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jueves, 21 de septiembre de 2017

DIEZ DÍAS QUE SACUDIERON EL MUNDO

John Reed

Diez días que sacudieron el mundo

Traducido por: Íñigo Jáuregui
Ilustrado por: Fernando Vicente
Capitán Swing y Nórdica




«Si el inglés E. H. Carr ha sido el mejor historiador, a mucha distancia, de la revolución bolchevique, John Reed ha sido su mejor periodista».
Manuel Vázquez Montalbán
John Reed fue testigo de la Revolución de Octubre, asistió en Petrogrado al II Congreso de los Sóviets de Obreros, Soldados y Campesinos de toda Rusia y vivió los acontecimientos que cambiaron la historia del siglo xx. Ésta es la crónica diaria y exhaustiva del proceso revolucionario, con entrevistas a los líderes de las diferentes facciones, que supone un excepcional relato del hervidero político que se vivió en Rusia en 1917. Reed, que años atrás acompañó a Pancho Villa durante la Revolución mexicana como corresponsal y viajó a lo largo de todo el frente oriental durante la Primera Guerra Mundial, ofrece aquí un apasionado relato de los acontecimientos vividos en Petrogrado mientras Lenin y los bolcheviques se hacían con el poder. Captura el espíritu de las masas embriagadas de idealismo y excitación ante la caída del Gobierno provisional, el asalto al Palacio de invierno y la toma del poder. Desde su publicación en 1919, este apasionante relato de un periodista occidental, se convirtió en uno de los grandes textos del periodismo norteamericano. Una obra maestra del reportaje que Lenin definió como «la exposición más veraz y vívida de la Revolución».

John Reed (Portland, 1887 – Moscú, 1920).
Fue testigo excepcional de los acontecimientos que cambiaron el rumbo de la historia en la primera mitad del siglo xx. Acompañó a Pancho Villa durante la revolución mexicana como corresponsal de guerra y viajó a lo largo de todo el frente oriental durante la Primera Guerra Mundial.
En Petrogrado (hoy San Petersburgo) presenció el II Congreso de los Sóviets de Obreros, Soldados y Campesinos de toda Rusia, que coincidió con el inicio de la Revolución de Octubre. Al regresar a Estados Unidos, fundó el Partido Comunista de Estados Unidos. Fue acusado de espionaje, se vio obligado a escapar de su país y a refugiarse en la Unión Soviética, donde murió el 17 de octubre de 1920.
Le enterraron en la Necrópolis de la Muralla del Kremlin, en Moscú, junto a los más notables líderes bolcheviques.

Fernando Vicente (Madrid, 1963). Comienza su trabajo de ilustrador a principios de los años 80 colaborando en la desaparecida revista Madriz. Gana el Laus de oro de ilustración en 1990. Colabora asiduamente con el suplemento cultural Babelia del diario El país desde el que muestra su trabajo más literario cada sábado y donde ha ido perfilando su actual estilo como ilustrador. Con este trabajo ha conseguido tres Award of Excellence de la Society for News Design. Para Nórdica ha ilustrado El juego de las nubes, La saga de Eirík el Rojo, El manifiesto comunistaEstudio en escarlata y Alicia a través del espejo.

https://youtu.be/x4N7hBMcwzM


Enlaces:


PARA SIEMPRE

Para siempre
Vergílio Ferreira
Traducción de Isabel Soler
Acantilado
Barcelona, 2005
302 páginas
18 euros

Tristeza de vivir

Un hombre regresa al lugar que definió su pasado, su aliento y las cualidades de lo que rozó, y ante la presencia de los muebles y esquinas que entonces fueron decorados y telón de fondo, pone en marcha los mecanismos de la memoria sentimental. Como no puede ser de otra manera, Para siempre es una novela de flujo de conciencia, en la que todo lo que pasa sucede, en realidad, dentro de la cabeza del narrador, del protagonista. Porque lo prioritario no son los hechos sino cómo se vivieron los hechos. De ahí la cuidadosa selección de estampas significativas, de momentos dulces y amargos, posiblemente con criterios autobiográficos, que se traducen en la construcción de una personalidad regida por preferencias viscerales, pero demasiado débil, demasiado anciana, para expresarlas visceralmente. Y de ahí la confusión vital de pasado y presente que rige la novela, una carencia de trama narrativa que no se debe tanto a un deseo experimental como a la reproducción del funcionamiento de una vida, sin pautas narrativas. Por esa razón, en manos de Ferreira está una libertad en el manejo del lenguaje que le permite derivar de un lado a otro del tiempo y el espacio: “pero estoy tan lleno de cosas que han pasado, me acuerdo sobre todo del violín que aprenderé”, “corté me cortaron la fracción de vida que me pertenece. Ahí quiero vivir lo que me queda. Todo lo demás no va conmigo”.
Aunque en ningún momento se explicita la edad del narrador, el hecho de que se trate de las memorias de un hombre cansado nos hace suponer que se trata de alguien vencido por la vejez. Por la vejez y por el tiempo que no le pertenece, ese que ha transformado las cosas y la existencia, como se deduce del hecho de que sus recuerdos se retrotraigan a una época sin artificios, sin máquinas ni abundante manifestación de medios de comunicación o teléfonos. Dos son las presencias constantes en su pasado: la educación que impusieron sus tías, unas mujeres beatas hasta la paranoia que sustituyeron a unos padres cuya ausencia es un enigma; y el paso del tiempo, representado por los ciclos de estaciones, que al mismo tiempo nos hablan del calor y el frío. Aunque la verdadera protagonista ausente, el único hecho que recorre todas las páginas zurciendo los sucesos, es Sandra y la monomanía por perseguir el recuerdo de Sandra, idéntica a la que en su pasado juvenil tuvo por perseguir a la mujer que acabaría siendo su esposa, su amada.
Escrita de forma muy musical, con un plomizo tono melancólico -“Entonces, desde el fondo del valle, por el cielo carbonizado, es el canto de la vida, resuena a lo lejos por los montes”-, creando una atmósfera de inevitable decadencia, Ferreira va desvelando los vínculos de la vida y el recuerdo con la muerte, en un texto que no terminamos de saber si es combate o lo opuesto del combate, que es el mal de la resignación. A eso se ve abocado quien pretende reconstruir desde las ruinas, utilizando como herramientas la voluntad o el engaño, como demuestra desde el inicio, con presencias de fantasmas: “Se detiene frente a mí, el aire sin culpas:
-Mira, hijo mío, tía Luisa ha muerto.”
Sin que nos consuele con la certeza de presentarnos el paso del tiempo como fraguador de sosiego o como un estigma, refugiándose en la magia de la palabra y de la voz, consolándonos con la presencia ocasional de seres familiares que pasaron por su vida, sugiriendo y negándose a afirmar (“Miro una vez más, mis ojos arden de atención, un temblor de llamas o de lágrimas”), luchando con y contra la memoria voluntaria y la involuntaria porque necesita cerrar el capítulo de su vida, Ferreira y el narrador de Ferreira nos traen un libro para leer despacio. Muy recomendable para los que gusten de leer despacio.


Fuente: Culturas/Tribuna

LA EDUCACIÓN DEL ESTOICO

La educación del estoico
Fernando Pessoa
Traducción de R. Vilagrasa
Acantilado
Barcelona, 2005
98 páginas
12 euros

La incontestable ternura del suicidio

Si no hubiera existido Pessoa, tampoco lo hubiera hecho Bernardo Soares, el autor del Libro del desasosiego, ni este Barón de Teive, que tantas cosas tiene en común con Soares, como demuestra Richard Zenith en el excelente epílogo que titula, no sin ironía “Post Mortem”. Y es que el libro reúne, califica y organiza, los apuntes escritos por Pessoa para otro de sus yoes, unos escritos que definen al heterónimo conocido como Barón de Teive, dispuestos, supuestamente, para aparecer a modo de manuscrito encontrado tras el suicidio del ser que Pessoa había estado creando. Lo más increíble de Pessoa, en este caso, es la capacidad de su soplo para crear vida. Si ninguna de sus versiones humanas nos deja indiferente (la que menos, a mi juicio, la del exquisito Bernardo Soares), esta coquetea con nuestra sensibilidad en un dificilísimo ejercicio que lleva la melancolía al extremo –“El dolor ajeno provocó en mí otros dolores: el de verlo, el de ver que era irreparable, y el de saber que, sabiendo que es irreparable, empobrece incluso la inútil nobleza de querer repararlo”-, pero sin conocer la nostalgia –“Como nada he hecho en mi vida, nada tengo que recordar con añoranza”, “me había vuelto objetivo para conmigo. Pero no alcanzaba a distinguir si con esto me había encontrado o me había perdido”-.
Pessoa no sólo da vida al ser, al narrador, al pensador, sino que elabora un libro especular, en el que Teive se va viendo reflejado: “No he servido para ninguna de las dos maneras de gozar: ni para el placer de lo real, ni para el placer de lo imaginado”. A lo que cabe añadir el buen trabajo del editor, ordenando estos párrafos, tan cortos como intensos, de manera que cobre sentido el despliegue sorpresivo de cada una de las páginas: comienza presentándose, emocionalmente, el narrador, para a continuación explicarnos por qué escribe; se define lo mejor que puede a través de una o dos cualidades y una o dos reacciones, antes de comenzar a explicarnos los principios de su suicidio; habla un poco de su infancia, de las cosas que le faltan en su pasado, los huecos de la memoria sentimental, y lo que ha ido suponiendo su educación en este aspecto, hasta confesar su fragilidad ante el sexo; entonces comienza a preguntarse en qué se ha convertido, reflexiona sobre su obra, entretejiendo estos pensamientos con meditaciones sobre el hombre y la literatura, hasta abocar, de nuevo, en la razón de su muerte voluntaria: “He alcanzado, creo, la plenitud en el empleo de la razón”, como demuestra en las conclusiones: “Hijo, más vale estar a la sombra de un árbol que conocer la verdad, porque la sombra del árbol es verdadera mientras el conocimiento dura, y el conocimiento de la verdad es falso en el conocimiento mismo… el verdor de las hojas puedes enseñarlo a los demás, y nunca podrás enseñar a los demás un gran pensamiento”. “Si el vencido es el que muere, y el vencedor, quien mata, con esto, confesándome vencido, me declaro vencedor”, arguye para cerrar, sin posibilidad de réplica, su decisión.
Así es como provoca un desasosiego sutil y muy estético, gracias a la perfección que Teive confiesa buscar en su escritura, y que alcanza Pessoa en su prosa. Y así este personaje incrédulo, al que no le importa contradecirse en la página siguiente, que ataca los tópicos del pensamiento –“El hecho de que sufro… Sólo demuestra que existe el mal en el mundo, cosa que no supone un gran descubrimiento y que a nadie se le ha ocurrido negar todavía”-, nos lega, desde el principio, una bellísima y triste sensación existencial, tan próxima a nosotros como esto: “He comprendido la saciedad de la nada, la plenitud de ninguna cosa. Lo que me llevará al suicidio es un impulso como el que nos lleva a acostarnos pronto”.


Fuente: Culturas/Tribuna

DIEZ DÍAS QUE SACUDIERON AL MUNDO






LA CIUDAD SITIADA


La ciudad sitiada
Clarice Lispector
Traducción de Elena Losada
Siruela
Madrid, 2006
183 páginas
17 euros

Dentro de la espuma de los días


Con un rostro híbrido y exótico –a juzgar por las fotografías de ella que nos han llegado-, y un origen que unido a su destino certifican una extraña belleza (nacida en Ucrania en 1920 y fallecida en Brasil en 1977), cabe esperar sino lo mejor al menos algo muy interesante de la literatura de esta mujer, Clarice Lispector, de quien Siruela ha recuperado anteriormente seis libros. Quien se acerque a esta novela, compleja, densa, inquietante y de una hermosura tropical, no se verá defraudado. La idea sobre la que construye el texto es aparentemente tenue: la construcción de una mujer. De un asunto tan frugal puede nacer un culebrón venezolano, Madame Bovary o ciertos párrafos de Virginia Wolf. Lejos de cualquiera de estos planteamientos, Lispector teje un mundo en el que lo interior se empapa de lo exterior hasta confundirse, de manera que uno duda de que sea protagonista de los sucesos de su vida o de que sean las cosas las que le suceden a uno. En gran medida, una mezcla magistral de realidad y magia anuncia lo que será la verdad maravillosa que empapará la obra de tantos escritores de América Latina: “Y sin darse cuenta la joven tomó la forma que el hombre había percibido en ella. Así se construían las cosas.”
Y así construye ella el lenguaje, como si acabara de inventarlo, con una facilidad para modelarlo propia de un alma de artista no exenta de cierto espíritu barroco: “Cuando una cosa no pensaba, la forma que tenía era su pensamiento”. Ese lenguaje rico, de un lirismo cálido y exuberante, produce en el lector una impresión que compagina lo triste y lo prodigioso describiendo constantemente los alrededores del personaje central, una mujer joven que desconoce el destino del amor, al que cree vinculado su propio destino vital, y que da la impresión de ser incapaz de enamorarse. De esta forma, el tema es su experiencia de la ciudad en la que habita: “Sólo que se veía como un bicho vería una casa: sin que ningún pensamiento sobrepasase la casa”. Esa esquizofrenia define la espuma de los días de esta mujer: “En ciertos hechos creía, en otros no. No creía que las nubes fuesen agua evaporada, ¿para qué, si las nubes estaban allí? No llegaba a gustarle la poesía. Le gustaban los que contaban las cosas como eran, enumerándolas. Eso era lo que siempre admiraba, ella, que para intentar saber algo de una plaza hacía un esfuerzo para no sobrevolarla, que sería lo más fácil. Le gustaba quedarse en la propia cosa: es alegre la sonrisa alegre, es grande la ciudad grande, es bonita la cara bonita y así se probaba que sólo su manera de ver era clara”. Así pues, el marco de la novela –“El pueblo de S. Geraldo, en 192… ya mezclaba con el olor a establo algún progreso”- es protagonista porque la mira a ella, la construye o, por decirlo con cierta libertad, la decide. O decide que establezca una lucha interior irresoluble: “Lucrecia Neves miraba desde su altura el horror del objeto. Cosas terribles y delicadas yacían en el suelo. El tornillo perfecto. La joven respiraba el olor de plomo de la claridad. Y al volverse, allí estaba S. Geraldo, anunciado, inexplicable, posado con la dureza de un pie. Cada objeto hiperfísico”.
Con una prosa repleta de metáforas exquisitas y sorprendentes, que nos remiten sin complejos a una construcción de una personalidad paradójica, de tan abrumadora como inexistente, Lispector refleja esa evolución hacia la nada en la imposibilidad de elegir un amor, o en la forma en que vive un adulterio o una viudez esta mujer a la que sólo cabe entender protegida por el epígrafe de Píndaro que Lispector eligió: “En el cielo aprender es ver; / en la tierra es acordarse”.

Fuente: Culturas/Tribuna



martes, 19 de septiembre de 2017

CADA HOMBRE ES UNA RAZA

Cada hombre es una raza

Mia Couto

Traducción de Mario Morales
Alfaguara
Madrid, 2004
174 páginas

El primero de los once relatos de este libro es una obra maestra: una historia nuestra, siendo nosotros el pueblo, la gente de Mozambique. Se trata del relato de una mujer jorobada que habla con las estatuas y pretende curar sus cicatrices, que ama las piedras, que fue, dicen, una Penélope que aguardaba el retorno de su amor, y que pide permiso para querer a alguien después de que éste haya muerto suicidándose con todo lo que esto representa en nuestro barrio (“¿Morir así? Más vale fallecer”, dice un personaje); una historia real y mágica con un final que tanto puede deberse a la respuesta de quien se apiada de ella como a la justicia de obligado retorno. Rosa Caramela es un personaje imborrable que aparece en poco más de diez páginas para quedarse para siempre con nosotros. Una anciana cuyos ojos son insuficientes porque cargan “ese redondo cansancio de haber soñado”, capaz de acurrucarse en “el consuelo del peldaño” para que la piedra sostenga su desencanto, que limpia en los escalones el claro de luna y que llora “en un murmullo de aguas oscuras”.
Una vez destapado el tarro de las esencias, los demás cuentos no nos resultan tan contundentes, pero sí lo es el mundo de Mia Couto, un mundo “lleno de países, la mayor parte de ellos extranjeros”. Porque sólo en África, territorio con un vínculo tan especial con la literatura como el que relaciona a la metáfora con la realidad, puede tener lugar su lenguaje, sus imágenes, con las que va tejiendo la vida sobre la piel de su país, por el que siente una ternura infinita. Y así, el lector goza de la suerte de poder leer para viajar por una tierra en la que un niño mata al tío que le crió para superar su complejo de Edipo, una mujer entierra al marido adúltero sin cerrarle los ojos, los hombres blancos sólo perciben las cagadas que deja a su paso un vendedor de pájaros, un criado sufre todas las emociones descritas en un diccionario de sentimientos ante su ama rusa, o un pescador utiliza sus ojos (“dos pozos bebidos por el sol”) como cebo. Esto, y mucho más, descrito con ideas que resumen fabulosamente: “Vengador sin carrera, le pedía ayuda al odio”, “encendió la pipa y, por la ventana, fumó el paisaje entero”, “parecía tener el corazón en un bostezo”, “por ahí sólo el viento se paseaba, aguamente”, “desde pequeño, se había dedicado a las ausencias, paralelo al cielo”, “esperó varios silencios”, “se quedó atisbando, emboscada en sus propios ojos”, “de repente, ellas no eran más que un soplo de labios olvidados” o “yo sentía que la piel llegaba a los nervios”. Y muchas más, hasta terminar concluyendo que “el destino del sol es no ser mirado nunca”. Así es África, y así este gran escritor que nos pone en la tesitura de preguntarnos, cada dos por tres, cómo se le ha podido ocurrir esto que estoy leyendo.

Fuente: Lateral

LA CONFESIÓN DE LA LEONA

Fuente: Culturamas

La confesión de la leona
Mia Couto
Traducción de Rosa Martínez-Alfaro
Alfaguara
Madrid, 2016
212 páginas

Si existe un escritor en el mundo al que se le pueda aplicar ese tópico de la magia de las palabras, ese es Mia Couto. Y esa magia, en esta ocasión, está puesta al servicio de describir un mundo en el que a las mujeres se les obliga a tener marido pero no se les permite conocer el amor, un mundo donde se ven obligadas a tener hijos, pero no tienen derecho a ser madre. Ese mundo que está en algún lugar de la superficie de un planeta limitado, y por tanto es nuestro vecino. Pero que al mismo tiempo da la sensación de pertenecer a otro universo, a otro espacio, a otro tiempo: un mundo conciso pero creíble donde un abuelo no se muere porque inventa el calendario. Y esa magia de las palabras está puesta al servicio de la denuncia de la perpetuación de la mujer como esclava, la mujer de Mozambique, la mujer de buena parte de África, esa hermana de la mujer de casi cualquier región del Tercer Mundo, que mantiene su dignidad incluso bajo la bota que la pisa la cabeza. La novela está repleta de colorido y de luz, pero Mia Couto consigue que sea posible escribir una novela existencialista con la música africana en la prosa, una obra en la que “cuanto más vacía es la vida, más habitadas está por quienes ya se han ido: los exiliados, los locos, los difuntos”. Pues junto al tema central, como en toda la obra de Couto, la presencia del otro lado de la tumba es permanente, la frontera permeable, si es que existe, hasta el extremo de que sus personajes están convencidos de que lo que de verdad tiene peso en el mundo no es lo que ellos crean, sino lo que piensan los muertos.
Couto construye lo que parece una fábula a dos voces, la de dos antiguos amantes que practicaron un amor tan juvenil e imposible como Romeo y Julieta: un cazador adaptado, blanco, y una mujer que superó la invalidez para permitirse ese amor. Durante años no han sabido nada el uno del otro, pero la aparición de unos leones devoradores de hombres requiere la presencia de un cazador, que no mata, que no pone trampas, que está convencido de que esos leones ocupan en las creencias de la sociedad a la que acude algo así como los vampiros en occidente. Las voces de los dos protagonistas se alternan. En la de ella, siempre están presentes los espíritus de los antepasados, los duelos, la orfandad, el peso de la tradición y de la paternidad, el registro del miedo que quedó en una niña que ha vivido asustada, la incapacidad de comprender el mundo de otra manera que no sea la mitología local, porque es necesario, para sobrevivir, que cada cosa tenga un sitio. Y el mundo es inexplicable. De este modo, al tiempo que el miedo es la constante en la voz de ella, en su relato, lo es también el color. La prosa de Couto no renuncia a la sugerencia de metáforas sorprendentes, que amplían el lenguaje sin necesidad de descubrirlo. Pero Couto es de esos autores que consiguen transmitir la impresión de que está inventando la literatura porque inventa el mundo: hablaríamos de realismo mágico sino estuviéramos al mismo tiempo hablando de realismo social.
El cazador, por su parte, es alguien que ha elegido sustituir los recuerdos por la imaginación, algo que solo se elige si a uno le duele el alma. Y a él le sucede a causa del enamoramiento. Junto al cazador aparecen una serie de figuras grotescas, como los administradores de bienes y tierras y dinero, en un país donde la gente administra espectros. A su lado, el cazador se va dando cuenta de la que verdad cambia cuando uno cambia de territorio, de que los leones que le encargan cazar bien podrían ser los hombres que violan, como si fuera una fábula escrita por los animales, para quienes los gestores del mal son los hombres. Dentro de su parcela emotiva, el cazador significa que no existe el tiempo, es decir, que una despedida dura tanto como la vida entera. Y así van los protagonistas sin alcanzarse, pero avanzando al mismo paso, leyendo a los muertos. Couto vuelve a construir una fantasía verosímil, vuelve a escribir algo que uno se atrevería a llamar, sin complejos, la verdad. Tal vez la academia no haría mal comenzar a pensar en él para un próximo Premio Nobel.