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sábado, 24 de junio de 2017

El abrigo de Thomas Mann. Golo Mann y sus amigos españoles

Fuente: Revista de letras

El abrigo de Thomas Mann. Golo Mann y sus amigos españoles

Juan Luis Conde
Reino de Cordelia
Madrid, 2016
286 páginas

Para eludir cualquier mal olor a despedida, mientras agitas una mano al aire en señal de adiós, la otra la guardas en el bolsillo, donde escondes un amuleto de tu infancia o de tu juventud, que aprietas fuerte para aferrarte a la sensación de que a pesar del instante, conservas contigo tu universo intacto. Ese ejercicio conviene ponerlo en práctica de vez en cuando, para asegurarnos de que la memoria es un ejercicio del presente, pero aquel que se marchó, que solo habita allí, en un ángulo de sol de la memoria, se marchó para siempre y para siempre habrá merecido la pena haberle conocido. Despedirse es una derrota. No despedirse es la caída en el infierno. Por eso, con la sabiduría que heredó del “hijo feo” de Thomas Mann, el historiador Golo Mann, Juan Luis Conde (Ciudad Rodrigo, 1959) vuelve a apretar su fetiche en el bolsillo y ejecuta un ejercicio de despedida, un testimonio que demuestra que lo más profundo está a flor de piel. A Golo Mann, no cabe duda, le hubiera encantado leer este libro. En él se da cuenta de la falta de respeto hacia sus últimas voluntades por parte de sus herederos o albaceas, y contra ellos se rebela Juan Luis Conde sacrificando lo que hubiera de gloria en Golo Mann, que fue mucha, por una descripción minuciosa de sus paseos. El respeto hacia su figura no lo obtenemos por una enumeración de destellos de ingenio, por un dibujo de alguien que nos deslumbra. No. Aunque sí aparecen pequeñas dosis de consejos hacia el autor, en forma de notas sobre el amor, la juventud y la vejez o la aventura que es vivir, donde se da fe de la sabiduría de Golo Mann es en la precisión con que se describe la intensidad suave, pero firme, durante unos paseos de octogenario, agarrado a sus bastones mientras sube las cuestas de un valle alpino.
¿Qué llevó a Juan Luis Conde a compartir una década de su vida con Golo Mann? Si nos atenemos a los acontecimientos, fue casi una casualidad bohemia, una oportunidad que les salió al paso a unos jóvenes que trataban de ganarse unos cuartos en Suiza antes de regresar a España para, en el caso del autor, sacrificar un año en el servicio militar. Pero las casualidades no existen. La suerte nos la hacemos. Y en este caso, Juan Luis Conde nos ofrece un libro que trata a conciencia ese momento descabellado, intenso, dramático e incierto, que empieza con sabor a gloria cuando uno recoge su título de licenciado. La vida académica, en este caso dedicada a la filología clásica en su capítulo universitario, ha finalizado, y ahora lo que toca es hacerse mayor. Y eso que comienza con euforia a los dos días se ha transformado en miedo a vivir.
Para echar más leña al fuego, Juan Luis Conde sale disparado de una ciudad media española en la que no faltan las miserias, una ciudad trazada con cartabón mellado, según sus palabras, por la que ningún visitante se perdería, y que va devorando al conjunto monumental. Existe una Salamanca, sí, que concita cierto respeto de los académicos, “pero solo la otra es real”, afirma, antes de comentar que para los habitantes de esta ciudad la degustación de las criadillas de marrano es la más refinada de las experiencias. No se puede estar más de acuerdo. Hay que salir o vivir de espaldas a la vanidad de esas ciudades. En su caso, para topar con un viejo gruñón, misántropo, que reniega de su apellido y admite cuatro nacionalidades, que desearía ser recordado por su obra y sus amistades y no por ser el hijo feo de Thomas Mann, alguien que en Alemania es de por sí un género literario. Una aseveración que tal vez no sea un elogio. Un anciano que está enamorado de un joven mexicano, un tipo muy magnético y que desde la distancia admira a España, un país que, para Juan Luis Conde, es o era una caricatura. No hay que olvidar que nos estamos situando en la década de los ochenta, durante la consolidación de la transición o el triunfo del PSOE y otra serie de acontecimientos que se reflejan en la narración autobiográfica, porque ni Juan Luis Conde ni sus amigos, entre los que destaca su hermano pequeño, son impermeables a los acontecimientos sociales de un país por el que no saben si merece la pena luchar. Esa ignorancia es parte de lo difícil que es salir de la crisálida para hacerse adulto.
El grupo afín al autor, según él nos va relatando, tiene a la razón por refugio contra la ignorancia. Sin embargo, de Golo Mann va aprendiendo la sabiduría del instinto. Ese saber escuchar a todas las células del cuerpo, que saben cosas que el cerebro ignora. Y que vienen, sí, de la experiencia de vivir. En lugar de entretenerse en detalles más propios de libro de autoayuda, Juan Luis Conde recurre a la forma de ficción verdadera. El libro podría ser, perfectamente, una novela, si cambiáramos los nombres por otros figurados. Una de esas novelas que te llevan a las lágrimas en los párrafos finales. Porque es sorprendente en un autor como Juan Luis Conde, un intelectual que nos ha dado libros de aventura barrocos, como Hielo negro, ensayos a conciencia, como El segundo amo del lenguaje, y la maravillosa novela El largo aliento, es capaz de conmovernos. Es capaz de escribir, precisamente, con todas las células del cuerpo. Esa es la salida que ha encontrado para cerrar una herida, o a dejarla abierta -¿por qué cerrar una herida que nos ha ayudado a crecer?-, hablando sobre la vejez de un testigo del siglo XX. Un hombre, Golo Mann, que entiende que para desnudar su inseguridad debe recurrir a la poesía, una obra en la que, de vez en cuando, existe una ligerísima tendencia a la glosa que nos remite a la poesía. Y sobre la poesía también trata la soledad tanto de Golo Mann como de Juan Luis Conde, pues a la hora de afrontar los momentos complejos, pese a contar cada uno de ellos con el apoyo del otro, se dan cuenta de que están solos. Y para esa soledad inventan el bálsamo, como no podía ser de otra manera, de la poesía.
Sí. A este mundo, como dijo tantas veces Ernesto Sábato, le falta poesía. Por eso estos libros son tan imprescindibles como quienes los protagonizan.



'Cuerpos sucesivos', de Manuel Vicent

Una reseña que no llegó a publicarse, escrita para Lateral hace tiempo



Cuerpos sucesivos

Manuel Vicent

Alfaguara
Madrid 2003
207 páginas
17,50 euros

Manuel Vicent ha escrito una novela sin perfiles. Afortunadamente. Sabedor de la potencia y belleza de su estilo, Vicent se ha propuesto hablar del amor, algo que carece de un contorno definido, reflejado en las pasiones más brutales y en la derrota que la vejez supone para los cobardes. Para lograrlo ha creado dos protagonistas en los que se funden a un tiempo los extremos: son a la vez orgullosos y miserables, tímidos y vehementes, voluptuosos y temerosos de la muerte, de espíritu atormentado y cuerpo improbable. Porque los referentes de la novela se encuentran en la poesía de amor, en la cultura neoclásica y romántica y gótica, en las vidas de Virginia Woolf y el grupo de Bloomsbury, quienes fundían la estética y los vicios decadentes. Y así el maduro profesor de literatura y la joven violonchelista van repasando sus lances de amor, que son encuentros de pasión ardiente hasta el sadismo físico y moral, mientras viven el propio, una historia condenada al desenlace fatal a no ser que la magia acuda en su salvación. Pues será la magia, lo místico, lo espiritual, lo único capaz de librarnos de los peligros del amor, que en este caso, parece decirnos Vicent, son los peligros del sexo sin límites: la licantropía, el vampirismo, las prácticas sadomasoquistas, el esoterismo, lo diabólico. Consciente de la fortaleza de su forma de mirar, que pasa necesariamente por las virtudes de su estilo, la prosa llena de luz de Vicent sirve para poder observar de frente a todos estos vicios, a unos fragmentos de vida que a pesar de su corrupción pueden ser entendidos como una forma de belleza muy grave. Tan sólo cabe lamentar que en los diálogos el autor siga rigiéndose por idénticas pautas sin otra justificación que la mitomanía de los protagonistas, lo cual crea un inmerecido aire de irrealidad, y también es censurable una tendencia a lo solemne difícil de mantener durante doscientas páginas sin caer en la monotonía. Por otra parte, sí acierta en la imagen de una ciudad irreal, desdibujada, que sirve de escenario. Porque los perfiles no importan. Importan los entes de pasión colmados de sensaciones, importa la belleza adolescente, la magia del alma, el azar, los recuerdos y todo lo que pudiera significarse bajo una expresión tan imprecisa como “matarse de amor”. Aunque lo mejor de Manuel Vicent nos sigue llegando en forma de culto a la memoria o en distancias más cortas, cabe recibir con interés esta novela breve que busca consagrar la idea de que el amor son los mordiscos que perfuman los corazones... y los cuellos.



'Los viejos amigos', de Rafael Chirbes


Los viejos amigos

Rafael Chirbes

Anagrama
Barcelona, 2003
221 páginas

Al principio el lector cree que Chirbes ha escrito una novela sobre la dificultad, demasiado humana, de reconciliarse con el pasado. Sin embargo, a medida que se avanza en la lectura va aflorando la dificultad para reconciliarse con el presente, y por momentos, tal vez los más contundentes, se nos cuestiona la imposibilidad de simpatizar con el futuro. Se trata, en consecuencia, de una obra sobre la mala relación que se puede llegar a tener con el tiempo, es decir con la realidad: una obra sobre todo lo humano e inhumano que puede haberse interpuesto en los lazos que una generación ha mantenido con su propia existencia. Pero no estamos frente a una novela generacional pues, aunque Chirbes recurra a seres como los que conoció y a un escenario de fondo que se llama España, nos narra sus vidas haciendo uso de las voces individuales, no recurriendo al personaje central emblemático o a una voz que registre con pretensiones objetivas. Y es así como se nos permite entrar en las reflexiones que se compaginan con los datos de lo cotidiano, reflexiones en las que los personajes, al filo de entrar en la vejez, se afirman a sí mismos que han aprendido a llamar a las cosas por su nombre; sin embargo, cada uno de ellos califica de una forma distinta cada acto, y cataloga con personalidad propia a las personas que han compartido con ella eso que han llamado vida. Este sabio uso de las voces en primera persona tiene como fin el cuestionar, el dejar las decisiones sin resolver porque la realidad no es algo fijo y sólido, y porque es imposible describir con el más pequeño asomo de objetividad a ninguna generación, y mucho menos a la propia. Sólo una enseñanza común une a estos viejos amigos que acuden a una cena tras años de separación: la metamorfosis de los objetivos utópicos en los prosaicos, la sustitución de las inquietudes estéticas por el paladar del sibarita. Como se dice en una tira de Mafalda: si uno no se da prisa en cambiar al mundo es el mundo el que le cambia a uno. A este pensamiento Chirbes añade que la fórmula para superar esta agonía es no permitirse remordimientos, y también recordar con intenso cariño a los que se quedaron por el camino cuya presencia flota, de modo elegíaco, en la reunión que justifica la novela.

La estrategia que ha elegido Chirbes, con voces que se superponen y en las que se va desplegando a un tiempo el pasado y el presente, no es una innovación; caigo en la cuenta de alguna obra de Graham Swift o de Julian Barnes en la que ya se empleaba con buena fortuna. A diferencia de los dos autores británicos, no hay aquí una narración fiel ni un despliegue de ingenio, sino una atmósfera que refleja la ambigüedad del pensamiento, en el que la memoria emerge como una niebla común. No se desentraña nada: todo es cuestionable. Los viejos amigos puede ser una novela triste. Es una buena novela.

Publicada originalmente en Culturas, Tribuna de Salamanca

viernes, 23 de junio de 2017

La mujer en silencio. Silvia Plath &Ted Hughes

Fuente: Culturamas

La mujer en silencio. Silvia Plath &Ted Hughes

Janet Malcolm

Traducción de Mariano Antolín Rato
Gedisa
Barcelona, 2017
205 páginas



A la hora de elaborar un libro con cierto carácter biográfico, lo único que se puede incluir que no pase por el tamiz de la imaginación son las cartas, y estas deben estar citadas en extenso: “El tiempo crea indiferencia. Las cartas nos demuestran lo que una vez nos importó. Son los fósiles de los sentimientos”. Eso dicta Janet Malcolm (Praga, 1934), tal vez la mejor periodista de las últimas décadas. El asunto que reúne alrededor de este libro es muy delicado, tal vez demasiado: quiénes eran Ted Hughes y Silvia Plath, sobre todo Silvia Plath, en lo que se refiere a su relación. Todos sabemos dos cosas básicas: que fue una relación tormentosa y que Silvia Plath se quitó la vida demasiado joven. También que eran dos poetas de alto voltaje. Por eso este libro está escrito con un cuidad inusitado para una experiencia periodística. Por eso resulta tan reflexivo, y entra en el terreno del oficio del periodista, más que en una toma de partido, y las licencias éticas que este trabajo supone: “La libertad para ser cruel es uno de los privilegios irrebatibles del periodismo, y el presentar a las personas como si fueran personajes de malas novelas es una de sus convenciones ampliamente aceptadas”. Luego comenta, sobre obras anteriores que versaron acerca de esta relación, que los protagonistas de la misma son blancos muy atractivos para el sadismo y el reduccionismo.
Como en toda su obra, Janet Malcolm escribe a la par sobre su propósito sin olvidarse que éste también es escribir. A la vez que desvela lo que descubre, refleja cómo lo descubre. De esta manera, cualquier sesgo o versión parcial queda fuera de sus intenciones, aunque inevitablemente parezca tomar partido en algún momento, debido a la imposibilidad de olvidarse de la empatía. De ahí, por ejemplo, que cuando cite lo haga en extenso. De ahí que confiese no pretender otra cosa que no sea desmitificar, es decir, hacer humano lo que nos parecía divino: los grandes poetas están sujetos a las mismas maldiciones que cualquiera que pise tierra. Y, mientras tanto, dado que existe una abundante documentación, no cese de reseñar sus impresiones sobre ella, sobre cómo trataron otros la relación entre Hughes y Plath, dando por supuesto que han obrado con todo el respeto que han podido. Pero en la interpretación del lector siempre puede haber maldad. A pesar del cuidado con que vigila esta obra, ella misma ha sido criticada por alguno de los agentes que participan en algo que uno tiende a llamar escenario, cuando resulta que nos lo presenta como lo cotidiano. El periodismo de Malcolm no es un reflejo de la vida, es la vida misma.
Las cuestiones que plantea bastarían para que miles de buitres se alimentaran durante años: el carácter de Ted Hughes y su posible desdoblamiento de personalidad; el cambio del peso en la balanza sobre los posibles maltratos que hubo en el tiempo que estuvieron juntos; el compromiso de Plath con las cosas duras; el éxito de Ted Hughes como poeta y como mujeriego; la separación de las crisis nerviosas de la moral que refleja el biógrafo; el poliedro en que uno se convierte en cuanto pasa a ser figura pública y debe responder a las expectativas, que son diferentes en cada reunión social. Eso y algunas cuantas cosas más, todas con demasiado peso como para que Malcolm crea que a lo largo de su investigación no debe desplazar el mal hacia uno u otro lugar.
Ted Hughes fue poeta laureado y Silvia Plath una leyenda de las mujeres liberadas. Sin decantarse, Malcolm pasa suavemente, como si lo que hiciera fuera reseñar las biografías y no reflejarlas, sobre asuntos como la autoestima de uno y otra. Se plantea que la egolatría puede ser inevitable, así como los trastornos obsesivos. Pero no evita, porque sería cobarde hacerlo, el peso que en todo esto tiene el colapso que lleva a la muerte de Silvia Plath, y el debate sobre qué parte de la intimidad debe ser lo más privado y quién defiende los derechos de los muertos o de los calumniados. La pregunta sobre la patología de la relación, queda sin resolver, pero no todos los pasos que a Malcolm le llevan a dudar y a intentar resolver la duda. Pues, al final, esta obra maestra del periodismo está montada sobre la dicotomía. La propia Silvia Plath dejó escrita la pregunta sobre qué carencias hacen de las posibilidades de elección algo terrible. Y todo ello en un ambiente en el que se desarrolla la relación, en el que a la par que se lucha por la emancipación de la mujer, sobre todo en los Estados Unidos de los que procede Silvia, se ve rodeada del puritanismo de una sociedad británica que acaba de salir de una guerra. Uno no sabe siquiera si es dueño de su vida, pero lo que es innegable es que no lo será de su biografía. Contra esta idea, contra esta maldición, es por lo que Malcolm escribe este libro.

jueves, 22 de junio de 2017

Razones para leer 'Luz en las grietas': un resumen





Uno de los mejores libros de los últimos doce meses.

Aquí algunas de las razones 


Es un libro honesto y valiente (Luis Fernando Moreno Claros, Babelia)
Mientras tanto, el autor juega con el presente, la situación que lleva al narrador a afrontar este texto, esta carta de despedida, donde se desgrana la lucha por sobrevivir. Poco a poco se van imponiendo los diferentes relatos de viajes y montaña hasta centrarse en los más importantes episodios de su vida de aventuras. Esta nueva obra tiene un altísimo nivel literario. (Pilar Martínez, Culturamas)
Esta es la clase de obra que nos hace más humanos, porque nos da a conocer el dolor de otros. Es dura, hermosa, reveladora. Valiente: el autor llora el desamparo familiar. Y aunque con solo 50 años dice haber renunciado al éxito literario, Luz en las grietas debería alcanzar a muchos miles de lectores. (Román Piña, Revista de letras)
Leer este talento de las letras, Ricardo Martínez Llorca, brillante y creativo (Wishars, la web de arte)
Es un relato  especial, escrito a corazón abierto, por eso va más allá de las confidencias de un gran escritor y también un  gran amante de la montaña y los espacios abiertos. La vida siempre anda discreta en las grietas, en los pliegues de las cosas aparentemente importantes. Cuando se mira atrás, cuando el temor impide mirar hacia un futuro desdibujado, es cuando encontramos el valor de los recuerdos, y las emociones  que el tiempo superpone como las hojas pródigas del otoño. A veces la vida está hecha de pequeños instantes que nos traen la plenitud gracias a las cosas y las personas que amamos. Todo forma parte de la aventura de vivir. (Pilar Rubio Remiro, crítica literaria)
“El libro tiene palabras que viajan de la sombra hacia la luz para sumergirnos en el interior de su protagonista dejándonos hacer un recorrido vital doloroso, hermoso, aventurero”. (Pati Blasco, escritora y escaladora)
No soy de desear nunca el mal a nadie, pero tengo que reconocer que algunas veces he agradecido ciertos males que han sufrido escritores a lo largo de sus vidas porque gracias a estos han salido libros geniales. Eso me ha pasado con este libro: ‘Luz en las grietas’, de Ricardo Martinez Llorca. (Víctor González Molero, crítico literario)
Es realmente hermoso (Jesús del Campo, escritor)
Luz En Las Grietas, ha sido una experiencia sobrecogedora. Ha sido una lectura especial, con sobresaltos, pero, sobre todo, para mi muy enriquecedora y especial. No podía imaginar que este libro me haría descubrir y disfrutar de un narrador ejemplar. Cuando coges este libro, no puedes ni intuir lo que te vas a encontrar, y a cada hoja que pasas más trabajo te cuesta cerrar. Saber quién hay detrás de cada línea o palabra de este libro, a través de esta narración, te hace conocer la fuerza natural de Ricardo Martinez Llorca a través de sus, viajes, vivencias, escaladas, montañas y sobre todo su vida llena de grietas… llenas de luz. (Noel González, alpinista)
Aún no os habíamos recomendado el libro de Ricardo Martínez Llorca, lo hemos leído, paladeado, sufrido…LITERATURA con mayúsculas. Creemos que ni el propio Ricardo sabe el inmenso talento que tiene para la escritura.
Por favor no se lo pierdan (Charo Ruano, escritora)
Me ha hecho sentir, más que cualquier compasión, orgullo. (Juan Luis Conde, escritor)
Lo pierde, como tantas otras cosas, y lo cuenta con un baile excelso de oraciones que van y que vienen, que se alargan como laberintos borgianos y se reducen aforísticamente. Del aforismo al flujo de conciencia, de la sentencia a la oración. Y todo regido por unas leyes poéticas que convierten al relato en el solo de violín que busca ser Martínez Llorca en la vida. (Víctor G. Molero, Todoliteratura)
Igual que las palabras, cuando nacen, crean el silencio de la confusión, la memoria es un manto de niebla sobre el reflejo de nuestras vidas. Ricardo grita suavemente mientras pinta a trazos de un pincel de agujas las curvas de su vida. Que como las piedras de un pueblo abandonado de la sierra se resisten a las dentelladas del viento del puerto y los arañazos eternos de la hiedra. Pero el destino no es un sueño y es el que nos llama por el nombre cuando estamos solos en el rellano de la escalera. El autor es de aquellos hombres valientes que se visten día a día con la hoja del calendario para llevarse la vida puesta. De aquellos humildes y generosos que nos regalan su corazón desnudo en tinta. “Luz en las grietas” es el viaje de un valiente, de uno de aquellos que encuentra un rayo de luna en el fondo de una callejuela una noche de tormenta. Un viaje por la vida a través de las montañas, de los libros, de la música, de las emociones. No diría que es un libro de viajes sino un libro de vida. (Jordi Tosas, guía alpino)
Uno de los destinos que no quise, pese haber tenido como asturiano la tentación tan cerca, fue el de ser alpinista. No quise y no fue por no quererlo mucho: demasiada era la luz que me proponía la mano en el vértigo donde nacía, imposible, una flor nacida entre las rocas. Hoy me llega «Luz entre las grietas», de Ricardo Martínez Llorca, y lo leo conmovido en mi cabaña. Otros están arriba, desde donde se ve el fin del mundo: en mis dedos, sin embargo, está el paso difícil, la geografía mínima del tacto; de pastor, persiguiendo la cabra de la luna, mis pasos sobre la tierra. (Xuan Bello, escritor)
Con la duda del mañana, pero con la responsabilidad y la necesidad de ser contada, Martínez Llorca logra tejer un texto intenso y muy emotivo. Con una notable prosa, con un pulso directo pese a sentir cerca una posible despedida, y con el deseo de seguir soñando con la vida, Luz en las grietas conmoverá al lector que se deje llevar por las emociones, por el sentido de la amistad, por la soledad. (R.G., Másjerez)
Frente al acoso escolar y la defensa del débil, que le supondrá un derribo tras otro, Martínez Llorca nos abre una ventana en cuanto entra en la pasión. La vida sin pasión es menos vida. Y en su caso, tras una infancia forzosamente contemplativa, conoce el verdadero amor en la amistad al aire libre, en los grandes viajes que protagoniza, hasta que se rompe en uno de los episodios que da más temor leer, o en la montaña, donde perdió la vida su mejor hermano y sobrevive a situaciones límite. (Teresa Rivas, Quimera)
Y así continuamos luchando, “siempre en derrota, nunca en doma”. Porque la vida es lo único que tenemos, lo único que nos queda. (Koldo CF, Un libro al día)
Olvidamos en la mayoría de ocasiones en las que cogemos un libro que el que ha hilvanado esas líneas es alguien y no algo, pensamos que con poner la atención al producto ya bastará sin dejar ningún momento nuestro al artesano. Pues bien, si eso es lo que solemos hacer, con Luz en las grietas no nos quedará opción porque producto y productor se funden en un mismo relato. El relato es el relator, el cuento es el cuentista, lo escrito es el escritor. (V.G., Libres de lectura)
Acabo de terminar Luz en las grietas y ahora ya sé que no habrá una sola página que me ofrezca aunque sea una pequeña tregua, sino que todas y cada una de ellas no harán más que enfrentarme a verdades dolorosas. Sé que he alcanzado las últimas palabras, las últimas letras, casi con la lengua fuera, sin poder sobreponerme del todo a la profunda impresión que supone su lectura y de la que no es fácil recuperarse. (Jokin Azketa, La línea del horizonte)
El libro es estupendo. El autor, además, deja algunas frases en distintas páginas, que nos invitan a reflexionar tal y como lo hace él. Es por ello por lo que el libro necesita un momento de tranquilidad, un lugar en el que leer con sosiego. (Gabriel Ramírez, El Correo de Andalucía)
Una historia de superación que dura toda una vida dónde el protagonista se arriesga a vivir para superar sus miedos conmocionando al lector constantemente. (Nonstopes)
Porque Luz en las grietas es un canto a la vida. (Alberto Piernas, Acualidad literatura)
Gracias por obsequiarnos con esa “desnuda” confesión que es “Luz en las grietas”. La leí y no fui capaz de nada más. Ni un comentario en RRSS, ni decir que la había leído. He necesitado tiempo para “entenderte” y para digerir todo lo que transciende de esas 171 páginas. (J.J.D.L.)


“Una podría llegar a pensar que el oficio de escritor consiste en no 
correr riesgos innecesarios. Pero con este libro creo que los has 
corrido todos. Supongo que es esa alma de montañero que llevas dentro y 
que tanto me cuesta entender, pero no has dejado precipicio sin 
explorar, ni ha habido abismo al que no te asomaras… y eso es mucho 
para un hombre que elige el gesto de levantar el pie para no pisar una 
hormiga.” (M.C.L.)

Luz en las grietas

Ricardo Martínez Llorca @rimllorca

Desnivel
Madrid, 2016
176 páginas

Luz en las grietas nace como un libro maldito.
Sufrirá la primera maldición, la clásica, la de pasar desapercibido de cara al lector. Porque el tipo de poesía que destila es la poesía de los malditos. Si tuviéramos que emparentar el bellísimo trabajo de Ricardo Martínez Llorca (Salamanca, 1966) con alguien, sería más con Rimbaud, con Shelley, con Claudio Rodríguez, que con los escritores de su época. De hecho, cualquier párrafo de Luz en las grietas transforma las obras de sus contemporáneos en escritura plana. Muy plana. Delante tendremos lo que es un testimonio, pero también un testamento, una narración sincera y brutal, de una lírica desconcertante, que a lo que más nos recuerda es a Ebrio de enfermedad, de Anatole Broyard, o a Esa salvaje oscuridad, de Harold Brodsky. Solo la proximidad de la muerte da sentido al texto, que leemos con el corazón encogido, a la par que con el deseo de que no se termine nunca. Pocas veces se siente tanto como aquí el impulso de volver a leerlo, una vez cerrado el libro.
Pero el hecho de haberse publicado en una editorial de género, del género más respetable, que es la épica y por tanto la resiliencia, hará que se catalogue mal en las librerías y en los prejuicios del lector. Desde aquí sugerimos a quien nos escuche que se acerque al libro sin prejuicios. Se sorprenderá. Por poner un ejemplo con el que comparte cierto espíritu, se sorprenderá como se sorprendió con Hermano de hielo, de Alicia Kopff. La familia y las expediciones son ámbitos comunes a las dos obras. Lo que sucederá es que, Hermano de hielo, que es un libro producto del ingenio y de un buen oído, un libro estupendo y muy digno, empalidece ante el acoso y derribo de honestidad y valor de Martínez Llorca. Porque está escrito con la última sangre y el último aliento, saldando deudas. Por supuesto con los viajes y la montaña, que aparecen reflejados como una metonimia de la ilusión de vivir. Pero también con la familia, un tema recurrente en la obra de Martínez Llorca, que hasta ahora nos había sorprendido por ser el escritor que mejor describe, al menos entre los que hemos leído en mucho tiempo, y su creatividad. Basta echar un vistazo a ese díptico que es Hijos de Caín y Después de la nieve, sus obras anteriores.
Luz en las grietas también será un libro maldito porque el autor sigue viviendo. Y aquí cierra heridas, que quedarán abiertas para otra gente. Los hermanos aparecen en primer término, como ya lo hicieron en Tan alto el silencio. El buen hermano y el hermano canalla son una metáfora ética, del sentido de la ética que tiene Martínez Llorca. Pero hay algo más. El autor nace con un corazón destrozado, deforme, un demonio que le obliga a tener presente a la muerte en cada aliento. Y mientras tanto, la elipsis de los padres en su vida y en el libro es de lo más significativa. Uno no pretende jugar a ser un buen psicólogo, pero se deduce que sus padres sufrieron durante años y años la enfermedad de su hijo, a la que dieron la espalda creyendo que eso era tratarle como a una persona normal. Pero, en realidad, los padres no superan esa barrera y el dolor que sobrellevan es superior a sus fuerzas. Así pues, la relación entre padres e hijo está sobrevolada por una maldición, que consiste en que alguien tiene que tener la culpa de lo mal que lo pasan los adultos, del malestar que ocasiona esa enfermedad. Dado que a los padres no les cabe la idea de culparse entre sí, pero niegan la mutilación del hijo, solo cabe una solución: la culpa del sufrimiento de los padres la tiene el bebé. Y la ha seguido teniendo durante cincuenta años.
Pero todavía nos queda, eso sí, comentar el libro: el libro no es una autobiografía, sino un texto sobre lo vivido con un corazón defectuoso, que ignora que guarda entre las costillas, mientras poco a poco, y a pesar de ello, ganan terreno las pasiones: la literatura, los viajes y la montaña. El autor refiere sus dificultades para no rendirse, en un libro acerca de las memorias sensoriales. Es una historia de dignidad, es una historia sobre la imposibilidad de olvidarse de la vida, que está siempre ahí, clavándose como un punzón en los riñones y que es lo que hacemos cuando todo va bien. El narrador cuenta lo que le pasa, con mucha más fuerza que compasión, y la sinceridad se impone.
Martínez Llorca ejerció de ángel de la guarda de sus hermanos pequeños en casa y en el patio del colegio, donde salía siempre derrotado en las batallas. Sobrevivió a un coma tras un accidente. Se impone la obligación de mantener el tipo, a costa de lo que sea, en los peores momentos que vive su familia, como tras el fallecimiento de su mejor hermano. Y a medida que avanzamos, la prosa se vuelve más reflexiva y el tiempo se vuelve más cercano. El narrador supera la adolescencia, llega a la universidad, se convierte en un adulto. Por fin encuentra un ritmo en el que sus pasiones puedan desatarse sin que peligre el corazón: la soledad y la literatura, la soledad y los viajes, los compañeros de cuerda en la montaña y el reconocimiento de la amistad. Será la amistad la tabla de salvación del náufrago, la representación generosa de la ética de Martínez Llorca, que se desnuda, identificando todo aquello que le transformó en un ser tímido, tal vez por la férula de un hermano mayor incapaz de superar el síndrome del príncipe destronado. La inmovilidad se convierte así en la única defensa frente a cualquier tipo de ataques de quienes son más fuertes que él. Y mientras tanto, el presente, la situación que lleva al narrador a afrontar este texto, que es a la vez una confesión y una carta de despedida, se describe la lucha por sobrevivir, a merced de una medicina más preocupada en controlar una enfermedad que en sanarla.
De alguna manera, la parte de la vida que uno no puede elegir le orienta hacia unas veleidades que ha podido extraer del tiempo libre, del aire libre. Aquí ya no se ocultan las filias y fobias que no llevan a ninguna parte. Aunque lo que predomina sigue siendo esa lucha por la vida, frente a unas enfermedades invisibles, crónicas, congénitas, que se han terminado por imponer y, definitivamente, modelan su temperamento. Pero ya a medida que se avanza en la lectura, se imponen los relatos de viajes y montaña. La sensación final es que se ha de ir librando batalla tras batalla, aunque seamos conscientes de que las posibilidades de derrota son superiores a nuestras fuerzas. Sin perder la orientación ni la conciencia de canto de cisne que implican las enfermedades, la última parte del libro, se centra en las narraciones de los más importantes episodios de su vida de aventuras: los momentos en que la muerte tocó de cerca a las cordadas de las que formaba parte o los agradecimientos a los grandes hombres del mundo de la montaña, que le apoyaron en sus primero pasos en la carrera literaria.
Y ya solo queda menciona a los autores que aparecen a lo largo de la obra, que son nuevos referentes vitales, pues leyendo Luz en las grietas uno conviene en que literatura y vida son sinónimos: Conrad, Montaigne, Whitman, Tolstoi, Pessoa.
Luz en las grietas es un libro híbrido, sin necesidad de aturdirnos con los fuegos artificiales que practican los autores tan en boca de todos hoy en día. Aquí no se lucha contra la complejidad de niveles textuales, metatemas y guiños cultos. Aquí nos sumergimos en relatos reales y reflexiones reales, que hablan de la aventura de vivir o de la intención de hacer de la vida una aventura, pese al tormento de la enfermedad. Huyendo del sentimentalismo, el miedo a la muerte queda vinculado a una vida que comparte pasión y aflicción. El resultado es un libro que consigue una hondura y una belleza que en lugar de iluminar, esclarecen. Una obra maestra, una obra maldita.

‘El hombre que susurraba a los elefantes’, de Lawrence Anthony

Fuente: Culturamas

EL HOMBRE QUE SUSURRABA A LOS ELEFANTES

ANTHONY,LAWRENCE

Las célebres memorias del «Indiana Jones» de la conservación, que dedicó su vida a la conservación de los animales y a la protección de especies en peligro de extinción.
CAPITAN SWING
Magadalena Palmer
354 páginas

África es un continente que no se acaba nunca. La sensación de estar todavía fraguándose, ese lugar donde nació el hombre, es inevitable en cualquier testimonio. Europa nunca ha podido ser mejor que en el pensamiento de los clásicos griegos y en los panteones de Miguel Ángel. América del norte tomó el mando hace tiempo y ahora dicta las modas, que cambian cada vez a mayor velocidad. América latina no deja de ser una extensión de países europeos y su vecino del norte. En cuanto a Asia, apenas queda nada allí por colonizar, por descubrir, por amar. Y Oceanía sigue siendo la imagen ideal del paraíso. Pero África es la obra de un alfarero que todavía no se ha puesto a trabajar en darle forma. La representación básica que tenemos del continente, se reduce a la fauna y a la caridad. A África uno va a ver leones o como cooperante. Y, sin embargo, es un lugar donde se sigue sucediendo a la par los distintos valores morales. En este caso, el conservacionismo es el eje, pero no faltan los ayudantes que garantizan el bien a pesar del hambre, los pícaros, los ladrones cuya necesidad todos podemos entender, o los asesinos a sueldo.
Lawrence Anthony (Sudáfrica, 1950-2012) nos narra en este libro la parte biográfica que le corresponde a la transformación de África. Anthony no es un biólogo ni un ecologista combativo. Es un conservacionista y su apuesta es por defender un trozo de Sudáfrica a modo de reserva natural. La finca posee dos mil hectáreas y allí tiene cabida toda la población animal propia de la zona. Y también un grupo de gente que trabaja con él, más que para él, esforzándose por tratar a lo libre y salvaje como se merece. Pero en su proyecto falta uno de los dos animales más emblemáticos de la fauna de África. El primero es el león, el segundo el elefante. Así que acoge a una manada de elefantes que no han conocido nada parecido a la civilización, descabezados de sus líderes por cazadores furtivos. Lo furtivo también tendrá su protagonismo en este libro, no solo por la defensa de los animales contra los rifles, también por negocios tan sucios como la venta de crías de elefante a zoológicos chinos, donde vivirían maltratados.
El proyecto se antoja demasiado grande para Anthony y los suyos. Ni siquiera disponen de plazo para construir la cerca. Eso para empezar. Porque si África se distingue de los demás continentes por algo, es por lo impredecible. Se trata de otra de las características de un territorio en formación. Ganar a lo impredecible es poder lo imposible. Y de eso es de lo que trata, en realidad, este libro. Uno tendería a creer que el proyecto se irá haciendo paso a paso. Sin embargo, el objetivo de Anthony queda reflejado desde el principio: es eso que conocemos como empatía. Conseguir no domesticarlos, pero sí llegar a tener una relación cordial, hasta el punto de llegar al gesto humano de la caricia, es un acicate. Las ganas de vivir que transmite el libro, la biografía, son inmensas. Anthony y su mujer, sobre todo su mujer, de origen francés, que siempre ofrece el contrapunto de las posibilidades de adaptación del hombre, sueñan. Viven en un territorio en el que lo único permitido es la supervivencia. Pero elegir esa África incómoda, llena de termitas y mosquitos, para consagrarse al conservacionismo, sigue siendo romántico. Aunque controlar los vínculos con los animales sea lo menos problemático. Su actuación no deja de afectar a la gente, y es ahí, en los encuentros con los nativos, donde él es extranjero, donde las leyes que debe respetar apenas conoce, donde Anthony demuestra más dotes de Tarzán.
Puede que la impresión que tengamos de África sea la de un continente todavía sin fraguar. Pero lo único que salvará la vida en el territorio donde uno debe adaptarse a cada paso, será el respeto. Anthony sabe que la sabiduría es un limbo. Por eso pisa tierra e intenta elegir el respeto en cada uno de sus gestos.

Montañas, montañas, más montañas

Fuente: Sal&Roca


Llega la época de las vacaciones y se plantea el clásico debate: el mar o la montaña. Nos encantaría que existiera una editorial especializada en el mar, que publicara obras como ‘Años salvajes’, las excelentes memorias de William Finnegans (Libros del Asteroride). Porque seguro que muchos libros de semejante contenido, el surf, la navegación, la literatura del mar, están todavía por descubrir. Pero de cara al debate, hemos podido hallar editoriales que prestan su atención a la montaña o, como alternativa, al tercer objetivo en la discordia: los viajes. Este mes nos centramos en Desnivel, aunque solo sea por los libros de Ueli Steck que ahora están publicando. Y por todo lo que significó el alpinista con más talento de la historia en nuestros sueños. Su desaparición ha sido algo así como quedarnos huérfanos, pero con el desaliento añadido de saber que nuestro padre era Supermán.
Aquí van las últimas publicaciones sobre montaña que hemos recogido:
8.000+
Ueli Steck
Traducción de Pedro Chapa
240 páginas

“El deseo “de quitarme el esfuerzo involuntario de ser” es una triste expresión de un poeta triste, Fernando Pessoa. Rezar a un enfermo cuando uno quiere hablar de alguien que nació cuando ya se había puesto nombre a todas las galaxias, es una reacción común: la derrota que supone la desaparición de Hércules es el único mito que comparten todas las culturas. Ueli Steck, como Cástor y Pólux, como las Hespérides, como Andrómeda, se merece un trozo de universo a modo de lápida. La próxima galaxia debería llevar su nombre. Será, entonces, el momento de celebración, cuando hallamos diluido un tanto el duelo. Pero hoy, paseando por unas ciudades o por unas montañas a las que el sol no se queda pegado, sino que resbala, no nos queda más remedio que sentir que ser es un esfuerzo que otro eligió que hiciéramos. Y la única manera de librarnos del dolor es quitarnos ese esfuerzo por nuestra propia voluntad. Pero a Ueli no le hubiera hecho gracia que el sol resbalara sobre el dorso de los girasoles que somos, y que hoy nos cuesta alzar la cara para que el sol nos dé un día más de vida.” La cita es del artículo dedicado a su memoria publicado en La línea del horizonte
“Lo que nos conmueve de la muerte de Ueli no es que le falte una de las doce pruebas para alcanzar a Hércules. Lo que nos conmueve es que ya nadie subirá miles de metros con botas y chaqueta de camping, en un tiempo récord, porque no consiente que un amigo muera solo. Tenía cientos de patrocinadores que le facilitaban su dedicación a la alta montaña, porque sus cualidades eran las de Hércules y eso le permitía acaparar páginas y páginas de revistas especializadas. Pero era uno de esos rostros en los que jamás nos hubiéramos fijado de encontrarnos con él por los senderos. No medía dos metros ni movía montañas. Las subía porque en el único sitio de la montaña donde es seguro que da el sol es en la cima. Nos enseñó la importancia del entrenamiento y la planificación a la hora de partir en una excursión segura. Pero si uno no quiere refugiarse en el esfuerzo involuntario del ser y montarse toda una vida existencialista alrededor de la maldición de haber nacido, sabe que no es el dueño del planeta y quedarse en su casa. De ahí que lo bonito de vivir sea salir a conocerlo. Vivimos en una época de locura y felicidad. Ueli Steck lo sabía y fue capaz de dar un paso más que los otros, al demostrarnos que locura y felicidad son una misma cosa. Al recordarle, pues, nos sobra una de las dos palabras. Yo elijo quedarme con felicidad.” Así termina la elegía.
Un fatídico accidente en el Nuptse durante la primavera de 2017 interrumpe la brillante carrera del alpinista Ueli Steck, un alpinista de vanguardia que destacó por sus grandes escaladas y su particular filosofía sobre cómo alcanzar las cimas más altas de la tierra. La combinación entre la dificultad extrema de sus proyectos y la velocidad se convirtieron en sus señas de identidad.
Con su trilogía de ascensiones rápidas en las caras norte del Eiger, las Grandes Jorasses y el Cervino pasó a ser conocido más allá de la escena alpinística. Pero quiso dar un paso más y trasladar su particular filosofía en la roca alpina hasta los ochomiles del Himalaya, y este libro es su testimonio más directo y sincero.
Desde su soñado Annapurna hasta su sensacional ascensión en solitario y en diez horas al Shisha Pangma, Ueli nos cuenta de manera cautivadora cómo, gracias a un duro entrenamiento y a su gran resolución, dio el salto desde la escalada en roca al himalayismo. La emoción, el riesgo y el compromiso que asume brotan en cada una de estas páginas. Pero también nos desvela su faceta más humana y sus palabras también nos hablan de sentimientos como el miedo, el amor a su mujer Nicole y a su familia, la amistad y la responsabilidad, y que inevitablemente dibujan y marcan la trayectoria de este hombre excepcional.
Estos son algunos de los libros que acompañan en la mesa de novedades a Ueli Steck
Una aproximación
Josep María Cuenca
96 páginas

Hasta la última suela
Gabriel Rodríguez García
127 páginas

La Torre. Una crónica de la escalada y controversia en el Cerro Torre
Kelly Cordes
408 páginas

Ganador del premio Banff al mejor libro de montaña, ese galardón debería bastar para atrevernos a leer esta obra. Ese y que estamos, tal vez, frente a la ascensión a la aguja de roca más hermosa del planeta. Y una de las más difíciles por el clima extremos de la Patagonia. Un relato que se lee de un tirón, aunque con cierto desaliento: el de saber que la montaña debería ser el lugar simbólico de la amistad, y en esta ocasión estuvo lejos de suceder el cariño.
Entre el vasto Campo de Hielo Sur y las onduladas estepas de Patagonia, en el extremo sur de Argentina, barrido por el viento, se eleva el Cerro Torre, una torre de hielo y roca de 3.133 metros de altura. Considerada por muchos la montaña más bella y cautivadora del mundo, atrae la atención de los más dedicados alpinistas de alto nivel de todo el mundo. Reinhold Messner, el más grande montañero de la historia, la llamó «el aullido convertido en roca».
Pero la controversia se agita en torno al Cerro Torre desde que en 1959 el escalador italiano Cesare Maestri afirmó haber realizado la primera ascensión de esta montaña. Su compañero murió durante el descenso, y generaciones de escaladores de primera fila de todo el mundo solo han hallado contradicciones cuando han intentado seguir su ruta. En 1970, encolerizado por las dudas y obsesionado con probar su éxito, Maestri utilizó un compresor de gasolina para colocar en la pared del Cerro Torre cientos de buriles, separados justo lo suficiente para poder utilizarlos como una escalera. Instantáneamente, la Ruta del Compresor pasó a ser una de las vías más polémicas del mundo montañero. Y en las décadas siguientes, llegó a ser también la ruta más popular de la montaña. En 2012 Hayden Kennedy y Jason Kruk, dos jóvenes escaladores, brillantes e idealistas, retiraron muchos de los buriles de Maestri. Y entonces la polémica volvió a surgir. ¿Qué papel debe jugar el equipamiento en los logros de los escaladores? ¿Quién tiene el derecho de alterar una ruta, o una montaña? ¿Cuál es el impacto de la Historia en la ética de nuestra relación con las montañas? Y la pregunta fundamental: ¿qué es lo más importante en el alpinismo, la cumbre o la escalada? Esta crónica de la arrogancia, el heroísmo, los principios y los lances épicos es también una mirada a la condición humana, y explora las razones por las que algunas personas persiguen empresas extremas cuyo valor nominal es casi cero.
Esta edición incluye, con respecto a la edición original americana, un interesante capítulo final en el que Kelly Cordes, con la colaboración de Rolando Garibotti, nos desvela los resultados de sus últimas pesquisas sobre la polémica ascensión en la que desapareció Toni Egger, apoyadas con valioso material gráfico que contradicen las afirmaciones de Maestri.

lunes, 19 de junio de 2017

Varados en Río

Esto fue lo que me pareció en su día este libro heterodoxo, sobre gente heterodoxa

Varados en Río
Javier Montes
Anagrama
Barcelona, 2016
305 páginas

Para considerar que una urbe del tamaño de Río de Janeiro es un Shangri-Lah, una Arcadia, una Ítaca o un paraíso, uno debe hacer un ejercicio de estilo con las corrientes eléctricas en el cerebro, reduciéndolas a la postal. A estas alturas, nadie desconoce los riesgos de dejar la cartera sobre la toalla en la arena de Copacabana o de salir de los metros que separan la ciudad turística, aunque solo sea asomando la punta de un pie en el territorio de las favelas. A pesar de todo ello, un paraíso puede ser cualquier sitio del que todavía no conozcas sus miserias en vivo y en directo, cualquier lugar en el que no hayas estado o en el que no estés. O en el tuviste un momento de dicha junto a un amigo que se quedó truncado por la salida del tren. Río de Janeiro ofrece la posibilidad, eso sí, de ser tan grande que resultará imposible conocerla entera, y un nombre legendario en la enunciación de paraísos terrenales, de esos que junto al susto que sufrimos se adhiere, como animal simbionte, el afecto. Como si no pudiera haber enfado sin admiración.

En este libro, Varados en Río, Javier Montes (Madrid, 1976) sigue la huella de unos pocos escritores, ninguno brasileño, que dejaron algo de rastro en la ciudad, como desterrados a la fuerza o viajeros voluntarios, o cualquiera de los enigmas que existen entre uno y otro lado de la elección: “¿qué podemos hacer cuando nos sorprendemos desterrados en el paraíso? ¿Cuándo se nos ofrece a manos llenas una belleza, una ilusión de plenitud, que no queremos o no sabemos aceptar?”, se pregunta Javier Montes, antes de emprender este libro que comienza por carecer de género pero acaba con tono de conferencia erudita sobre la poesía de Elizabeth Bishop. Montes considera que tanto Bishop como los escritores antes tratados, Rosa Chacel, Stefan Zweig y Manuel Puig vivieron una ciudad al mismo tiempo lejana y doméstica, vivieron en Río su verdad y su ilusión. Y como resultado una suerte de decadencia de algo que nunca llegó a estar formado previamente. Esa decadencia, que Monte sitúa en el horizonte y por tanto es el lugar al que nunca llegamos, puede ser atractiva porque no iguala a la fealdad. Pero sí genera expectativas y vivencias de amor y odio que en alguna frase de la escritura deben de reflejarse.
El caso de Zweig es el más evidente y en el que menos se incide. Un tipo como aquel se suicidó en Río porque ya no le quedaban lugares a los que exiliarse sin encontrar algo de sí mismo y sin echar de menos la juventud. Sin embargo, en el tratamiento biográfico de las personas de Manuel Puig o Rosa Chacel, proyecta un hermoso ejercicio de empatía. Al tiempo que refleja, aquí y allá, algo de sus viajes por Brasil, elogia las pequeñas cosas, como la historia del pueblo brasileño, en un ejercicio de recomposición en el tiempo. Se preocupa por reconocer al Río de Janeiro de hace varias décadas. Esa distancia establece el otro principio sobre el que está tratado el libro, el de la investigación abierta. Y por tanto la conciencia de que las cosas pueden suceder o han sucedido en un sentido diferente al supuesto.
Rosa Chacel es tratada con el cariño de una anciana, pese a que su estancia en Brasil fue tan larga que cuando aterrizó todavía conservaba la energía de un adulto bien completo. Su exilio es el de quien abandona una Europa decadente para aterrizar en un Brasil decaído antes de haberse levantado. La senectud de Chacel iguala a la de cualquier otra persona merced a la soledad, o eso supone Montes en un retrato de alguien tan sencillo como carismático, de una persona discreta, que gusta de buscar lo crepuscular en sus confesiones. Pues en este caso, Montes cuenta con el apoyo del Diario de la escritora. Más intenso, por tratarse de alguien que entendía la vida como una montaña rusa, es el caso de Manuel Puig, quien vivió una etapa de alta burguesía que fue muy efímera en el sur de América. Retratado como un excéntrico manipulador, a partir de testimonios de gente que le visitaba, Puig aparece como un tipo malhumorado pero poliédrico. Hasta que le invadió la monomanía por el cine, que fue para él un bálsamo necesario en un Río de Janeiro que terminó por resultar otro valle de lágrimas. Las páginas dedicadas a Elizabeth Bishop, con las que se cierra el volumen, son bastante más doctorales. Parte del síndrome del Holandés Errante de la poeta, principio con el que estudia sus versos, su poesía, que es una traducción directa de su vida bohemia. Y si el bohemio se caracteriza por algo es por vivir en el pasado, por añorar, y por el deseo semioculto de ser pobre.

En algunos momentos, el lector percibirá las costuras con que está hilvanado el texto. Las primeras versiones de distintas partes del libro fueron apareciendo en hasta seis medios y varias conferencias. Pero eso no es ninguna traba. Varados en Río puede ser un libro sin género, como se nos indica en la contracubierta, o un libro que desafía los géneros. Independientemente de dónde y cómo lo ubiquemos, es un libro que nos cuenta muy bien unas personalidades magnéticas, cada una en su estilo, entre las que destaca la de la gran ciudad que se llama Río de Janeiro.