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martes, 20 de febrero de 2018

PETRARCA PARA VIAJEROS


Petrarca para viajeros
Clara Obligado
Pre-textos
Valencia, 2016
148 páginas

Ser superficial equivale a caer en lo más profundo. Así es como el alma se convierte en la mirada y la pasión, sin la cual vivir es una porquería, en una melena roja al viento. Sobre la punta de un alfiler que es un segundo en el tiempo, discurre todo lo que hay que salvar del incendio de cada día. Con esa fina punta transparente basta para justificar cien años de existencia. Lo demás, es materia que se transformará en humo y luego en el mismo vacío que ocupa el espacio entre planetas, o en humus para los cardos y las amapolas.
A partir de un segundo, en el que se cruzan dos miradas, Clara Obligado construye esta novela breve, que termina por ser redonda a pesar de seguir varias acciones en paralelo. En ese segundo, un argentino de paso por Europa, recorriendo el continente con la mochila al hombro, durmiendo en albergues y dejándose invitar, cruza la mirada con una mujer pelirroja, en viaje de luna de miel y ya fatigada de su marido. El intercambio de miradas tiene lugar, como no podía ser de otra manera, en una estación de tren. Porque el viaje sigue siendo el viaje en tren o el viaje a pie. El avión o los vehículos que circulan por la carretera sirven para desplazarse, no para viajar.
Es el momento de las grandes decisiones. Y mientras el argentino sigue su plan, visitando a su abuela en París, que será quien le muestre los versos de Petrarca, la mujer escapa casi sin darse cuenta de su marido y adopta un nombre supuesto. El seudónimo sólo puede ser Laura, el mismo nombre de la mujer que amaba Petrarca, a quien dedicó sus mejores versos. Al principio de la novela coincidimos con un tercer personaje, un guardagujas jubilado que mastica su melancolía mientras acaricia a su perro. El guardagujas, de quien nos gustaría saber más, asistió a los viajes en que se masacraban familias, desgajándolas, durante la Segunda Guerra Mundial, trabajando mientras veía cómo destinaban a los mayores de diez años a Matahusen. Pero ese personaje cumple su función como contrapunto: nos dicta que no todo en Europa es belleza, y que su mujer, su amor, ya falleció, como ha fallecido Europa, que navega a la deriva, sin tabla de náufrago. Pues tanto el muchacho como la mujer se guían por un cierto esteticismo.
La historia de la mujer ocupa más espacio que la del argentino. Ambos, eso sí, deciden viajar al sur. El joven siempre pensando en unos versos de Petrarca y posponiendo el momento en que se pondrá a dibujar. Pues en lugar de una cámara de fotos carga con carboncillos y sanguina. Cada uno por su cuenta, con apenas equipaje, marchan hacia el sur de diferente manera. Él, tras pasar por Mathausen en compañía de un mochilero alemán, de tren en tren. Ella atravesando fronteras como si se tratara de una inmigrante clandestina. Él pobremente. Ella atraída por la riqueza, hasta tal punto que uno entiende que existe una ambigua, muy ambigua prostitución en sus encuentros con hombres a los que permite que la inviten a comer, a buenos hoteles e incluso a una fiesta en un yate de la que despertará con resaca, sin equipaje y camino de Corfú.
Mientras tanto, Clara Obligado ha atendido a los mitos del sur de Europa, a los estereotipos, con la intención, se sospecha, de destruirlos: la belleza de Italia, donde se supone que uno encontrará el amor de su vida, o la de las islas griegas, ya decadente. Y también el ánimo gris y agresivo que se les supone a los que sobreviven sobre la piel de Albania. El final se desencadena con rapidez y gracias a la generosidad de la pobreza, la trama y el espíritu de la trama cobra sentido. Porque apenas aparece de manera fugaz, pero frente a la lucha y la dignidad de la pobreza, el resto es una farsa.


Fuente: Culturamas

POR LOS MARES DEL SUR CON JACK LONDON


Por los mares del sur
con Jack London
Martin Johnson
Traducción de Beatriz Iglesias Lamas
Ediciones del viento
A Coruña, 2016
294 páginas



Aunque viajes por los caminos que pisaron millones de personas antes que tú, aunque recorras la ruta mirando el mapa y la cartilla que te facilitaron en la agencia de viajes, aunque estés en la cuarentena del viaje en grupo organizado, con sus autobuses y sus horarios de visita a monumentos, aunque no hagas otra fotografía que no sea la de la postal, debes tener en cuenta que sigues siendo pionero en lo único que de verdad posees, que es tu propia vida. El valor se mide en la presencia que tuviste el día que operaron a tu hermano pequeño, y no en ese viaje en solitario hasta las montañas Altai. Pero, eso sí, todos, mochileros y aventureros, turistas y vagabundos, miramos con envidia ese gran viaje que ya no podremos protagonizar por culpa de la globalización a la baja que ha igualado el aspecto del mundo. Ese viaje al paraíso, que es el viaje a los mares del sur, el viaje al Pacífico, cuando las islas eran una alegría perpetua. El viaje que protagonizó Stevenson y, en buena medida, el que pudo hacer Jack London acompañado por su mujer a bordo de un barco que construyó él mismo, en compañía de una exigua tripulación. En esa tripulación destacaba un muchacho muy joven, alto y de buena planta, que se llamaba Martin Johnson (1884 -1937). Humilde, trabajador, vividor, con ganas de aprender, observador nato hasta el final. Cuando los London tuvieron que abandonar su proyecto de dar la vuelta al mundo en el velero, atrapados en un hospital australiano, Johnson decidió continuar el viaje por su cuenta contando por equipaje poco más que aquello que le cabía en los bolsillos. Y dio la vuelta al planeta.
En este libro biográfico, apoyándose en los apuntes que tomó en su diario personal a lo largo de los meses que duró el viaje, Johnson revive la aventura con la memoria. En lugar de ser una trampa para la melancolía, esta vez la memoria sirve para recrear la alegría de vivir, la alegría de cada momento. Johnson no es un gran redactor, no destaca por sus cualidades escribiendo, pero sí por lo que nos deja entrever del viaje. Cuando uno cierra el libro no lamenta haber terminado de leerlo, lo que lamenta es que se haya terminado el viaje. Esta aventura que emprenden una serie de marineros de agua dulce, de gente poco experimentada, navegando por el Pacífico con un manual a su alcance y, sobre todo, con una ingenuidad romántica que da envidia. Para Johnson se tratará de un viaje iniciático: el mundo, ya lo sabía él, es una maravilla, pero su supervivencia, su deseo de ser el primero no caucásico en llegar a ciertas islas o valles de ciertas islas, su permanente conciencia de mantener buen humor y serenidad, hacen de él el compañero perfecto para los London. Durante la travesía cambiarán varias veces de capitán. Pero jamás de compañero.
Esta es la persona que nos narra el viaje, el hombre que busca las huellas de Stevenson, sí, pero que se emociona con la calma y la tormenta, con los días en la explotada Hawai o en los desconocidos atolones entre Bora Bora y Samoa. El que concede igual importancia a presenciar un banquete caníbal que a administrar mostaza para calmar la indigestión de un marinero japonés. A lo largo del volumen, inserta aquí y allá trozos de su diario. Al contrastarlos con el relato posterior, comprobamos la fresca dureza con que vivió el día a día, pero también la ternura sana del recuerdo. Y mientras tanto, no solo conocemos las costumbres de etnias que parecen vivir en la filosofía de la felicidad del instante, sino también una serie de pendencieros y pintorescos marineros, misioneros, comerciantes de diversa calaña que, Dios sabe por qué, dieron con sus huesos en esos paraísos. Aunque tal vez no los vivieran como tal. Cosa que sí hizo Martin Johnson, que con este libro intenta dar cuenta de la deuda emocional que guarda con el paraíso.


Fuente: La línea del horizonte

PIELES DE ITALIA


Pieles de Italia
Un recorrido por las pequeñas ciudades italianas.
Pedro Bosqued
Ilustraciones de Mar Lozano Reinoso
Confluencias
Almería, 2016
159 páginas

Q
ueda por saber si una expresión como “el sentimiento de la montaña” se podría aplicar a la invención de Caín. El sentimiento de la ciudad. El sentimiento de la gran ciudad. El ruido sobre el asfalto raspa demasiado como para ese atrevimiento. Adjudicarle a la montaña sentimiento es un resumen de nuestras proyecciones en el paisaje que, por norma, resume el telón de fondo de la libertad. Si a un niño le pidieras que dibujara la casa donde le gustaría vivir, seguramente aparecería junto a un río y con las montañas al fondo. El supuesto espacio abierto de una gran ciudad –avenidas en las que se atormentan los vehículos, neones de dudoso gusto, multitud que suma más al número que a la humanidad, farallones simétricos que se elevan demasiados pisos-, supone lo opuesto al aire libre. Es decir, el aire cautivo. O el aire esclavo.
No hay otro refugio que no sea el aceptar sus condiciones y colonizar un pequeño espacio de libertad dentro de la ciudad, o huir a ciudades de menor tamaño. Cualquier opción con tal de evitar la afección que amenaza a los veintiún gramos. En el caso del zaragozano Pedro Bosqued, quien se lanza a coleccionar pequeñas ciudades en Italia. La razón de elegir este país es bien clara: si el hombre ha construido algo con valor ponderable a los paisajes, es la razón y el sentimiento del arte. De ahí este planteamiento en sus paseos por Padua, Ferrara, Siena, Cremona, Perugia, Módena y tantas otras. Pedro Bosqued se detiene en las sensaciones con un hedonismo que no esconde el deseo de lo sublime a las espaldas. Unas experiencias que son sublimes pero son humildes. Pedro Bosqued aprovecha sus paseos para proyectar sensibilidades.
Las pequeñas ciudades han sido habitadas y por consecuente son seres vivos, con las consecuencias morales que ello supone: su belleza debería exponer valores éticos. Hasta el punto de refugiarse en la metáfora de que la piedra es piel. Si no estamos dispuestos a aceptar este pacto, no podremos comprender el libro. La piel es algo en lo que se concentran dos de los cinco sentidos: la vista y el tacto. La piel contiene todo lo que existe en su interior, es, por tanto, forma al tiempo que estructura. Por la piel de la ciudad es por donde se puede caminar o el lugar en el que cabe detenerse. En buena medida, la piel de las pequeñas ciudades italianas contiene los valores renacentistas, atemporales, universales. Esforzándose por construir los cuadros con una prosa lírica, Pedro Bosqued sabe también que la piel es donde uno siente el amor hecho acto, que es eso que llamamos caricias. Sus ciudades son amables y son casi lugares de cuento o de novela. Son ciudades para ser leídas, no para ser fotografiadas y vendidas en postales. Son memoria, hasta el punto de ser memoria de la humanidad, como si no hiciera falta conocerlas en vivo para integrarlas en los cánones de belleza.


Fuente:Culturamas

lunes, 19 de febrero de 2018

UNA HISTORIA SENCILLA


Una historia sencilla
Leila Guerriero
Anagrama
Barcelona, 2013
147 páginas

En medicina, se ha olvidado eso que se llamaba ojo clínico, esa intuición que hacía que un gran médico fuera aquel que diagnosticara con acierto solo con escuchar una tos por teléfono. Ahora se llevan los protocolos, un artificio que sirve para que los facultativos se cubran las espaldas en materia legal y hacer pasar a un paciente de una enfermedad rara por mil perrerías, y unos cien millones de píldoras, antes de controlar los síntomas. Lo de curar queda para los fisioterapeutas y los psicólogos, y estos lo consiguen apenas durante un rato. En periodismo sucede algo parecido. Si uno quiere apostar sobre seguro, ahí tiene que revolver entre las crisis económicas, las disputas histéricas de ministros, los banqueros falsamente arrepentidos, asesinos de tribus enteras o secretarios encarcelados. El ojo clínico del periodista sería el de quien descubre la hazaña de vivir entre los camiseros de una bocacalle, un pintor muy mediocre, un fotógrafo adicto al hachís, una cantante sin canciones o el grupo de travestidos que acuden a un concierto de Mocedades, aunque Mocedades ya no exista.
Cuando todos los demás nos han fallado, nos queda Leila Guerriero (Junín, 1967). Las ganas de comprender no atañen tanto a las leyes de la entropía o al sistema financiero, sino a la condición humana. Las historias son sencillas o se convierten en monstruos marinos varados en una playa de una isla desierta, de los que se reproduce una imagen por satélite en todos los medios de comunicación. En este caso, una competición de Malambo, un baile típico de los gauchos, atrae la atención de Guerriero por varios motivos. En primer lugar por lo ignorado que resulta, en un país que ha buscado más su identidad simulando que la capital se parece a Europa que en dejarse llevar por el flujo de lo natural, que es ser miembro de una tribu. En segundo lugar por el tipo de baile, que exige un esfuerzo y un entrenamiento que dejan a Míster Olimpia en un mero aprendiz. En tercer lugar por el efecto abeja: quien gana, como la abeja que pica, deja de existir, termina su carrera en algo que le ha llevado a arrastrarse por las calles del sufrimiento físico y, con frecuencia, a pasar hambre. Eso sí, las garantías de poder sobrevivir formando bailarines de Malambo, en lugar de paleas tierra, se incrementan y aseguran la pervivencia de este festival, que tiene lugar en medio de ninguna parte.
Guerriero sigue a uno de los participantes hasta llegar a quererlo como si fuera su hermano. Tal vez para un periodista que está preparándose para retratar a alguien en un perfil la condición de hermano sea provisional, pero al menos no traiciona. Entre esa hermandad efímera y las que leemos en el antiguo testamento, sin duda la efímera es más sincera. Y así es como Guerriero relata, con sinceridad esta historia de amor por un baile, en la que la escritura refleja tanta ilusión como la del protagonista. De otra forma, no merecería la pena arrimarse a un oficio que, como el de los médicos, echa de menos ese ojo clínico.

HIELO NEGRO


Hielo negro
Juan Luís Conde
Desnivel
Madrid, 2018
208 páginas
Prólogo de Ricardo Martínez Llorca

Esta es una novela que me hubiera gustado escribir. Ese fue mi primer pensamiento, la conclusión que extraje de la lectura de Hielo negro, la tercera novela de Juan Luís Conde, un escritor empeñado en demostrar que un proyecto literario es algo tan amplio como para dar cabida a los temas más versátiles sin perder su propia personalidad. Así, previamente había nacido El largo aliento, una novela de romanos protagonizada por Tácito, en la que todo sucede durante un banquete, en un lugar cerrado, y en la que la acción transcurre sin que los personajes se muevan; y a continuación Un caso de inocencia, que transcurre en su mayor parte en una clínica mental, e indaga en la extraña relación que negocian un paciente de personalidad abrumadora con una pusilánime psicóloga novata; y ahora nos regala este Hielo negro, una novela de aventuras con sabor clásico a viaje, protagonizada por alguien que se parece a Reinhold Messner, el ser más semejante a Supermán que ha salido de útero de mujer. Buscar lo común a este ciclo es labor más propia de un psicoanalista que de un lector, así pues, nos conformaremos con mencionar vinculación del carácter del hombre con el espacio, que culmina, como él mismo apunta seleccionando una cita de Robert Musil a modo de epígrafe, con la fantasía pasiva de espacios vacíos.
Hielo negro es una novela de aventuras y de ciencia ficción, con dosis teológicas no carentes de ironía, que termina tratando la cuestión de ser o no ser mientras sus protagonistas acometen una investigación casi policíaca sobre la hostil superficie de la Antártida. Tras la lectura de este relato de alpinismo horizontal es fácil interpretar que la forma más evidente de aventura es el viaje, pero no sólo el movimiento, sino también el viaje interior. Pues los protagonistas se ponen en marcha con intenciones de resolver sus luchas contra el sentido común, contra eso que en el mundo cotidiano se llama cordura y que ellos consideran lo más débil de nosotros mismos. Ahí están las debilidades que se conciben en el seno familiar, y, por otro lado, la debilidad más física que representan los probos funcionarios. Familia y funcionarios que, para aceptar al aventurero, tienen que poner, con infinita condescendencia, un nombre de enfermedad psicológica al afán del aventurero: dromomanía. Pero a éste le basta la curiosidad y un disgusto tan mundano como que un comerciante le engañe con una mezcla de cemento, para que se niegue a seguir dudando: sus motivos para anhelar la aventura han de ser, a la fuerza, nobles, por la sencilla razón de que él es él.
Y ahí está el aventurero viajando. Ahí está Ulises, ahí está Don Quijote. Porque Ordino (el protagonista de Hielo negro) comparte vitalidad con estos dos personajes: los tres son hombres que por momentos se sienten mayores, se saben acosados (con mayor o menor placer) por la resignación del hombre sedentario, sienten sus fuerzas mermadas, han acumulado tiempo, es decir, memoria. Don Quijote, envejecido, decide hacerse pastor, Ulises regresa junto a su mujer... pero ¿de verdad Ulises se quedó para siempre junto a Penélope?, ¿y de no haber hecho morir a Alonso Quijano para evitar que otro Avellaneda pudiera pergeñar una nueva aventura, Don Quijote se hubiera resignado a ser pastor? ¿Alguien como Ordino acumulará en vano inmovilidad? ¿De verdad podrá el nómada renunciar a su Arcadia?
Siempre ha sido un misterio para mí cómo se puede vivir sin cielo”, dice Ordino a modo de respuesta. Y este veterano montañero, que comienza a narrarnos la novela desde su retiro, es un hombre acostumbrado a mirar desde lo alto, a observar los espacios vacíos, a conciliar acción y contemplación. No en vano practica la aventura y la escritura, dos acciones opuestas: la del nómada y la del sedentario. Y en la novela él nos habla sobre el hielo negro y sobre el paisaje blanco, sobre un infierno de hielo, es decir, sobre lo que parecen conceptos opuestos. Esto me lleva a pensar que la aventura es en blanco y negro: la aventura es el deseo de vivir en situaciones límite: es la naturaleza en bruto y la mirada cruda: es la convivencia de los sabios con los borrachos: es la lealtad y es la soledad: es el mutismo y la comunicación: es lo oculto en el paraje vacío: es lo desconocido: es el misterio: es la muerte: es resolver preguntas de este tipo: ¿cómo hay que morir?; la aventura son las deserciones y las rebeliones, el sufrimiento o la visión heroica del sufrimiento que es la supervivencia, es el horror y la locura, y también es la consecuencia que tantas veces se ha sacado de estos temas, una consecuencia a la que se ha llamado, con frecuencia, Dios. Y la aventura es el alma, es decir, la memoria que nos mantiene vivos.
Me pregunto si la motivación de alguien como Ordino radica en que le cuesta reconocer los signos culturales propios de la época y reniega de ellos para buscar los de un pasado: Alguien como Ordino ¿huye o busca?
Conocer sus límites significa, para él, en conocer los límites de lo humano. Una forma de sabiduría muy aconsejable para cualquier lector que exija a los libros tanto emoción como inteligencia.

PEREGRINOS DE LA BELLEZA


Peregrinos de la belleza
Viajeros por Italia y Grecia
María Belmonte
Acantilado
Barcelona, 2015
314 páginas
20 euros



A lo largo de la lectura de este hermoso libro con el que María Belmonte se estrena como escritura, uno reconoce los idilios como ese reposo permanente que se experimenta, vinculado a la belleza, tras el síndrome de Stendhal. Y, sin embargo, uno no puede dejar al mismo tiempo de preguntarse si ese deseo de permanecer en lo sublime, un deseo honorable y generoso, no participa también del síndrome de Estocolmo. Las personas de las que habla Belmonte en este libro, la mayor parte de ellos escritores, se reconocen en los paisajes de Grecia e Italia y es en ellos donde, con vehemencia o con melancolía, desean permanecer. En la Grecia y la Italia que fueron la cuna de las más hermosas piezas artísticas y literarias de la historia, que ellos encuentran rastreando bajo un sol único y un cielo unívoco y purísimo, y que, a su vez, es el objetivo de los viajes de Belmonte a dichas regiones. De modo que la primera etapa, la que repasa la biografía de cada uno de ellos es ya una búsqueda romántica, y la segunda, la investigación de la autora, dándole otra vuelta a la tuerca es un viaje al romanticismo del lo que encontraron de romántico en esa tierra Johan Winckelmann, Wilhelm von Gloeden, Axel Munthe, D. H. Lawrence, Norman Lewis, Henry Miller, Patrick Leigh Fermor, Kevin Andrews y Lawrence Durrell.
En uno de los diálogos que conforman Corydon, André Gide hace a sus  de personajes reflexionar sobre la belleza para dar carta de naturaleza a la homosexualidad masculina. Como ejemplo de que el cuerpo del hombre es más hermoso que el de la mujer, el protagonista hace referencia a la estatuaria griega y romana. Ese argumento se aplica en extenso a cualquier tipo de atracción, no solo a la sexual, y por tanto a la sensualidad, a todos los sentidos, a la invitación a hacer de un lugar habitable y, por encima de todo, al paisaje. En el Mediterráneo ven una fuente de bondades físicas, porque sanan los cuerpos, y psíquicas, porque las acciones morales mejoran el espíritu de las personas, porque la belleza salva al ser humano de la absoluta soledad. En la época retratada, ellos son pioneros en ese reconocimiento estético como fuente de bienes. Y así quedan atrapados en lo que muchas veces son las ruinas de unas regiones donde la pobreza forma también parte del paisaje, hasta el punto de considerar que si esta se extermina, también se fundiría todo lo bueno que aporta la región: la austeridad sincera, el aire libre depurativo, las relaciones de afecto sin roces falsarios. Belmonte busca esas sensaciones en un ejercicio de empatía que la traslada a la vida de los otros con cariño, como si fueran sus amigos, y no como si estuviera configurando un panteón con la gente que idolatra. Desea haber vivido aquella época sin mostrar nada parecido a la amargura, con dulzura por poder conocerles a través de las lecturas y la imaginación, y lo que queda del paisaje.
De ellos destila lo más significativo, como los estremecimientos hiperbólicos de Winckelman, de ideales rígidos y enamorado de Roma. Sobre el fotógrafo von Gloeden resalta el descubrimiento del sur como sanación para los pulmones, que ya no es sólo una receta médica, también es una metáfora, especialmente para un anacoreta hedonista, que viajó por Sicilia con pesadísimos equipos de fotografía de principios de siglo XX. El médico sueco Axel Munthe fue un falso misántropo, un tipo generoso que habitó en Capri parte de una vida consagrada a curar enfermos sin cobrar por ello, y esconderse en lo taciturno para resguardar su hipersensibilidad. D.H. Lawrence añade a los anteriores la sensualidad erótica y las consecuentes historias de infidelidad, como si pretendiera hacer de su vida una mala novela de amores y desengaños para huir del mundo. Al aparecer Norman Lewis sí que tornan los valores por contraste, ya que su relación con Nápoles surge en periodo de guerra, tras una infancia entre orates y una juventud pasional; como adulto, su mirada está colmada de compasión y en Nápoles reconoce un escenario en el que sus habitantes están determinados a sobrevivir a cualquier precio.
Henry Miller es el primero de los que aparecen en la segunda parte del libro, con Grecia como centro de interés, debido a su obra El coloso de Marusi, un gran libro de viajes escrito por un hombre excéntrico y que practicaba el sarcasmo hasta consigo mismo, y era consciente de estar formando parte del mito de la contracultura que entonces estaba construyéndose. Belmonte tiene el acierto de extenderse sobre Leigh Fermor en una de sus aventuras menos conocidas, como fue el secuestro de un oficial alemán en Creta, para describir a este hombre soñador, bohemio hasta las cejas e inevitable seductor. A Kevin Andrews, autor de libros menos conocidos sobre el sur de Grecia, se le presenta con una vehemencia patológica, como si poseyera un exceso de conciencia, como un lobo solitario que no da por perdida ninguna causa. Aunque si alguien se merece ser el icono del poeta con síndrome de Stendhal y síndrome de Estocolmo, haciendo de ambos una virtud, ese es Lawrence Durrell; islomaníaco, austero, un escritor que entendía la literatura como autoterapia, obsesionado por tener una voz propia, consideraba que hasta la destrucción de lo que fue un paraíso hacía del lugar un territorio todavía más bello.
El conjunto de las reseñas de estos personajes, sus obras y su biografía, en la redacción de Belmonte es un libro romántico sin la desdicha de caer en melancolías. Una demostración de que sensibilidad e inteligencia son o pueden ser una misma cosa.

Fuente: La línea del horizonte

domingo, 18 de febrero de 2018

PASEOS POR BERLÍN


Paseos por Berlín
Franz Hessel
Traducción de Manolo Laguillo
Errata Naturae
Madrid, 2015
281 páginas



Lo que debe distinguir al flâneur, para evitar esa connotación despectiva que conlleva, es un virtuosismo en la mirada. Que sepa reconocer la distinción tanto en una baldosa como en un cuadro de Vermeer. Y que esa distinción sea digna de saltar a unas páginas desde las que llamar la atención a cualquiera: la baldosa se ha agrietado con idénticas roturas a las que presentan los óleos del pintor holandés por culpa del pasado. Aunque para las segundas haga falta una mirada microscópica, no están menos ocultas que las primeras, diluidas entre el fárrago de la ciudad, a no ser que alguien meta el pie en ella y se provoque un esguince. Para el flâneur el dolor de ese esguince limita con el síndrome de Stendhal frente al cuadro de la costurera de Vermeer.
Franz Hessel           (Stettin, 1880 – Sanary-sur-Mer, 1941) es uno de los ejemplos de flâneur más significativo: paseante sin rumbo, con un espíritu que roza el del perezoso que reniega de cualquier trabajo, atento a los detalles de una urbe de la que no veían necesario salir, al tiempo que se mostraban incapaces de permanecer quietos. Hessel es una suerte de voyeur de la ciudad. Independientemente de su situación económica, no parece necesitar el dinero y dedica su atención a lo circunstancial y a los posibles pasados y futuros de lo circunstancial. Hessel convierte así el pasear en un arte que tiene algo de burgués, pero de un tipo de burguesía que en el Berlín de los años veinte estaba al alcance de cualquiera.
Y es de esta forma como los flâneurs se convierten en viajeros sin travesía, de pasos voluntariamente perdidos. Hedonista y con un reconocido solipsismo, ocioso, porque se puede permitir ser así ya que la vida se irá resolviendo de una u otra forma, pero se irá resolviendo. Desea ser invisible, eso sí, debido a que no siempre es bien recibida su presencia por quienes no desean ninguna presencia. Así comienza este libro. En respuesta, el tono de sus cuadros tiene algo de hiperbólico, como si su prosa fuera la herramienta precisa para darnos a conocer la importancia inerte, inane, que raramente afecta al orden universal de las cosas, a través de enumeraciones o el uso de adverbios. Viajamos con él, pues, a los detalles equívocos y secretos, participando de la conciencia de ser un observador que no pretende modificar nada, ni siquiera su propia vida. Leído casi un siglo más tarde, el Berlín que nos describe Hessel resulta fantasmagórico en un doble sentido: si para él a los detalles, grandes como la organización urbanística o pequeños como una farola, ya les falta un toque de vida, a estas alturas sabemos que ese toque de vida ha sido arrasado y sobre las ruinas se ha construido otra ciudad.
Hessel ve para escribir, no para ser la persona que estuvo allí. Excepto en algunos episodios en que participa de la vida nocturna o trata de empatizar con los ridículos detalles con que se ambientan a las bestias en el zoo, como si un camello fuera más feliz por posar frente a un minarete de cartón piedra. Aunque por norma general es muy descriptivo, en ocasiones, como cuando se pregunta qué significarán para la próxima generación los vestigios mitológicos en los remates de la arquitectura, consigue inquietarnos. O con las repeticiones que nos indican el cansancio de seguir viviendo más de lo mismo, sin encontrar la emoción de la primera vez. Al fin y al cabo, Hessel lee la calle, y leer varias veces la misma calle es una rutina en la que muchos encuentran acomodo, pero para quien tiene cierto deseo de ser sorprendido, como Hessel, resulta mortificante. La mejor opción será cambiar de calle, pero seguir en la misma ciudad. Seguir viajando sin travesía, para tropezarse con pequeños nuevos tesoros.

Fuente: La línea del horizonte

PENÚLTIMOS DÍAS


Penúltimos días
Santiago Alba Rico
La Catarata
Madrid, 2016
221 páginas

El mundo es bipolar: por un lado están las bombas con punta en forma de ojiva que viajan en drones, y por el otro los roces de la piel, el de los amantes, el de los padres, el de los amigos. El tercer polo lo marcaría eso que se conoce como mercado, una palabra neutra que si representamos en términos humanos nos llevaría a mercaderes. No hay mercado sin mercaderes. Y cuando uno oye de nuevo esta palabra lo primero que le viene a la cabeza es esa imagen de un Jesucristo colérico, por única vez en su vida imitando al padre que habíamos conocido en el antiguo testamento, expulsando a latigazos a los dueños del mercado del templo de la oración, donde solo debería caber el amor universal. Mercancías, máquinas y hombres. Sobre los efectos del capitalismo, son los subtítulos que lleva este volumen que recoge ensayos, artículos, fugaces ideas y sentimientos de Santiago Alba Rico (Madrid, 1960), el mejor escritor –sí, han leído bien, el mejor escritor- de nuestro país, ahora afincado en el norte de África.
Alba Rico, conocido por su faceta juvenil como guionista de La bola de cristal, escruta con algo que uno llamaría alma, por no encontrar una palabra más adecuada, las paradojas de la economía capitalista, su efecto sobre los cuerpos y la relación entre los vivos y entre los vivos y los muertos. Si existe la posibilidad de que se desarrolle un ensayo lírico, de que la filosofía, tal y como expresaba Montaigne, sea un género de la poesía, Alba Rico es la única persona capaz de ponernos en paz con esa lectura. Sus argumentos son irrebatibles porque no son razonamientos lógicos, porque obedecen a esas ideas que uno concibe con todas las células del cuerpo, no sol con las del cerebro: “¿Cómo superar un duelo? La casa Roche te vende una pastilla”, afirma cuando lamenta el daño que ha sufrido la memoria colectiva, la que nos enseñaba, por ejemplo, como superar un duelo persona a persona y no en un tiempo uniforme.
Reivindicando una y otra vez la empatía, la compasión –que es la empatía que sentimos con todo el cuerpo, no solo con la lógica-, sostiene que para representarnos el dolor ajeno hace falta imaginación. Algo que no deja de ser parte de su ideario, la imaginación. “Sin imaginación (…) todo es fantasía; y la fantasía asegura los beneficios de Monsanto, la BP y el Banco de Santander”. Para finalmente determinar el extrañamiento que le produce el mundo: “Lo raro –qué raro- es que a la fantasía destructiva del mercado la llamen realismo y a la preocupación por nuestros amigo y sus hijos la llamen utopía”. El que sea capaz de contradecir esa mirada, que venga y lo resuma con la capacidad de síntesis que posee Alba Rico. Como en el ensayo donde defiende que las cosas ocurren en un espacio indeterminado que está lejos pero se adueña de nuestra aura, poniendo a internet como exponente máximo de tal condición: “las verdaderas antípodas, las antípodas de “todo”, son más bien mis vecinos, mis flores y mi cocina. ¿Dónde ocurren las cosas? En todos los lugares del mundo menos aquí, en todos los instantes futuros menos ahora”.
Pero al contrario que Sánchez Ferlosio, por poner un ejemplo de otro gran pensador, en Alba Rico siempre cabe lugar al optimismo: “los seres humanos, criaturas siamesas, tienen un pie en el barro, al que están irremediablemente encadenados, pero otro en las estrellas, desde donde pueden contemplar la inhumanidad de su situación y excogitar soluciones colectivas para cambiarlas”. La razón de que nos veamos abocados a esa bondad que viene de las estrellas la expresa unas líneas más abajo: “¿Tendremos que dejar de inventar caricias porque es más antigua y natural la violación?”. Ahí va la explosión en plena tabla de náufrago, quitándonosla de las manos para que no nos quede más remedio que nadar hasta la orilla con nuestras propias fuerzas. De ese calado es este libro que refleja un pensamiento coherente, poético, lleno de ilusión y de denuncia, contra los efectos de un capitalismo que ha teñido la cara del planeta por el que viajamos: “El capitalismo nos prohíbe todos los lujos. Nada de lujos. Solo lo estrictamente necesario: el derroche, el incendio, la destrucción, la muerte”. Santiago Alba Rico se está convirtiendo en un autor necesario para convertir la supervivencia en vida.


Fuente: Culturamas

PALMERAS DE LA BRISA RÁPIDA


Palmeras de la brisa rápida
Juan Villoro
Altaïr
Barcelona, 2016
186 páginas



“Parece imposible que el mundo real sea esa deriva”. La cita está trucada. En el libro aparece con bastante texto por delante y una coda a continuación. Es parte de una frase más larga, con sus subordinadas a coro y los tonos de la excelente prosa de Juan Villoro (Mexico D.F., 1956). Pero sirve para definir el sentido del viaje para Villoro. O sientes que parece imposible que el mundo real sea la deriva a la que asistes, o no has viajado. “Los grandes viajes son testimonio de coraje”, dice; con lo cual suponemos que este viaje pacífico que emprende a Yucatán supone un acopio de valor. En buena medida, un valor equivalente al de conocer o reconstruir a una madre de la que no pudiste disfrutar en la infancia. Por decirlo de otra manera, el hecho de que el mundo real sea esta deriva, este viento, te hace desencajar la mandíbula, te pone la piel de gallina, o es así o no has vivido, que es tanto como suponer que no has viajado. Para saber viajar y para saber vivir hay que estar dispuesto a la gracia y al llanto, pero sobre todo a reconocer una sorpresa en cada segundo, hasta en el vuelo de una mosca chocando contra el cristal, esa misma tozudez que tantas veces contemplaste y que mantiene su estupidez hipnótica. Con ese espíritu se embarca Juan Villoro en su viaje a la península de Yucatán, un destino que le coloca en la media distancia de quien será extranjero y al mismo tiempo que será uno de ellos. Viaja al exterior y viaja a su propio hogar:
“Las gorditas aceptaban todo sin discriminación y creían que una paratifoidea las haría estar más cerca del momento mexicano. Sin embargo, en ese momento, los naturales no queríamos compartir otra experiencia que el silencio”.
El libro se abre con un prólogo que narra el origen emocional del viaje, el relato de una abuela tan original como divergente. “La vida no acierta a terminar”, afirmaba su abuela; y Villoro se propone conocer de dónde vino esa vida, esa madre. Su ojo viajero es equidistante casi más por obligación que por devoción, como si se debiera al registro literario y eso le impidiera entrar más en lo local en lo que diferencia Yucatán, y sobre todo Mérida, de la capital mexicana. Esa distancia le permite no idealizar, pero esa forma de conocimiento, a través de las conversaciones que escucha en las cafeterías y restaurantes, le permite reproducir el sabor de lo real de una tierra en la que un día asistes a un combate de lucha libre protagonizado por El Hijo del Santo, y al siguiente visitas una maquiladora donde las puntadas de ropa se cuenta a millón por minuto y los salarios a real por millón.
“El barullo de las otras mesas me hizo sentir al margen –las dos sillas vacías eran una forma del fracaso- hasta que recibí a la visitante de los desolados: la conciencia histórica. ¿Quién piensa en civilizaciones cuando tiene amigos? Jamás me he acordado de los sumerios en una reunión, pero ahí, en la mesa  menos viva de la cafetería, repasé mis ficheros yucatecos”.
Villoro entiende que este Yucatán a lo que más se asemeja es a un bazar, desde las playas y los hoteles a las hermosas ciudades coloniales rodeadas de horribles talleres mecánicos y villas de trabajadores con calles de barro y techos de hojalata. De alguna manera, ve casi lo que cualquiera podría ver, pero sabe cómo mirar antes de atreverse a describir. Porque su mirada no es la de cualquiera, es la de un hombre lleno de metáfora, de sol, de color y pegada a los detalles que abren el mundo.
El sin embargo el viaje de Villoro es un viaje realista, porque nada hay más real que los “personajes que se fugan en la memoria y desaparecen sin dejar más rastro que una fotografía”. Esa fuga le lleva a escribir sobre el desencanto pero con aceptación; la decadencia, por ejemplo, de los últimos mayas abocados a la modernización, sin mostrar rencores por aquellos que ya creen que son solamente campesinos y no herederos de algo que una civilización que pudo ser cruel, pero que también fue mística y legendaria y tuvo su comunión con el sol y con la luna. Y así va enlazando episodios en un libro de viajes tan fraccionado como sugerente. Villoro nos ahorra la fatiga de enlazar cada episodio de interés con esos interminables paseos en autobús o discusiones con taxistas o búsquedas de hotel, con eso que supone recurrir a la guía de viaje para orientarse. Esa parte se limitaría a enunciar el viaje, pero no aportaría nada a las conclusiones que extraemos leyéndole, unas conclusiones que gracias a su escritura sacamos con los cinco sentidos.


Fuente: La línea del horizonte