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miércoles, 22 de noviembre de 2017

EL DESCONCIERTO

El desconcierto

Begoña Huertas

Rata:_Books
Barcelona, 2017
205 páginas


Este es el único género literario del que nunca se ha anunciado su muerte: el testimonio. La literatura testimonial atraviesa todas las épocas de la historia para dar fe de una enfermedad que puede tomar la forma de un duelo o una esquizofrenia. Desde las Coplas a la muerte de mi padre, de Jorge Manrique, a Quiero dejar de ser un dentro de mí, de Birger Sellin, los que han conseguido recurrir a lo literario para salvar el exceso de sensibilidad, para evitar lo cursi, merecen la pena. La enumeración es arriesgada y en ocasiones no apta para todos los estómagos, aunque debería ser obligatoria para todos los corazones. El frío, de Thomas Bernhard, es incuestionable como referente. Al igual que lo es Ebrio de enfermedad, de Anatole Broyard, una obra con la que no comulga Begoña Huertas posiblemente porque cada libro requiera su momento, y el de Broyard es tan contundente que existen pocos momentos en los que leerlo. La carta de despedida de Oliver Sacks o Mi cuerpo también, de Raquel Taranila, toda una sorpresa que ya ha pasado a la estantería de libros favoritos, son otros referentes actuales. Como lo es Luz en las grietas, de Ricardo Martínez Llorca, tal vez el mejor de los testimonios sobre una enfermedad crónica y congénita que se ha escrito en nuestro país.
Pero Begoña Huertas no detiene su indagación ahí. Los diarios de Katherine Mansfield, la obra de Proust, La muerte de Iván Ilich, de Lev Tolstói y unos cuantos ensayos, algunos que nos veremos obligados a leer tras la sugerencia de Begoña Huertas. A todos ellos, se suma ahora este desconcierto, una obra escrita cuando la autora ha recuperado fuerzas tras superar, al menos superar en términos clínicos, un cáncer de colon. Durante el proceso en el que se quebró, odiaba un cuerpo débil y una cabeza extenuada no le permitía resurgir. La meditación, cita a Ramiro Calle como maestro, por ejemplo, terminó por venir en su auxilio. Así como la compañía de algún ser querido y la literatura. Y el placebo que supone encontrar un buen profesional de la medicina, no por sus habilidades profesionales, sino por las humanas.
Negando la filosofía de la superación, eso de si quieres puedes, porque termina por culpar al enfermo que no consigue superar su mal, afronta los días y las noches de desconcierto. Es mejor no pensar. O tal vez sí. Es mejor dejar que el cansancio te suceda o tal vez es mejor luchar contra él. Begoña Huertas relata sin lucirse, con sencillez, guiándose en la medida de lo posible por lo cronológico, para dar coherencia al texto, y por la memoria, que es lo menos cronológico que existe, pero sin cuya existencia no sirve de nada el testimonio. Uno tiende a pensar que estos libros ayudan a cauterizar al escritor. Nada más lejos de lo que sucede. Quien los escribe, como confiesa Begoña Huertas, no sabe para qué sirven. Pero los escribe por la misma razón por la que no deja de lavarse los dientes. Los escribe como rasgo de humanidad, de civilización, con el deseo de seguir siendo un ser sensible y saberse vivo.
Por lo demás, durante la lectura de El desconcierto, uno siente con frecuencia la tentación de llamar a Begoña Huertas pues son muchos los interrogantes. Están los existenciales, cuyas respuestas, según se nos refiere, van aproximando cada vez más la filosofía del lejano oriente a la psiquiatría moderna. Pero están las preguntas al uso. Recordamos, ahora, un pasaje en el que menciona la inexistencia de protagonistas enfermos en las obras de ficción literaria. Excepto en La muerte de Iván Ilich. Y se nos ocurre pensar en que la ficción ha tratado la enfermedad por fuera, como una metáfora de la personalidad. En ficción, la descripción física de una persona nos habla de su psicología o contrapsicología. Pero sí existen obras en las que las mutilaciones de los protagonistas son esenciales. Pensamos, a bote pronto, en La piedad peligrosa, de Stefan Zweig, o en alguno de los personajes de Carson McCullers. De eso, y de otras muchas cosas, nos gustaría hablar con Begoña Huertas, porque nos habla en este libro como si fuéramos sus compañeros.

VIDA DE ZARIGÜEYAS

Vida de zarigüeyas
Dolly Freed
Traducción de Rubén Martín Giráldez
Alpha Decay
Barcelona, 2012
219 páginas

El Robinson urbano



En un epílogo mimoso y conciliador, Dolly Freed (Florida, 1960) se excusa un poco por los pasajes más vehementes de su libro, pero sigue sosteniendo que es posible implantarse, en mitad de la civilización moderna, dentro del barril de Diógenes. No sólo defiende esta posibilidad, sino que incluso la promociona. A su juicio, es una insensatez no guiarse por ella, dado que el tiempo que ha transcurrido desde que escribiera el libro, en 1978, hasta hoy, ha incrementado la necesidad de reconocer que podemos llegar a necesitar sobrevivir en un mundo que ha colapsado. Dicho de otra forma, si el futuro que se avecina se asemeja a Mad Max, y eso es algo que no cabe descartar, aprender a vivir con el mínimo necesario, pescando en los ríos de los alrededores, plantando un huerto urbano, criando gallinas y conejos dentro de casa, puede ser nuestra salvación. Y, además, se trata de un recurso que muestra una vía de libertad. Porque ese es el planteamiento de este libro, defender una hipótesis de libertad que pasa por controlar la propia vida.
Con Diógenes como modelo, el filósofo que no sentía apego por los objetos ni por la memoria, y con un padre tan expeditivo como ingenioso, del que a medida que uno va leyendo sospecha que padece problemas con el alcohol, a modo de mentor, Dolly Freed elabora una guía de supervivencia. Pero, al mismo tiempo, este libro es también un recetario de cocina y una guía de salud, un libro de autoayuda y una crítica social, la narración de una iniciación y un libro de humor. De hecho, es un libro de humor tan socarrón como los de Bill Bryson o Gerald Durrell. Vida de zarigüeyas es un libro sin género, pero atípico entre los libros sin género, o un tratado que mezcla diversos géneros que no siempre son literarios. Entre otras cosas, porque se defiende al instinto por encima del aprendizaje; porque se aboga por la necesidad de decrecimiento económico sin teorías económicas de por medio; porque topa con la vida de la gente que construye su presente fuera de la sociedad mientras mantiene cierto cinismo acerca de lo espiritual. Y hasta hay algo de la picaresca entre las páginas, dado que si hay una cualidad de la inteligencia que se defiende, esta será la astucia. A la que cabe unir un carácter que desconoce el sentido del ridículo y un temperamento que carece de escrúpulos a la hora de afrontar lo práctico, siempre y cuando no se dañe a los demás, como por ejemplo a la hora de elegir el menú. En resumen, es un tratado que versa sobre “hacer de la necesidad virtud”.
Careciendo de ideología o, aparentemente, de delirios ideológicos (si bien cabe cuestionarse las certezas de su elección, pues puso el alma en ello), Freed se refleja como la buena adolescente que es, denotando un tono subversivo. Porque la rebeldía es parte de la vida de las zarigüeyas. “Durante algún tiempo nos ha resultado difícil tomar decisiones, así que no hemos tomado ninguna… Y, sinceramente, no tener que tomar decisiones es uno de los mayores lujos de la vida (sólo comparable a no tener que trabajar)”. Aislada de la civilización por un muro de revuelta juvenil, y de las utopías por un egoísmo poco dañino, Freed considera que la felicidad es una sensación y que, por tanto, donde hay que trabajar es en el interior del individuo: “Uno de los elementos básico de nuestro bienestar consiste en ser capaces de escuchar las noticias sobre las finanzas sin figurarnos que el fin del mundo está al caer”. “Ni te imaginas la diferencia entre la presión arterial de uno que paga impuestos y la de otro que no lo hace mientras leen el periódico”, afirma en las primeras páginas del libro, tal vez las más brillantes, antes de pasar a combinar las anécdotas con las explicaciones, a veces de gusto dudoso, sobre cómo preparar una tortuga o una paloma para cocinarla.
En resumen, alguien que sostiene que es más fácil prescindir de cosas que se pueden pagar con dinero que ganar el dinero necesario para comprarlas, sigue mereciendo un pequeño altar en el rincón de nuestras casas.


Fuente: Quimera

martes, 21 de noviembre de 2017

TIENE QUE SER AQUÍ

Tiene que ser aquí
Maggie O’Farrell
Traducción de Concha Cardeñoso
Libros del Asteroide
Madrid, 2017
470 páginas

Existen las enfermedades concretas y existe una enfermedad total. Su nombre lo conocemos todos, pero se hace más y más patente al ser padre, dice el tópico, en tanto que ya debería haberse apoderado de nosotros al ser hijo, cuyo rango coloca Maggie O’Farrell (Corelaine, Irlanda del Norte, 1972) en la misma línea de flotación que la maternidad. Existe una dialéctica de las alergias, como existe una dialéctica de los vínculos fraternos y maternos. En ellos la bondad es celestial y la maldad un infierno, es decir, la relación entre padres y madres con los hijos, o entre los hijos con sus progenitores, pertenece al terreno de la teología. Lo malo es que en esta ciencia existe la tesis, la antítesis, pero no la síntesis. El virus que te da la vida es el polen que te mata. Esta historia se puede concretar en una invención con múltiples formas, pero no todas ellas se adaptan mejor a la novela que al cine. El caso de Tiene que ser aquí es de los que solo se pueden contar en forma de novela. Y no por alardes lingüísticos, a pesar de los recursos de O’Farrell y de que esa sea la especialidad de uno de los protagonistas, sino por la estructura y la complejidad cronológica, que solo puede resolverse gracias a los nombres: los de los actores y los de los lugares.
Uno puede imaginarse a O’Farrell frente a una pared en la que ha ido pegando los rostros de los personajes, los sitios donde sucede la acción, los sucesos que determinan el temperamento ocasional y toda una red de líneas rojas que unen a cada partícipe de la novela con los demás. Todo un alarde de vínculos, digno de una película en la que los detectives precisan de metros cuadrados de pared para reproducir el esquema de su investigación. Esa es la impresión que da, a no ser que O’Farrell tenga una mente prodigiosa y sepa moverse en el fichero con la facilidad de un bibliotecario con más años de labor de los que ella tiene de vida. La historia, en realidad, es muy sencilla: una pareja ha decidido, por diferentes razones, irse a vivir una segunda vida a un rincón idílico de Irlanda. Él viene de Estados Unidos, de un matrimonio fracasado, de un duelo incompleto por una hija. Ella viene de Suecia, huyendo del éxito del cine y de una pareja con el ego por montera. Lo que él oculta y los celos de ella harán de la relación otro imposible, que se resolverá, para bien o para mal, pues no desvelaremos cómo termina la novela, gracias a los hijos, los de las relaciones anteriores y los que ellos han tenido. A lo largo de la novela, el tiempo se balancea. En general durante los años de convivencia, desde su encuentro hasta su ruptura, pero en ocasiones el arco se amplia en décadas, las suficientes como para explicar de dónde viene cada uno de ellos, qué les ha construido. De hecho, los capítulos más inmediatos en los que uno de ellos es personaje central, están narrados en primera persona, en tanto que los más alejados, o en los que un tercer personaje es el centro de interés, se explican con un narrador omnisciente. Lo que parece va a obligar al lector en exceso, se transforma, a medida que pasa las páginas, en un atractivo más. La cronología es fácil de seguir y uno relaciona, inmediatamente, la necesidad de retroceder o avanzar en el tiempo.

Pero sí existe un tema que flota constantemente, que es la dificultad de hacerse adulto. Eso sucede a cualquier edad. Porque el problema de hacerse adulto no radica tanto en la capacidad para hacer una declaración de la renta o resolver con solvencia un trabajo de despacho o social. La capacidad de asumir la consecuencia de las decisiones será lo que delimite la frontera entre ser adulto y lo que sea que uno es antes, que no es necesariamente una adolescencia. La inmadurez marca, pero marca sobre todo porque uno es inmaduro si no entiende la culpa, algo que parece inevitable si uno toma consciencia de estar hecho de recuerdos. De ahí que los dos personajes centrales de la obra busquen un espacio para pensar, porque pensar es algo que solo puede hacerse sin ruido. Fuera de eso, no coinciden en casi nada que no sea el amor por los hijos. Los huecos que quieren dejar en el pasado, como si pudieran empezar desde cero, matarán como mata una alergia. Y esta ciencia es casi una teología, pues habla de la dificultad de vivir. Pero Maggie O’Farrell plantea y resuelve la obra de forma que solo pueda ser contada en forma de novela, de una de esas novelas seductoras, de casi quinientas páginas, que uno lee en un fin de semana. Lo que salva a esta novela, al margen de todos los atractivos que hemos expuestos, es, precisamente, que solo puede expresarse como un relato escrito. Un gran relato escrito, con personajes de carne y hueso como en el cine, pero construido de una manera que el cine todavía no ha sido capaz de igualar, porque no se describe igual que se ve, y la descripción, de los acontecimientos, de los lugares, de las sensaciones, de la culpa, es uno de los puntos fuertes de la historia.

Fuente: Culturamas

SUTTREE

Suttree

Cormac McCarthy

Traducción de Pedro Fontana
Mondadori
Barcelona, 2004
562 páginas
25 euros


En algún momento, durante la lectura de esta sórdida novela, al lector se le pasará por la cabeza una idea terrible: si la metáfora del río como vida está fuertemente arraigada en la literatura, la interpretación que McCarthy hace de la misma sólo puede llevarnos al infierno, a un infierno espesado con todo tipo de escoria y pestilencias.
¿Qué clase de mente visionaria es capaz de idear unos episodios tan demoledores en unos parajes tan miserables? Y, sobre todo, unos destinos tan estremecedores, más sobrecogedores, si cabe, dada la resignación con que sus portadores los aceptan, como si no cupiera darle importancia a la culpa que les llevó a estrellarse contra el fondo del abismo. Tal vez porque cuando ya no cabe sino sobrevivir, lo único a lo que uno puede dedicarse es a pisar o saltar sin acrobacias sobre la basura, sobre los desperdicios, sobre la violencia. Sobre la mierda que McCarthy detalla con una contundencia expresiva asfixiante, midiendo cada palabra, jugándosela en cada palabra, sacando a cada vocablo su máximo peso hasta el punto de conseguir que una voz como “miel”, por ejemplo, hieda a lo más podrido. En este sentido, cabe elogiar la traducción de Fontana.
Llega otro momento en que el lector se pregunta si esa forma de vigilar la escritura no responde a un proyecto estético, y la respuesta le devuelve el sabor a gangrena: seguramente, detrás de esta novela de McCarthy, uno de los escritores que mejor describen del mundo, se esconda un proyecto poético relacionado con los excrementos y lo marginal, vinculado al odio. Y aquí es cuando debemos regresar al río, por el que desciende la basura arrojada desde una ciudad que aparece al fondo del paisaje, y el lector va dándose cuenta de que ese odio tiene mucho de denuncia, de que esa mente visionaria se corresponde a la de alguien que achaca a las aglomeraciones urbanas la degeneración humana y la suciedad que está invadiendo el paisaje, y, por tanto, la de alguien que añora la inocencia de los espacios naturales. Por fortuna, McCarthy también nos ha dado la Trilogía de la frontera para demostrarnos que esta es una apreciación exacta.
La novela nos narra episodios de la vida de Suttree, un hombre que elige vivir como las bestias solitarias, al borde del río, pescando siluros, negándose a trabajar, alcoholizado y que sufre la inquietante dolencia de tener el corazón a la derecha, episodios que exageran los límites de lo humano y que sencillamente suceden, como pasa el agua del río saturada de condones y miasmas.
Suttree es una soberbia novela monstruosa.


 Fuente: Lateral

OBJETOS FRÁGILES

Objetos frágiles

Inés Mendoza

Páginas de espuma
Madrid, 2017
97 páginas

Lo más frecuente es que un escritor confíe la unidad de su libro de relatos a un estilo, a una monomanía que, sin él quererlo, se impone, a su personalidad, en función de la arrogancia o a la mera recopilación de obras compuestas a lo largo de décadas que sirven para engordar su currículo de publicaciones una vez que ha tenido éxito. Lo extraño es que alguien se plantee escribir un libro de relatos en el que más que un tema lo que exista sea una sugerencia, un punto metaliterario de esos que confían buena parte del acierto al ingenio. Ser ocurrente no es lo mismo que ser inteligente, pero se parece mucho a ser sensible. Aunque sea con una sensibilidad de clase media alta. Pero será esa sensibilidad la que hará que la sugerencia nos obligue a leer los cuentos dos veces, sobre todo los más cortos. Inés Mendoza confía en buena medida en ese círculo que tiene en común con el lector, que es el Mediterráneo, y en los diversos niveles de lectura, en función de los conocimientos. Mide el abuso de los mismos, para no estropear una prosa que se arrima a la poética, excepto en los instantes en que nos pretende arrancar del sueño que estamos viviendo, leyendo.
Se enfrente al mar con frecuencia, a un velero, por ejemplo, un medio de transporte romántico que solo sirve para el desguace y que por tanto ya solo será nostalgia. Pero la nostalgia vive más que nosotros. O a la despedida, que también se puede representar mirando al mar o tras un último trago, pero que es un acto tan desgarrador como honesto. El apunte, breve, le vendrá bien a tanta gente que prefiere mirar hacia otro lado cuando sus seres queridos se van, como si eso supusiera que comienzan a haber vivido, así, en pretérito. Mendoza se mete en la cabeza de un tipo de un cuadro de Hopper, bidimensional y sin detalles, todo silencio y todo inamovible, sin rostro. O juega al juego de Paul Valéry, a esa frase que dictó para excusar que no escribiera una novela, aduciendo que no tenía sentido perder tinta en escribir ‘la marquesa salió a las cinco’, porque habría que saber qué decide a la marquesa, una desconocida, a salir a las cinco, precisamente a las cinco.
Cierto goticismo o Art Nouveau visto desde nuestro año, como fantasmas que no saben si lo son, presencian rituales cotidianos, como el que algo deje de ser para comenzar a ser recuerdo. Rompe reglas como las de negar que exista pasión allí donde no hay sol, o lleva el encuentro entre enemigos al punto de fuga, que es un sitio que siempre está en el horizonte. Ciudades portuarias y rosas nos remiten a las narraciones de las orillas del Mediterráneo, y la postergación de la llegada del enemigo a Dino Buzzati. Nos previene contra el mal de vivir en un museo y pone los pies en tierra de las mujeres que se dirigen hacia el faro, como las protagonistas de la famosa novela, posiblemente borrachas, fumadoras de hachís y que se dedican a ir y venir con la única finalidad de entretenerse hasta que se acabe el día. Todo ello escrito con un rigor que da gusto, con un lenguaje preciso y que cambia de tono sin perder la armonía. Así da gusto leer un libro de relatos.

Fuente: Culturamas

Begoña Huertas

En 1998 publiqué mi primer libro, Tan alto el silencio, en la colección Punto de Partida de la editorial Debate. 
Entonces Constantino Bértolo se dedicaba a su actividad favorita: descubrir nuevos valores. 
Cuando salió publicado mi libro, la lista ya era bonita: Lo peor de todo, de Ray Loriga, Los aéreos, de Luis Magrinyá, La noche mineral, de Francisco Solano, El frío, de Marta Sanz, y algún título más configuraban la selección. Sigo estando orgulloso de haber compartido ese catálogo y sigo agradecido a Constantino, que fue, en buena medida, un padre literario. 
He seguido leyendo a varios de los compañeros de catálogo. Algunos triunfaron entre el público, un éxito que ahora está algo sobrevalorado, y cuando digo ahora me refiero a lo que último que han publicado. Otros no cesaron de mejorar, alguno hasta el punto crítico en que se ven obligados a escribir para seguir siendo escritores. Y eso determina sus últimas obras, demasiado complacientes. Pero tuvieron un pico de la ola al que merece la pena regresar.
Pero a mí me llamó la atención una casi desconocida Begoña Huertas. Su primer libro de relatos, A tragos, era bastante digno. Pero cuando leí Por eso envejecemos tan deprisa, supe que estaba frente a una escritora de primer orden. Es una novela que no tiene nada que ver con mi mundo personal, es un realismo cotidiano con el voltaje en que uno se reconoce, que me impresionó por eso, por lo difícil que es lo sencillo. 
Y es por eso tengo ya sobre la mesa El desconcierto (Rata:_Books), porque confío en ella y por lo que supone para mí que otra gente vincule enfermedad con literatura.
Enhorabuena, Begoña. Será un gran libro. Seguro.


lunes, 20 de noviembre de 2017

QUIENES VIVEN

Quienes viven
Annie Dillard
Traducción de Mónica Rubio Fernández
Sabina
Madrid, 2016
509 páginas

Uno piensa que a cualquier escritor de calado, de esos que consiguen que todavía nos despertemos ante una novela, le está obligado rendir cuentas a Faulkner o a alguno de sus sucesores como Cormac McCarthy. O, por ejemplo, como sucede en esta excelente novela, que el realismo histórico sustituye al realismo mágico de Cien años de soledad. Pero a la hora de la verdad, el espacio literario común, de la fuente de la beben todos ellos, incluida nuestra ya querida Annie Dillard (Pensilvania, 1945) es la frontera. Ese hueco en el mapa sobre el que todavía se pueden escribir grandes historias sin que se deteriore nuestra percepción de la realidad, es decir, sin intentar atrofiarnos con juegos literarios que no son sinceros con la literatura. Si bien los autores a los que se rinde Dillard crearon un país gracias a la posibilidad del mapa, a lo salvaje que hace de territorios algo remoto, Dillard aprovecha un momento histórico en el que ese espacio, sí, fue remoto, salvaje y posiblemente el de más difícil colonización: la transición de una nación incipiente, Estados Unidos, en su expansión hacia el oeste y hacia el norte, por las montañas en las que los incautos buscadores de oro comenzaron a caminar para morir de frío o bajo una tempestad. Así es como nace esta epopeya que es Quienes viven, y que a la fuerza debe desarrollarse con la lentitud del paso de los bueyes.
Los primeros personajes que pueblan esta historia dan a luz en el camino o bregan por el lujo de un colchón de plumas que estorba en la carreta. Cruzan un río, símbolo de línea fronteriza, y atraviesan regiones pobres, donde la supervivencia es un éxito. Lo inhóspito unifica las primeras páginas, corales, en las que una serie de personas frenan la marcha para crear un asentamiento. Siendo imposible seguir hacia el norte, queda la soledad por compañía y la dureza de los primeros tiempos. Ese núcleo indica que Dillard nos hablará de la gente, de sus emociones, de familias que se ven abocadas a inventarse un mundo o del sudor al afrontar los hechos que les llegan para convertir la existencia en una guerra. Esta gente irá dando paso a una segunda generación, los que no eligieron vivir allí, que no son dueños de su destino. A pesar de lo cual la población crecerá, se desarrollará sin abandonar la brutalidad y se poblará con senadores y leñadores, con chinos, indios, esclavos y niños pelirrojos, con mineros, vagabundos o universitarios del este que creen que un título les permitirá hacerse con las riendas de la frontera.
Quienes viven se desarrolla en una época en la que las fronteras eran kilómetros cuadrados y la colonización, como no podía ser menos, venía con la instalación de las vías del ferrocarril. Pero antes ya se había producido el mestizaje y toda una historia de relaciones y vínculos supuestamente humanos en la que faltaba lo más humano que ha inventado el hombre, que es el romanticismo. Hasta que llega un momento en que Dillard hace un paréntesis en el coro y se centra en vidas concretas, en familias, que son epítome del resto del grupo humano. Todos ellos poseen en sus manos más parte del destino de los otros que del propio. En cualquiera de las familias la facilidad para la muerte y las desgracias, nos remite no ya a Faulkner, sino al Antiguo Testamento, con un dios que se permite ser sádico a capricho.

A pesar de todo ello, la ciudad y lo que de civilizado pueda haber en una ciudad, antes de pasar al otro modo de barbarie urbana, se va instalando: la educación, la cultura, un estrato de sociedad media alta cuyas miserias no difieren de la de los demás, pues la violencia siempre está ahí, clavándose en los riñones. Y también lo clandestino, que se desarrolla en paralelo a la civilización, pero con un mayor grado de magnetismo. La desesperación va empujando las decisiones de unos y otros, hasta que, finalmente, la ciudad cae en decadencia, sin haber llegado a tomar cuerpo. De hecho, no alcanza jamás el grado de ciudad y así es como la única certeza que terminará por imponerse, será la emigración hacia otra ciudad, Seattle. La alternativa a la emigración es triste, pues volviendo al relato coral, Dillard nos habla de la pérdida de motivos para seguir viviendo. Elegir entre la dignidad y la resignación es un tema que merece tanto nuestra lectura, que esperamos, con el alma afilada, a las próximas entregas de los libros de Dillard.

Fuente: Culturamas