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Novedades recibidas

Novedades recibidas

lunes, 16 de octubre de 2017

MÍSTICA EN CUEROS

Mística en cueros
Jordi Lara
Entre Ambos
Barcelona, 2016
202 páginas

Historia mundial del relato


El relato, o el cuento o la novela corta, contiene la profundidad especializada en llenar nuestro cuenco interior. Nadie se siente igual a quien era antes de leer una de las narraciones breves de Chejov, Maupassant, Paul Bowles, Ignacio Aldecoa, Borges, Conrad, Stevenson, Clarín, Delibes, García Márquez, Hemingway, Carver y tantos otros. No existe escritor que en algún momento no haya querido ser alguno de ellos, sobre todo Borges o Chejov, y uno siempre tiene la impresión de que quien relata en corto intenta actualizar la literatura de alguno de los grandes, o de varios de ellos a la vez. Tal vez sea la buena envidia, o tal vez el reconocimiento a un género sin el cual nuestra vida sería un poco menos emocionante, un poco más fea. Esa es la primera sensación que uno tiene al leer los seis relatos que componen esta Mística en cueros, de Jordi Lara (Vic, 1968), un autor que por primera vez traduce sus obras al castellano. La selección está hecha de tal manera que uno comienza pensando en la vigencia del cuento de postguerra, porque esto que llaman crisis es una postguerra, y acaba creyendo que existe un Jordi Lara escritor que a partir de ahora tendrá una voz propia.
La mañana de mi infancia sabe a Aldecoa, a rural, a lenguaje bien vigilado. Dibuja un personaje caracterizado por la moral del ingenuo, tan brava como sincera, tan necesaria. Y que se ve enfrentado al miedo a eso que lo va a transformar en lo que viene, maldita sea, después de la infancia, representado en algo tan común como cambiar una bicicleta por una moto. El paraje de la infancia será el paraíso en el que habitamos junto a los poetas muertos, que compartieron sus actos de juventud en la misma tierra.
Zapatos de boscal nos remite a un realismo parecido al que practicaron en su juventud los Goytisolo. El asunto atañe a la etapa de la emigración interior: del sur a la más rica Cataluña. Ahí están las dos generaciones: la primera de los inmigrantes y la primera nacida en Cataluña, que viajan al sur para comprarle al padre unos zapatos como regalo en su ochenta cumpleaños. El regreso les llevará a reconocer un mundo moribundo y dos tipos de nostalgia, y al lector a enterarse de que ciertos debates sobre la existencia o no de dos países y su futuro político no es otra cosa que ganas de llevar la contraria.
Dasha Biryuk es un homenaje, y al mismo tiempo una forma de claudicación, a esa idea que iguala al cine con el sueño. Una joven directora de cine coreana, que practica la narración experimental, se suicida. A partir de aquí el relato contiene una reflexión sobre la excentricidad que suplanta al genio, lo onírico que suplanta a la imaginación y la divinización después de la muerte como la solemnidad trascendente, es decir, algo que roza la estupidez.
Un cuento de hadas también toca, aunque de manera diferente, la confusión entre realidad y sueño. De hecho, el relato no es redondo, como parece exigir la distancia corta, sino que mantiene la estructura de los sueños, que pueden tener muchas interpretaciones, pero están muy desestructurados. La gente va y viene en la vida del tío y el sobrino, llega y se queda o se larga sin despedirse. Mientras tanto uno recorre el itinerario de un pueblo mostrando su hipocondría, y el otro construye belenes que después destruye. En este caso, el cuento de hadas es el consuelo, algo muy minusvalorado, que alguien encuentra en una joven exdrogadicta, cuyo beneficio es de tal calado que nadie debería denunciarla.
Scherzo para bandoneón es un divertido juego de ingenio en el que Borges asiste a una película muda. Es el único espectador del teatro y el acomodador, que no busca otra cosa que no sea una buena propina, le relata lo que aparece en pantalla. Las acotaciones de Borges se enredan en la reproducción de El Aleph que hace el acomodador. Un relato para disfrutar.
Mística en cueros presenta una reunión de antiguos alumnos, una de esas situaciones en las que nadie sabe cómo debe comportarse, fuera de los tópicos de la crisis de la mediana edad. Se trata de gente que apenas se saluda cuando se cruzan en la calle pero que ahora se obligan a compartir una noche patética en la que tienen que torcer los actos para reírse, como si reírse significara que uno se lo pasa bien. Un grupo de ellos termina por asaltar la biblioteca del instituto para buscar pistas acerca de la leyenda que circulaba durante la etapa escolar, en la que se decía que una mujer masturbaba a escondidas. La sensación es la de que entran por primera vez a un lugar donde nadie entraba de adolescente para rendir cuentas con la estupidez humana. A partir de la cual quedamos expectantes por leer lo que creará en el futuro Jordi Lara.


Fuente: Revista de letras

MANUAL DE AUTOAYUDA

Manual de autoayuda
Miguel Ángel Carmona del Barco
Salto de página
Madrid, 2016
139 páginas

La expresión más repetida en los manuales de autoayuda, es esa de aprender a quererse a uno mismo. Repetir esta paradoja puede servir para viajar en el curso de los días en una buena dirección, pero a la hora de la verdad, ningún razonamiento ni sugestión vital, ningún sentimiento se corresponde a esa afirmación. Los monjes budistas hace tiempo que la abandonaron, por su concepción de uno y el universo, y el más pequeño de los apuntes cínicos dictaría que uno no puede ser al mismo tiempo sujeto activo y pasivo de la acción del amor. Sin embargo, a los personajes de este libro de relatos no les vendría mal aprender a quererse, y aprender a hacerlo en condiciones. Aunque ese amor fuera mentira. Este es el tema que unifica este volumen, concebido como tal y no como una recopilación de narraciones breves de distinto calado. De ahí, por ejemplo, que todos los relatos estén narrados en primera persona y que la voz sea bastante uniforme. Existen, sí, matices que los diferencian. Pero el sonido de cómo hablan, o piensan, los personajes es similar. Algo claramente intencionado por parte de Miguel Ángel Carmona del Barco (Badajoz, 1979).
En primer lugar, para poder quererse a uno mismo hace falta una buena práctica del ejercicio de la memoria. Es decir, comenzar por tener memoria, pues algunos de los protagonistas parecen carecer de ella, y luego utilizarla en el propio provecho, pues ninguno sabe cómo hacer de los recuerdos una garantía para ser un poco menos desgraciado. En segundo lugar, una buena memoria no se atiene solo a momentos o imágenes. También a las emociones. Si las emociones son más potentes que uno, todas, sean de la estirpe que sean, el exceso visceral será una constante en cada acto y cada minuto. Eso también les sucede a los personajes centrales, que solo saben sentir las emociones a altísimo voltaje. En tercer lugar, está ese saber convivir con uno mismo, aunque sea a través de la autohipnosis de quererse bien, para percibir el mundo tal y como es, o tal y como lo representa la verdad de cada uno. Es decir, para no encontrarnos fuera de la realidad, que es otra constante en estos relatos. Uno diría que nos enfrentamos a un libro de relatos de realismo sucio, si es que las voces tuvieran algo que ver con la realidad. Se da el caso de que más de la mitad de los dieciocho relatos están en boca de mujeres, tal vez porque Carmona del Barco considere que hay algo más depresivo en ser mujer, tal vez, dicho de forma muy subjetiva, reivindicando la lucha por abandonar ese mundo más secreto y más oscuro del que empezaron a salir hace muy poco tiempo. Por alguna razón, en este volumen Carmona del Barco se siente atraído por los personajes sufrientes. Pero no se queda ahí: se trata de odiadores. Personajes que se odian a sí mismos.
Ahí está, para empezar, el payaso triste, amputado, rehabilitado en su drogadicción, en un mundo donde no deja de hacer mal tiempo, esperando a que surja de quién sabe dónde una niña que le consuele un instante. O la pérdida de conciencia de la realidad de los oftalmólogos que asisten a un congreso y se contagian del virus de El ángel exterminador. Por el libro circula la pornografía, incluida una mujer que trabaja en un espectáculo porno y que lee a Cioran junto a su único amigo, que es ciego. O esa gente desnortada que da con sus huesos en la cárcel, un lugar violento donde no sabemos si habrá un resquicio para la ética. Los homosexuales pueden ser maricas de sesenta años que aguardan su oportunidad en baños públicos, y que con frecuencia terminan golpeados y justificando sus marcas a una madre que debería estar en un geriátrico. No faltan los matones, aunque su pistola dispare pis en lugar de balas, gente que busca, con ganas, la fatalidad. Y siempre los que huyen de su pasado o, como expresa uno de los personajes, acaba de hacerse un trasplante de alma. Aunque existen muchas formas de huir, como por ejemplo la del padre de familia que ante una situación de estrés sustituye su mirada por la cámara de fotos. Los que no pueden huir, como la inmigrante venezolana que ha vivido la maldad en carne propia, se resignan a acondicionar sus días y sus noches a esa maldad, a ser parte de ella, en lugar de combatirla.
El mundo se desmorona por varios de sus costados. Eso nos dice Carmona del Barco. Y sus personajes proyectan ese desmoronamiento en lo que debería ser la realidad. Porque lo que está lleno de escombros, con seguridad, son sus entrañas. Lo del mundo, suponemos, lo deja para la siguiente oportunidad en que nos regale un nuevo libro. Lo estaremos esperando.


Fuente: Culturamas

LOS VIEJOS AMIGOS

Fuente: Lateral

Los viejos amigos

Rafael Chirbes

Anagrama
Barcelona, 2003
221 páginas

Al principio el lector cree que Chirbes ha escrito una novela sobre la dificultad, demasiado humana, de reconciliarse con el pasado. Sin embargo, a medida que se avanza en la lectura va aflorando la dificultad para reconciliarse con el presente, y por momentos, tal vez los más contundentes, se nos cuestiona la imposibilidad de simpatizar con el futuro. Se trata, en consecuencia, de una obra sobre la mala relación que se puede llegar a tener con el tiempo, es decir con la realidad: una obra sobre todo lo humano e inhumano que puede haberse interpuesto en los lazos que una generación ha mantenido con su propia existencia. Pero no estamos frente a una novela generacional pues, aunque Chirbes recurra a seres como los que conoció y a un escenario de fondo que se llama España, nos narra sus vidas haciendo uso de las voces individuales, no recurriendo al personaje central emblemático o a una voz que registre con pretensiones objetivas. Y es así como se nos permite entrar en las reflexiones que se compaginan con los datos de lo cotidiano, reflexiones en las que los personajes, al filo de entrar en la vejez, se afirman a sí mismos que han aprendido a llamar a las cosas por su nombre; sin embargo, cada uno de ellos califica de una forma distinta cada acto, y cataloga con personalidad propia a las personas que han compartido con ella eso que han llamado vida. Este sabio uso de las voces en primera persona tiene como fin el cuestionar, el dejar las decisiones sin resolver porque la realidad no es algo fijo y sólido, y porque es imposible describir con el más pequeño asomo de objetividad a ninguna generación, y mucho menos a la propia. Sólo una enseñanza común une a estos viejos amigos que acuden a una cena tras años de separación: la metamorfosis de los objetivos utópicos en los prosaicos, la sustitución de las inquietudes estéticas por el paladar del sibarita. Como se dice en una tira de Mafalda: si uno no se da prisa en cambiar al mundo es el mundo el que le cambia a uno. A este pensamiento Chirbes añade que la fórmula para superar esta agonía es no permitirse remordimientos, y también recordar con intenso cariño a los que se quedaron por el camino cuya presencia flota, de modo elegíaco, en la reunión que justifica la novela.

La estrategia que ha elegido Chirbes, con voces que se superponen y en las que se va desplegando a un tiempo el pasado y el presente, no es una innovación; caigo en la cuenta de alguna obra de Graham Swift o de Julian Barnes en la que ya se empleaba con buena fortuna. A diferencia de los dos autores británicos, no hay aquí una narración fiel ni un despliegue de ingenio, sino una atmósfera que refleja la ambigüedad del pensamiento, en el que la memoria emerge como una niebla común. No se desentraña nada: todo es cuestionable. Los viejos amigos puede ser una novela triste. Es una buena novela.

LOS CUARTELES DE LA MEMORIA

Los cuarteles de la memoria

Xuan Bello

Debate
Barcelona 2003
284 páginas

He aquí un libro que plantea una interesante versión de la fenomenología: en lugar de proponer que no existe la verdad, sino solamente las verdades, sugiere que no existe la realidad, sino solamente las realidades, y que de éstas no nos queda sino el polvo de la memoria. Es evidente que la memoria lo es todo para Xuan Bello. Acaso demasiado evidente. Pues si en su obra anterior Bello marcaba un territorio geográfico y un tiempo lírico que podía ser todos y ninguno, en esta decide afrontar el culto a los recuerdos que le construyen observándolos con la pose del espectador que fija su mirada en un crepúsculo, con los codos tiernamente apoyados en el alféizar de la ventana. Para comenzar señalando el mal que salpica con frecuencia las páginas del libro, la repetición constante de esta pose, la supuesta hipersensibilidad nostálgica del narrador, cansa hasta el punto que acaba por delatar cierto narcisismo melancólico: en un libro en el que la identificación del autor y el narrador se hace evidente (pues no puede tener otra intención una obra de estas características que la defensa y exposición de lo que le ha ido construyendo), reflexionar sobre la memoria se convierte en un ejercicio en el que la inteligencia trata sobre la propia inteligencia. Y, a mi juicio, esa presunción es una pose narcisista.
Ahora bien, una vez que nos olvidemos de esas meditaciones, algunas bastante tópicas y que podrían haberse suprimido para que ganara en intensidad la secuencia de historias, anécdotas y cuadros que componen la cartografía personal de Bello -o de Bello hecho escritor- es fácil comprobar un importante avance respecto a su anterior obra; si en Historia universal de Paniceiros las mejores piezas eran aquéllas en las que tomaba posición de testigo y reflejaba pensamientos que no pretendían responder a ninguna pregunta, al estilo de Pla, en ésta son los relatos los que destacan por su imaginación y facilidad narrativa; aquí la ficción pura, independientemente de que los cuentos narrados sean invención total o reinvención vital o un refrito, sale indemne de la batalla contra el tiempo que tanto esfuerzo le supone vivir al narrador. En algunas ocasiones el cuento no supera las tres frases y en otras, como en el buen relato titulado Una historia vulgar, alcanzan las cuarenta páginas, y en todas ellas el que siente no haber perdido el tiempo registrándolas es el lector.
Es una lástima ese repetido y explícito elogio hipocondríaco de la memoria, que debería traslucirse únicamente de la narración, y que es arena en el engranaje de un libro del que lo mejor que puede decirse es que no hace daño.

Fuente: Lateral

LOS BOSQUES IMANTADOS

Los bosques imantados
Juan Vico
Seix Barral
Barcelona, 2016
220 páginas

Desde un refugio en el que siempre brilla la lumbre exacta, esa que nos permite narrar cualquier historia, verídica o de ficción, a ser posible de ficción, seguimos sintiendo la presencia de autores que nos han regalado los momentos más felices de nuestras lecturas. Son muchos los mejores escritores de la historia, pero apenas un puñado los que habitan esa cueva donde nunca falta el vino, la sonrisa y la camaradería. La enumeración es parcial y no siempre exacta, pero allí estaría Stevenson, Chesterton, Mark Twain, a veces Borges y algún que otro espadachín de primera fila. Y, sin duda, Wilkie Collins. Sus novelas nunca tenían la pretensión de llegar a cimas sobreculturales, algunas tan aburridas como Finnegans Wake, pero estaban pensadas para que el lector, todo tipo de lector, disfrutara. La piedra lunar es uno de los libros que más noches en blanco ha debido provocar a lo largo de la historia.
Siguiendo la tradición que nace con Wilkie Collins, Juan Vico (Badalona, 1975) nos presenta unos bosques imantados que son dignos herederos del encanto del autor británico. Una trama que implica a los personajes poco a poco, sin que ellos apenas se den cuenta de qué es en lo que están participando, una intriga basada en un misterio que no sabemos si se resolverá por la magia, unos perfiles bien trazados para que sepamos reconocer los motivos que guían a cada personaje dentro de la actuación, y una construcción que parece pensada en su traducción a guión cinematográfico, que supone manterse fiel a la época en que está escrito, tanto como la historia es fiel al siglo XIX. Un coro de voces dicharachero, variado, que da lugar a diálogos en los que no sobra una coma, y son imprescindibles para el desarrollo de la acción, y una serie de referencias textuales, como la lectura de Julio Verne, hacen de esta obra una novela técnicamente intachable.
Pero Juan Vico da un par de pasos más, los justos para que Los bosques imantados estén por encima del mero entretenimiento. Por ejemplo, no nos permite ver los personajes completos, filtra lo que hace que la historia se ponga en marcha y deja que supongamos que todavía queda algo de ellos en la sombra, que será lo que nos muestre el final de la trama. Y, por otra parte, la intriga se sostiene sobre el magnetismo, cuando la ciencia todavía no había resuelto en qué consistía, pero ya estaba enfrascada en las primeras investigaciones. Al mismo tiempo, la gente alejada del mundo científico observaba los efectos del magnetismo como si se tratara de magia. Y es aquí donde Juan Vico da ese segundo paso. Por norma general, se sostiene que eso que a lo largo de la historia se conocía como magia era ciencia todavía no resuelta. Pero en esta novela el deseo del narrador, el deseo del autor, es que todavía quede magia que la ciencia jamás pueda llegar a explicar. De ahí que el personaje que convoca en un bosque a una multitud para que contemplen el milagro del magnetismo sea un personaje ausente. Porque una magia que jamás pueda resolverse a base de ciencia supondría que todavía queda un residuo para las hipótesis románticas… Y sí, luego está todos los recursos estilísticos, la buena prosa que nos mantiene en el ambiente histórico y la estructura de novela policiaca. Pero ese oficio, ya lo sabíamos, es un oficio que Juan Vico interpreta muy bien.


Fuente: Culturamas

domingo, 15 de octubre de 2017

EN EL SILENCIO


Wade Davis, de quien ya conocíamos su oficio como escrito por obras como ‘El río’, nos ofrece una biografía sobre George Mallory y el mundo en que vivió, explicando de dónde vino este hombre que pasó a ser el mayor mito y el mayor enigma del alpinismo tras desaparecer en el Everest.

“Habían visto tanta muerte que la vida importaba menos que los momentos en los que uno estaba vivo”.
La frase, lamentamos descubrirla, pertenece al epílogo. La frase, el sentido de la frase, es lo que atraviesa todo el libro, en canal, para explicar por qué una biografía de Mallory...

TRECE FORMAS DE MIRAR

Trece formas de mirar
Colum McCann
Traducción de Marta Alcaraz
Seix Barral
Barcelona, 2017
245 páginas

Aunque el volumen lo compongan cuatro relatos, es el primero de ellos, Trece formas de mirar, el que da consistencia a la obra. Donde estás, ¿qué hora es? Es un ejercicio metaliterario sobre cómo se puede escribir un cuento de Navidad, poniendo al autor, al pensador en situación límite: el ambiente de un Afganistán sitiado. Shojl habla sobre la ejecución, en todos los sentidos de la palabra, de salir delante de emigrantes, adoptados y con discapacidad. Y Tratado nos lleva al extremo del interior de una persona que se da de bruces, o cree darse de bruces, con su torturador, su violador, al encender la televisión. Las tres historias poseen una altura literaria muy por encima de la media.
Pero es en Trece formas de mirar donde encontramos mayor sorpresa, no por la historia en sí, que no es escandalosamente imaginativa, sino por la manera que tiene de hablar de la ciudad viajando desde lo abstracto a lo concreto. Son trece los capítulos y en los primeros asistimos al interior de la mente de alguien que se pregunta qué es la memoria y qué es lo cotidiano. Alguien para quien su bildugsroman particular ha pasado por la oratoria y por la saudade. Un judío, irlandés, de segunda generación, que vive en la ciudad que significa todas las ciudades. Y que es lo que define el relato: una ciudad es un lugar donde la gente no se conoce. McCann comienza permitiéndose cierto lirismo, desde asociaciones de ideas a cacofonías, dejándonos ver que frente al protagonista, al narrador, hay distintas piezas de puzle. Lo que no conseguimos adivinar es si se trata de un solo puzle o de varios. El anciano, que depende de una caribeña de la que es capaz de admirar su desconocimiento de la gramática del idioma, parece cambiar las reglas de comunicación. Está perdido y se tiene que inventar cómo comunicarse. De hecho, cuando enuncia su casa, lo hace como si viera por primera vez la de un extraño.

De esta manera, nos hallamos frente a alguien que precisa de varios estímulos para registrar lo que es el mundo. O lo que cree que es el mundo. Sus prejuicios, a saber, tienen fundamento en el catolicismo y en la antigüedad como lo más sagrado. Frente a ello, el mundo exterior, la ciudad, es violencia. El tono crepuscular que consigue McCann va cediendo paso a las relaciones en cuanto aparece el comensal a quien espera el anciano: su hijo, un tipo más comprometido con el teléfono móvil y los negocios que con la sangre. La relación se basa en la costumbre y carece de afecto, en una representación de lo que viene a ser la decadencia social de las grandes ciudades. De esta manera, adivinamos que uno, a la fuerza, se ve en la tesitura de romperse sí o sí. Pero no será el anciano quien se rompa. Porque el relato toma cariz de investigación policiaca, de intriga, que es el género al que estamos acostumbrados a identificar como novela urbana. Pero el viaje a la ciudad ya lo hemos hecho antes.

Fuente: Culturamas

LO QUE ESCUCHA LA LLUVIA

Lo que escucha la lluvia
Francisco Solano
Periférica
Cáceres, 2015
115 páginas
15 euros

La marca del olvido

Las novelas río, esas inmensidades que comienzan en Proust y acaban, por el momento en el sueco Karl Ove Knausgård, enlazan la idea de esa absurda pretensión que mantenemos de pretender, de estar convencidos de seguir siendo la misma persona, por mucho que pasen los años. La hierba se ha vuelto roja cientos de veces, pero nuestra mirada mantiene la calidad poética que roza la desnudez, lo traslúcido o la fatigosa rémora de un sedimento de barro. Cientos de páginas son reflejo de una obsesión por la memoria que no cesa, a pesar de la cual las mutaciones no alteran el corazón que desgarrado de amor sigue latiendo. El polvo se posa sobre los anaqueles y las magdalenas saben a infancia. El reto es largo, como el arte, a pesar de que la vida siga siendo corta.
Sin embargo, Francisco Solano (La Aguilera, Burgos – 1952) escribe un libro de menos de cien folios en Times New Roman a espacio y medio, y consigue incluir en él toda esa referencia al polvo de la memoria. La prueba del ADN no es necesaria para recuperar científicamente una identidad, porque para eso está la literatura. Lo que escucha la lluvia podría catalogarse como literatura del yo, autoficción, autorretrato, reflexiones o como una combinación de géneros. Pero es básica y únicamente algo más importante que eso: es un testimonio. Lastrado por la muerte de un padre que no llegó a conocer lo suficiente como para que su imagen quede grabada en la memoria, Solano demuestra que incluso sin recuerdo existe el estigma. Como si fuéramos más olvido que memoria, o como si los instantes concretos que de vez en cuando evocáramos pudieran enviarse, sin ambages, al exilio. En el exilio también se encuentra su propio ser, ajeno al cuerpo que le encierra, un gesto de extrañeza que nos acompañará a todos hasta la fosa común. Porque ahí es donde pretende quedarse, donde es uno más.
Consciente de lo paradójico que es pretender pasar inadvertido al tiempo que se escribe sobre ello con intención de que el testimonio lo lean conocidos y extraños, Solano escribe con sobriedad y con una melodía que resuena como en las bóvedas de crucería, un desahogo contra la adversidad. Asiste a lo cotidiano como espectador, en tanto que el niño que hacía barquitos de corcho se halla ya en el estrato en que habitan los ángeles. Más que el éxito de una literatura psicoanalítica, Solano se entrega a la terapia transacional, esa en la que intentamos descubrir que parte de nosotros es hijo, adulto, padre. Como en toda terapia, la parálisis se produce. Una parálisis que se rompe como consecuencia de la relación de palabras que componen un hermoso texto, y no debido al movimiento físico. El hijo es el niño apartado que comprueba que su barco se hunde; el padre existe en un plano que no aparece en la novela y que debemos dar por supuesto como algo astral. En cuanto al adulto, yo soy el otro, nos indica, yo soy el que me acompaña, el que se extraña de la carcasa que es el cuerpo que no produce ni habla: “Al despertar, nada es menos imprevisible que el asombro de conservar la misma identidad”. Tal y como está organizada una frase tan meditada, asombro e imprevisible no parecen ser un oxímoron. Pero lo son. E incluso son algo más: son una aporía que es, a su vez, una paradoja, dada la facilidad con que nos reconocemos en ella. Otro tanto ocurre con sugerentes ideas como esa de confesar que somos o hemos sido “todo un programa, si bien se mira, que constituye el basamento sobre el que construir una elegía”. Pero no se trata de uno de esos libros dispuestos a confundirnos hasta la melancolía. Lo que escucha la lluvia tiene una cadencia de adagio, sí, pero ideas que ayudan a comprender que no es tan difícil justificar que la vida merece la pena: “Nadie se despide nunca, nada se pierde, llamamos pérdida a un vacío deslumbrante”.


Fuente: Culturamas

LAS DEFENSAS

Las defensas
Gabi Martínez
Seix Barral
Barcelona, 2017
494 páginas

Lo peor de estar enfermo, es que los girasoles le dan a uno la espalda. Todo el mundo sabe que el girasol se encara siempre hacia el astro que da vida al planeta, al que nos da luz y calor, y que durante la noche pulsan el interruptor de stand-by. Lo que sueñen los girasoles no cambiará el mundo, pero sí la dirección a la que apuntan a lo largo del día. La gente no soporta la enfermedad y mucho menos si el enfermo es un ser querido: “te quiero tanto que me duele tanto verte enfermo, y por lo tanto prefiero no verte”, es una frase real, escuchada en más de una ocasión desde el lado hacia el que miran los girasoles. El enfermo está solo y sus sueños sí marcan la diferencia con el sano: sueña con llevar una vida normal, con tener amigos y una familia. Tal vez encuentre algún amigo, como el protagonista de esta novela lo encontró en Gabi Martínez (Barcelona, 1971), pero la familia hará una demostración de que es una farsa y se diluirá como se diluye el hidrógeno en el aire.
Lo que pone sobre el tapete Gabi Martínez es mucho más que una novela y que una biografía. Es un ejercicio literario que sorprende por su alta tensión en un autor que nos ha acostumbrado a la literatura de viajes. No hay mucho más movimiento que el que se produce entre unas pocas calles, pero, eso sí, por las que circulamos nosotros, y no Gabi Martínez. Para relatar el caso del neurólogo que padece una enfermedad idiopática, al menos durante cuatrocientas páginas, elige la primera persona. Gabi Martínez nos convierte en el enfermo que no queremos ser. Son nuestras sus pasiones y sus amores, pero también sus arranques de una locura violenta. Nos identificamos con él y queremos comprenderle, pero no somos él, en tanto que somos lo que estamos leyendo. Porque la biografía de un cuadro polimorfo y cambiante es la nuestra gracias a la formación literaria de Gabi Martínez, que sabe cómo dosificar datos y entregarnos una vida a nuestro alcance. Nada de excesos de estilo: el estilo es la historia. Y lo que nos preocupa, página a página, es que nuestra historia debe tener un futuro. El protagonista da la sensación de ser tan hedonista como paranoico. Pero Gabi Martínez nos muestra que la locura, si es que es tal, tiene su coherencia, o al menos debería tenerla, como la tienen los girasoles.
Los cambios de pareja, la terapéutica pasión por las montañas, los hijos, entre los que se encuentra la que parece ser su favorita, una adolescente cuya intención es vivir de okupa y hereda el sentimiento de justicia social de mayo del 68, son una fuente de ingresos en el conflicto. Y este es la conciencia de los sentimientos que tiene, frente a los que debería tener. Es decir, la vida contra la sociedad. Porque vivir es salud y enfermedad. La sociedad no es nada más que un acuerdo mediático que diferencia el bien y el mal, seguramente sin precisión. Mientras tanto sus sentimientos, los que vemos reflejados en lo que vivimos, pueden acomodarse a un trastorno obsesivo, o a un existencialismo pocho, o a la neurosis del miedo a una herencia en el ADN. Por momentos, es imposible no volverse un hipocondríaco. Las alarmas truenan en cuanto surge un síntoma y da al traste con toda la buena labor que el protagonista hace como profesional y como amante. Hasta tal punto llega a alarmarse, que en algún momento entra en catatonia vital y abandona la montaña y hasta los asuntos clínicos entre los que se mueve como pez en el agua.
Pero, aunque solo sea por la insistencia de los demás, él sabe que padece un trastorno. La inexistencia de un juicio clínico solo sirve para torturar. Los girasoles cada vez le dan más la espalda. El sol que da vida se le niega. Y sin sol, el cuerpo no responde y él se vuelve más y más vulnerable. Es tanta la renuncia a una vida normal, incrementada por un claro caso de acoso laboral, que el alcohol aparece como un chupete en un bebé. Y también el sexo a través de páginas especializadas, esas que unen a la gente por patologías. Los arranques violentos, que se manifiestan al principio en la resignación por la renuncia a su familia, se van incrementando hasta que le internan encadenado. Y nosotros, mientras tanto, hemos padecido el sacrificio y el malhumor, porque Gabi Martínez consigue que seamos Camilo Escobedo, que el nombre con el que figura el neurólogo en la novela. Solo un golpe de suerte puede cambiar su destino. No desvelaremos más, pero ese golpe de suerte puede dar pie a la tragedia o a la comedia, en el sentido más clásico del término: al final el protagonista estará mejor o peor que al principio. Pero sin necesidad de recurrir a la pornografía sentimental o a un trance bélico, como en los grandes clásicos, acudiendo al conflicto nuestro o de nuestro vecino, o de aquel a quien le hemos dicho que nos duele tanto verle enfermo que preferimos no verle, Gabi Martínez construye una novela tan clásica como vanguardista. Su talento no tiene límites.


sábado, 14 de octubre de 2017

LA VUELTA AL DÍA

La vuelta al día
Hipólito G. Navarro
Páginas de espuma
Madrid, 2016
251 páginas

Las palabras y los huecos



El mundo se crea con la palabra. No es sólo cosa del Génesis ni una virtud exclusiva de Dios. Cada vez que alguien pronuncia una palabra, está construyendo el mundo. Lo que sucede con los grandes escritores, es que también son capaces de crear el mundo con los silencios, con los huecos entre palabras. En una buena elipsis cabe todo un paisaje. Cualquiera de nosotros puede enunciar un inventario de lo que existe dentro de ese paisaje en autores tan conocidos como Kafka. O, en este caso, por aproximación, como Chesterton o como Oscar Wilde. Cabe aquí hablar de un estilo de humor, lejos de la bofetada del payaso, de los vocablos feos o de la fase anal. Un humor personal, aunque con cientos de lecturas que le han influido, incluidos los clásicos españoles y la prosa de los barrocos. Pero todo ello ha pasado por un taller de escritura en el que se destila el gusto por el detalle enunciado y el escenario entre los huecos. Un estilo tan depurado que parece de una naturalidad oral sin jactancia, con un sistema de intertextos muy personales, centrados en juegos de palabras que apenas lo parecen o la polisemia de alguna expresión. Las asociaciones resultan así más sugeridas que expuestas. De esta manera, si uno no conoce la obra de Hipólito G. Navarro (Huelva, 1961) se siente un poco abrumado al principio, pero no tardará en entrar en el juego que el autor propone. Porque ese juego está destinado a hacernos más alegres unos minutos, y porque ese juego exige que el lector participe: si uno pierde el detalle, se quedará con el cuento colgando de una tela de araña.
Así presentamos este La vuelta al día, título que ya de por sí se puede interpretar de muchas maneras. Aunque uno siente la tentación de que la forma de darle la vuelta al día sea idéntica a la que uno tiene de darle la vuelta a un calcetín. Navarro divide el volumen en cinco apartados: el primero como homenaje a los que le salvaron la vida regalándole la pasión por la lectura; el segundo apostando por la alegría y la felicidad, en contra de cualquier norma de taller de escritura; el tercero con capítulos aislados de lo que podría haber sido una novela o algo semejante a una novela; el cuarto en interacción con alguna gente que le ha exigido versionar a Shakespeare (Chespir, en alocución de Navarro) o imaginar a partir de un cuadro de El Greco; y el quinto en el que sustituye a los relatos por los chistes, por los juegos con la estructura.
Pero Navarro no se limita al humor vacío. El pasado o los falsos pasados, entre los que están la fragua del herrero y la monja que cocina dulces, o ese pueblo transformado en un parque temático, falsario por culpa de lo comercial, pesa en los contenidos. Como también el cuestionarse continuamente en qué grado de seriedad debemos interpretar el arte, pues cualquier forma de arte sucede por entero a la vez, ni siquiera a la música le concede un desarrollo cronológico lineal. También están presentes, siempre, las modalidades de relación entre personas que pueden llegar a ser propias de un cretino, y la sabiduría señalando que en ese caso es mejor reír, pues las poses son ridículas, tanto como llevar siempre una bolsa en la cabeza para hacerse el críptico, o cargar con guías de teléfono para que la gente te tache de gran lector, de intelectual. También es inteligente no hacer caso de quien disfruta de la autocompasión, de los propios defectos físicos o de los fracasos más humillantes en el galanteo. Muchos de sus personajes se caracterizan por alguna versión de la neurosis obsesiva. Como la gente con la que nos tropezamos en la calle. Pero, por fortuna, los que se esconden en este libro no son una patada en las costillas. Son la fortuna de la sonrisa.


Fuente: Quimera

LA SOLEDAD DEL TIRADOR

La soledad del tirador
Toni Montesinos
El Desvelo
Santander, 2017
175 páginas

La memoria, como cualquier otro licor, tiene distintas graduaciones. Los diarios, excepto en uno o dos casos, se diferencian de la memoria en que uno deja de vivir para escribir. Mientras que la memoria cambia de aromas tanto como de gente, y de valor alcohólico como de intensidad. Existe una memoria que cierra heridas, lo cual en literatura es una farsa, porque en realidad uno no deja de supurar, y existe una memoria terapéutica, que es aquella en la que el autor se pregunta cómo ha llegado a ser quien es. Eso suponiendo que se conozca, porque la distancia entre lo que somos y lo que creemos que somos llega a ser un océano. Pero sí, hay un momento en que uno se pregunta qué fue de aquel niño que montaba en bicicleta y soñaba con una familia o con ser astronauta, qué fue de aquel adolescente con tantos bríos como para no dejar un hueco sin llenar en los minutos de su vida. Hacia dónde divergieron las energías que le hacían soportar la miseria familiar o la miseria de la escolarización. En cualquier caso, dos sistemas carcelarios o, al menos, dos grilletes más en el pasado, en lo que nos ha construido, en nuestra maldición.
A este último género pertenece la obra de Toni Montesinos (Barcelona, 1972), este La soledad del tirador que parece pertenecer a un proyecto más ambicioso de recuperar el humo de la memoria. En estas páginas, Montesinos se presenta como un chico de barrio, alejado del centro de Barcelona, que vive la adolescencia desde dos lugares diferentes: la cercanía de su sueño de convertirse en jugador de baloncesto, y la distancia de la timidez, que en su aproximación a las mujeres, en una intuición de autoestima rayada, da la sensación de ser difícil de superar. Aunque uno tiene la impresión de que el libro está escrito con cierta premura, algo inusual en Montesinos, lo que importa son las preguntas. Y por encima de todas ellas la de cuestionarse si aquéllos, los años de formación, fueron tiempos malgastados.

Si algo está bien trabajado en este viaje al pasado, son las relaciones familiares, incompletas, incómodas. Un mal extendido porque se nos obliga a comparar nuestras vidas con las de las ideales familias americanas, que hasta en los documentales de elefantes presentan una ideología poco menos que reaccionaria. Y así este adolescente no crece. Asistimos a su transformación, pero mantiene su eje sentimental a lo largo de todo el libro. Entre otras razones, porque no es sólo un Bildugsroman real, sino que es el retrato de una época, la del despertar del baloncesto y la música pop, la temporada en la que los contenidos de los libros de texto mutaron para olvidarse de los elogios patrióticos, cuando las matemáticas se enseñaban por teorías de conjuntos y los juegos en la calle, en los parques duros, marcaban, inevitablemente, arañazos en las rodillas. La etapa que precede al estallido de la juventud, eso que identificamos con la primera borrachera y la primera persona a la que tocamos la humedad de sus partes íntimas. De ahí que este proyecto sea una obra abierta, un imposible saldo de deudas, pero una relación generacional.

Fuente: Culturamas

EL CLUB DE LOS MENTIROSOS

El club de los mentirosos

Mary Karr

Traducción de Regina López Muñoz
Periférica y Errata Naturae
2017
517 páginas
Los adjetivos, aunque sean ciertos, no hacen justicia a lo más sagrado que contiene el libro: hilarante, cautivador, mordaz, divertido, placentero… No, porque este no es un libro que se limite a ser una voz. Este es un libro sobre el derecho a la absolución. Y ese es, tal vez, el asunto que dejaremos sin resolver durante muchas más generaciones. No conceder a los demás ese derecho, no concedérselo a uno mismo, es de tal gravedad que no se arregla en millones de sesiones de diván vienés. Lo que consigue Mary Karr (Texas, 1955) es una hazaña literaria y humana. Es depuración psicológica y bienestar. Se vale, es cierto, de un lenguaje en el que predominan los verbos, la acción, y una mirada sobre su pasado en la que el manierismo se aplica bordeando la caricatura. De no tratarse de un libro de memorias, sincero, uno pensaría en la invención de la picaresca como modelo literario. Pero tampoco llega a eso. Porque la voz nos induce a la sonrisa, no a la carcajada. Mary Karr es consciente de que una de las cosas más tristes por las que puede atravesar una persona es un taller de risoterapia. Así pues, se toma con humor dos años de vida de su pasado, cuando tenía siete y ocho, en los que el divorcio de sus padres ejerce de bisagra. Y con él, el cambio de escenario y personajes.



Pero tanto Texas como Colorado son dos lugares en los que uno se va a encontrar con lo peor del ser humano, incluyendo el propio lado oscuro. La reconciliación es necesaria y para llegar a ella Karr ha debido de pasar por mucho más que la escritura de estas memorias. Su familia se compone de dos padres que se llevan a matar, no descubriremos las razones hasta el final, ella y su hermana. Su hermana es su ángel guardián y su némesis, su compañera y la única persona que no pretende ser excéntrica. Porque esa impresión dan los personajes, que pretendan ser tan diferentes, tan sorprendentes, como para que se les considere dignos de una novela. Así es como los trata Karr, que será una niña rebelde, o que se ve a sí misma como rebelde, lo cual es tanto como decir que si un miedo le inunda, al margen de los encontronazos con su abuela y alguna otra persona, es el de haber sido convencional.
No será el punto de vista, la deliciosa manera de narrar lo que la salve en ese sentido. Antes o después, el lector se dará cuenta de que esta es una obra en la que se trata a la vida muy en serio:

“Los mejores están sin convicción, y los peores
“Llenos de apasionada intensidad

Los versos son de Keats y en buena medida representa la intención del libro, excepto sus cien últimas páginas. Partiendo de una suerte de folie a deux de los padres, las hermanas aprenden cuáles son las causas nobles y justas. Para ello, Karr debe pasar por purgatorios terribles, sobre los que trata de una manera cautivadora, porque así, descubriremos, es como conserva la integridad. De hecho, al final de las vidas de sus padres le servirá para afrontar lo peor de todo con un lirismo triste, gracias a que ha sabido inventarse la dignidad tras una vida desastrosa, incluso terrible y violenta, muy violenta. La gente que la rodea puede ser cruel, malvada y estar como una regadera perjudicando seriamente a los demás. Al margen de aprender a tomárselo con vitalidad, Karr sabe que para volverse adulta ha de ser capaz de sentir un pasado que cualquier otro enterraría.

“(He llegado a creer que el silencio puede engrandecer a una persona. Y el dolor también. La emanación de un silencio pesado y triste puede investir a alguien de una dignidad absoluta)”

Ese detalle de sabiduría viene entre comillas. Porque Karr pretende escribir para todos y nadie soportaría unas memorias demoledoras, como lo que refleja en la cita, pero sí las que se afrontan con una franqueza que no elude la sonrisa, excepto cuando describe el agotamiento final de sus padres. Karr prefiere acercarse a la caricatura, al teatro, a la representación de la realidad antes que a la realidad. Porque nos creemos que lo que nos sostiene es la realidad, cuando no se trata de nada más que un andamio para evitar que el edificio de lo que somos se venga abajo. Karr ha conseguido sustituir ese andamio por “su” realidad. Algo que en literatura solo logran aquellos frente a los que nos rendimos y llamamos maestros.

viernes, 13 de octubre de 2017

LA DUQUESA CIERVO

Fuente: Revista de letras

La duquesa ciervo
Andrés Ibáñez
Galaxia Gutenberg
Barcelona, 2017
383 páginas

Uno lee torres, espadas, magos, dragones y toda la magia y la inocencia del mundo de las caballerías, y se siente tentado a pensar en que la narración aprovecha el reflujo de El señor de los anillos. Cuando lo que caracteriza a la obra de Tolkien es, precisamente, el salirse del mundo de las caballerías, con sus dragones más puros y sus encantamientos tan sencillos como el de una mujer que se transforma en ciervo. La duquesa que es ciervo no nos remite a un libro como El señor de los anillos, tan mal leído después de la horrorosa adaptación al cine, porque se trataba, en buena medida, de la primera gran reivindicación ecológica de la literatura, y ahora es una sucesión de monstruos. Nos remite a Ovidio. Porque hasta él tenemos que remontarnos durante la lectura de La princesa ciervo. Las metamorfosis, frecuentes, en este relato, homenaje a la literatura de magos y espadas, son de carácter metafórico. La magia no está tanto en que un personaje se transforme en un gorrión, como en que sea un gorrión el ave elegida. O un águila. Las connotaciones de cada animal pertenecen al mundo de la fábula. De ahí que Andrés Ibáñez (Madrid, 1960) no precise extenderse en explicaciones.
En la columna de agradecimientos, Ibáñez nos da cuenta de las lecturas que le han influido: sobre druidas, sobre vikingos y sobre las leyendas británicas. Y las obras que le empujaron al mundo medieval, donde las salamandras sobrevivían en las hogueras y el unicornio no es un caballo con una prótesis en la frente, sino un animal que comparte las virtudes de los ciervos en las fábulas y en los cuentos clásicos. Pero la lectura nos hace inevitable recordar alguna otra novela. Uno piensa, precisamente, en El unicornio, de Manuel Mújica Laínez, con quien comparte no solo buena parte del mundo clásico del misterio medieval, sino la prosa, el gusto por encontrar algo estético, incluso dulce, en una época famosa por su oscurantismo y su brutalidad. Como Mújica Laínez, Ibáñez no tiene prisa por escribir, por describir, por darnos a conocer el mundo. Como el autor argentino, disfruta demasiado escribiendo, y sabe transmitir ese deleite, como para preocuparse por la larga distancia que adquiere cada una de sus novelas y si podría decirse lo mismo con menos palabras: no, no podría, porque no sería la obra de un esteta, y escribe para quienes disfrutan leyendo. Y también se viene a la cabeza Ursula K. Leguin, no solo por su ciclo de Terramar. También por la introducción de un elemento de ciencia ficción, que define la luz, la eternidad y la pureza, y se sostiene en el aire. Ursula K. Leguin consiguió que el agua y el aceite de la literatura de fantasía y la de ciencia ficción se mezclaran. Es posible que Ibáñez no haya leído estas obras, pero es probable, tratándose de un escritor que es capaz de leerse un océano.
Por otra parte, Ibáñez es fiel a los cuentos clásicos. Los druidas son sabios, hombres que han vivido. Pero los protagonistas de la literatura celta, por ejemplo, no son los druidas, sino sus aprendices. Se trata de Bildugsroman, un término no acuñado cuando la literatura era oral y al calor del fuego: “La magia, según me explicó el Tatuado, es la capacidad de ver, la capacidad de asombrarse y la capacidad de hacer, y todos los que hacen algo, sea un poema o sea un zapato, participan de alguna forma de la magia, alta o baja”. El narrador, es fácil adivinar, es el aprendiz de druida. Este joven, sin apenas experiencia ni en la magia ni en la vida, que vienen a ser casi lo mismo en la novela, se interna en tierras arrasadas por bárbaros formando parte de una extraña comunidad, como lo era La Comunidad del Anillo en el libro de Tolkien, no elegida por sus méritos en batalla. Pero antes Ibáñez nos ha enseñado el mundo de las metamorfosis. Hay unas frases claves que se enuncian para designar el objetivo que debe proteger dicha comunidad, unas frases que son, por efecto de contradicción, una declaración de principios literarios de Andrés Ibáñez, empeñado en hacer de cada obra una marea distinta, pero siempre una gran marea, en ocasiones, sobre todo en las primeras novelas, tal vez demasiado grande. Dictamos: “Sólo en el corazón del hombre arde una llama pequeña y escondida que desea ser libre. Hemos de apagar para siempre esa llama. Debe ser destruida y el hombre sojuzgado. Es necesario matar esa luz de la conciencia que crea en un vulgar animal la sensación de ser un individuo único y distinto de todos. La imaginación del hombre es la lepra del mundo. Lo que la ayuda, el amor, la soledad, la memoria, la música, el arte, han de ser erradicados y rendidos. Vivir es vivir con cadenas”.
Sea pues. Esto se llama hipérbole y ya sabemos que quiere decir exactamente lo contrario de lo que enuncia.



LA CLAVE PINNER

Fuente: Tribuna/Culturas

La clave Pinner

Andrés Pérez Domínguez

Roca Editorial
Barcelona 2004
238 páginas
17 euros



Ser espía a pesar de la condición humana


Pinner es el apellido de alguien que elige convertirse en un despojo humano, un borracho que lamenta sus fracasos para no afrontarlos, grandote y de pelo bermejo, a quien el servicio secreto británico le ofrece una oportunidad para salvar su honra sirviendo a su país en una acción clave que puede darles la victoria en la Segunda Guerra Mundial. Pero él acepta por motivos bien diferentes, acepta para correr al encuentro de sus fantasmas, trabajando así por amistad y superando con un resto de entereza su senilidad prematura, enfrentándose a unos fantasmas agazapados en los recuerdos de episodios que vivió durante la Guerra Civil española. A Pinner se le encarga la misión de localizar a un antiguo amigo, un republicano peleón, el último resistente, asegurándole que posee información básica sobre los planes aliados, y que de caer ésta en poder de Alemania la guerra se resolverá a favor del Eje. El amigo de Pinner, Carmona, está huyendo de las fuerzas de seguridad de la España de posguerra, al tiempo que él le persigue los talones, convencido de saber cómo encontrarlo a través de una mujer, la esposa de un compañero caído luchando contra los insurgentes. Y así, los dos primeros tercios de la novela se resuelven en unas secuencias de acciones paralelas en las que Pérez Domínguez (Sevilla, 1969) no corre más riesgo narrativo que el hecho de que no sean tan paralelas, pues las referidas a Carmona, el perseguido, han sucedido tres, cuatro o seis días antes a las que atañen a Pinner pisando los mismos lugares, sin que el autor tenga reparos en recurrir a saltos de tiempo mayores cuando necesita retroceder años para contar un lance sin el cual sería imposible comprender por qué los personajes hacen lo que hacen. A partir del momento en que ambos confluyen en el lugar estratégico, un bar regentado por la mujer, las piezas que Pérez Domínguez ha conjurado ya están dispuestas sobre el tablero y sólo cabe manipularlas con oficio para no desvelar antes de tiempo el final del relato.
La clave Pinner es una novela de espías en la que prima, por encima de los demás aspectos de la literatura, la trama. De ahí que convenga exponer el argumento y dejar que luego sea el lector el que escoja hasta qué punto resultará de su interés la obra. Que nadie confíe en topar con personajes de una atormentada profundidad psicológica como los de Dostoievsky, o unos fuegos artificiales verbales propios, por ejemplo, de Joyce. Esta novela no pretende nada semejante y, en palabras de Raymond Chandler, “la honestidad es todo un arte”. La propuesta del autor, en este caso, no le convierte en un artista –con mayúsculas- si no en un buen cocinero.
El planteamiento de Pérez Domínguez pasa por no aburrir y por programar cómo será el vestido con que unas tramas al estilo de John Le Carré se disfrace el traje típico español. De ahí las reuniones frente al vino y el jamón, los nombres al estilo Artemio, Rosa, Dolores o Lacruz, las playas de Huelva, las corridas de toros y, sobre todo, la aparición en segundo plano de El Caudillo. Y de ahí, también, que elija la España de posguerra como un tiempo representativo de nuestro país. Tal vez cabría pedirle una visión menos tibia de esa España, dado que pertenece a la primera generación que podría hablar libremente sobre esta época. Aunque, insistimos, la vitalidad de su labor narrativa se condensa en la acción y como consecuencia de ésta en los rasgos propios del género: las fronteras como línea de terror y la aventura de los contrabandistas, las huidas tan relacionadas con la noche, los vínculos entre los estados y los traficantes de armas, el acoso de los fracasos y de los viejos amores, los supuestamente terribles episodios de torturas y extorsiones, la traición, o la presencia de una prostituta que enamora.



JUGABAN CON SERPIENTES

Fuente: Culturamas

Jugaban con serpientes
Francisco Solano
Minúscula
Barcelona, 2016
150 páginas

“Después de la lluvia, si aún podemos respirar, se respira mejor”.
De eso trata este cuento largo. Ha pasado el otoño de una relación, con sus días de lluvia, y luego el invierno de las primeras reflexiones con demasiada conciencia y proyección de la conciencia de los demás. Y por fin, sin primavera, sin nada, solo con algo de olvido, llega la liberación.
Jugaban con serpientes es una historia de un triángulo amoroso en el que el protagonista es la persona que falta. El narrador siente intriga por ese marido al que engaña su amante. Un tipo sin atributos, pero que resulta ser quien sostiene su estatuto de amor. Los vínculos entre amantes dejan de tener certezas sexuales en el momento en que desaparece el hombre sin atributos. En apariencia, el narrador es alguien con el deseo de permanecer siempre en condición de amante. Pero el hecho de que se cuestione constantemente si la mujer piensa dejar al marido para proponerle una relación familiar, es una presunción y por tanto un miedo. Desde el inicio, la sensación que tenemos es que ese gusto por el adulterio es anacrónico. Sin embargo, poco a poco ese amante se ve impulsado por otro deseo, que se llama curiosidad. Quiere saber más de ella, pero preguntando lo menos posible. Interpretando gestos. Este proceso de adaptación culmina con cierta necesidad de ella. Tal vez por la curiosidad o el morbo de la ausencia de ese marido que se refugia en un no ser, cuyo único beneficio es que así no duele la vida. O tal vez por la mera ruptura de la rutina.
Esta situación ocupa la mayor parte del relato. Pero el acierto de Francisco Solano (Burgos, 1952), lo que hace de este juego con serpiente un libro tan especial, es la aporía que ella le plantea al amante tras el divorcio: si gracias a su exmarido le eligió, con su pérdida también pierde a la alternativa al marido.
A partir de aquí comienzan unas reflexiones sobre los vínculos humanos en los que el narrador se somete a un tour de forcé, debido a que se da cuenta de que no es ni ha sido dueño de su destino. El exceso de razonamiento emparenta al amor más con el ajedrez que con el cariño. “Nuestro tiempo parece regido por la difuminación; las relaciones no se terminan si no se rompen, pero se dejan desgastar”. Ese es el tema de este relato largo: durante el tiempo del desgaste, la memoria y el deseo son máquinas que se ocupan de deliberar a la vez sobre la relación. “Gente que sospecha de sí misma. En esa fatalidad nos entregamos a la imaginación para dar curso al delirio”. Y esta es la explicación que hace necesario este relato, en buena medida psicoterapéutico. Ese tiempo en que las olas baten entre dos momentos de vida, en que reflexionamos porque no actuamos y, por tanto, somos crisálida. Porque en realidad preferimos sentirnos protagonistas y de ahí que nos llame la atención alguien que elige no ser: “nadie quiere no ser visto y todos prefieren la arrogancia a la moderación”. Todos menos ese marido que incumple la norma. Que protagoniza el cuento largo sin haberse hecho presente en él.