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jueves, 27 de julio de 2017

Arenas blancas.

Arenas blancas. 
Experiencias del mundo exterior

Geoff Dyer
Traducción de Cruz Rodríguez Juiz
Literatura Random House
Barcelona, 2017
205 páginas

Puede que estemos en vísperas del fin del mundo, pero eso no es motivo para encerrarnos en casa. Lo ideal es salir a las afueras, a los ejidos de la ciudad o la aldea, que ya se ha convertido en el resto del planeta, y comprarse la gorra adecuada para sobrevivir al azote del sol o protegerse de la lluvia. Así, con esa experiencia del momento a cuestas, uno alimenta su ficción y con las ideas que imagina revienta lo que vive en cada momento. Cargamos en la mochila un puñado de prejuicios, qué remedio, pero si somos conscientes de ello, lo que aprendamos será un tipo de riqueza de la que se puede beneficiar el mundo en forma de altruismo, amistad o un relato. Lo importante es saber y saber aprender y, según Geoff Dyer (Golucestershire, 1958) tener en cuenta que en las noches la magia aumenta. Las noches han alimentado la imaginación y la fantasía que nos distingue de los animales, con el miedo y la narración como principales protagonistas. Y con las estrellas, esos puntos brillantes que echamos de menos sin darnos cuenta. De este cocido se nutre la vida y el simulacro de vida que se refleja en la ficción. Al final, resulta que todo es farsa, desde el amor verdadero de los adolescentes besándose sobre el capot de un coche a las amenazas del tétrico Donald Trump. Pero esa farsa sucede. La ficción se alimenta de la realidad y la realidad se alimenta de la ficción. Dyer lo aclara en su prólogo y cuando apunta a los intentos de entender lo que significa un lugar concreto, cierto modo de señalar el paisaje y descifrar por qué lo visitamos. Aunque ahora la respuesta es casi universal: para hacerse una fotografía. Si bien Dyer intenta ir más allá y se responde que la gente no fotografía para tener una foto, sino porque es lo que se hace. El retrato de la humanidad como rebaño, incluido el propio Dyer, que en ningún momento se presenta como diferente ni pretende apuntarse el tanto de la discordia, rige en estas estampas o relatos. Pero también la mirada de un humor ingenuo a la par que lo bastante salvaje, en el buen sentido de la palabra salvaje, el que nos acerca a la naturaleza, lo que somos, lo que deberían ser los ejidos de nuestra aldea, que rodean el planeta por completo.

“Estamos aquí para morirnos de aburrimiento y luego preguntarnos cómo es posible aburrirse tanto”, apunta durante una visita a las islas en las que vivió Gaugin, quien no solo pintó, sino que dejó testimonio en su libro Escritos de un salvaje. De Gaugin intenta heredar la mirada o al menos imaginar la del pintor francés en el supuesto paraíso. Supuesto es la palabra clave en cada recorrido por el que Dyer nos lleva. La locura de Beijing, que es otro prejuicio, y un rincón en el que es posible enamorarse, un descanso que resulta increíble en el núcleo de la mayor neurosis masiva del planeta, es un descubrimiento que necesitamos más que el de las Indias en tiempos de Colón. Fuera de la urbe caótica, el paisaje ya está procesado por el hombre, excepto en los lugares inhabitables. Pero esos le son ajenos a Dyer. La sinécdoque de la que se vale para reflexionar sobre el paisaje es el Land Art y la pregunta que deja en el aire es si sobredimesionamos las atribuciones del paisaje. Pero este es también un libro de sensaciones y las sensaciones no se proponen: se imponen. Se imponen por la naturaleza, pero también por la naturaleza del momento, no por los deseos del que lo vive. La reducción del amor al conflicto entre la realidad y el deseo es una de las conclusiones clave de este libro, en el que no todo es acierto. La contradicción de la experiencia cuando finalmente se decide, junto a su mujer, a llegar hasta donde se producen las auroras boreales, para no ver nada más significativo que un partido de fútbol, la inquietud cuando recogen a un autoestopista en mitad de la nada, en Estados Unidos, y no sentirse culpables cuando lo abandonan a su suerte, por ejemplo, son experiencias con llaga. Uno sabe que debería haberlas resuelto de otra manera, pero desconoce las reglas, por mucho mundo exterior que haya experimentado. La música, el exilio de los europeos en Estados Unidos, el culto al cuerpo, la construcción de torres, el arte o la enfermedad son parte de estas experiencias del mundo exterior, como lo es para nosotros disponer de ellas, aunque sea de segunda mano, a través de la mirada y la imaginación de un autor que escribe con el ingenio a punto de nieve.

VIAJERO LEJANOS

Fuente: La línea del horizonte


La vida al alcance de todos

Antonio Picazo ha escrito sesenta biografías de viajeros de toda índole, nobleza y calaña que nos enamora por su desenfado en la escritura. Hombres y mujeres –unos más famosos, otros desconocidos para nosotros– que un día emprendieron camino con la maleta o el petate.


Si algo cabe achacarse a este libro, Viajeros lejanos, es que Antonio Picazo sea consciente de la necesidad de seleccionar a las personas cuya vida va a reseñar. Sesenta es un número aparentemente prometedor; pero a cualquiera le hubiera gustado que fueran ciento veinte, doscientos, mil; porque uno no se cansa nunca de ir leyendo cada breve capítulo dedicado a cada uno de los viajeros. La empresa de elaborar una enciclopedia de viajeros es descomunal. Así pues, Picazo edifica un libro personal sobre algunos viajeros. La selección es incandescente. En primer lugar, porque basta un primer vistazo al índice para preguntarse por qué no figura ahí Thomas Cook o John Muir o Cristóbal Colón o Reinhold Messner, o tantos otros. La constante intriga acerca de las razones que llevan a Picazo a seleccionar al siguiente viajero mantiene al lector con todos sus sentidos en el texto. En segundo lugar porque, excepto el propio autor, nadie o casi nadie podría haber dado con muchos de estos personajes. Cualquiera puede pensar en Peary o Stevenson. A muy pocos se les hubiera ocurrido que el lugar de T. E. Lawrence lo ocupara Gertrude Bell. Para explicar la razón que le motiva, uno no puede por menos que escrutar cada frase hasta hallar la que marca la intriga. Esa misma intriga que ocupa el tercer lugar en la incandescencia: la maldición de que no sean más extensos los textos.
Afortunadamente, Ediciones del Viento construye un libro bellísimo, uno de esos que da gusto tener entre manos. Además, completa los relatos con bibliografía, filmografía o enlaces páginas web donde completar el paisaje de cada biografía. Y siempre añadiendo las mejores imágenes para representarnos al viajero o los mapas que trazó o los lugares de paso o los lugares a los que ancló su destino.
En apenas una tarde, cualquiera puede dar buena cuenta de esta sucesión de vikingos, embajadores medievales, colonizadores, navegantes, naturalistas, escritores, espías, antropólogos, arqueólogos, renegados o inventores. Un único rincón del mundo, la Antártida, queda alejada de esta selección: podemos echar de menos a Shackleton o Admunsen. Pero con lucidez descubrimos a un desconocido polaco que recorrió África en bicicleta a principios del siglo XX, o a un hombre cualquiera que hizo detenerse a un autobús para decir “a partir de ahora iré andando”, antes de adentrarse en la selva. Nadie discutirá la presencia de Fitz Roy, que a estas alturas se valora tanto como la del propio Darwin, su compañero de viaje, cuya fama, al ser mayor que la del capitán del barco, hace menos necesaria su presencia. En apenas un esbozo, eso sí, Picazo nos da cuenta de la personalidad de cada uno de ellos, de su talante pendenciero o su bagaje cultural, de su exquisitez o su arrojo, de su bohemia o de su austeridad, de su intrépida búsqueda o de la casualidad que marcó su vida, de su ambición o de su humildad.
En el prólogo, Picazo menciona que algunos están aquí por ser entrañables o por ser románticos. Ni uno solo de ellos deja de ser entrañable y romántico para el lector tras leer el apunte biográfico. Los relatos no dejan indiferente, pues el mayor inciso es el sentimental, que es la motivación que a Picazo le ha llevado a reunirlos. En todos ellos es común la pasión por vivir. Se trata de esas personas a las que uno quisiera encontrar cuando se ha perdido en el interior de una cueva oscura. Dado que seguro que, sea quien sea, cualquiera de estos sesenta, llegará hasta nosotros con una linterna en la mano. Escrito con un estilo académico, variando la composición cronológica o motivacional en cada crónica para sustraer en cada caso lo que mejor nos agarrará del pescuezo para meternos de lleno en el libro, Picazo nos echa una muy buena mano a la hora de crear eso que ahora es tan imprescindible para sobrevivir a la realidad, eso que se conoce como leyendas.

miércoles, 26 de julio de 2017

Entre el mar y la montaña, el viaje

Llega el momento de las vacaciones. Una época que ha cambiado mucho en los últimos años. Las carreteras secundarias no están llenas de SEAT 600 que se dirigen al mar o a la montaña, a Benidorm o a Picos de Europa. Ahora la decisión es otra: nos quedamos cerca o nos vamos lejos. Nada de discutir sobre playa o valle. Aunque todavía está presente en nuestra costumbre, el viaje se ha incorporado como tercera elección y, tal vez, la más frecuente.
Si el mes pasado dábamos cuenta de novedades para amantes de la montaña, este deberíamos prestar atención a los testimonios del mar. Pero se echa de menos una colección dedicada a los océanos y los hijos de Moby Dick. Sin embargo, el viaje sigue vigente en nuestros escaparates. Península, por ejemplo, tiene en su catálogo una estupenda colección, ODISEAS, en la que se recuperan textos de Alfonso Armada, Juan Goytisolo, Bruce Chatwin o nos descubren a Xavier AldekoaAltaïr va poco a poco creando un hermoso catálogo en su colección única, HETERODOXOSBru Rovira, Juan Villorio, Norman Lewis… todos merecen la pena. Y aprovechando el momento, Ediciones B recupera su biblioteca GRANDES VIAJEROS, con Goethe y Alí Bey como protagonistas. Libros del K.O., Capitán Swing, son editoriales que también prestan atención al viaje. Y Errata Naturae a través de sus joyas en LIBROS SALVAJES, tal vez la colección de naturaleza mejor de la historia editorial española. Una temporada en Tinker Creek, de Annie Dillard, por ejemplo, es uno de los mejores libros del año.
Pero en lo que buscamos la playa bajo las aceras, hasta encontrar unos pocos libros del mar, novedades interesantes, hemos prestado atención a este proyecto, exclusivo sobre el viaje: La línea del horizonte.
Estos son los cuatro libros editados por ellos que más nos han gustado. No ha sido fácil.

Crónica japonesa

Nicolas Bouvier
Traducción de Glenn Gallardo y Martin Schifino
Reseña del libro en Culturamas
No hay otro país como Japón en la ancha geografía espiritual de este exquisito narrador suizo. Desde su primera estancia en 1955 volvió en diversas ocasiones hasta 1970, seducido por la complejidad de su cultura y el abismo pendular de sus contradicciones que Bouvier asume fascinado. Todo un aluvión de premios literarios celebran una prosa única que enlaza con instinto poético la levedad del momento, con la magia del pasado; la atmósfera zen de los lugares con un halo de intima emoción que  nos atrapa a su lectura.
En 1955 Japón ha dejado atrás, más de una década después, los efectos de la derrota en la guerra, pero sigue siendo un país ensimismado, rural, pobre y receloso del extranjero. Como apunta su biógrafo, François Laut, “Nicolas Bouvier será uno de los últimos occidentales en vagabundear por este Japón que causaba la admiración de los viajeros del XIX con sus bahías encantadas, sus lagunas, sus montañas, sus desfiladeros, sus arrozales y sus bosques de cedros”. Como su admirado Matsuo Basho, quiere recorrerlo a pie y así lo hace en algunos tramos que levantan como, el polvo del camino, una levedad de aire zen, un gozo perpetuo, y, siempre, un sentido poético de la extrañeza.  Japón será su “fin de viaje”, en esa larga travesía emprendida dos años antes desde Yugoslavia con su gran amigo el dibujante Thierry Vernet.  Ninguna regla, salvo la de “vivir con intensidad” e ir costeando la aventura con toda clase de trabajos imaginables. En el año que pasa en el archipiélago, la experiencia del viaje sedimenta, recala en el sentimiento del lugar; un estar contemplativo y sereno que  muestra que la liviandad contiene en sí la gravedad, y el conocimiento, la emoción perceptiva.
Desembarca en Yokohama el 20 de octubre de 1955 y se instala en el barrio de Araki- Cho en Tokio y más tarde viaja a pie por otros lugares durante esos doce meses. Diez años después vuelve por otro año con su mujer e hijo y seguirá trotando por sus rincones con una curiosidad siempre ávida pero templada, sin juzgar, ni menos despreciar, lo que transfigura el relato con el humor, la poética y la finura de un Haiku. Trufado de una historia del país tan prolija como liviana en su escritura, esta Crónica japonesa es de obligada lectura para quién quiera adentrase en la magia y la melancolía de una cultura milenaria.  Desde la leyenda de su origen, hasta su compleja relación con China, Occidente y la modernidad, pasando por el zen, el teatro , el budismo, o la vida cotidiana en sus confines rurales y en el estrépito de sus ciudades.

El barco de Ise

Suso Mourelo
Reseña del libro en Culturamas
Suso Mourelo recorre Japón con brújula literaria. Desde grandes ciudades a tranquilos enclaves rurales, el objetivo es conocer los lugares donde transcurrieron las novelas de sus autores preferidos: el Tokio del escritor maldito Osamu Dazai o la pequeña isla de Kamishima que sirvió de inspiración a Yukio Mishima; el Kioto de las historias fetichistas de Junichirô Tanizaki o  el refugio de montaña en el que Yasunari  Kawabata situó País de nieve. Junto a  ellos  nos asomamos a otros autores como Masuji Ibuse, Natsume Sôseki o Ueda Akinari, y viajamos a las páginas de  clásicos como Chikamatsu Monzaemon o autoras como Takasue no musume o Murasaki Shikibu. Un relato trenzado en otras ficciones donde asoman escritores nipones de todo tiempo y algunos de los europeos que sucumbieron al hechizo japonés como Lafcadio Hearn o Nicolas Bouvier. Con la referencia de este universo literario el autor deambula por el país, al mismo tiempo que conversa con sus gentes, convive en la intimidad de sus hogares e indaga sobre las circunstancias de una sociedad que vive una mutación asombrosa. Suso Mourelo compone un relato que, al modo de un largo haiku, nos guía por  la memoria literaria a golpe de sensaciones e imágenes del presente.

El valle feliz

Annemarie Schwarzenbach
Traducción de Juan Cuartero
Reseña del libro en Revista de letras
Una estancia en el valle persa del río Lahr, es la excusa para reelaborar un texto anterior y convertirlo en el espejo de sus dramas íntimos. La de Annemarie Schwarzenbach fue una vida corta pero intensa marcada por la angustia existencial, la homosexualidad, las drogas y la búsqueda de la identidad en largos viajes por Persia y Oriente, Europa, Estados Unidos y África. La inseparable amiga de Klaus y Erika Mann, la compañera de viaje de Ella Maillart, la amiga de Malraux y la gran pasión de Carson McCullers traza en estas páginas su relato biográfico más intimista y el más osado debido a una sinceridad implacable. La vida en este valle, recreada años después, se convierte en una alegoría de la soledad, el amor y la muerte, pero también del esfuerzo por sobrevivir a pesar de verse a sí misma “perdida, apátrida, a merced del viento, del frío, del hambre… siempre sola, empujada hasta el mismo borde del abismo”. El recuerdo de lo vivido en este lugar, donde parecen acabar todos los caminos, será también un acicate para renacer y extraer de la memoria y las experiencias pasadas nueva energía para seguir adelante.

Días de ocio en la Patagonia

William Henry Hudson
Traducción de Ricardo Martínez Llorca
Reseña del libro en FronteraD
Días de ocio en la Patagonia narra la estancia feliz de este exquisito autor en tierras patagónicas. En 1871 Hudson se adentra  en la provincia de Río Negro donde permanece varios meses. Su viaje se convierte en una excusa para reflexionar sobre la experiencia de la contemplación como vía para explorar las regiones sensibles del  alma. A medio camino entre el relato de viajes, el ensayo y el diario de un naturalista, este relato es un testimonio único sobre la vida de los colonos y  gauchos a finales del XIX, así como de la paulatina desaparición de las poblaciones indígenas. Pero no fue esto lo que atrajo al escritor a estas remotas tierras del sur argentino, sino su pasión por la ornitología. De allí las minuciosas descripciones de fauna y aves que aparecen en el libro: su canto, sus costumbres, su aleteo… son tan vívidos que la música de trigueros, ruiseñores patagónicos, pinzones y petirrojos arropan la lectura como en una sinfonía de Messiaen. Un clásico de la literatura naturalista.

BONAVIA

Fuente: Revista de letras

Cuando surgió la alternativa al realismo en la literatura, tal vez con Kafka, tal vez con James Joyce, tal vez, en España, con Juan Benet, surge, a la par, la pregunta clave: ¿puede el pensamiento moldear la realidad? En buena medida, el flujo de conciencia con que termina el Ulises, los onírico de Kafka, la determinación por el proyecto verbal, interminable, en Juan Benet, pertenecen a la categoría de pensamiento. Los proyectos ya no reflejan la realidad sino el reflejo de la realidad contra nuestra materia gris. Esta novela pertenece a ese estado. Por aclararnos, uno la vincula con el momento en que Juan Goytisolo decide abandonar el realismo, pero todavía sujeto a su compromiso social, escribe Paisajes después de la batalla. Lo que ocurre es que Dragan Velikic (Belgrado, 1953), como Goytisolo, no puede abandonar la suerte de lo inmediato en su entorno. De ahí que se centre en la Serbia de posguerra y en los resultados sobre la gente de la barbarie. En este caso, en el exilio. Cada uno de los personajes, que se conocen al principio, se separan y terminan por reencontrarse siguiendo el dictado del dios del azar, se sirve de los kilómetros para poner distancia suficiente con la que sanar la memoria. Alguno necesita viajar hasta California, a otros les basta con cruzar la frontera. Pero todos padecen no ya el síndrome de Ulises, el propio de la inadaptación del inmigrante, sino la negación del mismo.
Bajo estas premisas, lo que suceda, incluido lo que suceda dentro de sus cabezas, es provisional. Se reinventan lo mejor que pueden, sí, pero saben dónde está la arcilla de la que vienen. Así pues, la memoria se caracteriza por su crudo patetismo:
“Todo está a medias, nunca se termina nada”.

Hay una trama que a medida que avanza el libro se va desdibujando a favor de los personajes. Pero lo más elaborado es la estructura, tan sencilla que da envidia. Durante los primeros capítulos, Velicik se dedica a presentarnos la geografía y radiografía de los personajes empeñados en leerse y en intentar leer al otro. Sirva como ejemplo este diálogo:Y mucho menos uno mismo. Como Goytisolo, recurre al verbo presente y a la relación en segunda persona del singular. El efecto de inmediatez es hipnótico y así lo que sucede nos importa. No estamos mirando a la mujer que elige tal cafetería porque recuerda los pasteles de la infancia, nos sentamos con ella para compartir la memoria. Y en ella está presente la herida de los Balcanes, sobre todo la inmediata, pero también la histórica: ese lugar mestizo, que ha sido atravesado por una y otra cultura con frecuencia, que ha sido colonizado por diversas religiones hasta que tiene una de las culturas más singulares y potentes del planeta.
“-La vida es eso. Una colección de trivialidades que se repiten.
-La vida es creación. Y amor. Si no lo hay, todo lo demás carece de sentido.”
Ahí está la persona que no escribe su destino y la que quiere renovarse. En cualquiera de los dos casos, el crimen marca su decisión. Las dos protagonistas principales no cesan de debatir entre el bien del viaje y el de tener raíces. Las dos se preguntan qué es el mundo, o qué crea lo que llamamos mundo. Para ello Velicik se permite paréntesis reflexivos que reflejan la catarsis y la imposibilidad de desprenderse de un odio de diferente voltaje. Habla sobre el patriotismo y sobre el riesgo a perder, sobre el orgullo y los vínculos del amor, sobre las identidades que se configuran únicamente cuando se enfrentan a otras identidades, sobre qué hacer cuando no se cumplen las expectativas, de la herencia y su efecto de maldición y hasta del mundo como una cárcel. Habla de casi todo, porque no es posible olvidar a los desaparecidos, pero tampoco rendirse, renegar de las promesas que uno debe buscar si quiere que le salgan al encuentro. Y todo ello con una voz que es la voz de todos, del coro de personajes que componen esta novela que atrapa más a medida que uno avanza en ella.

sábado, 22 de julio de 2017

Hijos de Caín

Presentación hijos de caín 


Esta es la pregunta:
¿Por qué la mayor parte de la gente no se suicida?

Siendo, como somos, herederos de la marca de Caín, la que se supone que nos señala como condenadamente sucios, la que nos designa como miembros de una gran capitulación, ¿por qué nos empeñamos en mantener el delirio de que existe un buen motivo para mantenernos con vida?

¿Por la confianza en el destino?
¿Por la fe en un Dios benévolo?
¿Por considerar que no somos nuestros propios amos, que nuestra vida no nos pertenece?
¿Por ilusión o por esa artimaña a la que conocemos como esperanza?
¿O, lo que sería más comprensible, por simple y puro miedo?

En realidad, me temo, por ninguna de estas razones. Ninguna de ellas es lo bastante buena para que optemos por desterrar el suicidio. Los verdaderos motivos para seguir viviendo son, a la hora de la verdad, mucho más contundentes que estos, mucho más irreprochables:

No nos suicidamos porque nos gustan las natillas, porque una vez bailamos agarrados a un perfume de fresa en una verbena de pueblo, porque los niños juegan en los columpios.
No nos suicidamos porque el próximo sábado iremos a merendar a casa de Javi o de Luis, porque no hemos terminado de ver la película que dejamos en el DVD, porque nuestro hermano pequeño lloraría.
No nos suicidamos porque si lo hiciéramos no podríamos renovar el bono del gimnasio ni pedir un kilo de peras conferencia en la frutería.
No nos suicidamos porque sabemos que existen los paisajes, y porque esa expresión del deseo que son los sueños, nos alcanza de vez en cuando a las tres de la madrugada para azotarnos con una emoción dulcísima.
Y porque el sol, que acaba de asomar tras el horizonte, y con él las nubes blancas, todavía no está sometido al control del mercado financiero.

Dicho de otra manera: seguimos vivos porque incluso en la derrota, o sobre todo en la derrota, tenemos la convicción de que existe la belleza.
Incluso en su ausencia, sabemos que la naturaleza palpita, y nosotros con ella. Pues somos naturaleza. Somos, como ella, nostalgia, y somos enigma.
Y en los mejores momentos, nos damos cuenta de que también somos dignidad. Eso es lo que nos indica cada átomo de nuestra anatomía durante la contemplación del mar o cuando permitimos a nuestra mirada perderse en el valle.

Dignos de la naturaleza.
Esa sería la fuente de la verdadera riqueza, esa sería la pauta sobre la que trazar nuestro valor. Una regla mucho más humana que la que estamos acostumbrados a utilizar, que es el trabajo, o al menos ese trabajo ligado al mercado, a la producción, al dinero.
Ahora bien, si anulamos el trabajo como vara de medir, y teniendo en cuenta que uno tiene derecho a no creer en Dios, ¿cómo podríamos valorar la vida humana? ¿Acaso no tenemos ninguna valía que sea realmente nuestra, nada que resuma en un grado mucho más práctico los motivos para no suicidarse?
A riesgo de parecer cursi, voy a acogerme a la palabra amor.

El ser humano también es el producto generado por un trabajo, al que llamamos amor:

A todos nosotros nos han limpiado y peinado, e incluso a muchos nos pretendieron adornar con pachulí.
Nos han protegido contra las enfermedades y nos han curado con mercromina.
Nos han besado.
Nos han alimentado y nos han regalado el sabor de las natillas que nos ayuda a combatir el suicidio.
Nos han enseñado a guarecernos en tiempo de tormenta y a mantenernos a flote.
Han lavado las sábanas en la que nos meamos una noche y nos han consolado, y se han reído con nuestras estupideces y con nuestros chistes.

Al final, resulta que el amor es un trabajo, en el que interactúan los cuerpos, cuya expresión máxima es el cuidado, son los cuidados.

Lo que nos deja atónitos, es darnos cuenta de que esos cuidados, que son bondad, que son belleza, unidos a la risa, a los juegos, a la lealtad y a la pasión, no basten para vencer a las tiranías. Ni siquiera a la tiranía del mercado.
De ahí que en los peores momentos nos sintamos tentados a pensar que el mal es un hecho o una fuerza mucho más real que el bien. Todos creemos que una caricia debería bastar para torcer el rumbo de un planeta presidido por la muerte, que es la peor forma de injusticia.
Rebelarse contra esta corriente que nos lleva es una locura. Y la locura bien puede ser una forma de bendición.
Por otra parte, sea cual sea el destino del mundo, tome este el aspecto que tome, siempre habrá locos.
Unos locos que en sus acciones están divulgando que tantas formas de injusticia, incluida la muerte, permanecen activas, al tiempo que proponen cómo lucir mejor el estandarte contra ellas.
En realidad, se trata de tipos que reparten linternas con las que alumbrarnos en la oscuridad.

Frente a ellos, frente a los hijos de Caín que bucean, escalan, se lanzan desde la estratosfera, o han buceado, escalado y se han lanzado desde la estratosfera, se encuentran quienes aguardan al espectáculo del Apocalipsis con un deseo contenido:

Los que consideran que el Apocalipsis es la única película que les queda por ver desde su sofá, los que ya se hicieron fotos agotando todos los rincones de las guías turísticas, los que ya bebieron desde un matarratas hasta el champán más aristocrático.
Los que necesitan un pretexto como ese, la inminencia del fin del mundo, o gritar que el mundo es una mierda, para justificar que ya pueden volver a fumar, que pueden ser unos canallas, que les está permitido irse a un club de carretera, que pueden faltar a la responsabilidad con sus compañeros de trabajo o con su familia.
Que incluso pueden cometer un crimen como respuesta a alguno de los verdaderos motivos que impulsan a los criminales: que no le salió bien la lazada del zapato, o que el nudo de la corbata quedó torcido, o que había una mancha de mahonesa en el pantalón, una mancha que descubrió demasiado tarde, cuando recibía a su primer cliente, cuando ya no disponía de tiempo para mudarse.

La pregunta, pues, es ésta:
¿Por qué los protagonistas de este libro no se suicidan?

Conscientes de que pertenecieron a la congregación de los locos de la linterna, ahora les pesa el conformarse con aguardar al Apocalipsis mirando a través de la ventana.

Pero ellos, como tantos otros de los que estamos aquí, eligen vivir porque en el último segundo, maldita sea, justo antes de dar el brinco hacia los búfalos de la noche, se dan cuenta de que no les apetece nada morirse solos.


Diccionario de Nueva York

Diccionario de Nueva York
Alfonso Armada
Península
Barcelona, 2017
398 páginas

Nueva York es una cascada de estímulos en época de monzón. Esa es la música (uno no se atreve a escribir melodía) de la gran urbe, de la sinécdoque de la civilización. Y ese es el sonido que reproduce este diccionario, en el que cada entrada la ocupa un único párrafo, excepto cuando se introduce una cita, de prosa en la que no hay una sola palabra barata. Esa sucesión ininterrumpida de estímulos es lo que busca y consigue Alfonso Armada (Vigo, 1958). La forma de diccionario le sirve para escoger centros de interés desde los que arrancar a escribir sobre todo, porque todo es lo que se concentra en la cascada neurótica que es la Gran Manzana. Y eso incluye lo que ha sucedido y no solo lo que está sucediendo. Durante su estancia en la ciudad, conoce Nueva York a pie de calle, desde su apartamento o a través de los libros que hablan de su historia. En el caso de Nueva York, se da la paradoja de que su historia no es un cadáver que arrastra el presente en volúmenes enciclopédicos. Su historia está viva, permanece, como si la ciudad o lo que sea que construye la ciudad, algo que tiene más fuerza que la suma de vidas de sus habitantes, siga danzando y formando parte de la decadencia. Porque cuando uno se queda sin respiración, solo cabe decaer. Y eso es lo que sucede durante la lectura de este estupendo diccionario, como sucede cuando uno pasea por Broadway o el Down Town: las dimensiones no son humanas, el tiempo transcurre a una velocidad de tal magnitud que deja de existir. Reproducir esa idea es un gran logro de Alfonso Armada, quien a través de sus crónicas ya demostró su talento para la literatura. Este diccionario le ha permitido menos urgencia, pero igual premura, porque la ciudad no permite descanso.
Si nos atenemos a la literalidad del texto, Nueva York es y no es a la vez: es un estado de ánimo pero es un monstruo inorgánico, es la ciudad de los top ten y la de todos los demás, es triste y alegra porque siempre es dos emociones contrariadas, es barrera y es puente, es libertad y cárcel, es el Aleph y es un bar nocturno. Pero también es Alfonso Armada, porque a la hora de escribir, Armada convoca a todo su pasado para reflejarlo a la par que habla de Nueva York, como si fuera algo inevitable agarrarse al tarro de mermelada de la abuela mientras conoce la supuesta modernidad y las millones de versiones de la cultura que abundan en el centro de occidente. De ahí el peligro de convertirse en una droga que, en este caso, toma forma de literatura y de referentes literarios: si la cascada tiene que actuar como fuente, es una fuente inagotable. Hay perversión, sí, pero también unos encuentros formidables que no podrían haber tenido lugar en otro sitio.

En realidad, este diccionario es todo lo contrario a lo que se supone que debe cumplir como función, ya que plantea más preguntas que respuestas propone. La única regla es la alfabética. Por lo demás, se nos muestra un lugar que carece de límites. Armada no cesa de buscar símbolos a los que anclar el antropos, lo humano, y para nuestra sorpresa, el escritor más mencionado es Kafka. Tal vez porque Kafka sea para la literatura lo que Nueva York para la civilización. De esta forma, en una época en que todo el mundo parece querer escribir su libro sobre Nueva York tras una estancia larga, este diccionario resulta uno de los más aconsejables escritos en nuestro idioma. Para terminar, se incluyen las crónicas que Armada escribió a partir del 11-S. A lo largo del diccionario este suceso condiciona muchas entradas, pero no es suficiente exorcismo. Lo que sucedió es incomprensible y necesitamos darle forma, entenderlo. Pero en Nueva York no hay nada que entender. Simplemente, sucede.

Fuente: Culturamas

jueves, 20 de julio de 2017

Lugares en el tiempo, “Mein Kampf”. Historia de un libro, Los hermanos Himmler

Fuente: Quimera


Lugares en el tiempo
Jean Améry
Traducción de Marisa Siguan y Eduardo Aznar
Pre-Textos
Valencia, 2011
152 páginas

“Mein Kampf”. Historia de un libro
Anotoine Vitkine
Traducción de Marco Aurelio Gualmarini
Anagrama
Barcelona, 2011
263 páginas

Los hermanos Himmler
Katrin Himmler
Traducción de Richard Gross
Libros del silencio
Barcelona, 2011
406 páginas


Una llaga que no cicatriza




Gracias a obras como Más allá de la culpa y la expiación, Revuelta y revolución o Levantar la mano sobre uno mismo, Jean Améry ocupa uno de los espacios más interesantes entre los ensayistas del siglo XX. Acosado por el pesimismo, fruto de sus experiencias durante la guerra y los años posteriores, este hombre tímido se ve tan incapaz de dominar el pasado que busca refugio en una memoria de puro espectador, confiando en que así se resuelva su eterno conflicto: explicarse quién es, encontrar su identidad. Améry se muestra convencido de estar marcado por la persecución, de ahí que en sus textos y, sobre todo, en las seis balizas que elige para construir Lugares en el tiempo, haga un esfuerzo muy humano, demasiado humano, por definir su lugar en el mundo. Y dicho esfuerzo cae en saco roto. En todos los lugares que visita y quedan reflejados en esta obra, se refiere a sí mismo con una suerte de patronímicos del estilo de el extranjero, el hombre sin nombre, el huésped, el interlocutor… todos ellos sinónimos, de alguna manera, de proscrito. Tan sólo hacia el final, en el capítulo dedicado a su intento de reconciliación con una Alemania con la que únicamente comparte el idioma, Améry abandona esa forma bastante autocompasiva de referirse a sí mismo, para convertirse en protagonista exclusivo. Y es que durante los cinco primeros episodios, durante su paso por lugares como Londres, París, Colonia, Bruselas, Zúrich, etc., ha utilizado la tercera persona a la hora de mencionar al protagonista, convencido de que su experiencia no es única, de que la mayor parte de la humanidad está marcada por los mismos estigmas que le marcaron a él. Algo en lo que no se equivoca, pese a cierto eurocentrismo intelectual, dado que elige ser al mismo tiempo él y los perdedores. Algo casi necesario en quien ha llegado a pasar hambre y ha protagonizado algún intento de suicidio.
Siempre presente en sus escritos, la idea del hombre ético también le persigue en estas páginas. Su recorrido comienza con el vaticinio de la Segunda Guerra Mundial, en el que ya se siente desubicado, a la fuerza, durante su juventud. Posteriormente inicia su exilio particular, sin dejar de extrañarse de sí mismo, no importa dónde repose. Porque el protagonista de Lugares en el tiempo no parece vivir con los hombres, sino pasar a través de ellos. De ahí sus problemas para convivir y de ahí su opción vital, la de refugiarse en la actividad intelectual y estar en el mundo como un voyeur, algo que ocasiona un inevitable malestar: “El primer día huésped, el segundo una carga, el tercero aborrecido”.
La autenticidad del pensamiento de Améry nace de su forma de valorar una subjetividad que reconoce. Y la subjetividad sirve para que, revisando su propia biografía, elabore reflexiones, verdades propias, que terminan por alcanzar valores universales. A pesar de la soledad entre los hombres.
Afrontando la forma más clásica de investigación, la periodística, alejándose de la subjetividad de Améry, Antoine Vitkine pretende, por su parte, explicar lo inexplicable, el éxito del nazismo, cómo se fue instaurando en la sociedad y, sobre todo, en el espíritu de los hombres. Porque, a la postre, la gran pregunta a la que se intenta responder es si ese triunfo, efímero, salvaje y maldito, fue una cuestión que atañera a los sentimientos. De ahí que el libro escrito por Hitler, Mein Kampf -Mi lucha-, sea el centro de interés a partir del cual se procede a una investigación que, en primer término, adopta la figura de un documental propio de una cadena de televisión especializada en historia. Al fin y al cabo, el proyecto periodístico original de Vitkine estaba destinado a este otro medio. Pero lo que se debe contar no cabe en un periodo audiovisual de sesenta minutos, de ahí que se le impusiera la redacción de estas páginas. Porque lo que se pretende resumir es la historia del nazismo y las razones de esta historia. Algo que se ha afrontado tantas veces para caer siempre en la misma perplejidad, aquella que tan bien describió Víctor Klemperer en su obra maestra LTI: La lengua del Tercer Reich: cómo es posible que se llegara al reinado de Hitler, cuando su ideario era tan basto como el que se expresa en Mein Kampf, y de sobra conocido mucho tiempo antes de su toma de poder.
Y esa toma de poder no fue algo puntual, pues la colonización ideológica y, en buena medida, emocional, había ido expandiéndose como una mancha de agua sobre la cal de una pared. Hasta el punto de extenderse a otros lugares del planeta, y de mantener cierta vigencia, como Vitkine trata de demostrar antes de las conclusiones.
Pero previamente se ha indagado en la descripción histórica, sometiendo a la historia a uno de los sesgos clásicos de académicos: considerar que la historia es, en realidad, la historia de la guerra. De ahí que durante la primera mitad del libro se llenen las páginas de nombres, fechas, datos, cifras, etc., bajo la convicción de la violencia inherente al libro de Hitler, al que no se deja de considerar como parte de la guerra, aunque no necesariamente su parte ideológica. Al tiempo que se desarrollan los acontecimientos, se estudia el contenido de un libro que es el compendio de un totalitarismo en el que la ideología es su componente menos importante. De ahí que tantas y tantas palabras gastadas por Hitler en negro sobre blanco sean vistas como un panfleto lleno de prejuicios “con furia de apóstol perseguido”, que llegó a decir su autor sobre su texto lleno de una violencia bruta.
Más interesantes es la segunda parte de la obra de Vitkine, centrada en la postguerra y el sentido de culpa. Aquí se reseñan estudios sociológicos y psicosociológicos, las reacciones de odio inútil y de odio útil, así como los terrores. E incluso se cuestiona si a estas alturas sigue siendo conveniente un psicoanálisis del pueblo alemán. De tal calibre sigue siendo el anatema que afecta a buena parte de la humanidad.
Y si el psicoanálisis consiste, en realidad, en reconciliarse no con la historia o la biografía de uno, sino con el relato de su historia o su biografía, se hace más que conveniente hurgar en todos los rincones de la memoria para tratar de cauterizar heridas. De ese empeño surge el libro de Katrin Himmler, Los hermanos Himmler, una autora en cierta medida marcada por el apellido que comparte con quien dirigiera las SS en su momento más aterrador. Esta obra comparte con las anteriores la seriedad. Se trata de otro libro sobrio, de otra indagación acerca de la locura. Para ello toma como referencia a los tres hermanos Himmler y construye una biografía plural novelada, uno de esos textos que incluyen su propia construcción en el relato sin que se vea perjudicado el hilo narrativo.
Al tiempo que se asiste al crecimiento de los tres hermanos, el lector se convierte en espectador de la historia de Alemania. Y mientras se construye la psicología de cada uno de los hermanos, en la que cabe destacar el síndrome del mediano que caracterizaba a Heinrich, perfectamente descrito sin llegar a mencionarlo, se busca la explicación de la locura. Pues este es el tema del libro: el secreto de la enajenación. Y la respuesta que ofrece se encuentra en la falta de empatía de los actores, una gente que debiera haber sido normal si uno atiende a los hechos, pero que es inevitable calificar como terribles siendo iguales a tantos de nosotros. Pues de esta lectura se concluye que cualquier persona puede carecer de la facultad de compadecer, en el sentido más sencillo de padecer con los demás. Y es posible que exista algún vínculo entre esa falta de compasión y el sentido de deber patriótico militar, la imposición de la germanidad como principio moral absoluto, como esencia nacional ética, alimentada a fuego por razones socioeconómicas que atañen a las penurias de una época. Al menos eso sugiere Katrin Himmler.
Con estas tres obras, uno puede asomarse a la razón del mal. Pero no son suficientes para prevenirlo. A la postre, no dejan de ser voces que gritan pidiendo que el Cielo nos libre de recaer en la locura.