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miércoles, 23 de mayo de 2018

KABUL

La historia de los humildes

Afganistán es un caos. En la actualidad, no hay reportero que se arroje al país sin un ejército alrededor. De hecho, ni siquiera el ejército extranjero patrulla ya el país. Aun así, Ramón Lobo sigue practicando ese periodismo que consiste en mancharse de polvo los zapatos.

En una mala película de acción, el mafioso, dispuesto a ayudar al policía acorralado por una manada de gente armada, al verle recurrir a pastillas para combatir la ansiedad le dice: “Hay dos formas de morir: sintiendo lástima de uno mismo o sin sentirla. Ya veo cuál has elegido”. Vivir, no es una idea nueva, es ir muriendo poco a poco. Es la obligación de renacer con cada mañana o cada momento. Es soportar aquello que pensamos que no podríamos cargar sobre nuestros hombros. Vivir es ser Atlas, el gigante que sostiene el universo. Como Atlas, todos nos romperemos por el eje. A no ser que la situación en que vivamos nos invite a rompernos antes, a hacernos migas, a atomizarnos, a desvanecernos, a licuarnos o cualquier otra forma de perder la consistencia que nos hace humanos. La argamasa con la que se adhieren los pedazos de carne, sangre y espíritu que somos, la que nos da consistencia, humanidad, sensibilidad y el orgullo necesario como para no doblar el espinazo al menor contratiempo, se llama dignidad. Cualquier buen relato versa, necesariamente, sobre la dignidad. El mafioso le increpaba al policía para que se mantuviera digno y sí, el final de la batalla no fue injusto con ellos.
Kabul
Peretz Paternsky, Flickr.
Estos Cuadernos de Kabul nos llevan a la trastienda de la guerra, donde la dignidad no es privativa de los soldados. Afganistán es un caos. En la actualidad, no hay reportero que se arroje al país sin un ejército alrededor. De hecho, ni siquiera el ejército extranjero patrulla ya el país. Un recinto próximo al aeropuerto es todo lo que queda de la intervención de países que mandaron batallones guerreros y, tras ellos, al otro ejército, el humanitario, junto con las empresas que se enriquecieron extrayendo todo lo que pudieron en el menor tiempo posible, como si Afganistán fuera una mina efímera. Pero allí siguen viviendo estos personajes que nos revela Ramón Lobo (Venezuela, 1955), uno de los corresponsales de guerra más honestos que ha habido. Sus visitas a Afganistán se ubican en el tiempo en que la intervención trataba de mantener la farsa de la creación de un estado democrático. Mientras los demás periodistas informaban sobre maniobras políticas o atentados militares –porque de atentados calificaban los ataques bélicos contra las tropas occidentales–, él quiere conocer Kabul y a los habitantes de Kabul. Quiere saber cómo hacen para mantenerse dignos y, para ello, trata de ejecutar algo tan imposible como es no sentirse intruso. En Kabul se identifica a un extranjero, aunque se trate de una mujer cubierta con el burka.
Mientras nos habla de los niños y los barberos, los que cuecen el pan o venden zumos, los escribanos, las patatas o la voz del político minoritario que ha instalado su despacho en una carpa abierta junto al parlamento, da cuenta de cómo ejerce su profesión de corresponsal. Cuando otros se limitan a informar desde las celdas de los grandes hoteles, a través de los comunicados de prensa que reciben, él quiere conocer a las personas, porque está convencido de que el oficio del cronista es mejorar la sensibilidad del lector, ponerla al día, ampliarla. Por eso maldice los tópicos que se han vertido sobre el conflicto en Afganistán y sobre el oficio que ejerce. “El periodismo es mancharse de polvo los zapatos”, dice. Y para ello hace falta mucha humildad. Este es un libro sobre las personas a las que la injusticia y la opresión les niega el derecho a protagonizar su propia vida, y a pesar de ello sostienen con dignidad un universo sobre sus hombros.

Fuente: La línea del horizonte

lunes, 21 de mayo de 2018

DALVA


Dalva
Jim Harrison
Traducción de Esther Cruz Santaella
Errata Naturae
Madrid, 2018
475 páginas

“Recordé algo que mi abuelo me había dicho al encontrarme después de mi paseo por los montes en el ramal más alejado del Niobrara: que todos debemos vivir con una medida completa de soledad ineludible, y no hemos de hacernos daño con la pasión por escapar de ese aislamiento”. Es inevitable comenzar una reseña de esta novela con esta cita, más aún teniendo en cuenta que el Niobrara es un río y que el agua, a lo largo de la obra, está tratada con la reverencia de la materia con la que se nos bautiza, con la materia de la que venimos, de la que estamos hechos, con la materia que nos da nombre. La presencia del agua es escasa en muchos de los paisajes de la obra, sobre todo en los que transcurren en Nebraska. De hecho, son granjas y ranchos de Nebraska, ubicadas en medio de una interminable desolación, de un paisaje deshabitado, lugares que carecen de agua fácil, donde la protagonista, Dalva, intenta construir algo que le suponga poner el suelo bajo los pies. Una granja, sí, pero también enamorarse. Cómo dirigir una granja y cómo orientar al corazón, son los temas que la aturden. Con apenas la mayoría de edad cumplida, Dalva tuvo un hijo al que no pudo ver el rostro, pues fue dado en adopción. Las carnes estarán abiertas siempre. Busca terapia en el trato con los caballos, que le resulta más sencillo que el trato con la gente. Busca su lugar en el mundo y apenas encuentra unas pocas personas en las que confiar.
Es ella quien comienza narrándonos su deambular, sin apenas moverse del sitio, pues el verdadero vagabundo no necesita sumar kilómetros sino experiencias. Las de Dalva se caracterizan por la sensualidad y por la emoción. Y por el mestizaje, siendo ella misma en parte india. Intenta abrirse camino en un mundo de vaqueros y duerme en el monte como uno más de ellos, oyendo al coyote y cuestionándose tanto su identidad como la de los personajes masculinos a los que iguala. Su voz dará paso a la de un académico, también mestizo, que será su amante. Este nos pondrá al día sobre la investigación antropológica acerca de los sioux. Es un urbanita que conoce el campo a través de Dalva: la agricultura, las llanuras y la cuestión india tal y como está en la actualidad. Nada que ver con sus apuntes tomados de diarios con más de cien años de caducidad: diarios de misioneros, o textos dictados por algún indio en tiempos remotos. El tipo es hipertenso y alcohólico, es decir, con escasa posibilidades de fraguar una verdadera relación de amor con alguien que se ha hecho su camino sin pensar en los complejos, como es Dalva. Por su parte, él parece no haber superado ninguno.
La voz vuelve a su origen, a Dalva, y a la búsqueda de identidad, a las crisis de crecimiento. Revisa su pasado y viaja hasta el mar. Pero lo que más le interesa es el alma. Mantiene conversaciones llenas de ingenio y equipara la ciencia con la observación de la naturaleza. Ambas situaciones son alimento para el espíritu en un mundo hedonista, en el que lo que prima son las seducciones. Ella quiere saber lo que supone sentir y se ve superada por el exceso de sensaciones cuando la llega a los oídos que su hijo está vivo, que sabe de su existencia y que la está buscando. La esperanza de conocerle cubre cualquier otra ilusión, empequeñece hasta su propio viaje interior y la terapia de las grandes llanuras. Desconocemos si Jim Harrison (Michigan, 1937 – Arizona, 2016) se inspiró en alguien para crear este personaje, pero nos gustaría pensar que así fue, porque merece la pena conocer a Dalva.

EL FERROCARRIL SUBTERRÁNEO

EL FERROCARRIL SUBTERRÁNEO

El viaje hacia el sur es el viaje hacia la felicidad, hacia el mar y el sol, hacia el tiempo de gracia que a cuentagotas nos ofrece la existencia. Por su parte, el viaje hacia el norte es el viaje hacia la libertad, hacia el desahogo económico, hacia la democracia, sea lo que sea ese término. Los dos viajes son en canal y por tanto comparten algo de sentido, pero alteran la dirección hacia polos opuestos. Esta novela, que se ha hecho con un buen puñado de premios, es un viaje hacia el norte. Por regla general, ese viaje clandestino hacia la libertad es oscuro o sucede durante la noche. En este caso,Colson Whitehead (Nueva York, 1969) sustituye la oscuridad de la noche por el viaje subterráneo. Sustituye las estrellas por la claustrofobia. Se imagina un ferrocarril pequeño que recorre unos túneles bajo el mapa del este de Estados Unidos. A ese ferrocarril solo tienen acceso los esclavos del sur, que se dirigen hacia el norte, sin que tengan la oportunidad de elegir qué parte del norte les tocará en suerte, pues el ferrocarril vagabundea sorteando las zonas de conflictos. Los diferentes ramales cumplen la función de improvisar para eludir a las patrullas que capturan a los cimarrones.

La pregunta que sobrevuela la obra, es en qué consiste un sistema que se sostiene permitiendo ese tipo de obra y ese tipo de caza, cuáles son los fundamentos económicos para que el país se desarrolle gracias a que a los cimarrones se les permite huir sin destino, una metáfora más de la crueldad de la holgura que se permiten los esclavistas. Tal vez porque quienes acuden al ferrocarril subterráneo pasan por los paisajes después de la batalla, y por tanto no pueden obtener ningún beneficio. La destrucción revoca también el futuro y con él las ilusiones. Whitehead redacta la novela como una relación de sucesos, que incluyen capturas y liberaciones, manipulaciones por parte de cada persona que interviene.
La protagonista de la huida es, en este caso, una mujer marginada incluso por los de su raza, una mujer al borde de la locura o de la rebeldía patológica. Y aquí se termina la parte que se corresponde a la imaginación de la novela. El resto es testimonio sobre la crueldad y la estupidez, que en ciertos momentos de la historia, han sido puros hábitos, lo normal, lo cotidiano. La mutilación, la violación o el asesinato de esclavos es algo que hemos visto reflejado en sucesivas narraciones. Whitehead no rehúye de los tópicos: la fuga, los engaños, los cazadores, el blanco bueno, las patrullas tipo Ku Klus Klan, etc. Recopila, eso sí, de otras fuentes escenas semejantes a, por ejemplo, los santuarios de descanso donde se refugian los emigrantes que cruzan México de sur a norte, o el hombre con el collar de orejas que nos remite, por ejemplo, a Cormac MacCarthy, aunque a Whitehead le falta la pegada que tiene el ya clásico americano. Luego regresa a las escuelas para negras analfabetas, a la abuela compasiva, a los ladrones de cadáveres y a las imágenes más escabrosas de las matanzas.
En buena medida, uno tiene la impresión de que Whitehead podría haber arriesgado más. Pero también es cierto que ateniéndose a lo que todo el mundo conoce, vuelve a reclamar la lucha por los derechos humanos y esa afrenta sin fin que es la privación de la dignidad, algo frente a lo que probablemente muchos prefieran la muerte.

jueves, 17 de mayo de 2018

ESCRITOS SOBRE NATURALEZA


Escritos sobre naturaleza
John Muir
Traducción de Ernesto Estrella Cózar y Carlos Estrella Cózar
Capitán Swing
Madrid, 2018
402 páginas

“Aquí arriba no hay dolor”. En realidad, ese es el proyecto de John Muir (Dunbar, Reino Unido, 1838 – Los Ángeles, EE.UU., 1914), y sus escritos no son sino parte de su proyecto. Que alguien tenga un proyecto de vida en el que busque el lugar donde no hay dolor para mostrarlo a los demás, es tan loable como hermoso. Es ingenuo. Lo que ocurre, hablando ya en términos de escritura, es que todavía nadie ha estudiado y sabido valorar la ingenuidad como criterio artístico, divulgativo, literario. Se trata de uno de los parámetros con los que resulta más fácil acertar a la hora de definir obras maestras. La ingenuidad está presente en cada línea de El Quijote y de Alfanhuí, en Hamlet y en la familia que protagoniza Mientras agonizo. Mientras otros se enzarzan en buscar tres o cinco pies al gato, en vanguardias, transvanguardias y metavanguardias, en rizomas y géneros híbridos, en posiciones de alto copete intelectual, en digresiones que no harán del mundo un lugar mejor, la ingenuidad nos ayudará a soportar el peso de la vida y la literatura es uno de los cauces a través de la que vivirla.
“Poco pueden decir a aquellos que nunca han visto un ámbito salvaje como este ni han aprendido a leerlo como el que aprende un idioma. Aquí arriba no hay dolor, no hay horas vacías y grises, no hay miedo al pasado ni temor hacia el futuro”, dice John Muir, desde lo alto de una montaña. Comenta Robert Macfarlane que Muir sería el tercer eje sobre el que gira la defensa de la naturaleza en Estados Unidos, junto a Emerson y Thoreau. También comenta, sin mencionar la palabra, que Muir es más ingenuo, es decir, que escribe con más libertad, como si temiera menos la disección de los críticos literarios. De hecho, le importa bastante poco. En algunos momentos, nos recuerda a W.H. Hudson. Pero en casi todos a la espontaneidad de una charla improvisada al calor de la lumbre, en la que da cuenta de los pasos recorridos por los bosques sin preocuparse por utilizar tantas palabras del diccionario como sea posible. Se trata de un escritor puramente oral, entusiasta. Y ante el entusiasmo uno no está pendiente de deslumbrar con un adverbio.
El libro está divido en cuatro apartados. El primero dedicado a su educación sentimental, a las emociones vividas en la naturaleza de su Escocia natal y sus primeros años en una granja americana, a donde llegó con apenas once, a punto de romper la pubertad. El Muir niño juega. Juega a trepar, juega a la guerra, juega a ir de excursión, actividades todas que le sanan de la educación reglada. Y además sueña. Cuando le comunican que se dirigen a Wisconsin, a buscar un terreno virgen donde comenzar una nueva vida, los mecanismos del sueño de libertad se ponen a trabajar a todo trapo. Muir se conmueve y no puede callarlo. A lo que más se parecen sus fascinaciones es a las de la música. Pero él las siente con todo el cuerpo a la vez y las comparte, porque la amistad será otro de los pilares de lo que va aprendiendo. Conoce a las criaturas del bosque, en principio casi como fenómenos feéricos, y posteriormente con la mirada del naturalista. Y mientras tanto hace callo en eso de ser campesino, sufre las enfermedades del colono, los fenómenos atmosféricos y defiende al débil.
La segunda parte, un relato de un viaje a pie a lo largo de un verano, un joven adulto va a la montaña y descubre que la naturaleza nos hace mejores. Se muestra con inquietudes de botánico y en cierta manera de documentalista. Pero no ha ido solo de paseo. Es pastor y ese oficio contiene dureza y una dosis metafórica de romanticismo, una veta que sabe explotar. Están los animales, sobre todo los pájaros y los mamíferos. Y luego los indios, a quienes se acerca sin ningún ánimo de etnólogo, con el único fin de iniciar nuevas amistades. Y todo es un canto a la Creación, porque, no nos deja olvidarlo, Muir cree en Dios. Aunque en buena medida él crea a Dios, al buen Dios que fue el que generó las montañas y los bosques y se olvidó de las guerras y la peste. Ese Dios es el paisaje, o en el paisaje lo ve reflejado. Pues con frecuencia, Muir atribuye cualidades éticas a los lugares, a la naturaleza. Si escribe, es para renovar ese viaje, para revivir los buenos sentimientos que le despertaron los mejores parajes. Si escribe es porque se sabe mortal y quiere dejar testimonio, porque si existe la muerte, a la fuerza debe existir la eternidad, ese Dios que él inventa, ese que dicta que existe una buena manera de combatir la depresión, una manera al alcance de todos, que se llama soñar.
El libro termina con una bonita elegía a un perrito que le acompañó durante un viaje a Alaska, recorriendo la naturaleza indómita, los glaciares y las grietas de los glaciares, los lagos helados y los valles y montes donde la supervivencia apenas da pie a pensar en otra cosa que no sea el paso siguiente. El perro es una proyección de los mejores valores que puede tener no solo un fiel animal, sino el mejor de los amigos. Finalmente, cerramos tras leer unos ensayos en los que hace una defensa cerrada de la naturaleza, de los grandes árboles y de la lana de oveja salvaje, algo que sigue vigente. Muir no sabía nada sobre el producto interior bruto, pero sin duda está reclamando que la conservación de la naturaleza sea un parámetro del mismo, que entre en las valoraciones económicas, si no queda otro remedio para salvar a las grandes secoyas. Este es el primer volumen sobre sus escritos que se nos anuncia publicará Capitán Swing. Otras editoriales están recuperando parte de la obra de Muir a quien, por fin, se le valora en este país, cien años después de su muerte. Bienvenido a nuestras vidas, John.

miércoles, 16 de mayo de 2018

Reinhold Messner y Krzysztof Wielicki, Premio Princesa de Asturias de los Deportes 2018

El jurado del Premio Princesa de Asturias de los Deportes 2018, reunido en Oviedo, acaba de anunciar que los alpinistas Reinhold Messner y Krzysztof Wielicki son los galardonados de este año porque “honran el deporte y son un ejemplo de superación”.
Miércoles, 16 de Mayo de 2018
Reinhold Messner y Krzysztof Wielicki.















Reinhold Messner y Krzysztof Wielicki. (Darío Rodríguez)
  • Reinhold Messner y Krzysztof Wielicki.Reinhold Messner y Krzysztof Wielicki.
  • Reinhold Messner en el IMS 2014Reinhold Messner en el IMS 2014
  • Krzysztof Wielicki. 2016Krzysztof Wielicki. 2016
Reinhold Messner, primer hombre que conquistó la cima de los catorce ochomiles sin oxígeno artificial, y Krzysztof Wielicki, primero en escalar tres ochomiles en invierno, honran el deporte y son ejemplo de superación”. Estas son las razones que ha destacado el jurado de los Premios Princesa de Asturias del Deporte para conceder el galardón de este año a estos dos alpinistas.
“Su labor social, humanitaria y de divulgación de los valores del alpinismo les ha convertido en un ejemplo para la humanidad. Sus gestas permanecerán en la memoria de futuras generaciones”, ha añadido en un comunicado público.

Ambos son una leyenda viva

Reinhold Messner (1944, Italia) celebraba la semana pasada los 40 años de una escalada memorable que marcó un antes y un después en la historia del alpinismo: el 8 de mayo de 1978, él y su compañero Peter Habeler fueron los primeros en conquistar la cima del Everest sin oxígeno.
Otros habían pisado antes el techo del mundo, pero nadie se había atrevido a hacerlo sin la ayuda de bombonas y respiradores. De hecho, muchos científicos y alpinistas aseguraban que era imposible, que el ser humano no podía sobrevivir tantas horas respirando el poco oxígeno que hay en el último tramo de la montaña. Sin embargo, Messner y su compañero lo consiguieron. Llegaron a los 8.848 metros del Everest, bajaron e inauguraron una nueva manera de hacer alpinismo que se convirtió en sinónimo de buen estilo.
A partir de aquí, Messner empezó a sumar conquistas en el resto de ochomiles hasta que en octubre de 1986 llegó a la cima del Lhotse y se convirtió en la primera persona del mundo en escalar los Catorce Ochomiles sin oxígeno artificial.

La edad dorada del alpinismo polaco

Krzysztof Wielicki (Polonia, 1050) es otra de las grandes figuras de la historia del ochomilismo. Suya fue la primera invernal a un ochomil –1980, Everest junto a Leszek Cichy– e inauguró una línea de actividades que proporcionó fama mundial a los polacos. “Nos perdimos la época de las grandes exploraciones, de 1950 a 1964. Todos los ochomiles ya se habían escalado”, contaba en una entrevista publicada en Desnivel 379. “Conquistamos el ochomil más alto en invierno y abrimos el camino de las exploraciones del resto”.
En 1986 consiguió la primera invernal del Kangchenjunga con Jerzy Kukuczka y, en 1988, Lhotse invernal en solitario. Con 68 años sigue conectado a los grandes proyectos del Himalaya. Este año ha sido el jefe de exedición de un grupo de alpinistas polacos que ha intentado conquistar el K2 en invierno, la última montaña que queda por ascender en la estación más fría.

domingo, 13 de mayo de 2018

RÍO REVUELTO


Río revuelto
Joan Didion
Traducción de Javier Calvo
Gatopardo
Barcelona, 2018
312 páginas

Sacrificada bajo adjetivos como costumbrista, esta joven novela de Joan Didion es un relato enmarcado en un estrato social en el que salirse del costumbrismo es una obsesión. La gente que pretende ser diferente por elegir mejor el momento de beber el mejor whisky está a la orden del día, siempre y cuando pueda permitirse el pagarlo. Si además la obra está ambientada en California, que en Estados Unidos equivale a los viajes al sur en Europa, en un sentido metafórico, y a los viajes al norte en un sentido práctico, el engaño del retrato de una sociedad está servido. Joan Didion escribió esta novela mientras redactaba pequeños párrafos para revistas de moda y para ello creó sus personajes y las situaciones a partir de lo que conocía con más inmediatez. De ahí ese resultado, la atmósfera que tendemos a confundir con el tema. Pero en realidad este es un libro sobre la farsa y el amor. En este libro se mete el escalpelo en la familia como farsa y en la búsqueda de la pareja como farsa. Pero no siempre es así. La gente quiere y es querida porque no cabe otra opción. Diferenciar la realidad y el deseo es una cuestión que Joan Didion trae a la novela desde el lugar donde habitualmente se ha estudiado: la poesía.
Nos ubica en un país que sale de una recesión. Las connotaciones inevitables son las de crear dos generaciones separadas: la que la vivió y la superó y la que se crio sin darse cuenta de que se estaba saliendo de una crisis. Para tal representación se centra en una familia que ha vivido, y ha vivido con un nivel de gasto alto, gracias a sus plantaciones de lúpulo. Ahora sabemos que puede tener fines fitoterapéuticos, ahora y en la época de los romanos, cuando utilizaban almohadas de lúpulo para combatir el insomnio. Pero estas plantaciones estaban destinadas a complementar la malta en la fermentación de la cerveza. Apenas tienen valor en la actualidad, o en la actualidad que se nos representa. La plantación es una metáfora de la transformación industrial. En resumen, el momento de transformación que se apodera de la novela tiene su escenario y sus años bien definidos, pero se pueden trasladar a otras épocas y otros lugares.
Como se puede hacer la consistencia de los principales actores, gente de la que dudamos mucho, de la que dudamos su consistencia como adultos o como adolescentes. En las clases altas también es difícil crecer y asumir que uno tiene que pasar de la juventud a lo otro. La juventud es le época de los sueños, de los viajes al sur o a California, del amor loco, y lo otro es la obligación social de integrarse, de crear la farsa de una familia que a lo largo de los veinte años que abarca la vida de sus miembros, los retratados en la novela, no terminan de dar el salto. Joan Didion nos descubre que lo que creíamos propio de una persona o una sociedad, lo es también de una familia. El final llegará antes de que haya tenido tiempo de tomar consistencia la actualidad, el “nosotros” tal y como somos, con nuestra forma de querer puesta a la vista. Con este material, Didion hubiera firmado una obra maestra de haber escrito la novela años más tarde. Ella misma reconoce que no terminan de encajar las piezas. Pero eso a nosotros no nos afecta. Es una buena novela y nos bastaría con no pensar en que nos enfrentamos a una de las grandes escritoras americanas de todos los tiempos para apreciarla como tal.

sábado, 12 de mayo de 2018

LA FIEBRE DEL HENO


La fiebre del heno
Stanislaw Lem
Traducción de Pilar Giralt y Jadwiga Maurizio
Impedimenta
Madrid, 2018
220 páginas

Cuando se han agotado los recursos y el caso ya no se puede resolver por medio de lo que es propio de este mundo, hay que recurrir a un especialista en otros planetas. Por ejemplo, a un astronauta. Aunque su presencia en Roma no termine de tener un certificado de comisario o detective, su labor es la de colaborar en una investigación. Pero ¿qué puede saber un hombre que siempre ha estado más pendiente de la luna sobre asesinatos organizados en la ciudad más emblemática por criterios históricos? El aspecto es el que tendría un asesino en serie, pues en algún punto confluyen los muertos. Por ejemplo, la calvicie. Eso supone, claro está, que todos son varones. Sin embargo, nada tienen que ver sus trabajos, sus estratos sociales o sus familias y amigos. De obedecer a una pauta, no aparece escrita en los manuales de la policía. Se empeñarán en buscar la solución, pero tendrán que recurrir a alguien que aterrice desde fuera para intentar engañar a la realidad. Solo así se resolverá este caso que, por esas razones, en ciencia ficción. Por esas y por motivos que tienen que ver con la química y que poco a poco se irán desvelando, hasta llegar a un final que nos sorprende como un payaso que salta de la caja mágica. Uno se espera que la relación solo pueda ser un absurdo, pero no esa casualidad.
Mientras tanto, gran parte de la novela tiene forma de diálogos en los que uno de los conversadores, el contertulio del astronauta, expone en largas diatribas lo que conoce o las hipótesis que han barajado. Sin darnos cuenta, lo que hemos ido descubriendo es cómo se ha construido el arquetipo que tenemos de la sociedad italiana. Y más en concreto el del hombre italiano. No lo llamaremos Latin Lover o algo parecido, pero la importancia que se le da a la imagen, cierta vanidad, el galanteo, la logística necesaria para conquistar tanto los corazones como los comercios, es el tema que atrae a Lem a la hora de construir este libro que no sabríamos catalogar. Hay ciencia ficción, pero tiene fines de novela negra. Sin embargo nos presenta un aspecto de realismo social y la estructura es un tanto teatral. Una obra extraña. Uno de esos libros que tal vez Lem escribió como descanso, casi como una broma. Pero reírse es necesario.

miércoles, 9 de mayo de 2018

CHANTAL MAUDUIT Y CATHERINE DESTIVELLE

El más clásico de los tópicos dicta que mientras uno se asoma a la ventana sin entender nada, un grupo de gente se lanza a subir abismos con ese afán que se les supone a los jóvenes, el mismo con el que pretenden salvar el mundo en un solo gesto. Y, sin embargo, el hombre nuevo tiene que conformarse con comprar unas servilletas de papel en el semáforo para aportar algo de bien a la comunidad mundial, mientras la violencia es una forma que adopta el aire que sale de los altavoces de la radio del coche. Alrededor sobrevuela el cinismo y, dentro de uno, los sueños perdidos. La salvación se sostiene sobre la cordialidad de un gesto, sobre la buena educación constante y, en definitiva, sobre el espíritu de la delicadeza. Un poco de sensibilidad, por favor.
Otro de los grandes lugares comunes da por supuesto que la sensibilidad y la delicadeza son cosa de mujeres. Tal vez por eso llegaron más tarde al alpinismo, una actividad que nació con dos maldiciones: para practicarla uno tenía que ser hombre, sí, pero además haber nacido en Francia, Suiza o el valle de Aosta, porque el resto de los italianos estaban entregados a la contemplación de las pinturas de Rafael y Miguel Ángel.
En el mundo de los Alpes se admitió antes a un inglés que a las chicas, por muy guerreras que fueran. Edward Whymper se abrió paso entre el país enemigo de Gran Bretaña, Francia, gracias a su capacidad pulmonar y a renunciar a su idioma natal, llegando a hablar el francés como un nativo de Chamonix. Aunque hubo alguna Juana de Arco escondida y cuyo nombre no ha pasado a la historia, fue en la época en que el alpinismo ya se practicaba en todo el planeta cuando se aceptó que una mujer era tan capaz de elevarse a las alturas como un hombre, porque ni siquiera ahí arriba todo es cuestión de fuerza.
A pesar de que las grandes actividades ya se llevaban a cabo en el Himalaya o las Montañas Rocosas, cordilleras que a vista de pájaro hacen de los Alpes un juguete, la actividad ha seguido llevando el nombre del lugar donde germinó. Lo cierto es que la belleza de los Alpes no es la misma que la de las grandes alturas de las cimas de ocho mil metros y sus aledaños. Una fotografía del glaciar de Baltoro puede representar para uno el lugar más hermoso del planeta, pero a su compañero le provocará terror. Los Alpes, por su parte, no ofrecen duda: cualquiera de sus valles podría figurar en la tapa de una caja de bombones.
Catherine Destivelle (Orán, 1960) y Chantal Mauduit (París, 1964) firmaron la escritura en la que se consagraba la delicadeza como un supuesto más para sobrevivir con dignidad en el mundo del alpinismo. Su aparición supuso tanto como el nacimiento de la primavera. Mientras Catherine se dedicó sobre todo a las paredes verticales, Chantal fue una de las grandes presencias en el Himalaya. Entre las dos, cubrieron todo el espectro de especialidades de las supuestas actividades de riesgo en la montaña, aunque no está de más recordar que, en los Alpes, lo que más muertes produce es el esquí de pista, no la escalada ni el parapente. El fallecimiento de una de ellas, Chantal, en el Dhaulagiri en 1998, se produjo a causa de una avalancha mientras dormía, y las avalanchas suceden siempre con anomalías.
Llaman nievología a la ciencia que estudia el comportamiento de la nieve, pero nadie es todavía capaz de predecir dónde y cómo se van a producir las rupturas. Se sabe que su tienda estaba situada en un área algo expuesta, pero la más utilizada para instalar un campo de altura a esa cota; que a su experiencia se acumulaba la del sherpa Ang Tsering, que la acompañaba; y que dormía con Tashi, su enorme pato de peluche, que la acompañaba a todas las expediciones.
Tashi es una palabra tibetana que significa “buena suerte”, una manera de saludarse o despedirse frecuente entre la gente a la que llegó a querer tanto. Pero en el Tíbet la suerte es una energía, una intención, algo que aportar; de hecho, en buena medida la traducción más cercana a Tashi que se nos ocurre es “que la fuerza te acompañe”. Al igual que Catherine, Chantal decía que lo mejor de sus expediciones era conocer a la gente de los lugares a los que había viajado, y ambas tenían por costumbre internarse en el Tíbet. Catherine, de hecho, se ha mostrado como una ferviente defensora de la causa del pueblo tibetano en su lucha por la independencia.
Aunque la presencia del muñeco de peluche durante las ascensiones al Cho Oyu o al Manaslu haría las delicias de un profeta del psicoanálisis como Jung. Ese pato de peluche, diría, era ella o al menos el reflejo de ella, o la propia Chantal volviendo a la niñez, la misma que, según confiesa en su libro Vivir en el paraíso,echaba de menos el aroma de las galletas de coco. Lo sustituía por los rezos, por los om mani padme umpintados en las piedras del camino. Aun así, según Jung, a través de ese muñeco de peluche, el que vemos en las fotografías atado al lateral de la mochila junto a la colchoneta aislante, era el cordón umbilical, lo que la unía a su hogar. Catherine, por su parte, confiesa desde el primer momento de su trayectoria en las grandes paredes que lo mejor de las aventuras era volver a casa. Por un lado, está todo lo que uno disfruta con el sufrimiento mientras realiza una actividad tan exigente; y por otro, el placer de haberla terminado.
En la lista de Chantal se encuentra el K2, el Shisha Pangma, el Cho Oyu, el Lhotse, el Manaslu, el Gasherbrum y un montón de cimas de menos de ocho mil metros, en el Himalaya o en los Andes, siempre sin oxígeno adicional. En la de Catherine, sin embargo, no destaca la altura de las cumbres sino las líneas seguidas que ella se inventaba en el pilar Bonatti, en la cara norte del Eiger, en el espolón Walker o en las paredes de Indian Creek, los Dolomitas, la garganta del Dadés y en la Torre del Trango, en el Himalaya, tal vez la ascensión en escalada más complicada del mundo, porque ni el clima ni la altura acompañan. Catherine no dejó de practicar la escalada en roca ni siquiera estando embarazada de seis meses. Ahí sí se precisa de mucho Tashi.
En el libro Ascensiones, de Catherine Destivelle, vincula el término pasión con la infancia. Directamente, cierra la boca a Jung y a los acólitos de Jung. Ambas decidieron dedicarse a la montaña desde niñas y ambas se reconocen en la montaña como tales. Utilizamos el verbo en presente porque Chantal sigue viva no solo en el recuerdo, sino a través de una fundación para ayudar en la educación de niños nepaleses.
En cuanto al recuerdo, se le podría preguntar a muchos alpinistas españoles, pues volar por las cimas con los ibéricos para ella suponía sumar alas. Muchos de los grandes himalayistas españoles han coincidido con ella, e incluso uno de ellos se internó en su compañía, los dos solos, en el Tíbet, para ascender al Shisha Pangma en una actividad pirata. Carecía de permiso de las autoridades, como carecían de ningún otro material y víveres que no fueran los que podían portar en la mochila. Hicieron cima con el mono de plumas y dos latas de atún. Digámoslo de una vez, ahora, maldita sea: Chantal era una mujer preciosa. Debía romper muchos corazones, pero por dentro también era divina, con un corazón feérico, lleno de hadas y duendes. El fuego, el viento, la cumbre, la niebla y el hielo eran para ella seres vivos.
“Es necesario comprender la naturaleza”, decía Chantal, y ella lo hacía de un modo poético. Vivir en el paraíso tiene muchos puntos en común con Bájame una estrella, el libro legendario, ingenuo y libre de Miriam García Pascual. En los escritos de Catherine, sin embargo, late un ardor guerrero, porque son autobiográficos, no apuntes de campo. Catherine cuenta cómo aprendió a tragarse el dolor y confiesa que huye de las multitudes. A través del relato, y no de la confesión, deducimos que encuentra mucho de espiritualidad en la escalada. Hasta el punto de que el anhelo de libertad provocó que se fuera desprendiendo de material, poco a poco, hasta llegar a la práctica del solo integral. Escalar sin seguros parece una locura. Es una locura. Como lo es lanzarse en un jamelgo a desfacer entuertos por los campos de Castilla, siendo un viejo flacucho, y todos admiramos el tipo de locura de Don Quijote, que es la de aquel que lleva la linterna que nos alumbra dentro de la cueva que es este mundo bastante miserable; la locura de Alonso Quijano nos ha dado algunos de nuestros mejores momentos de lucidez.
Huir es necesario, pero conviene hacerlo sin cobardía. De ahí que ambas reflejen el paralelismo que encuentran en su actividad con la meditación, la búsqueda de la sabiduría, el sueño como bien inmaterial y eso que se llama desprenderse del ego, que es algo que Freud supo aplicar a modo de ciencia para el bien de las clases burguesas. Ellas prefieren el modo de los monjes del Tíbet y la terapia de la naturaleza, la paciencia y la poesía.
Aunque saben que han llegado hasta allí por culpa de la ebriedad. Lo suyo es una adición. Catherine, de hecho, tuvo que superar adiciones anteriores, algunas tan peligrosas como el póquer. Pero esa bulimia debe ser sanadora, y uno sabe que está sanando si escucha a sus propias sensaciones. En primer lugar, tiene que aprender a escucharlas. Y en las actividades de montaña es casi imposible eludirlas; así pues, no te queda más remedio que hacer de ellas tu mejor amigo. Aunque eso suponga que pierdas en garantías de calidad de vida, es decir, en confort.
“Los alpinistas con máscaras de oxígeno que intentan evolucionar en la altitud mágica del Himalaya y que se arriesgan a ser actores del instante, del presente, de la emoción, antes que espectadores”, escribió Chantal, que, para nuestra sorpresa, se muestra como una mujer que prefiere la vida contemplativa y, a ser posible, estando desnuda. Hay que tener mucho valor para soltarlo delante de tanta testosterona como corre hoy por el Himalaya, en primavera, en una época en la que el alpinismo se ha transformado en una actividad de competición.
Catherine, por su parte, comenta la necesidad imperiosa del dinero para llevar a cabo la pasión. Elige profesionalizarse, sí, pero sin dejar ninguna otra marca en su camino que no sea el imprescindible registro que le exigen sus patrocinadores. “Yo hago la cosecha y la siega”, escribe Chantal durante una de sus expediciones ligeras. Para ella queda, quizá, la idea de ir tan lejos como sea posible, “donde el viento sopla anónimo”. Para ello se distancia de la civilización, batalla por cada paso, por cada respiración en lugares sin fe ni ley.
Catherine reconoce que regresa diferente de cada aventura en esos campos de batalla y de labranza. En realidad, su pasión, el ejercicio de su pasión, a lo que más se asemeja es a ser crisálida. ¿Qué sucede mientras la oruga se transforma en mariposa? Los biólogos todavía no han conseguido descifrar el proceso, pero a la fuerza duele. Ser crisálida es muy doloroso, en el sentido en el que duelen las emociones cuando llegan al límite que podemos soportar: cuando nos estremecemos.
Catherine Destivelle llegó a ser, junto a Lyn Hill, la mejor escaladora del mundo. Pero quiso ser alpinista y se forjó una carrera en la que aterran las descripciones que hace sobre el estado de sus dedos, gruesos de pus por culpa del esfuerzo y el frío. Pero allí donde no llega otro sentimiento a ayudarte, llega la ira, esos diez minutos de ira al día que son tan sanos. Catherine es una persona que no consiente la deslealtad: “la vida de las pasiones rechaza toda coacción”, dice Chantal que dijo Yukio Mishima. “Escalo con las personas”, escribe Catherine. “Los recuerdos más bonitos que guardo de mis viajes a Nepal son las travesías de los pueblos”.
“No soporto tener miedo”, es, quizá, la frase más sorprendente de las que encontramos entre sus escritos. Y, sin embargo, se lanza a una escalada de un pico en la Antártida, donde un rescate es imposible, en compañía de su pareja de aventuras y de la aventura de vivir, Erik. Y se rompe la pierna en la cima, una fractura abierta, y a pesar de todo consigue descender y soporta tres días de angustia antes de ser evacuada en un avión Twin Otter, el único medio de rescate posible en miles y miles de kilómetros a la redonda.
A Catherine la vida le ha regalado algo que se truncó demasiado pronto en la de Chantal: junto a Erik, le acompaña ahora Víctor, su hijo. Ahora tiene otra manera de compartir sensaciones. Es madre, una emoción que el lugar común considera inigualable, aunque ser padre no tiene por qué ser vivido con menos intensidad y pasión que ayudar a crecer a tu hijo siendo mujer.
Lejos quedan aquellos triunfos juveniles en competiciones de escalada a las que acudía con más cabeza que corazón. Lejos quedan los accidentes que pudieron ser mortales y los vacíos expuestos, eso de jugarse el cuello. Lejos queda el haber sido la primera mujer en escalar 8a, el grado máximo en su momento. Lejos queda la convivencia con quien sigue siendo su amigo, Jeff Lowe, que le enseñó las técnicas de escalada en hielo. Quien quiera conocer un poco más sobre ella, encontrará vídeos, que le dejarán con la boca abierta, en varios canales de Internet.
Ahora se dedica a la divulgación, a intentar explicarse a sí misma y a intentar explicar a Chantal Mauduit a través de explicarse a sí misma. Como Chantal, Catherine es una mujer muy atractiva. Es por su carisma, su temperamento o su espiritualidad, es lo feérico o la otra pasión que no podemos dejar de sentir al margen de la apertura de grandes rutas en la montaña. Ambas mujeres han marcado una época en los corazones de los alpinistas. En gran medida, la equivalente a un barril de vodka, todos –hombres y, nos atreveríamos a decir que, también mujeres– nos hemos enamorado de ellas, porque han demostrado que belleza y libertad son la misma palabra.

Fuente: La línea del horizonte

lunes, 7 de mayo de 2018

CAMBRIDGE EN MITAD DE LA NOCHE


Cambridge en mitad de la noche
David Jiménez Torres
Entre Ambos
Barcelona, 2018
170 páginas

Una semana no es una cifra que quiera decir otra cosa que lo cotidiano. Así de semana en semana, vamos pasando lo que no nos damos cuenta que es la vida. La semana es la medida, porque la medida viene marcada por la interrupción del descanso. Sin embargo, una semana, mirada día a día, da como fruto el número siete, que junto con en trece o el tres, simboliza muchas otras cosas, culturales, sociales y asociales, religiosas y educativas. En ese espacio, un pequeño grupo de emigrantes de postgrado, afincados en Cambridge, ven cambiar sus destinos. Son gente que se mueve en un mundo paralelo, al margen de lo popular, idealistas o cultos, eficaces en la investigación o inquietos en asuntos de economía a pie de calle. Se han conocido por casualidad en un pub, durante un torneo de preguntas y respuestas en el que han fracasado por no ver los programas de televisión al uso. El español tiene cierto complejo de inferioridad, como si necesitara resarcirse de una vida en la que no ha destacado por nada. La coreana acarrea consigo los problemas de integración familiar, hasta el punto de que si se encuentra en un colegio mayor de Cambridge parece ser debido a que sus progenitores pretenden quitársela de en medio una temporada. La inglesa, que debería ser la única no inmigrante, es, sin embargo, experta en pobreza marginal americana; su tesis expresa un deseo de partir, de huir, una manifestación de su activismo político de izquierdas. El mexicano es la expresión de cierta ambición política, teniendo en cuenta que por política se entiende algo muy diferente allí de donde viene, el país de las revueltas populares, el país condicionado por el narcoterrorismo, el país pobre con mayor índice de personas obesas del mundo.
El pegamento que les une es la conciencia de estar viviendo un nuevo momento en la lucha social. Se cruza la realidad y el deseo, el amor por el desconocido, la posibilidad de poner en movimiento marchas sobre las capitales para obligar a los países a cambiar su política. Para aclararnos, en Inglaterra se está viviendo un momento equiparable al del 15-M en España. Cambridge es una ciudad que facilita el alimento que precisa ese impulso, el arma proteica para luchar contra la injusticia. Al mismo tiempo que se manifiestan en rebeldía juvenil, los protagonistas se están dando cuenta de que hacerse mayor es algo muy difícil. El momento de sus vidas por el que atraviesan es una bisagra sobre la que gira la puerta que se abre en una u otra dirección. Es hora de hacer elecciones y pensar que estas deben ser maduras. Algunos tienden a separarse del mundo conocido, cediendo a la tentación de encerrarse. Otros huyen, a Nueva York, por ejemplo. Y está quien se queda, para terminar esa etapa de cambio, para seguir en la lucha social desde sus estudios y participando en manifestaciones.
El final de esta puesta en escena, que parece recién vivida por el narrador, tal vez incluso fresca en la memoria del autor, que escribe esta obra para explicarse lo que significó el paso que hay entre la última adolescencia y lo que viene antes de ser un adulto integrado, es veloz y múltiple. La cosecha que se recoge no es buena, pero en gran medida el final está abierto. Los personajes tendrán que transformarse. Y el mundo seguirá rodando mientras contamos el tiempo por semanas, por domingos.