencio, de poco más de cien páginas, que endulza la tarde de los lectores.

Fuente: La línea del horizonte

EN ISLAS EXTREMAS

En islas extremas

Amy Liptrot

Traducción de María Fernández Ruiz
Volcano
Madrid, 2017
260 páginas
Del mito de Pigmalión existe una versión muy difícil, que ni siquiera el teatro más vanguardista, con monólogos apelmazados, ha conseguido fraguar: aquel en el que solo existe un actor. Escultor y escultura que cobra vida por intermediación de un dios, sin que exista dios. Ese es el reto del que Amy Liptrot sale con todas las medallas literarias en esta obra. A lo largo de su vida, solo ha existido ella para destruirse y construirse. Su padre era un maníaco depresivo, y su madre una fanática religiosa, que la llevaron a criar a uno de esos lugares, las islas Orcadas, donde nadie en su sano juicio elegiría vivir, aunque solo fuera porque el viento vuelve loca a la gente. Sin embargo, a lo largo de esta historia de desdicha y rescate, el regreso del viento será la metáfora de la terapia de sanación. Liptrot no tiene ningún reparo en desnudarse y narrar con pelos y señales sus años de alcoholismo en Londres. Pero entre lo que ofrece la ciudad y los acantilados, tenía bien claro que sus mejores opciones estaban en la ciudad: se reía más, follaba más, bebía hasta perder la noción de quien era, y aun así siempre había alguien dispuesto a darle una nueva oportunidad en un trabajo. Pero el alcohol es destrucción, por mucho que el borracho vea el arco iris. Liptrot se pierde emocionalmente y en un arranque de cordura, tras un par de años de vicio, se da cuenta de que lo que está haciendo es tapar una tristeza patológica. Y comienza su labor de Pigmalión esculpiéndose a sí misma, desde la terapia de desintoxicación al aprendizaje sentimental de los pequeños momentos. Un baño de unos segundos en el mar del Norte, será suficiente como para justificar un día de vida y purificarla de cara a la siguiente jornada.
En su regreso, Liptrot reniega de su infancia y no se arrima a sus padres, pero sí al cielo. Aunque sea gris y aunque llueva, es un cielo en el que el viento está presente, es armónico, da paz o, por usar una expresión de ella, es pura geometría líquida. Liptrot regresa para construir su granja, que derivará en agricultura y ganadería ecológica, aunque acepta trabajos de meses en los lugares más inverosímiles, los más alejados del resto de la humanidad, vinculándose siempre a la ecología. La astronomía, las auroras boreales, la música del mar, la luz, la geomorfología de la costa escarpada, los bosques de algas bajo las olas, toda una isla que puede recorrer libremente a pie o rodearla nadando, la liberan de su atadura al alcohol. Existen, sí, muchas frustraciones. Incontables, pero de todas ellas sale con la alternativa de reírse, no como en la civilización. La civilización, en buena medida, llena el tiempo que cubre una vida, pero no permite afrontar el vacío existencial, tan lógico, tan humano.
Y sí, lo humano también está presente en las islas. Son pocos los habitantes, pero no existen escalas generacionales, ni separaciones de casta ni nada por el estilo. Cualquiera puede ser tu compañero. En ese sentido, Liptrot se muestra como una voyeur o una etnóloga, no sabemos bien a qué carta quedarnos. Y de lo humano, también rezuma lo telúrico, lo arqueológico, algo fundamental en una persona en reconstrucción. Primero debe conocer sus propias ruinas, como va descubriendo las de las islas. Esta versión de Pigmalión representa al hombre o a la mujer como una isla. Cada encuentro con cada parte de la isla, es un reencuentro con una parte de ella misma. Y comprueba que se sostiene sin recurrir al elixir del olvido. Un ejercicio literario de mucha altura, puro aire fresco.
Fuente: Culturamas

Las tres mejores revistas de ‘Viajes y Libros’ en Culturamas

Hemos buscado, rebuscado y comprobado todo lo que da de sí unas horas de navegación  por la red.
Y finalmente hemos seleccionado nuestras tres revistas favoritas. El espacio está abierto a sugerencias, pero, esos sí, recordad que el tema no es viaje ni es libro. No buscamos blogs de viajes ni blogs de literatura. Buscamos algo mucho más especial.

1.- TAN ALTO EL SILENCIO

El blog de nuestro colaborador, donde recopila las reseñas que ha escrito para Lateral, Quimera, Culturas, FronteraD, La línea del horizonte, Oculta Lit, Revista de libros y algún inédito. Además de remitirnos a la actualidad: sus avisos de novedades, su recomendación de la semana (infalible), su recomendación del día… Un blog cuidado (se nota que antes fue diseñador gráfico) y de lo mejor que existe para estar llevado por una sola persona. Un pequeño monumento que merece muchos seguidores.

2.- LA LÍNEA DEL HORIZONTE

Está aquí por la variedad de sus colaboradores y su cuidadísima estética. Una revista exquisita. Está aquí porque una buena parte de la revista está dedicada a la literatura, porque Pilar Rubio, su creadora, ama los libros más que nadie y lo demuestra. Un blog de lujo, uno casi se atrevería a decir que demasiado bueno para este país.

3.- LITERATURA DE VIAJES

Lleva mucho tiempo luchando por divulgar una pasión. En este caso, cuenta con la ventaja del formato, que le permite remitirse a muchos más enlaces y categorías. Poco a poco, Francisco Moya ha ido trabajando sobre su pasión, y eso, el tirarse a la piscina por lo que uno ama, se nota. Otro proyecto para quererlo, y mucho, por los que disfrutamos con la literatura de viajes.